La cumbre de la vida

La cumbre de la vida

Foto: Bansky.

Lucía y Simón decidieron emprender un viaje en busca de la “La montaña de la vida”. Ese lugar había adquirido mucha fama porque las personas que conseguían llegar hasta su cima, experimentaban un cambio en su vida imposible de explicar. Nadie de los que allí habían estado, eran capaces de definir lo que habían visto, ni sentido. Tampoco qué cosas de su vida habían cambiado a partir de ese momento. Tan solo alcanzaban a resumir su experiencia como: “Inolvidable” “indescriptible”, “grandiosa”. Otros llegaban mas allá y decían: “Me ha transformado”. Pero cuando les preguntaban qué era lo que había cambiado, se encogían de hombros y decían: “No sabría explicarlo. Solo sé que mi vida ya no es la misma”.

La expectación crecía conforme los datos eran más escasos. Los periódicos y la televisión se hacían eco de tan extraño lugar del que nadie tenía una fotografía o un documento que acreditase su existencia. Tampoco un mapa ni dirección que indicase el camino a seguir. Sencillamente las personas sabían que tenía que ir y lo hacían. Muchos pensaban que se trataba de una leyenda, de una historia de un grupo de visionarios, que habían perdido la cabeza o pretendían difundir entre la población alguna extraña creencia, que después, conduciría a que existía un Dios que reinaba en dicho lugar y te concedería la eterna existencia. Pero con el paso del tiempo, visitar la montaña de la vida y alcanzar su cumbre, se había convertido en algo tan común como hacer el “Camino de Santiago”. Dejó de tener tanta expectación y pasó a formar parte de la cotidianeidad de este mundo.

Lucía y Simón tomaron la decisión sin buscarla. Sencillamente una mañana se levantaron, y mientras desayunaban en silencio, como cada día antes de ir a trabajar, se escucharon diciendo -Dentro de tres días viajaremos a la montaña de la vida y subiremos a su cumbre-. Se miraron extrañados, como si sus palabras fuesen articuladas por otras personas. Pero después, siguieron con sus tareas, se ducharon, se vistieron, se despidieron con un ligero beso, emprendiendo el camino hacia su oficina. Puntuales, perfectos, sin alterar ni una sola de sus costumbres.

Cuando Lucía y Simón dijeron a sus jefes que tenían pensado irse de vacaciones a la montaña de la vida, éstos no se sorprendieron. Esperaban que eso sucediese y consintieron sin oponer resistencia con una sonrisa, pues  ellos ya habían visitado hacía mucho tiempo ese lugar. Algunos de sus compañeros los miraron con envidia. Todos les desearon buen viaje, esperando que regresasen pronto para contarles qué era lo que pasaba allí, si es que eran capaces de hacerlo.

No fue difícil encontrar el camino. El coche los había conducido durante algunos kilómetros a las afueras de la ciudad. Todo el trayecto se fue transformando ante sus ojos, cobrando una luz apagada y gris. Se pararon en el margen de la carretera, rodeada por un bosque rodeado de pinos, en lo que parecía ser un camino de graba. Se bajaron del coche y cogieron sus mochilas. Simón se adelantó para apartar la maleza que tapaba el cartel que decía: “Bienvenidos a la montaña de la vida”. Abrió la puerta de metal oxidado que le separaba de la entrada. Lucía y él se miraron con los ojos cargados de excitación. Pero no dijeron nada. Sencillamente entraron en el bosque y empezaron a caminar. La luz había cambiado de color, el cielo ya no estaba gris y amorfo. Olía a eucalipto, a pino, a helecho y a mil y una flores… Se oía el sonido alegre y vivaz de algún pájaro y el tímido ronroneo de los insectos que deambulaban escondidos… Caminaron por el sendero que marcaba el camino hasta que llegaron a una pendiente que parecía interminable. Miraron descorazonados hacia arriba, buscando el final. A penas vislumbraron la cima, la famosa cumbre a la que debían llegar, rodeada de nubes blancas, que giraban y giraban a su alrededor… Pero no se dieron por vencidos. Ese era su destino y para eso habían llegado hasta ahí…  Así que comenzaron a subir, dejando que las horas transcurriesen sin otra idea que llegar a la cima.

