Y entonces llegaron ellas

Y entonces llegaron ellas

¡Buenas viajeros! Hoy estoy muy contenta. Y es que los premios Emmy para 2017 han tenido a bien reconocer el gran trabajo de dos de mis series favoritas: The Handmaid’s Tale y de Big Little lies.

Me alegra que ambas compitiesen en apartados distintos: la primera en series y la segunda, en miniseries. En el caso de The Handmaid’s Tale (“El cuento de la criada”) estaba cantado, al menos para mi y supongo que para los que habéis seguido la serie también. Reúne una temática original y arriesgada, basada en la novela de Margaret Atwood, que también es productora de la serie, engrandecida por actuaciones tan soberbias como la de su protagonista y coproductora Elisabeth Moss, el tremendo y enigmático Joseph Fiennes y la atractiva Yvonne Strahovski. A ello se une la perfecta caracterización de sus personajes, fotografía y estética, junto con una banda sonora rompedora, muy acertada, que nos recuerda que lo que estamos viviendo está sucediendo en una época actual, no en el siglo pasado. Recuerdo que cuando vi el cartel publicitario me hice la remolona. Pensé que era una serie de la Edad Media o de una secta de extrañas monjas. Pero cuando un día me decidí a verla, descrubrí que nada más lejos de mis sospechas. Y desde entonces, no pude dejar de esperar con ansias al siguiente capítulo. Queda por saber si la segunda temporada estará a la altura de la primera. Nunca se sabe, pero por lo pronto, ya se está rodando y somos muchos los que esperamos a que esté en la pequeña pantalla.

Big Little lies me lo puso mucho más fácil. Y es que sencillamente ver a Nicole Kidman y a Reese Witherspoon compartiendo protagonismo, junto con una tímida Shailene Woodley, consiguió llamar toda mi atención. Nicole suele tener muy buen gusto a la hora de escoger papeles y me gusta cómo actúa cuando encarna un personaje dramático. En el caso de Reese ocurre algo parecido, aunque no llega a gustarme tanto como Nicole, es de esas actrices que con el paso de los años ha sabido evolucionar y crecer con paso firme y decidido.

El guión ya apuntaba maneras, basado en una novela australiana de Liane Moriarty, con el mismo título, ambientada en Monterrey, aunque no todo rodado en esa zona, puesto que las maravillosas casas en las que viven algunas de sus protagonistas están situadas en Malibú, lo que contribuyó a que la estética fuese muy atractiva. Pero sobre todo, sus personajes, cargados de un fuerte dramatismo y misterio, todos ellos posibles sospechosos y víctimas de un asesinato que es una gran incógnita, enganchan desde el principio. A las tres protagonistas se unen además otras grandes como la inmensa Laura Dern y Zoë Kravitz, que además se lanza a cantarnos un tema.

Los personajes masculinos no deben pasar desapercibidos y aunque la serie es femenina por naturaleza, ellos lo bordan. Desde el sueco Alexander Skarsgård, mas conocido por su papel de vampiro en “True Blood”, pasando por James Tupper y el siempre presente: Adam Scott.

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La guinda del pastel la pone la música. Casi cobrando un papel protagonista. Redonda, diría yo. Con temas tan grandes como “Harvest moon” de Neil Young o “Pocketful of Rainbows” de Elvis Presley, que se suman entre otros muchos, a la melodía de cabecera: “Cold little herat” del cantante de soul Michael Kiwanuka. El formato miniserie es un soplo de aire fresco que se agradece dentro del panorama tradicional, pero ojo, porque hay quien dice que habrá segunda temporada… Nos tendremos que quedar con la duda. Por ahora, a saborear las mieles del éxito.

Patricia Bernardo Delgado.

Los viajes musicales de David Lynch

Los viajes musicales de David Lynch

Seguramente a los amantes de Twin Peaks la tercera temporada os haya resultado una broma de mal gusto, un jarro de agua fría, una extravagancia o quizás, sencillamente no os haya gustado. Pero para los amantes de David Lynch este giro no creo que os haya sorprendido. En esta temporada Lynch es más auténtico que nunca y actúa con la libertad de alguien a quien las reglas o las audiencias se la soplan, trasladándonos a una dimensión totalmente surrealista y onírica, en ocasiones  alucinógena y en otras  poética. Mundo paralelo y real, se confunden de una forma tan descabellada y anárquica que resulta difícil distinguir lo que es sueño de realidad.

