Ella o yo (III)

Ella o yo (III)

¿Qué es lo que nos transforma? ¿Un hecho? ¿Una persona? ¿O tal vez la suma de ambas cosas? Había llegado a la conclusión de que mi otro “yo” vivía conmigo desde hacía mucho tiempo. Quizás desde el principio. Solo que era demasiado pequeño para hacerse oír.

Encendimos las velas como si se tratase de un ritual. Concentrándonos en pasarnos cada una de ellas con el suficiente tiento para que su fuego no se apagase. El toque de queda era también el anuncio del descanso de la luz artificial. De todos los engranajes que alumbraban esa ciudad. Un símbolo del alto al fuego.

Ella prendió el último cigarro con una de las velas. El humo nos separó como un improvisado telón de acero que al difuminarse traería de vuelta a nuestros verdaderos “yo”

Aquellas personas que se miraron frente a frente se habían despojado por fin de sus amistosos disfraces.

Los ojos de ella, se convirtieron en una fina línea de destellos verdes. Subida en su pedestal de “no tengo miedo” se sentó frente a mí en una silla, mientras yo la observaba con la innegable calma del que sabe qué es lo que va a hacer y cómo.

– Es extraño –dijo al fin– Nunca habría imaginado que tú ibas a convertirte en uno de ellos. Aunque ahora que lo pienso, siempre viviste cerca de ese margen. Mas cerca que yo. ¿Cómo me encontraste?

Apuré el vaso de vino de un trago. Descargado del peso de la mentira.

– Tu jefe dejó algún rastro. Supongo que lo de largarte del Tribunal de repente les hizo sospechar. Eras la candidata perfecta. No tenías mucha gente a la que contarle tus cosas. Ni nadie que te esperase en casa. Bueno, salvo una. Aunque esa ya no está. Puedes estar tranquila. No sufrió.

– Eres un malnacido. Tenía que haberte dado lo que tanto deseabas antes de irme.

– Oh… No seas tan pretenciosa Marian. Siempre me inspiraste un poco de pena. Todo el rato jugando a ser una princesa disfrazada de Mata Hari –mentí–. Pero no. Nunca pensé que la persona con la que me iba a encontrar serías tú. Ni tampoco que te darías cuenta tan rápido. ¿Cómo lo supiste?

– Tu pistola –dijo señalando con la cabeza a mi costado izquierdo.

Tiró el cigarro en el suelo y lo aplastó de un pisotón. Se levantó para asomarse a la ventana desde la que se abría una pequeña parte del mundo, escurridizo y silencioso.

– Hazlo ya. No esperes mas –añadió sin mirarme.

– Date la vuelta. Quiero que me mires.

Obedeció. Girándose con gesto desafiante. Esa era Marian. La que me dejó tirado en la barra de un bar en Oviedo hacía ya cinco años, para convertirse en la persona que siempre quiso ser. Pero mis instrucciones eran claras. Se trataba de ella o yo. No había otra forma de solucionar las cosas sin que alguno saliese malparado.  

Me acerqué lentamente, tanteando el terreno. Quería olerla por última vez. Sentirla. Encapsular su recuerdo para siempre.

– ¿Por qué coño te metiste en esto Marian? –le susurré.

– Porque los buenos tienen que ganar alguna vez Robert.

– Siempre fuiste una idealista.

– Me gusta creer que sí. Lo que estáis haciendo es una masacre. Sois unos psicópatas. No lo permitiremos.

– Maldita sea… ¿Por qué me dejaste entrar?

– Porque siempre confié en ti. Por eso te escogieron. Hazlo… –me susurró al oído acercándose peligrosamente.

La abracé con fuerza. Todo sería limpio y rápido. Tenía el poder en mi mano y a ella en la otra. Nuestra respiración acelerada, las pupilas dilatadas por la excitación del último momento. Su calor… Ese último vestigio del pasado.

– Vete –le dije separándome de forma repentina.

Ella ahogó un gemido tapándose la boca con las manos. Sus ojos, se inundaron.

– La próxima vez puede que no tengas tanta suerte.

– ¿Qué será de ti?

Seguramente me enviarán de vuelta a Oviedo. O tal vez me quede en Oxford, investigando a tu amiguito Toby Ord. ¿Quién sabe? Pero ahora tienes que irte. Busca a tu gente y desaparece. No quiero volver a verte.

Ella, Marian, me dio un último abrazo, cargado de muchas cosas. A fecha de hoy no sabría describirlas. Solo se que ese abrazo está guardado en un rincón privilegiado de mi cabeza y es el refugio al que acudo después de hacer alguna misión. Como una dicotomía de mi propia existencia, en la que necesito recurrir a lo bueno que ella sembró en mi, pese a seguir en el lado opuesto del camino.

– Gracias… Te debo una – me dijo antes de desaparecer por la puerta.

Las calles apagadas de Oxford se tragaron su sombra de un bocado. No sonó Bowie, ni hubo testigos que pudiesen dar parte de su desaparición. Solo yo.

Tal vez tardaré otros cinco años en volver a verla. O quizás eso no suceda nunca. Pero estoy seguro de que la mujer a la que dejé marchar aquella noche, ya no estaba perdida en ningún vacío. Aquella mujer tenía muy claro hacia dónde quería ir.

Autora: Patricia Bernardo.

Foto: Extraída de https://monterreyrock.com/

© 2020. Patricia Bernardo Delgado.

Ella o yo (II)

Ella o yo (II)

La luna nos siguió durante todo el camino de vuelta a casa. Atravesamos el pasaje de St Helens hasta llegar cerca del “Puente de los Suspiros”, donde ella tenía alquilado un apartamento lleno de muebles antiguos, velas, fotos pegadas a la pared, una chimenea que hacía las veces de biblioteca y un gran ventanal con vistas al puente. Parecía que hubiese comprimido toda su vida, reduciéndola a lo imprescindible, como los restos de un naufragio recolocados en la cabaña de una isla desierta. Esa selección de cosas era su hogar. Fácilmente transportable a otro lugar si había que salir corriendo. Sin embargo, pese a esa latente provisionalidad existía una atmósfera acogedora y sedante que invitaba a quedarse.