El calor apareció para complicar aún más las cosas y después, el malhumor, el hambre y el cansancio, que  llegaron a la vez que la paciencia  se esfumaba. De repente, Lucía y Simón empezaron a mirarse con profundo desprecio el uno al otro. Lucía no soportaba el ruido que Simón hacía al respirar, ni cómo pisaba con fuerza el suelo, levantando el polvo de la arena del camino. Simón no aguantaba que Lucía se quejase de forma lastimosa por cualquier contratiempo, ni que necesitase parar cada poco para coger aliento, orinar o beber agua. -No bebas tanta agua y así mearás menos- pensaba- y de paso no acabas con el agua-. Definitivamente aborrecía a Lucía y a su egoísmo sin límites. Y Lucía veía a Simón como un amargado que solo sabía detectar en ella esos pequeños defectos que, por otra parte, ella consideraba más humanos que sus “tic” nerviosos.

Tal llegó a ser el rechazo entre ambos, que Lucía comenzó a apurar el paso para ir delante de Simón, y él empezó a considerar su “hazaña” como la mayor tontería que había hecho en muchos años. -¿Por qué estaba viviendo con aquella mujer tan sumamente insoportable y egocéntrica?- se preguntaba Simón.  Lucía por su parte, se echaba en cara haber dejado escapar a aquél jovencito de su oficina que le había propuesto salir a tomar unas cervezas, escogiendo volver corriendo a su casa para estar con un hombre incapaz de hacerla sentir especial, y que además, ahora se había convertido en un viejo prematuro con tos, jadeos y el mal humor propio de un amargado. -Si, era un amargado. Y llegaría antes a ese maldito lugar y su vida cambiaría para siempre, pero lo haría sola, sin Simón-

Y así Lucía y Simón caminaron y caminaron, movidos por su profundo odio hacia el otro, y la ansiedad por alcanzar “la cumbre de la vida”. Simón sintió de repente una punzada en su pecho. Pero estaba muy lejos de Lucía, que casi corría pendiente arriba. Pensó que en realidad, le daba igual llegar a la cima de la  montaña. Y que si lo hacía no sería con Lucía. No tenía prisa, ni tampoco ganas de gritar que le esperase, ni de avisarla que acamparía en ese pequeño y encantador claro del bosque que había encontrado como por arte de magia.  Allí decidió quedarse. Se deshizo de su mochila, que apoyó junto al tronco de un árbol, para hacer las veces de almohada y se sentó, recostado sobre ella… La tarde empezaba a refrescar, ahuyentando el calor sofocante que los había acompañado durante el día… El cielo formaba un cuadro moteado por las hojas de los árboles que dejaban pasar los rayos del sol, como destellos que de vez en cuando le cegaban, obligándole a cerrar los ojos… Simón pensó que no había mejor lugar, ni montaña en el mundo que le diese más vida que aquél oasis… Dejó que sus sentidos se deleitasen con el sonido del silencio del bosque… Lucía seguiría caminando cual posesa. Y seguramente llegaría un momento en que se extrañaría de no escuchar sus pasos, o de no verlo avanzar tras ella. Pero… -¿Qué más daba eso ahora?. Él estaría ahí, bajo aquél árbol del bosque… No había prisa…- pensó mientras se quedaba profundamente dormido…-

Lucía había seguido caminando sin ceder ni un ápice en su intento. Ni el calor, ni la sed, ni el cansancio la habían hecho parar, ni mirar atrás. No podía darle el gusto a Simón de mostrarse débil. Quería demostrarle que ella sí que era capaz de soportar cualquier cosa con tal de alcanzar su objetivo. No le necesitaba para llegar a la cumbre de la montaña. Ni a él ni a nadie.