Con una estética muy cuidada e incorporaciones tan acertadas como la de Naomi Watts, Lynch añade un tercer factor, siempre presente en sus trabajos, al que le otorga un peso aún mayor si cabe que en otras ocasiones: la música.  Si en las dos primeras temporadas Angelo Badalamenti fue el encargado de dirigir la banda sonora de Twin Peaks, y la singular Julee Cruise fue la que centró toda nuestra atención con “Falling”, ahora lo son todo un elenco de grupos, muchos de ellos desconocidos, al menos para mí, que intervienen en cada capítulo, actuando en un bar con mucho humo y cortinas de terciopelo rojo. Temas como “Shadow” de Chromátics, “Missisippi” de The Cactus Blossoms, o mi favorito: “Tarifa” de Sharon Van Etten, son algunas de las joyas de esta temporada. Todo muy Lynch.

Y ahí es donde me quiero quedar, en su banda sonora, que desde el 8 de septiembre ya podemos disfrutar, porque ha sido editada por Rhino en CD y doble vinilo, con una portada ideada por el propio David Lynch: “Music From de Limited Event Series”.

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Aquí os dejo la referencia de la playlist que sigo en Spotify, Twin Peaks: The Return Soundtrack.

Feliz viaje!

Patricia Bernardo Delgado.

 

A Jack le gustan las margaritas

A Jack le gustan las margaritas

“Las personas mayores nunca son capaces de ver las cosas por si mismas y es muy aburrido para los niños tener que darles explicaciones una y otra vez…” El Principito.

 -¡Mama, he descubierto algo fantástico! Lucas tiró su bicicleta en el jardín de casa, subió corriendo las escaleras del porche y se puso de puntillas para abrir la puerta.

-¡Mamá, mamá! -seguía gritando, mientras iba de una sala a otra buscando a su madre, hasta encontrarla en la cocina. Su madre estaba concentrada limpiando la encimera. Ante los ojos de Lucas parecía muy alta y segura. Dejó lo que estaba haciendo y se giró para ver llegar a su hijo rojo de excitación.

-¿Pero qué es eso tan importante que has descubierto pequeño ratón? -dijo mientras ponía sus brazos en jarras y miraba a Lucas con gesto de guasa, ladeando ligéramente la cabeza.

–Mama… Ya sabes que no me gusta que me llames ratón. Los ratones son roedores que comen queso y a mi no me gusta el queso -contestó resoplando a modo de enfado. Su madre intentó mantener el gesto serio.

–Es verdad cariño. Siempre se me olvida que no te gusta el queso. Así que dime: ¿qué es eso tan fantástico que me tienes que contar?. Menuda sudada traes anda… -dijo mientras revolvía su pelo y le daba un beso a Lucas en su carita llena de pecas.

-¡Verás mama, hoy he descubierto que a los perros les gusta comer flores! -dijo con la cara iluminada por el descubrimiento. Su madre se rió con ganas.

-¿Flores? Pero, cariño, a los perros les gusta comer de todo menos… Un momento… ¿A qué perro te refieres?

La madre se inquietó al mismo tiempo que caía en la cuenta de que ellos tenían un perro, el viejo y bueno de Jack.

Lucas cambió su gesto alegre por otro de fastidio. “Los mayores a veces parecen tontos”, pensó.

-¡Pues qué perro va a ser!. Jack mama, el único perro del mundo. No conocemos más perros. Mama, a veces pienso que no enteras de nada -dijo abriendo sus manos para expresar su desconcierto-

 “Ay dios, que nos hemos quedado sin perro”, pensó su madre mientras miraba por la ventana de la cocina buscando a Jack.

–Lucas… Dime que no le has dado de comer ninguna cosa rara a Jack. Sabes que es mayor y tiene un estómago delicado.