Abrió una botella de vino. La tenía reservada para una ocasión especial que parecía hacerse la remolona. Sacó un par de vasos del armario de la cocina y me ofreció uno. Saboree el vino, blanco, afrutado, sorprendentemente agradable. Como un saludo del pasado. Ella se quitó los zapatos y masajeó sus pies, mientras seguía hablando de lo que me encontraría en Oxford. Costumbres aferradas a sus muros que durante cientos de años se habían mantenido en pie, firmes como el Partenón.

No tenía pensado integrarme en su sociedad, ni entablar amistad con ninguno de ellos. Pero escuché lo que tenía que contarme:

– ¿Conoces a Toby Ord?

– No me suena…

Se recostó en el sofá y probó el vino.

– Es un tipo muy interesante –dijo haciendo una pausa–. De Australia. Trabaja como investigador en el Instituto del Futuro de la Humanidad. Estudia el “riesgo existencial”. Fundó “Giving What We Can” una sociedad internacional cuyos miembros se comprometen a donar al menos el diez por ciento de sus ingresos a organizaciones no gubernamentales que luchan contra la pobreza. Ahora lo llaman: altruismo eficaz. Hace poco publicó un libro. Te lo presentaré. Somos muy amigos.

– Yo soy médico, no filósofo.

– Él estudia a las personas. Tú también. Vuestros caminos están destinados a encontrarse.

– ¿Y tú? ¿Qué papel juegas en el campus? –pregunté para cambiar de tema.

– Doy clases de Derecho europeo. De aquí saldrán futuros cargos públicos, tal vez políticos, ministros… Aunque no es buen momento. Es como si hubiésemos sufrido un bombardeo y solo quedasen ruinas en las que reconstruir una ciudad. Las clases han menguado. Los cerebros también. Estamos confusos, vapuleados. A veces me siento como si acabase de salir de un largo centrifugado –dijo con pasión –. ¿Fumas? –añadió.

– No. Lo dejé.

– Yo de vez en cuando sí. Guardo algo de material de refuerzo. – Se levantó y rebuscó en el cajón de una cómoda. A través de su espejo podía ver su cara concentrada. Seguía conservando la misma figura estilizada. Quizás un poco más delgada. Pero mantenía esos andares de adolescente que parecía brincar con cada paso. Al fin se dio la vuelta con gesto de satisfacción. – ¡Aquí está! –exclamó, señalando una cajita de latón. Sacó un cigarro y lo encendió. Le dio una calada llena de añoranza.

Un silencio largo e incómodo se apoderó de la sala. Como si ahí dentro, en cada una de las palabras no dichas estuviese la clave para explicar todo este tiempo.

En realidad, ella y yo, nos vimos muchas veces antes de ese día. Pero nunca, hasta aquella noche en la que me dejó plantado en la barra del “Diario”, habíamos mantenido una conversación seria. Dimos por supuesto que éramos dos personas condenadas a vivir en mundos paralelos. Dentro de una misma burbuja, pero sin llegar a tocarse. O tal vez eso solo lo pensé yo. Sin embargo, es curioso como una conversación, una sola conversación, puede acercarte más a alguien que una amistad consolidada a través de los años. 

Cruzada de brazos, con el cigarro en la mano, seguía callada, fumando, mientras yo esperaba sentado en el sofá, a que su voz baja y ronca volviese a decir algo. 

– Laura sigue…

– ¿Viva? Si. Aunque ya no estamos juntos. Se fue a vivir a una casa perdida en los Picos de Europa con Tommi, un finlandés. Se dedica a cultivar un huerto y poco mas. Decidió alejarse, cortar por lo sano y empezar de cero. Volver a las cavernas. De vez en cuando me escribe una carta y me cuenta que es muy feliz. La creo. Aunque también pienso que algo se contaminó en su cabeza para siempre.

Ella le dio una larga calada al cigarro. Y de repente, expulsó el humo en una carcajada incontrolable. Me quedé un poco perplejo.

Toda la vida que habíamos construido minuciosamente quedaba ahora reducida a un puñado de frases contadas con desgana que, en otro tiempo, habríamos despellejado hasta desgastarlas por ser algo extraordinario. Así que yo también me contagié de su humor y me reí.

– Perdona… –se disculpó entre risa y risa–. Es que el solo hecho de imaginarme a Laura en mitad de un monte, haciendo de agricultora… ¿Tanto nos ha cambiado esta mierda? –preguntó ya en tono serio.

– Yo tengo la teoría de que ahora estamos donde queremos estar.

– ¿Así que tu y yo hemos escogido encontrarnos en Oxford?

El silencio volvió a ser el protagonista. Pero esta vez cobró un nuevo significado y dejó una incógnita flotando en el aire. Creo que los dos sentimos lo mismo. Pero nos quedamos parados en nuestras posiciones, inmovilizados. Esta vez no fue ella, sino yo quien rompió el silencio.

– En cierta medida sí. Brindemos por ello –dije levantando el vaso una vez mas.

Sonrió haciendo lo mismo. Intuyendo que después, vendría la gran pregunta.

– ¿Me vas a contar qué fue lo que realmente pasó para que te largases?

– Ya te lo he dicho. Estaba perdida. Solo eso. –añadió encogiéndose de hombros. Pero como si de repente se diese cuenta de que también a ella le faltaba una explicación, se decidió a seguir hablando:

– ¿Nunca has tenido ganas de desaparecer?

– No.