Pero al mirar atrás no vio a Simón. Por más que escalaba y escalaba, para buscar un lugar desde el que atisbar el camino que habían estado recorriendo, no consiguió verle. Al principio le dio igual. Pensó que tarde o temprano aparecería. Pero cuando empezó a atardecer sin tener noticias de Simón, se inquietó. -¿Le habría pasado algo?. No, Simón era demasiado inteligente como para permitir eso- se calmó a sí misma. Y continuó subiendo la cuesta, que cada vez era más pronunciada, estrechándose el camino hasta hacerla pelearse con las zarzas y helechos que le cortaban el paso. Sintió que las piernas le flaqueaban, pero se dijo que si conseguía llegar antes de que anocheciese, sería una gran proeza que Simón tendría que admitir. Y así sacó fuerzas para llegar al final del trayecto, cuando el sol empezaba a acercarse al horizonte… Supo que estaba muy cerca porque el camino se convirtió en unas escaleras de piedra que giraban y giraban, menguando con cada giro… Hasta que por fin lo vio: “La cumbre de la vida”, decía un cartel escrito en letras de colores, tantos como los del arco iris… Justo antes de subir el último escalón Lucía sintió un fuerte malestar interior que le encogió el estómago y redujo su alegría a un estado de angustia. No se oía nada más que un  leve murmullo, como el que producen las personas en la iglesia cuando rezan en silencio… Pero no se escuchaba por ninguna parte la respiración de Simón, ni sus jadeos, ni sus carraspeos para aclararse la garganta… De repente, sintió que la tristeza se apoderaba de ella, empañando el triunfo que unos minutos antes la había embargado… Y ahora… Ahora solo quedaba subir ese último escalón para llegar a la cima de aquella montaña, a  “la cumbre de la vida”.  Pero lo haría ella sola, sin Simón….

Aún así, Lucía se dijo que si él no había subido sería porque no quería, o porque la odiaba tanto que no soportaba la idea de llegar a ese lugar en su compañía… Y así, dejando por un momento atrás todos los malos pensamientos relacionados con Simón, Lucía llegó a “la cumbre de la vida”.

Cuando subió ese último escalón, salió a una nueva superficie, como si acabase de escalar por las tripas de la tierra y estuviese encima de su corteza, en lo alto de una torre desde la que podía ver el mundo entero… Vio con claridad como llamaban a la oración desde Marruecos a Estambul… Como en Tel Aviv los hombres se daban de cabezazos contra un muro en honor a su Dios y en lo alto del Tibet lo hacían en la más pura meditación… Vio como en Nueva Delhi los niños corrían descalzos por la calle. Y en Estados Unidos a un grupo de amish en carretas tiradas por caballos. Vio tribus remotas en la Amazonia y en Nueva Zelanda… Y en Roma al Papa en la piazza del Popolo… Vio los puentes de oro que cruzaban el río Sena en París… Vio todo eso y más, mucho más… La Estatua de la Libertad y  ondear la bandera de los Estados Unidos de América. Los templos japoneses y la muralla china. Vio las montañas de Afganistán y sus pequeñas cuevas, vio las pirámides de Egipto, el Nilo y la Sabana africana, elefantes, tigres, leones, niños a las espaldas de su madre felices, niños y niñas cantando… Vio eso y mucho más… Pero también vio niños descalzos, niños hambrientos, niños muertos y buitres volando a su alrededor,  vio balas cruzando de un extremo a otro del mundo, vio odio, vio miseria, vio ratas corriendo por las calles, vio a mujeres y a hombres sufrir… Respiró el aire de todas las personas que formaban el mundo. A penas pudo asimilar todo el olor que transmitían. Una mezcla entre vida y muerte demasiado fuerte, demasiado emocionante y escalofriante.  Descubrió que ese era el origen del murmullo que había oído subiendo las escaleras de piedra… Las piernas le flaquearon ante la terrible sensación de que estaba sola en la cima de una montaña desde la que podía contemplar con claridad lo que era el mundo. Sintió que toda esa grandeza compuesta por tantas personas, ciudades, pueblos, paisajes, religiones, riquezas y pobrezas, solo la hacían darse cuenta de lo pequeña e insignificante que era. Pues su vida, su pequeña vida, estaba perdida entre toda esa  multitud y quizás nunca llegaría a ser observada por nadie desde esa cima que llamaban “la cumbre de la vida”. Y de serlo, ¿qué sentido tendría para ella que así fuese?. Su vida cobraba sentido porque Simón y ella formaban parte de ella. No había nada especial ni relevante que los hiciese sobresalir entre toda esa diversidad. O quizás, solo sirviese de ejemplo de cómo es la vida de una pareja de jóvenes europeos en el siglo veintiuno. Dos robots programados para levantarse a las seis de la mañana, asearse, desayunar en silencio mientras leen o escuchan las noticias, darse un fugaz beso antes de acudir a sus trabajos y dejar que el día pase para empezar el siguiente… Pero en ese momento en que se encontraba sola en “la cumbre de la vida”, sintió que nada de todo lo visto tenía sentido si no podía compartirlo con Simón. Echó de menos su vida, su deliciosa monotonía que no era sino algo tan maravilloso y grandioso como estar viva. Y empezó a bajar la cumbre a la que había llegado.