La madre había cambiado su gesto de guasa por un mas serio. Lucas, por supuesto, no entendía nada.

 –Mama, Jack se ha comido unas margaritas en el jardín y le gustaron. ¿No te parece fantástico?. Jack es un perro especial y vivirá muchos, muchos años porque cuando se acabe la comida de perros en el mundo, él se alimentará de margaritas. Yo las he probado pero no me acaban de gustar. Prefiero el bocadillo de Nocilla. Mamá… Tengo ganas de merendar -dijo Lucas mientras volvía a resoplar.

La madre no sabía si reírse o abrirle la boca para que escupiese las margaritas que se acaba de zampar. Pero acabó riéndose y encogiéndose de hombros. A fin de cuentas: ¿qué daño podían hacer unas pocas margaritas a Lucas y a Jack?.

-Eso está hecho. Pero antes de nada, vete a lavarte las manos y después, me sigues contando tu teoría sobre los perros y las margaritas -contestó su madre. Miró por la ventana de la cocina  y observó aliviada que Jack bebía agua en el jardín.

Lucas corrió por el pasillo feliz de que su madre por fin entendiese algo tan sencillo como que a Jack le gustaban las margaritas.

Patricia Bernardo Delgado.

Elizabeth Bishop y su arte de perder

Elizabeth Bishop y su arte de perder

Aprender cada día a perder algo es una tarea difícil, pero que una vez adquirida te ayuda a desprenderte de las ataduras del miedo. Así es como Elizabeth Bishop, poeta norteamericana ganadora del Premio Pulitzer en 1956, nos invita en su poema “El arte de perder”, a practicar cada día este “arte” tan complejo. Aprender a desprendernos y asumir que la pérdida forma parte de nuestras vidas, aunque a veces esa pérdida sea, por qué no, un desastre…

Descubrí a Elizabeth Bishop, a través de la película “Luna de Brasil”, dirigida por Bruno Barreto, que trata precisamente sobre la relación de amor de la poeta y la arquitecta brasileña Lota de Macedo Soares, desarrollada en Brasil, país en el que la poeta viviría durante quince años.

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Es una película interesante, fundamentalmente por la labor interpretativa de sus dos protagonistas que transmiten a la perfección el amor desgarrador y turbulento que se produce entre dos personalidades radicalmente distintas, que encarnan, en el caso de Elizabeth Bishop (Miranda Otto) el pesimismo y en el de Lota de Macedo Soares (Glória Pires), la fuerza.

Sin embargo, lo que permaneció dentro mi después de ver la película fue únicamente el interés por conocer la obra de  Elizabeth Bishop, especialmente por una escena  en la que lee a su amigo y colega Robert Lowell (Treat Williams), un poema titulado: “El arte de perder”Tiene varias versiones, pero esta puede que sea la que mas me gusta y que hoy quiero compartir con vosotros:

“El arte de perder no es difícil adquirirlo.
Tantas cosas parecen empeñadas
en perderse, que su pérdida no es un desastre.

Pierde algo cada día. Acepta el tumulto
de llaves de puertas perdidas, la hora malgastada.
El arte de perder no es difícil adquirirlo.

Practica entonces perder más aún, y más rápido:
lugares, nombres, y el sitio al que se suponía
que viajarías. Nada de esto será un desastre.

Perdí el reloj de mi madre, y -¡mira!- la última, o
penúltima de tres casas que amaba se fue.
El arte de perder no es difícil adquirirlo.

Perdí dos ciudades, ambas adorables. Y, más ampliamente,
algunos sitios de los que era dueña, dos ríos, un continente.
Los echo de menos, pero no fue un desastre.

-Hasta al perderte a ti (la voz bromista, un gesto
de amor) no habré mentido. Es evidente que
el arte de perder no es demasiado difícil de adquirir
aunque parezca por momentos (¡Escríbelo!) un desastre.”

En este artículo del País semanal, podéis leer un interesante relato sobre la vida y obra de la poeta http://elpaissemanal.elpais.com/confidencias/elizabeth-bishop-el-arte-de-perder/

¡Gracias por seguir ahí!. Seguimos viajando… Seguimos descubriendo.