– Yo sí –. Buscó un cenicero donde apagar el cigarro. Y rellenó los vasos con mas vino. Después se sentó el sofá y comenzó a hablar, mirando a un punto inexacto. Como si yo fuese una estatua inerte –. Hubo una noche en la que todo se torció. Ya sabes, las cosas siempre se enredan cuando oscurece. Parecía que el mundo se había confabulado en mi contra. Así lo veía yo. Una vida desordenada, absurda, vacía… Un desastre. En el fondo sabía que no era así. Pero mi perspectiva se había ido al cuerno –. Hizo una pausa y miró el puente que asomaba tras la ventana descubierta. – En el trabajo las cosas estaban revueltas desde que se supo lo de China. Era como si todo el mundo tuviese mucha prisa por terminar y largarse cuanto antes. Yo estaba a lo mío, dándole vueltas a mi supuesto fracaso vital. Pero antes tenía que hablar con el presidente de la Sala por un recurso de apelación. El caso es que cuando llegué a su despacho me lo encontré guardando sus cosas en cajas. Había decidido pedir una excedencia e irse con su mujer y sus perros al campo. Recuerdo como si fuese hoy lo que me dijo: “Si eres lista, vete ahora que estás a tiempo. Esto solo acaba de empezar. El mundo tal y como lo conocemos dejará de existir” Pocos días después enfermó gravemente y murió –. Soltó una triste sonrisa y apuró lo que quedaba de vino – Creo que necesitamos un poco mas de esto.

Y como si hubiese dicho las palabras mágicas, la oscuridad lo cubrió todo. Solo la luna nos mantuvo iluminados ante el apagón.

– Vaya. Hoy se han adelantado. No acabo de acostumbrarme a sus normas –dijo –. Alcánzame una de esas velas que están en la mesilla.

(…)

Autora: Patricia Bernardo.

Foto: Extraída de Google. Endeavour Tour.

© 2020. Patricia Bernardo Delgado.

Ella o yo (I)

Ella o yo (I)

“El mundo tal y como lo conocemos dejará de existir. ¿Qué tienes pensado hacer con eso?”

Estas fueron las últimas palabras que me dijo antes de desaparecer entre la cortina de personas del bar. Recuerdo su voz mezclada con cerveza y el “Rebel Rebel” de Bowie.

Cometí el error de dar por supuesto que volvería. Pero no fue así. La busqué en el baño. Quizás le habría pasado algo. Pregunté a los camareros. Sí, claro que la conocían. Pero se había largado. Sin despedirse. Ni dar ninguna explicación. Y aunque salí a buscarla lo más rápido que pude, fue demasiado tarde. Parecía como si las calles brillantes y resbaladizas se la hubiesen tragado.

Me acababa de confesar que se sentía perdida en un vacío inabarcable. Como una astronauta lanzada a su suerte en medio del espacio, sin planos ni rutas. Pensé que era reconfortante confirmar que tras la fachada de aquella mujer había un complicado andamiaje, en el que se asentaban muchas habitaciones, voces y personas. Si las demás supiesen esto… Seguramente dejarían de envidiarla, de quejarse por esa vida rutinaria y mundana. A ella le parecía imposible conseguir algo parecido.

No era feliz. ¿Y quién lo era todo el tiempo? Le dije yo. Pero cansada de escuchar lo mismo una y otra vez, me contestó que eso lo decían todas las personas que vivían dentro del perímetro de la normalidad. Donde incluso las preocupaciones se podían encajar en una lista de preguntas y respuestas frecuentes.

Ahora, años después, la devolvían a mi vida otras piedras, otras calles. No se si fue ella o tal vez yo, quien se dio cuenta primero. Nuestras miradas se cruzaron en mitad del “The Turf Tavern”

Era mi primer día en aquella ciudad tan familiarmente desconocida. Aún sentía el sudor pegajoso en la espalda y los nervios palpitando en el pecho. La clase había ido bien. Los alumnos escucharon pacientes mis teorías científicas sobre el fenómeno de Asturias durante la pandemia. Me dije que una pinta en el pub más emblemático de Oxford no me vendría mal para celebrarlo.

Ella llevaba mas rato que yo, obsevando mis movimientos, con esa mirada chispeante que hacía años me habría desarmado. Seguía conservando el halo de princesa destronada, la nariz respingona e insolente y esos labios, siempre a punto exhalar una calada o formular una pregunta en forma de puchero. Hizo señas para que me acercase a su mesa. Parecía alegrarse, a juzgar por los gestos y su sonrisa. Yo me sentía desubicado. Perdido en mitad de una niebla a punto de disiparse. Me dio un abrazo cálido. Olía a jabón, a flores, a lana. El pelo, recogido en lo que pretendía ser un moño, campaba por su rostro, invadiéndolo con un flequillo rebelde. La Debbie Harry de otros tiempos, ahora aparecía reconvertida en alguien menos sofisticada y accesible.  

Creo que sufrí un bajón de tensión. Un mareo repentino, fruto del cansancio, de la emoción que salía a relucir al constatar que aún existían personas de aquella época que seguían vivas. Ella cayó en la cuenta del impacto.

­– ¡Qué sorpresa encontrarte aquí! ¿Cómo estás? –exclamó, mientras hacía una seña al camarero para que nos atendiese–. Una pinta ¿verdad? A juzgar por tu cara creo que la necesitas. Parece que hayas visto un fantasma…

– Siéntate. Te sentirás mejor.

Me cogió las manos. Frías, sudorosas. Después las abrazó entre las suyas y las besó. Mis gafas se desempañaron. Las pintas se plantaron en la mesa, como una barrera de distancia entre nosotros y el resto del bar. Ya mas presente, me dejé envolver por la suavidad de su bienvenida. Sentía cómo mis ojos se volvían agua sin poder hacer nada para remediarlo.

– ¿Sabes? Cuando te fuiste aquella noche, me dejaste hecho polvo. Pensé que la había pifiado con alguna frase de las mías. Y después, toda la locura de estos últimos años… Nadie supo nada de ti. Pensé que habías muerto.

– ¿Así de fácil? ¿Pasan unos años sin vernos y ya me das por muerta? –dijo con sorna. Suspiró encogiéndose en su abrigo y me soltó las manos para darle un buen trago a la cerveza, como si con eso calmase su sed o ahuyentase los malos augurios que yo le traía desde Asturias–. Al parecer os habéis convertido en una isla en mitad del caos. Mira a tu alrededor. Mira sus caras. Ya nada volverá a ser igual.

No me sorprendía. Estaba habituado a las miradas suspicaces, los gestos nerviosos, los sobresaltos al escuchar una voz mas alta que otra. El miedo a los abrazos, las lágrimas aflorando a cada instante, los bloqueos y las ausencias voluntarias de muchas personas. Decían que Asturias había sido un caso mundialmente excepcional. Pero yo tenía mis teorías y procuraba infundir a mis alumnos la seguridad necesaria para avanzar en el inestable mundo de la ciencia y la investigación. Solo teníamos eso. Y nuestras vidas eran algo secundario, al servicio de un fin mayor.