Cada paso que daba, cada escalón que bajaba, más y más rápido pensaba entusiasmada en lo estúpida que había sido por no entender que cada momento, aparentemente insignificante, cada taza de café derramada, el despertador anunciando que era la hora de levantarse, cada gota de agua fría que salía de la ducha, cada hora mirando al ordenador, cada noche acurrucada al lado de Simón, cada resoplido o estornudo, cada silencio o cada sonrisa… Cada broma, aún no bien recibida… Esa era “la cumbre la vida”. Descendió, casi rodó por las escaleras de piedra, se magulló luchando contra los helechos, maldijo a la noche por llegar tan rápido y tener que encender su linterna… Deseó llegar cuanto antes donde estaba Simón para contarle todo aquello… De repente, vio a lo lejos una tenue luz, entre unos árboles. Y después, una tienda de campaña y luego, pudo descubrir que se trataba de su tienda de campaña, aquella de color naranja que habían comprado para ir a la montaña de la  vida.- Menudo invento- pensó Lucía -¿Cobrarán comisión los de la tienda de deportes?-

Pero no le dio tiempo a contestarse. Corrió hasta el lugar en que había acampado Simón, gritó su nombre hasta que abrió la cremallera de la tienda en la que dormía, o más bien roncaba dentro de su saco de dormir, ajeno a todo. Lucía jadeaba por el esfuerzo… Zarandeó a Simón… -Pssss… Simón, Simón… Despierta…-. Pero Simón no despertaba. Su sueño era demasiado profundo… Lucía insistió una vez más-Simón… Cariño tengo que contarte algo maravilloso…-. Pero Simón seguía roncando… Lucía insistió por tercera vez hasta que cansada de tanto esperar insistió una cuarta vez -¡Simón!- gritó. Y esta vez Simón si se despertó. O más bien se sobresaltó y pegó un brinco en su saco que a punto estuvo de tirar por los aires la tienda de campaña.

-Pero… ¿Qué coño pasa?- dijo confuso, frotándose los ojos. -¿Te has vuelto loca?- Simón miraba a Lucía desconcertado.

-¡Si!!!!- dijo ella emocionada, abrazando a Simón y besándolo. Tirándose encima de él como si de un perro que encuentra a su amo tras perderse se tratase. Simón empezó a reírse… ¿Así que lo has conseguido, eh?- preguntó mientras abrazaba a Lucía. -¿Has llegado a “la cumbre de la vida”?- preguntó. –Si, llegué- dijo ella. -Cuéntame, cómo es… ¿Es tan increíble como todo el mundo dice? ¿Merece la pena ir?- Lucía se recostó sobre su regazo apoyándose sobre un codo y miró a Simón de una forma distinta a todas las demás veces en las que lo había hecho –Lo más increíble no es el lugar, sino lo que sientes cuando llegas a él y cuando lo que descubres- contestó Lucía. -¿Y qué es?- preguntó Simón aún medio dormido. -Conciencia de tu vida y ganas de vivirla- dijo ella -Y sobre todo, unas ganas terribles de bajar para poder compartir ese hallazgo contigo: “La cumbre de la vida” no es ese lugar, sino este en el que estamos ahora y en el que vivimos cada día. Eso es lo que aprendes ahí arriba-