 

Patricia Bernardo Delgado.

Sentí que sentía

Sentí que sentía

Foto: Pinterest. Cuadro de Van Gogh.

Recorrí campos de girasoles y molinos de viento hasta llegar a las dunas de Bolonia… Y ya de noche, viajé persiguiendo a la luna… De fondo, sonaba una canción que no recuerdo… Pero no era la canción a lo que prestaba atención, sino a la luna que me acompañaba a través de la ventanilla del coche, de vuelta a mi provisional casa… Aparecía y desaparecía entre los árboles, los escasos tejados y las nubes, que le abrían paso, anunciando que el día siguiente sería de sol, de agua y de lectura sosegada… Es tiempo para pensar, me dije, para recuperar lo que creía perdido en un rincón oscuro…

Y fue en ese momento, después de  recorrer los campos de molinos y girasoles, de viajar en coche con la luna… cuando me di cuenta de que ese sentimiento que creía adormecido, escondido como un perro apaleado que tiene miedo a ser acariciado, seguía vivo…  y eso, me hizo sonreír aliviada, porque por fin, volví a sentir que sentía.

Patricia Bernardo Delgado.

Algunos de mis libros favoritos

Algunos de mis libros favoritos

Fotografía: Getty Images.

Supongo que a muchos os gusta leer al igual que a mi… Y ahora que se acerca el momento de tomarse unas merecidas vacaciones, algunos estaréis deseando zambulliros en una historia que os atrape, que os engulla hasta meteros de lleno en ella… ¡Sabia decisión!

Se que a veces da pereza descubrir por iniciativa propia una novela o libro que nos guste lo suficiente como para mantenernos pegados a sus páginas. No es tarea fácil, conlleva paciencia, la suficiente como para aprender a equivocarse, darle la oportunidad de expresarse, o saber cuándo cerrarlo a tiempo, pero sobre todo, tener un espíritu inquieto, curioso, aventurero e independiente… Justo eso fue lo que me hizo encontrarme con algunos de mis libros favoritos, que hoy quiero compartir con vosotros. Claro está que se trata de gustos personales, habrá muchos a los que os atraiga una determinada temática que no encaje en este apartado, o sencillamente que el estilo de los autores que os voy a citar no os guste. A fin de cuentas un libro, al igual que una película tiene que llenarte en el momento o etapa que estás viviendo. Da igual quién lo haya escrito o que haya recibido mas o menos alabanzas de la crítica. Sencillamente se trata de que alimente tu espíritu.

Una de mis tradicionales manías es la de no comenzar por el título mas conocido del autor. Aunque desde luego, no es una regla o premisa a seguir. Supongo que es una cuestión de rebeldía personal o una de esas cosas que hacemos porque nos gusta, como empezar a leer el periódico por la última página. Pero cabe la posibilidad de que si comenzáis con el supuesto mejor libro del autor, os perdáis cosas mucho mejores por el camino, e incluso, puede que desistáis de querer leer mas sobre él. Si yo hubiese empezado a leer a mi narrador favorito:  William Somerset Maugham, por “La servidumbre humana”, descrita como su obra maestra, no habría tenido el gusto de conocer todas y cada una de sus novelas, cuentos y  obras de teatro. Y estoy segura de que no hubiese seguido leyendo nada del autor. Pero en vez de eso, comencé a leer el primero de los tomos de sus obras completas. Ahí estaba “Liza of Lambeth”, sus cuentos sobre el espía Asheden “El agente secreto”… y así hasta que llegué a “El filo de la navaja”, una de mis novelas favoritas, “The moon and sixpence”, traducida como “La luna y seis peniques” y también como “Soberbia”, “La otra comedia” o “El velo pintado”, pasando por cuentos maravillosos como “Lluvia”. Pero sin duda, leer sus obras teatrales fue lo que me cautivó y lo que me salvó de la locura en una época de reclusión dedicada al estudio de las oposiciones. De sus obras teatrales, podría citar muchas, pero por mostrar algunas: “Lady Frederick”, “Ms Dot”, “Penélope”, “Smith”, “Gente Bien” o “La esposa constante”, “Hogar y belleza”… son algunas de ellas. Me hicieron reír y alentaron mi espíritu. Confieso que cuando llegué al “mamotreto” de la “Servidumbre Humana” lo tuve que abandonar por imposible… Nada que ver con todo lo demás. Quizás ahora sea capaz de terminarlo, nunca se sabe.