– ¿No me digas que tú también has venido a dar clases?.

­­– En realidad solo estoy de paso. Imparto un seminario sobre investigación en la Facultad de Medicina. Durará unos meses. Tres, a lo sumo.

– ¡Esa es una gran noticia! –exclamó–. Por fin alguien que habla mi idioma. Un amigo….–. Se detuvo a mirarme con una pizca de melancolía en la que predominaba la ilusión por la novedad, por el reencuentro–. Tengo que presentarse a varios colegas. Te vendrá bien. La mayoría son unos gilipollas y otros se han quedado tocados. Para qué te voy a engañar. Pero hay alguno que se salva. Nos vamos a divertir mucho –dijo dando el ultimo trago a su pinta.

Había algo en su actitud, una discordancia extraña por descubrir. Tardaría tiempo en descifrarla, pero pensé que un buen comienzo sería retomar la conversación de hace años.

– La última vez que nos vimos me dijiste que el mundo desaparecería. ¿Lo recuerdas?

Asintió con sus ojos grises.

– ¿Qué te hizo pensar que sería así?.

Se encogió de hombros. Hizo un gesto al camarero para que trajese otra ronda. Después comenzó a hablar, consciente de la importancia de su historia:

– Por aquél entonces vivía en un caos interior. Supuse que mis presagios sobre el desastre tenían que ver un poco con eso. Aunque después me dí cuenta de que había algo en mí que era capaz de sentir con anterioridad los hechos. Era como si me hubiesen enchufado al mundo y de repente pudiese adivinar que algo malo, muy malo sucedería. Una Magistrada como yo… –dijo esbozando una sonrisa burlona y enseñando unos dientes imperfectamente blancos–. Así que pensé que unas vacaciones no me vendrían mal. Algo de tiempo sin trabajar, sacando fotos por algún lugar del mundo, leyendo, paseando o sencillamente viviendo. Casualidades de la vida, un colega me dijo que la Universidad de Oxford se había puesto en contacto con la de Derecho de Oviedo para seleccionar a profesores. El feminismo había hecho estragos. Les gustó mi perfil. Al poco de llegar estalló la pandemia, la guerra, la crisis… Todo se mantuvo a duras penas, pero conseguí sobrevivir. Y eso me hizo indispensable aquí.

Satisfecha por su discurso perfectamente armado me preguntó por los demás.

“Los demás… ” pensé. No quedaba mucho de eso. Solo restos. Retazos descompuestos de lo que fueron. Pero no era tiempo de recordar a los caídos, ni de desmontar su historia. Aún no.

Lo excepcional, lo realmente excepcional, era que ella y yo nos hubiésemos vuelto a encontrar y siguiésemos vivos.

Brindamos por ello y nos dejamos llevar por la existencia perentoria de aquel momento.

(…)

Autora: Patricia Bernardo.

Foto: @Blondie-Facebook.

© 2020. Patricia Bernardo Delgado.

Sensaciones motorizadas

Sensaciones motorizadas

Sus manos giraron con un rugido. Sus pies se tensaron. La moto se incorporó en un santiamén a la carretera. Era inevitable fijarse.

La calle se estrechaba cuesta abajo y el motorista apareció del lado de las terrazas.

No sé si fue el gesto decidido de sus piernas camufladas en unos vaqueros, la impetuosidad del movimiento, la postura de todo su cuerpo encajado en aquél enorme trasto o lo inesperado de lo que vino después: un suave ronroneo interior que me despertó aquella mañana del verano de dos mil veinte.  

Autora: Patricia Bernardo.

© 2020. Patricia Bernardo Delgado.

Foto: Sensacine.com. Copyright D.R.

El Mapa (III)

El Mapa (III)

Durante el resto del fin de semana el frío se apoderó de mí. No era el frío del viento que aligeraba aquel pegajoso mes de junio. Tampoco resultó ser una gripe, ni una indigestión. No supe de qué se trataba hasta que volví a casa y descubrí entre la correspondencia un sobre. “Para Dani” decía. Adiviné por su letra que era de ella.

Un vacío seco se agarró a mi estómago. Me quedé parado no se durante cuanto tiempo. Haciendo oídos sordos al perro de los vecinos, dándome la bienvenida. Sonaba lejos, muy lejos. Tardé en recomponerme, en salir de mi asombro. Pero lo hice. Y sí, leí su carta.

“Hola tú…

Ha pasado demasiado tiempo. Pero para mi es como si hubiese volado, devolviéndome al mismo sitio. Hay cosas que permanecen intactas por mucho que quieras que se transformen. Las hundimos en algún lugar profundo, o eso creemos. Esperamos que no vuelvan a salir a la superficie. Pero tarde o temprano lo hacen.

No sé si recibirás esta carta el día de tu cumpleaños (me ha costado localizarte). O si algún día la leerás (te creo capaz de estrujarla y tirarla en alguna papelera) El caso es que, si mi memoria no me falla, hoy cumples cincuenta años. Una edad redonda, un cambio de década. Pero a fin de cuentas un dígito más. Así que, aprovechando la importancia de esta cifra, espero que aceptes mi regalo: un mapa con el que recorrer la vida.  Algo que aprendí durante estos años en los que no estuviste y que me enseñó a dejar de tener miedo. Ahora puedo decirte que pese a todo, te quiero. Lo digo sin el miedo a tu rechazo o desinterés. Porque, a fin de cuentas, no espero nada. Verás que la vida está cargada de personas que no sienten. Unas porque no saben, otras porque no quieren. No dejes que el miedo te impida sentir. Siempre viví con miedo. Miedo al abandono, al rechazo, al qué dirán… Pero aun así fui capaz de amar. Y en este momento me aferro con fuerza a esa parte de mí. Qué suerte he tenido. Muchas personas no aman en toda su vida.