-Ya…- contestó Simón, mirándola un poco extrañado, pero conmovido por las hojas secas entremezcladas con su pelo despeinado, sus arañazos, y heridas en las rodillas… -Solo tengo una pregunta- añadió –Qué…- dijo ella. -¿Te tiraste rondando por la cumbre para llegar más rápido y venir a despertarme?-. Lucía le miró primero con fastidio y después se rió mientras le pegaba suavemente en el brazo.

Las luces de la noche se fueron alejando y alejando, hasta que la tienda de campaña solo formó un pequeño puntito de luz que a su vez se integró dentro del universo, como una estrella más entre los millones que rondan el cielo… Y allí, en ese pequeño lugar, Lucía y Simón eran observados por otra persona que al contemplarlos tomaba conciencia de su propia vida.

Patricia Bernardo Delgado.

Charlando con Pablo Valdés:

Charlando con Pablo Valdés:

“Átame a tu sonrisa en este mundo en quiebra, tengo tiempo para darte guerra. Cógeme, todo se ha vuelto loco ahí fuera, derriban torres y queman banderas… Esta vez da igual que nadie más lo entienda, son nuestras cosas mas pequeñas. Tan solo deja que te envuelva…”

Así comienza en nuevo single de Pablo Valdés “Cosa de dos”, recién estrenado en Spotify. Y así quería empezar a contaros la conversación que tuve con él hace unas semanas, cuando todavía me decía que en unos días saldría su nuevo trabajo.

Este “songwritter” como dice en su web, haciendo un guiño a su pasión por el country, recorre los escenarios con su guitarra a cuestas y una sonrisa dibujada en su boca. Será por aquello de que cuando uno se atreve a cambiar de dirección y pone rumbo hacia lo que le apasiona, la vida se ve de otra manera. Y es que Pablo, ha convertido la música en su forma de vida y el escenario en su casa.

Se atreve con el rock, con el pop-rock y por supuesto con el country. Solo, o con su banda “The Crazy Lovers”. Canta de lo suyo y de los demás, versionando y aportando su especial estilo a temas conocidos por todos. Pero sin duda, su puesta en escena, su capacidad de improvisación, su carácter y su personalidad, hacen que Pablo Valdés haya llegado hasta donde está: Ganador del premio a mejor directo en el concurso “Abierto hasta el amanecer” de Gijón en 2006, del concurso de maquetas de los “40 Principales” junto a su banda “The Crazy Lovers” en el año 2007, así como del primer certamen de micro conciertos en Barcelona: “Jack Daniel´s y L´oncle Jack” en 2013; tres premios Amas: como mejor canción por “Amor en vena” y mejor artista revelación en 2008, y en 2013 como mejor letrista. Siete discos editados… Su biografía aún están sin terminar, solo es una muestra del trabajo y reconocimiento acumulado durante todos estos años.

Los premios Amas le quieren, está claro. Este año acaba de estar nominado en su categoría de “Mejor canción” por “Sigo huyendo”. No contento con eso, su agenda de conciertos está completa prácticamente todo el año, recorriendo media España con su guitarra. Pero detrás de todo este repertorio de premios, nominaciones, discos y conciertos existe una persona que escribe y se inspira cada día para seguir regalándonos música… Y de paso, nos invita a viajar por distintos ambientes musicales compartiendo con nosotros sus gustos y artistas favoritos, así como sus experiencias y opiniones.

Hoy tengo la suerte de poder charlar un amigo y un gran músico…

Hemingway tenía razón- Pablo, bienvenido a “Hemingway tenía razón”… Supongo que lo que hace más llevadero este ritmo tan intenso, es que te dedicas a hacer lo que te apasiona. ¿Recuerdas en el momento en el que decidiste entregarte por completo a ser músico?.