De Somerset Maugham solo puedo deciros que su estilo, poco elogiado en su día por la crítica y algunos escritores de la época, es perfecto para quien le guste este tipo de narración: directa, nada pedante, lúcida, cargada de originalidad a la hora de contar historias que describen la época en la que vivía y su sociedad, dotándolas de ese cinismo, de esa crítica mordaz y ese sentido del humor agudo e irónico tan característico del autor… Claro está que Somerset no era recargado, ni estaba dotado de ese lirismo de otros autores, pero alguien que tenía esa facilidad para narrar no necesitaba perderse en metáforas ni gárgolas.

Su obra completa está editada por Plaza y Janés, es una edición de tapas duras y papel fino, que tuve la gran suerte de poder disfrutar gracias a mi padre, pero existen ediciones más modernas de sus novelas y cuentos.

Otra de mis manías es no leer nada sobre la biografía del autor más allá del resumen de la contraportada. Y esto es algo que os resultará chocante, pero solo cuando quedo saciada investigo sobre su vida…  En realidad, no me interesa conocer a quién voy a leer, sino lo que escribe, lo que cuenta, lo que transmite… Y si me atrapa, es cuando quiero conocer  la vida que hay detrás del autor, de lo contrario, estoy segura  de que habría dejado de conocer a grandes escritores. Gracias a eso, no me dejé influenciar por las opiniones sobre el terrible carácter de Somerset Maugham, aunque estoy segura de que no hubiesen sido capaces de disuadirme de leerlo, pues su vida fue tan rica como su obra: una infancia traumática, marcada por la muerte de su madre y de su padre, criado por un tío vicario, frío y distante, acomplejado por su escasa estatura y tartamudez, centro de las burlas de sus compañeros de colegio, creador de una coraza de sarcasmo y mas adelante crueldad con quienes le querían, estudiante de medicina, observador de la realidad del mundo, conductor de ambulancias en la Primera Guerra Mundial, espía del Gobierno Británico… Un compendio de lo mas rico y variopinto. Pero sobre todo el escritor mejor pagado durante los años treinta, que llegó a tener en los carteles de teatros londinenses cuatro obras a la vez y llegó hasta Hollywood donde se adaptaron varias de ellas. La revista Punch publicó en su día una graciosa caricatura de un Shakespeare mordiéndose las uñas porque llegó a tener tres obras en los escenarios de Londres.

Con Ernest Hemingway me pasó algo parecido. Aunque esta vez, quizás mas por ese afán mío de llevar la contraria, que me hizo empezar a leer “Paris era una fiesta”, novela escrita en primera persona por el autor, que narra sus años de juventud en Paris con su mujer, tras la primera guerra mundial. En ellos nos cuenta sus avatares para ganar dinero escribiendo para revistas extrajeras y sus inicios como novelista. También su relación de camaradería con otros escritores y artistas que vivían en París, como Scott Fidgerald o Ezra Pound y su pasajera amistad con la terrible Gertrude Stein que bautizó por motivos nada románticos a Hemingway y sus amigos como “La generación perdida”.

De ahí me fui a leer su colección de cuentos. Algunos de ellos maravillosos. Y me di cuenta que no necesitaba leer “El viejo y el mar” para coronar a Ernest Hemingway como uno de los mejores cuentistas de la historia, con perdón de Chejov.