Marian”

La carta venía, cómo no, acompañada de un mapa dibujado por ella. Con una guía muy clara sobre la ruta a seguir y las instrucciones para ello. Consejos de supervivencia en este mundo loco. Leerlo era como caminar en el día a día con alguien que te coge de la mano y te da una visión empática y cargada de amor hacia la vida.

Ray tenía razón, aquél maldito accidente lo cambió todo. Pero ahí, en esas frases y dibujos, estaba ella y también Marcos, mi hermano. 

Ahora, cuando me siento perdido, miro el mapa de Marian. El que me regaló por mi cincuenta cumpleaños, justo antes de morir. Se fue rápido, sin demasiados dramas. Ella era así. Esta vez tuve tiempo suficiente para despedirme.

El mapa está un poco arrugado de tanto usarlo. Pero cada día sigo fielmente todas sus coordenadas e indicaciones y  siempre llego a algún lugar.

Autora: Patricia Bernardo.

© 2020. Patricia Bernardo Delgado.

El Mapa (II)

El Mapa (II)

Me contó que había venido a hacer unos bolos por la zona. Al parecer seguía tocando, pero cada vez menos. No podía desaprovechar la oportunidad de coger lo que saliese, aunque le pagasen una mierda.

– Así que te has retirado a escribir para llevar una vida de monje –dijo riéndose, al tiempo que recibía con un trago la cerveza que le servía el camarero. –Siempre fuiste una caja de sorpresas tío. Y lo que mas me extraña es que la gente aún pregunte por ti.

Arqueé las cejas y noté con sorpresa cómo el calor me cubría la cara. No recordaba que me hubiese pasado nunca. Al menos no en mi etapa adulta. Sentí una mezcla de satisfacción y vergüenza.

– ¿Se puede saber quién se acuerda de mí?

Ray me miró entornando sus ojos, adivinando o quizás pensando en alguna maldad de las suyas. Pero se limitó a contestar:

– Bueno, ya sabes, Mike, Leny… Hasta Lucy, mi mujer.

– ¿Te casaste con Lucy?

–  Sí, me casé –contestó él enseñándome orgulloso un anillo en forma de sello.

– No pensaba que lo tuyo con Lucy fuese tan serio –dije dando mi último sorbo al café que ya se había enfriado.

– Siempre lo fue. Pero en ese momento, también deseaba estar con otras tías. Ya sabes, la vieja historia de siempre.  –contestó dando un largo trago a su cerveza.

– Un riesgo muy grande para los dos. –encendí un cigarro. –Pero al final salió bien –añadí mientras perdía mi vista en el mar revuelto bajo las montañas. De repente, una sensación extraña de desasosiego recorrió mi estómago. Me removí un poco en la silla, pero Ray no lo advirtió. Seguía hablando sobre su teoría de cómo tenerlo todo sin perder nada.

– Verás, Lucy me quiere con mis defectos y yo a ella, con los suyos…

Bla, bla, bla… Aquella pobre chica no tenía más defecto que haberse colgado de ese cretino.

–No sé tío, al final es como una premonición, creo que hay personas destinadas a quedarse juntas para siempre. No concibo mi vida sin ella.

¡Ahí estaba el poeta de Ray! El rockero de medio pelo, letrista de canciones tan empalagosas como ésta, la que pretendía que fuese su vida. Aunque… ¿Quién era yo para juzgarle? No lo había hecho mejor que él. En realidad, fui yo quien la dejó sin más explicaciones que las de siempre. Pero en ninguna de ellas había una causa que justificarse separarnos, movida por el desamor, la ausencia de atracción o de cariño. Todo eso existía, pero no las ganas de construir un futuro juntos. Esa fue mi excusa para irme. La oficial. Pero tuve mucho tiempo para meditar y darme cuenta de que en realidad tenía miedo, un miedo que no me dejaba en paz ni de día ni de noche.

–Lucy se encontró el otro día con Marian.

Lo dijo mirando al horizonte, echando el humo hacia arriba, mientras estiraba las piernas para apoyarlas en una silla. Parecía que estaba muy cómodo a mi lado. Yo seguía revolviéndome, intentando aplacar aquel malestar que ahora se había quedado aferrado a mi estómago como un perro rabioso.

– Nunca entendí por qué lo dejasteis. Supongo que aquel accidente lo jodió todo…

– No queríamos lo mismo –le corté.

Él hizo un gesto de aprobación con su cabeza. Como si fuese suficiente mi escueta y seca respuesta. Aplastó el cigarrillo, dando por zanjada la conversación. Su aparente comodidad se desvaneció.

– ¿Y lo sabes ahora?

Ray se levantó casi al tiempo en que pronunciaba la pregunta, sonriendo como un  zorro. Un zorro que sabe muy bien lo que dice, cómo lo dice y el efecto que causa en quién que lo escucha. Alguien que sabe moverse muy bien por la vida, sin salir mas escaldado de la cuenta, midiendo los pasos, los tiempos, las palabras y los actos. Pero, a fin de cuentas, alguien que ha vivido y ahora disfruta de esa vida acompañado de la persona elegida. Cogió su guitarra y me miró con medio ojo, mientras el otro se lo tapaba su pelo alborotado.

No supe qué contestarle. Porque en realidad no tenía ni idea. Quizás solo quería no querer nada. Contuve mis ganas de interrogarle sobre si ella seguía sola, casada o divorciada. Y lo más importante: si estaba bien.

– Venga dame un abrazo, no seas tan “hosco” –pronunció esta última palabra con exagerada pedantería deshaciendo la nube de tensión. No me quedó más remedio que levantarme y hacerlo.

– Da recuerdos, a Lucy y… al resto de la banda. Bueno, diles que sigo vivo.  Al menos eso parece –sonreí con gesto melancólico. “Díselo a ella también”, pensé. Pero no dije nada, para variar.

Ray hizo amago de pagar la cuenta.

– No, hoy invito yo. Es mi cumpleaños.

Ladeó la cabeza, y volvió a reírse. Se quedó mirándome con una cara indescifrable y se despidió.

 – Felicidades tío. Nos vemos.

Le vi alejarse, cargando su guitarra, un poco mas encorvado de la cuenta. Sin duda, seguía siendo Ray.