Pablo Valdés.- Por completo, por completo… Eso no se piensa. Primero empiezas y luego ves que la cosa se pone seria. Cuando tenía “veintipico” años ganamos el concurso de los “40 Principales” y vi que había una oportunidad que había que aprovechar en ese momento o dejarla pasar. Ahí fue cuando me centré un poco más en la música que en lo otro.

HTR.- Empezaste muy joven en este mundo… ¿A qué te dedicabas antes?

PV.- Empecé a tocar por ahí a los dieciocho… Antes estaba estudiando, pero bueno, era la “tapadera” para tener tiempo y seguir tocando.

HTR.- Y siempre acompañado de tu guitarra, no te separas de ella…

PV.- Si… Es mi herramienta de trabajo, supongo que es como un martillo para un carpintero. Sin la guitarra no habría las canciones… Es el instrumento que utilizo para sacar las emociones que luego acaban en las canciones, por decirlo de alguna manera.

HTR.- ¿Te acuerdas del primer concierto que diste?

PV.- ¡Si! Ese no se olvida… Un desastre como todos. Fue en el Cascayu en Gijón. Eran todos temas míos y cinco o seis versiones. Luego seguí haciendo conciertos modestos, después, monté varias bandas que no salieron bien, hasta que monté una para hacer el disco, y cuando tenía los temas seleccionados surgió la oportunidad de apuntarse al concurso de los “40 Principales”, enviamos la maqueta, nos cogieron y ganamos. A partir de ahí seguimos currando mucho y aprovechando todas las oportunidades que surgieron.

Video clip “Mas de lo que soy”, incluido en “Noches de ciudad”.

HTR- En tu trabajo “Buscavidas” te decantas por un estilo más eléctrico y repites algunos de tus ya conocidos temas, sin embargo en “Cortes ocultos” sigues una línea mas americana, más country.

PV.- “Buscavidas” lo hice porque teníamos que mandarle una muestra a una editorial de Madrid y decidimos hacer una selección. Habíamos conseguido hacer un sonido mejor y me dije: vamos a revisitar los temas para hacer algo que suene mejor y de forma más homogénea. Podíamos optar por remasterizarlos o grabarlos y opté por grabarlos. Como aquí en Asturias está de moda tocar versiones y siempre que tocamos metemos dos o tres temas nuestros, pues pensé: aprovecho para vender en los conciertos a la gente que no nos conoce y nos ve tocando versiones, una especie de recopilatorio de lo nuestro. Si no te gusta el “Buscavidas” probablemente no te guste nada de lo demás. Yo creo que hace un resumen de todo: una balada, un rock and roll, un tema mas country, un medio tiempo… Y ahí se define un poco el estilo de la banda.

Video clip de “Amor en vena”, incluido en “Donde nos lleve la carretera” y “Buscavidas”.

HTR.- Y en “Cortes Ocultos”…

PV.- “Cortes Ocultos” iba a ser acústico, de guitarra, voz, un piano y algún violín. Lo que pasa es que hubo temas que se me fueron de las manos y me pedían que metiese percusión, pero luego  me quedaba corta la percusión… Y entonces metimos batería en mitad del disco y guitarras eléctricas, steel y banjo. Lo bonito fue que tuvimos los medios para poder hacer el disco que queríamos, cero prisa, porque es auto editado y nadie nos decía que había que sacar el disco ya. Entonces repetimos un montón de canciones que no tenían el rollo que queríamos, había alguna que era guitarra y voz, y la voz no me había quedado muy bien, entonces la volvía a grabar hasta llegar a lo que quería transmitir. Las instrumentaciones lo mismo. De repente decíamos: aquí falta un violín. Y llamamos a Rubén Bada para que se acercase al estudio y nos grabase un violín y luego metió una mandolina también… O sea que al final fue un lujo para nosotros porque pudimos hacer lo que quisimos. Y todo gracias al “Estudio Rojo” de Gijón en el que están Sergio García y Pablo Lato que además están en la banda y se involucraron mucho en todo el proceso.

Tema “Sigo Huyendo”, incluido en “Cortes Ocultos”.

HTR- Y después de toda esta mezcla de influencias y sonidos… ¿Cómo definirías tu estilo?