En el caso de Scott Fidgerald, comencé leyendo “Suave es la noche” una novela basada en su relación de amor y desamor con su esposa Zelda, aquejada de una enfermedad mental y su lucha por salvarla. Maravillosa novela. Luego seguí leyendo “El Gran Gatsby”, otra gran novela, y después “Hermosos y Malditos” o a “Este lado del paraíso”. De Scott se puede decir que su forma de escribir es tan de caótica y vibrante como su propia vida, cargada de fiestas, alcohol, excesos e incoherencias. Ninguno de sus personajes te hará pensar en algo profundo. Pues cada uno de ellos te muestra con claridad la superficialidad del ser humano y su debilidad. Pero todos ellos están cargados de vida, de movimiento…

Sus novelas suenan a jazz, huelen a humo, a alcohol, a sensualidad, al debate interno del ser humano entre vivir responsablemente o sencillamente vivir…

Truman Capote es otro de mis autores favoritos. No, no leí “A sangre fría”. No me apeteció hacerlo después de leer su colección de maravillosos cuentos. Capote es para mi junto con Hemingway, un gran creador de cuentos, de pequeñas historias… Y es uno de esos autores que te sorprende, por aquello que os decía al principio de no dejaros embaucar por lo que dicen o cuentan.

Poco después, descubrí por azar una novela inacabada que encontraron en su apartamento de Nueva York una vez muerto, llamada “Crucero de verano”. Puede que no sea su mejor obra, de hecho no lo es, pero desde luego no te deja impasible y lo que es más importante, no puedes dejar de leerla. Y por supuesto, leer e imaginar “Breakfast at Tiffany’s” no es comparable ni siquiera con mi querida Audrey Hepburn. No obstante, siempre es bueno dejarse un as en la manga y al igual que con el resto de escritores, saber que siempre te quedará algo por leer…

Y qué decir de Richard Ford… A parte de que me rindo ante su elegancia escribiendo, he de confesar que el primer libro que leí de él fue “Incendios”, después, “Historias de hombres y mujeres”… Y aún sigo leyéndolo. Quiero tomarme mi tiempo. De él me gusta ese distanciamiento de los autores americanos actuales, tan apegados a producir libros enormes, de infinidad de páginas, con historias enrevesadas y una multitud de personajes, que aparecen y desaparecen, historias que se entremezclan, convirtiendo a la novela en un terrible revoltijo de cosas, que no acaban de tomar forma y que quedan muy lejos de ser una historia coherente. Esa que te atrapa, que te envuelve, que se centra en su protagonista y unos pocos personajes, en sus dudas y preguntas sobre la vida, su entorno, sus circunstancias y lo que se forma a raíz de todo ello. Una historia que puede surgir de una relación familiar truncada, o del miedo, o de los celos… O sencillamente de la cotidianidad. Pues eso es lo que sabe hacer Richard Ford con una sencillez, sensibilidad y profundidad que te hace pensar, te inquieta y a veces desconcierta. Porque para Richard, al igual que para Hemingway, Truman Capote o Scott Fidgerald lo importante es la historia del protagonista y lo que siente.

 

De Dostovieski, me enamoré de “Noches Blancas” y de “Humillados y Ofendidos”. Hay quien dice que no escribía bien. Pero sin embargo, sus personajes cobran vida propia, el escritor se zambulle de lleno en su interior, en la psicología de cada uno de ellos, condicionados siempre por el entorno social de Rusia… En sus obras hay historias de amor desgarradoras, hay muerte, hay crueldad y traición, hay soledad y enfermedad, pero también existe un destello de esperanza ternura y romanticismo. Nunca leí a nadie que fuese capaz de otorgar a un personaje esa intensidad dramática. Y de Stendhal sin duda, ese realismo de sus narraciones, esas historias de amor imposibles, sus personajes y sus avatares para tener un lugar en la sociedad, enmarcados en la Francia e Italia del siglo diecinueve, que se traducen en obras universales, inmensas como: “Rojo y negro” y “La Cartuja de Parma”.