(…)

Autora: Patricia Bernardo.

© 2020. Patricia Bernardo Delgado.

 

El Mapa (I)

El Mapa (I)

Todo sucedió un diecisiete de junio. Ese día cumplía cincuenta años. Me encontraba sentado en una terraza de un pueblo pesquero, cerca de Bilbao, tomando un café. No me fijé en el nombre del pueblo cuando cogí la desviación, con mi último o penúltimo capricho antes de diñarla. Solo quería parar en algún lugar y estirar un poco las piernas. Así que lo que menos esperaba era encontrarme con Ray Fernández en aquel punto inexacto del camino.

Apareció detrás de mí con una palmada en la espalda, de esas que te pegan un buen susto y hacen que te gires con un movimiento brusco. Hacía cinco años ya y no tenía ninguna gana de volver a verle. Supongo que en ese momento mi cara sería de chiste, porque, él me recibió con una ruidosa carcajada, igual que solía hacer entonces, y un:

–¿Qué pasa tío? ¿No me das un abrazo?

 “Joder”, pensé. “Tanto tiempo para librarme de ti y ahora apareces el día de mi cumpleaños en el lugar más inesperado”

Me levanté con dificultad. No por los cincuenta, sino por la pereza que me producía dar un abrazo a ese metro noventa, más flaco que un palo y con pinta de haberse metido hasta el último gramo de cualquier cosa. Apestaba a alcohol, pero por lo demás, seguía siendo el mismo. Su característico pelo largo rubio, ahora mezclado con más canas y esos ojos grises, cargados de despreocupación y locura. Si, ese era Ray. Miré su guitarra al mismo tiempo que él cogía una silla y se sentaba haciendo una seña al camarero.

– Bueno… –palmada en el cuello –¿Qué es de tu vida? Hace la de Dios que no te veo. ¿Te ha tragado la tierra o qué?

No. La tierra no me había tragado. Sencillamente me alejé de todo y de todos. Mantenía contacto parcial con algunas personas, pero básicamente cogí el petate y me retiré a escribir en una pequeña casa cerca de Llanes, mirando al mar. Pagué a la dueña la renta adelantada de un año y pedí una excedencia en el trabajo, a sabiendas de que, si algún día decidía volver, no me esperaría ninguna silla.

Mis libros seguían vendiéndose y hacía algún trabajo extra, textos por encargo, páginas de presentación de webs o cartas de amor para algún desesperado. Es sorprendente lo que puedes llegar a hacer para otros. Con eso, mis pequeñas ganancias en bolsa y los ahorros que había ido acumulando, podía seguir viviendo sin demasiados lujos. Salvo el único que ahora me esperaba aparcado. Contados viajes, a excepción de alguna escapada como ésta, para salir a la superficie, visitar a alguna amiga y… Si, hasta en eso me había vuelto un espartano.

Después de tantos años, en contra de todo pronóstico, la seguía teniendo metida en la cabeza. Era como una obsesión que recurría a mí y no se iba por más que la quisiese espantar. A veces me convencía a mí mismo de que la tenía dominada y conseguía echarla a patadas, hasta que su imagen se difuminaba. Pero ahora, aparecía Ray delante de mis narices para recordarme aquella vida y removerme por dentro.

(…)

Autora: Patricia Bernardo.

© 2020. Patricia Bernardo Delgado.

 

¡Conga!

¡Conga!

Cuando era niña el recorrido más largo que hacía sola, era de casa a la escuela, de la habitación a la cocina, de la salita al patio y de ahí, como mucho podía saltar la verja de mi vecina con ayuda de unos brazos adultos, para visitar a su pequeña perra. Ahora las cosas no han cambiado tanto. En vez de patio, hay una terraza y solo estamos mis brazos, los vecinos y yo. Los recorridos se han acortado, provisional o definitivamente, quién sabe. Son días raros.

Quizás por eso tomé la decisión de acabar con él. No fue algo premeditado. En realidad, la idea surgió de mi “yo” inconsciente, ese que procuro amordazar a menudo para que no me deje en mal lugar. Mi otro “yo”, estaba bailando en la cocina una versión moderna de la conga, al mas puro estilo Gloria Estéfan. Cada paso se interrumpía por pausas, seguidas de ráfagas que saltaban en la pantalla del móvil mientras, en un intento por ignorarlas, movía las caderas, me contoneaba, subía y bajaba, despeinando con mis manos el pelo. Me veía en un descapotable rojo. Un Ferrari testarrossa a lo “Miami Vice” (me temo que ese era blanco y cubierto. Aunque si estuviese Sonny Crockett a mi lado…) No, mejor un Saab, granate, como en “Sideways”. Un Munstang… No! Ya se. Un BMW que es un valor seguro. Da igual (nuevo meneo de cadera) Los coches nunca fueron lo mío (golpe de melena) Pero este es mi sueño. Me basta con que sea descapotable y que yo esté en Los Ángeles, con la música a todo lo que da. En ese momento, suena el móvil. Me molesta. Subo el volumen, piso el acelerador y lo tiro por la ventana. Ya no lo necesito. Me siento libre. Sonrío dentro de mis enormes gafas de sol (media vuelta. Cadera a un lado y al otro. ¡Conga!)

Tal vez fue por ese momento de ensoñación. Pero está claro que me despisté. Y ya se sabe que cuando esto sucede suele ocurrir una pequeña catástrofe. Así que no es de extrañar que al salir a la terraza para aplaudir, aún estuviese envuelta en una excitación nerviosa, que me impidió darme cuenta de que tenía entre mis manos el teléfono y éste saliese volando por los aires, descendiendo seis pisos hasta estamparse de bruces contra el suelo.

Siempre hay un momento en la vida, en que las cosas cambian de forma repentina, e inesperada. Y cuando eso sucede, hay algo dentro de ti que se levanta y echa una gran carcajada. Porque te das cuenta de que “eso” era precisamente lo que necesitabas. Tirar el puto móvil por la terraza. Y ahí es cuando dices: ¡Cooonga!

Autora: Patricia Bernardo.

© 2020. Patricia Bernardo Delgado.