PV.- No se… Al principio te decían canta autor. Pero tampoco es canta autor porque para mi ese estilo es Ismael Serrano, Silvio Rodríguez… Lo mío es un poco más “songwritter” tipo Bruce Springsteen, Tom Petty, Jackson Brown… Yo lo definiría como Rock de autor, de influencia americana, por ponerle alguna etiqueta.

Pablo junto a Jackson Brown.

con mi colega jackson jeje.jpg

HTR.- ¿Y tus referencias musicales? Aunque algunas ya me las acabas de decir…

PV.- En esa línea, todo lo americano, los artistas que acabo de decir… Dylan, Lucinda Williams, Ryan Adams, bastante country moderno, tipo Whiskeytown, que era el grupo de Ryan Adams, Shooter Jennings… Y fuera de ahí… El rollo de Springsteen de New Jersey y mucho Quique González, que me pilló de crio y flipé con el tipo. Por lo menos al principio, porque luego ya empecé a escuchar otras cosas, pero los tres primeros discos fueron en su día la Biblia de esta movida y a través de él empecé a oír hablar de Tom Petty y el resto. Se puede decir que empecé bebiendo de Quique y luego fui a los que él escuchaba. De repente veías una entrevista suya en la que te decía a quién había escuchado y te preguntabas: ¿quién será este tipo?. Ibas a internet o le preguntabas a algún colega y te hacías con el disco.

20100822 PABLO VALDES, MUSICO OVETENSE  008.JPG

HTR.- Acabas de estar nominado a los premios Amas en la categoría de mejor canción por “Sigo huyendo”… Después de escuchar la canción imposible no preguntarte: ¿de qué huye Pablo Valdés?

PV.- De todo… (risas) De todo lo que implique rutinas y horarios. Cuando estoy mucho tiempo haciendo lo mismo necesito cambiar. Si tengo que ir todas las semanas al mismo sitio suelo cambiar el camino, para que no me parezca que estoy haciendo lo mismo siempre.

HTR- ¿Qué te inspira a la hora de escribir un tema?.

PV.- Pues un momento, un flash… A lo mejor estamos aquí, ahora y alguien dice una frase cualquiera y piensas: esta frase es de canción. Y te crea una imagen que te lleva a no se dónde y a partir de ahí ya empiezas a hacer la canción con la guitarra o el piano… Luego es todo curro. Puedes tener la inspiración pero tienes que estar pensando en ello.

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HTR- De todas las canciones que has escrito, ¿cuál es la que más significa para ti…?

PV.- ¡Cosa de dos! que es la nueva canción que acabamos de sacar.

HTR.- ¡Ahí quería yo llegar! ¿Para cuando un nuevo disco?

PV.- Pues teníamos que haberlo hecho este verano. Pero me salió mucho curro y actuaciones en directo y no tuve tiempo ni para sentarme en el estudio a centrar las canciones, ni para ponerme de acuerdo con los músicos, ni nada. Por eso estamos trabajando mas lento. Pero el single “Cosa de dos” ya está terminado y acaba de subirse a Spotify.

HTR- Pablo Valdés toca solo pero también con su Banda “Los Crazy Lovers”. ¿Quiénes son los “Crazy Lovers”?.

PV.- Es mi banda de siempre, desde que pensé en hacer el disco. Y son: Alvarito Burman en la batería, el bajista ahora es Pablo Lato, pero pasaron varios… ¡El puesto de bajista está maldito!. Estuvo  Xulio Antidio, Mcoy… También estuvo Colino que lo liamos en un bolo que hicimos, estuvo Ángel Miguel, que tocó en un concierto. Luego está en la guitarra desde el principio Sergio García y en los teclados tenemos varias incorporaciones, pero solemos llamar a Pablo A. Bertrand, de Stormy Mondays.

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HTR- ¿Con qué artista estarías encantado de subirte a un escenario?

PV.- ¡Con casi todos!. Quique González, Sabina, con Burning…¡Con cualquiera!