Así podría seguir haciendo un repaso por mis escritores y obras favoritas. Pero me gustaría hacer una parada en un autor que acabo de conocer y no quiero dejar de hacerlo: se llama Mikel Santiago. Cambio así de registro y acabo con un golpe de efecto. Muchos ya habréis oído hablar de él y sino al tiempo. En este caso, sencillamente rompí los esquemas, dejé a un lado mis manías. E hice otra cosa que es más importante: seguí mi instinto. Su novela “La última noche en Tremore Beach” llegó a mí por casualidad. Se posó encima de la mesa de mi despacho por obra de una amiga que me dijo: léelo. Y lo hice. Ahora, después de haber leído “El mal camino” y “El extraño verano de Tom Harvey”, tengo muchas ganas de leer todas sus primeras novelas autoeditadas y las futuras que estén por llegar.

¿Qué puedo decir de este autor? Básicamente es una cuestión de química, leí una de sus novelas y me enganché. No solo me gusta como narra: de forma sencilla y ágil, sino también su gusto para escoger preciosos paisajes en los que enmarca sus historias y describe con una sensualidad, belleza y cercanía que hace que te apetezca fugarte y dejarlo todo. Sus protagonistas son “antihéroes” que te caen bien desde el principio, te enternecen y  te alías con ellos para descubrir el misterio que se esconde detrás de cada historia… Si a ello le añadimos mucha buena música de fondo, creo que tenemos los ingredientes perfectos. Así que, queridos viajeros, espero que no solo viajéis mucho por tierra, mar o aire, sino que dejéis volar vuestra imaginación leyendo, durante estas vacaciones. Es bueno, muy bueno para el alma…

Patricia Bernardo Delgado.

 

“Tardes de domingo con Marilia”

“Tardes de domingo con Marilia”

El anciano se recogió los pantalones que le quedaban demasiado grandes. Los enderezó en la cintura y dejó el importe de la cuenta encima de la mesa. A su alrededor todo era ruido de tazas y platos que chocaban al apilarse, mientras el camarero de camisa blanca y pajarita gastada intentaba terminar rápido para atender otra mesa. Era domingo y el trajín de la gente entrando y saliendo de la cafetería, se mezclaba con el olor de los pasteles y el hojaldre recién horneado. Nadie se había percatado en el anciano que se había quedado mirando a través del gran ventanal que daba a la estación de tren, paralizado, como si hubiese visto a un fantasma. Sus ojos se habían aguado y su boca temblaba. Sin embargo, a fuera solo había un gran reloj que coronaba la estación de tren y anunciaba que eran las seis de la tarde, y taxis, coches y personas cargadas con maletas. Pero no era lo que había ahí fuera lo que hacía que el anciano se perturbase, sino el recuerdo reflejado en el cristal de una de tantas tardes de domingo, a esa misma hora, en esa misma estación, en las que Marilia le esperaba y se arrojaba a su cuello al verle salir del tren, como si de un salvavidas se tratase y le abrazaba tan fuerte y tantos besos le daba, que él terminaba apartándola con  suavidad, atosigado por su efusividad. Ese recuerdo tan lejano había vuelto de repente, sin previo aviso a la frágil mente del anciano, devolviéndole su propia imagen reflejada en el cristal, demasiado arrugada y flaca. Ahora, recordó por qué iba cada tarde a esa cafetería. Volvía para reencontrarse con Marilia, aunque no lo supo hasta ese domingo de mayo, en el que se recogió el pantalón y pagó la cuenta para irse a su casa, y después sentarse en la gran butaca del salón frente al televisor. Al día siguiente vendría Manuela y abriría la puerta con su habitual remango, y le alegraría como siempre sus mañanas con su parloteo incansable. Pero él sabía que volvería el domingo siguiente a ese lugar, a esa cafetería, a buscar a través del ventanal el recuerdo de Marilia, aunque no lo recordase, aunque seguramente olvidase el motivo, y no volviese a representarse de una forma tan viva como la de aquella tarde… Horas después, el anciano pudo por fin quedarse dormido mientras el murmullo de la televisión le acompañaba… Una sonrisa se dibujada en su cara. Era la sonrisa del recuerdo vivido y encontrado en su memoria, y esa noche soñó aferrado a él, disfrutando de ese momento, quizás efímero, quizás reincidente.

Autor: Patricia Bernardo Delgado