El gran Houdini

El gran Houdini

Aquella noche Nadia quiso desaparecer. Tenía miedo. La noche era más noche que nunca. Más oscura y silenciosa que otras veces. No era una noche cualquiera, sino una en la que la soledad había decidido rondar su casa y colarse por la ventana.

La soledad es escurridiza, atraviesa paredes, adelgaza hasta introducirse por los rellanos de las ventanas, por los desagües de las tuberías, por las chimeneas de los edificios. Y esa noche la soledad la escogió a ella.

Nadia había visto su sombra deambular hacía rato, buscando la mejor forma de llegar hasta ella. Se acurrucó en el sofá, envuelta en su manta de cuadros. Intentó ahuyentarla con su mente. Pero la soledad se hace poderosa cuando se junta con la noche. Ambas confabularon contra Nadia que se vio indefensa de repente, sin nada a lo que aferrarse. Su voz se quedó paralizada, sus manos incapaces, su optimismo nublado. Y fue entonces cuando quiso desaparecer.

Imaginó las cajas que los magos utilizan para hacer sus trucos de magia. Pensó en el gran Houdini y en sus técnicas de escapismo. En su caso, no era necesario encadenarse porque no tenía público al que sorprender. Tan solo estaban la noche y la soledad acechándola.

Nadia no tenía una caja mágica, ni los instrumentos necesarios para fabricarla, pero sí disponía de un baúl muy grande. Uno lleno de recuerdos, mezclados con ropa, disfraces, fotografías y diarios. Ahí estaba su vida entera. Así que decidió vaciarlo, sacar todo lo que había dentro. Le llevaría su tiempo, pero eso le daba igual. Tenía miedo, un miedo que la aterraba como lo hace un monstruo en las pesadillas de un niño. Pero ella no era una niña. Había dejado de serlo hacía tiempo. Se encaró con el baúl que la esperaba en su habitación, impasible, ignorando lo que sucedía.

Lo primero que encontró al abrirlo fue una boa llena de plumas y recordó entonces aquella fiesta de Carnaval a la que acudió a regañadientes. Si… Ahí estaba ella con su boa morada, peluca y boquilla en los labios. Al final había sido una noche inolvidable. Rió y bailó hasta que se hizo de día. También estaba él, sin disfrazar, mirándola con interés. Ese fue el principio de una relación que marcaría un antes y un después en su vida. Suspiró. Sacó la boa, la peluca y la boquilla. Después, los sombreros de invierno y de verano que ya no se ponía. Aquél viaje a Londres, a Cádiz… Los días de invierno que parecían tan lejanos. Su álbum de fotos que había fabricado hacía ya veinte años. Lo ojeó con calma, intentando reconocerse. ¿Aún seguía siendo la misma? Ahora, todas esas ilusiones fabricadas se desdibujan ante ella. La vida a fin de cuentas es una colección de recuerdos. Cintas, muchas cintas que ya no tienen un radiocasete en el que ser escuchadas… Grabaciones de cuando componía canciones con su guitarra. La primera maqueta que presentó a un concurso… Diarios. ¿Cuántos había escrito? Sus primeros cuentos y relatos… Todo estaba ahí. Cartas y más cartas a sus novios y amigas. Sentimientos y recuerdos que creía olvidados. Su padre que ya no está, su madre, sus hermanos y ella sonriendo. La funda de su guitarra, la cejilla que creía perdida, sus púas… “Deja que te cuente qué es la Navidad”, su primer villancico. “Frío”, su primera canción. Hojas de revistas sobre las que dibujaba compulsivamente caras de mujeres como si de la Femme Fleur de Picasso se tratase. Ni siquiera recordaba haber ganado un premio de poesía. Llegó hasta el final. Lo dejó limpio, vacío y decidió meterse dentro.

Pero cuando se disponía a hacerlo, un rayo de luz entró por la ventana. Ya empezaba a amanecer. Y entonces, Nadia dejó de tener miedo. Se dio cuenta de que ya no era necesario esconderse en ese baúl porque no estaba sola. Suspiró y se encogió de hombros. Volvió a guardar sus recuerdos y después se preparó un café. A fin de cuentas, ya era de día.

Autora: Patricia Bernardo.

© 2020. Patricia Bernardo Delgado.

Esquinas robadas

Esquinas robadas

Ella se paró en las escaleras de la Port Authority Bus Terminal con una escasa maleta en la que parecía llevar toda su vida a cuestas. Miró con satisfacción a un público indiferente y emprendió el descenso, contoneando su joven cuerpo enfundado en unos pantalones entallados de pata ancha y camisa a medio abrochar, mientras su pelo largo y oscuro danzaba con cada paso. “Estoy Nueva York”, debió pensar, ignorando que lo que en realidad la esperaba era la fatalidad de la noche.

Mi Leica y yo lo supimos en cuanto le vimos ir a su encuentro. Traje negro con finas rayas blancas, del que salían unos puños con volantes del mismo color, corbata naranja abrochada con pedrusco azabache y un enorme anillo dorado descansando sobre un bastón de falso dandi, con el que acompañaba su caminar chulesco. La viva imagen de un cazador de talentos callejeros. Sus zapatos blancos se acercaron con una sonrisa a aquel proyecto de mujer.

¿De dónde vienes niña?. Todos venimos de algún sitio. ¿De Minnesota? ¿O quizás de Puerto Rico? Tu piel no te delata, ni tampoco esa minúscula nariz a la que se quieren acercar tus labios. Pero muy pronto lo sabré. Sé dónde encontrarte. En el mismo lugar en el que conocí a Josefina.

Ahora te vas con él, después de intercambiar sonrisas y palabras mudas que mi Leica inmortaliza a golpes de “clic”. Seguramente te ha ofrecido un suculento desayuno en uno de esos humeantes restaurantes que nunca duermen. Y hasta adivino cual será.

La calle ruidosa los recibe entre restos de basura desperdigados, que simulan el final de un desfile que nunca tuvo lugar. Pantalones de campana, pelos afro y chaquetas de pana los esquivan, como si la cosa no fuese con ellos. El cazador saluda a dos niños mulatos que juegan a ser mayores con su gorra de medio lado. Les da unas monedas con un choque de manos y ella sonríe confiada. Veo cómo se alejan en un Cadillac marrón con asientos de cuero blanco. Mi Leica se ha pegado un buen festín. Pero yo aún necesito más. Tengo hambre…

Sigo la estela del imponente Cadillac a pie. Dudo si tomar la Octava Avenida o la calle cuarenta y dos. Es una mañana tan blanca y cargada de polvo como cualquier otra. Pero yo no tengo nada más que hacer. Solo saciar mi apetito. Así que sigo por la Octava Avenida. De vez en cuando tomo aliento y hago trabajar a Leica que parece refunfuñar con cada disparo, con cada destello de realidad que escupe a regañadientes.

Pero esto es Nueva York. Y yo aún no me he contagiado de la ceguera de los habitantes que transitan por sus calles, como si nada de lo que les rodea forme parte de su mundo. En el mío está el mendigo que vive entre cartones en una esquina, los chavales que adelantan su madurez trapicheando o el borracho que titubea, mientras festeja robar a dos muertos en una esquina.

Josefina… Tú también formas parte de mi mundo aunque ya no estés. Ahí me dirijo, al lugar donde te vi por primera vez, sentada en un taburete, revolviendo tu café con la misma desgana con la que le esperabas a él, rodeada de proxenetas que hacían cuentas con sus mujeres, mientras a tus espaldas circulaban rayas de coca para dar un poco de animación al asunto. Pero tú eras diferente. Tú mirabas toda aquella decadencia corpórea con el desprecio de quien sabe que ese no es su sitio, con la esperanza de ahorrar lo suficiente para reunirte con tu hijo en Puerto Rico. Después seguiste a esa farsa de hombre enfundado en un traje blanco y desapareciste. Todos los días eran iguales. Una constante entrada y salida de aquel bar de Bowery Side.

Josefina Wilson me dijiste que te llamabas. Aunque eso fue mucho después, cuando te despojaste de tu disfraz en la penumbra de mi habitación. Aún puedo escuchar el eco de Careless Love de Ray Charles, colándose desde el bar de la esquina en la que te robé aquella noche… “Well, I say love, oh, love, careless love. I said love, oh love…” Su melodía se mezcla con el ruido de sirenas, con las voces del mestizaje, con la luz parpadeante de los carteles luminosos…

Aquel amor descuidado, loco y ciego vuelve a mí con la misma cadencia de las notas de ese blues con el que prolongamos nuestra última noche y saboreamos cada rincón empapado en sudor. Entonces puse en tus manos un treinta y ocho Smith & Wesson Special, el arma más infalible. “Gracias flaquito”, me dijiste. Y yo me sentí aliviado por ayudarte a ahuyentar el miedo que te producía pasear las aceras en solitario. Ignoré, o quizás no quise ver que el hombre del traje blanco, el más temido gánster del bajo Queens de Nueva York, no dejaría irse a su valiosa propiedad con tanta facilidad.

Confieso que llegué a tener celos de aquél chulo de poca monta, engrandecido por la leyenda que se había labrado a golpe de navajazos. Pedro Barrios le llamaban. Alguna vez adiviné en tus tristes palabras un atisbo de despecho, un destello de amor hacia él. Y dejé que te fueses, satisfecho por entregarte la llave de la libertad, ignorando que ya nunca volvería a robarte en ninguna esquina… “But I’m so glad, so glad, I see that old love made a fool of me”

Ahora regreso a ese lugar donde la vi por primera vez. Huele a salchichas, a huevos y al trajín de la noche anterior. Joe se limpia sus negras manos en el delantal. Ocupo mi lugar de siempre en la barra y dejo que me sirva lo de cada día. Unas tostadas, huevos, bacon y un café sólo muy largo. Giro la cabeza, busco a la nueva entre el revuelo de tupés, kétchup, tortitas y barras de labios. La localizo en la mesa del fondo, sentada delante de una gigante half-smoke mientras el cazador la examina fumando un cigarrillo.  Mi mano se impacienta. Un clic rápido, sólo uno. Pero mi Leica me advierte que no es buena idea. Allí no. Ya tendrás ocasión de saborearla Pablo. “Pablito, mi españolito bello”, me decía cuando iba a buscarla…

El pelo le cae sobre los hombros igual que lo hacía el de Josefina. Su boca está ocupada saboreando el festín con el que la acaban de obsequiar. Te esperan muchos más niña… A ti también te robaré en una esquina. Mojo mi bigote en el café. No tengo prisa, nunca la tengo. Una rubia con vestido entallado cruza las piernas. Mira nerviosa a la mesa de la nueva pareja. Adivina que acaba de pasar a segunda posición en el ranking. Enciende un cigarro. Espera su turno. El cazador se levanta y le dice algo al oído a la nueva. Después se acerca a la rubia, esquivando las mesas. La calma con una sonrisa que me recuerda lo oscura que es su piel. Es un profesional de la dominante seducción. Pero la rubia parece cansada. Por hoy ha sido suficiente. Le desliza su parte del botín y él se lo guarda en la chaqueta, mientras ella aplasta en el cenicero el final de su jornada y se despide ajustándose el vestido.

La nueva relame los últimos pedazos de la half-smoke. Enciende un cigarro y por un instante, su mirada y la mía se encuentran. Advierto un gesto de triunfo en su cara. Algo muy lejano al hastío y vergüenza de Josefina. Adivino en ella la excitación de lo desconocido, la rebeldía de la juventud que ansía traspasar la delgada línea de lo prohibido. No, ella no es de Puerto Rico. No es una emigrante forzada como Josefina. No la espera un hijo de tres años en una aldea sin nombre de la que solo se puede sacar miseria. Ella es una buscavidas que huye de la estrechez de miras de un pueblo perdido de Norte América. Aspira a algo más. Y si es necesario patear las aceras de Nueva York para llegar a ese lugar lo harás. ¿Verdad niña?

No… Definitivamente tú no eres la misma mujer, pero quizás podrías llegar a serlo… Me lo dice tu sonrisa. Mi Leica nunca miente. “Oh, love, careless love…”

Autora: Patricia Bernardo.

© 2020. Patricia Bernardo Delgado.