HTR- Un disco o una canción que hayan marcado época para ti…

PV.- Una canción … Es difícil escoger, pero “Cuando éramos reyes” de Quique González, fue un tema que me gustó mucho de crío. Lo ponía en bucle muchas veces y tenía mucho significado para mi de aquella.

HTR- En tus trabajos veo que hay diferentes sellos que te respaldan, pero también auto gestión. La puesta en marcha debe ser compleja: grabar, arreglar, editar, distribuir, promocionar… ¿Cómo ha sido tu experiencia después de siete discos editados?

PV.- Los dos primeros discos salieron con Santo Grial que era la discográfica que editaba el Premio de los “40 Principales”. Nosotros agotamos la primera tirada de 1.500 discos y me ofrecieron un contrato para dos años y dos discos. Entonces dijimos: no tenemos nada que perder, vamos para adelante. Después, decidí hacerlo yo todo, y como trabajaba mucho, con lo que ganaba de los directos tuve la posibilidad de pagarme la grabación, la fabricación… La distribución modesta, a través de la página web, en los conciertos y en los bares o librerías que conocías. Y así llevo funcionando desde 2011…

“Tus maneras”, tema incluido en “Costa Este”.

“Botas de la suerte”, tema incluido en “Habitaciones de paso”.

HTR- Esto enlaza con la siguiente pregunta, porque ahora mismo la industria de la música ha pegado un giro de ciento ochenta grados. Con las nuevas tecnologías y redes sociales, el formato del CD al igual que el libro en papel, se está convirtiendo en algo residual, parece que está en crisis. Los músicos tenéis que reinventaros y adaptaros a la nueva situación. ¿Cuál es tu opinión al respecto y cómo te afecta?

PV.- Si… Yo sigo haciendo CD por romanticismo supongo. Y porque en directo mucha gente te lo pide y como tarjeta de presentación no está nada mal entregar un disco. Pero se vende a mucho menos ritmo. Antes era muy fácil colocar una caja de discos o dos en un concierto, pero ahora nada, si vendes tres o cinco discos ya triunfaste, ya hiciste un buen bolo.

HTR- Mucho mas directo y conciertos, eso también implica más contacto con las personas y cercanía del músico con su público… ¿Dónde se siente más a gusto Pablo Valdés, en un escenario o grabando?

PV.- ¡En todos los sitios! No hay un sitio malo, porque al final estás haciendo lo que te gusta. Los directos tienen mucha magia, aunque en Asturias se está perdiendo un poco a la hora de poder interpretar tus propias canciones, porque todo el mundo te contrata para tocar versiones y yo, que sobrevivo de esto, tengo que aceptar las reglas del juego: tocar una de Sabina, una de Fito y una de ACDC que es lo que te suelen pedir en los conciertos, aunque tengo la suerte de poder hacer las versiones que a mi me gustan. Pero antes tenías un contacto con el público y veías un mayor respeto a tus temas. Decías: esta canción la acabé ayer, voy a ver que pasa. Ahora que vamos a tocar mucho a Bilbao y a Madrid, ves que hay otra mentalidad a la hora de ver los conciertos, mayor respeto a tus temas, a lo que produces.

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HTR.- Veo que estás muy activo en Instagram, Facebook, en Twitter… ¿Es muy importante ahora mismo cuidar ese aspecto?

PV.- ¡Soy un auténtico desastre de eso! Pero si, es fundamental. Yo creo que ahora mismo es lo mas importante. Porque hace mucho tiempo que no voy a pegar un cartel. Antiguamente ibas a la imprenta o la copistería de turno pegabas tus carteles, ibas al bar y empapelabas el barrio. Ahora nada, lo subes a Instagram, lo compartes en Facebook o Twitter y la gente se entera. Cambió un poco la historia. La verdad es que las redes sociales son muy importantes, pero si estás pensando en hacer canciones y en lo otro, pensar también en las redes sociales… Yo no valgo para todo. Tienes que utilizarlas, pero yo lo hago bastante mal. Así que si alguien quiere echarme un cable… (risas)

HTR.-También tienes una página web muy completa con mucha información…

PV.- Es bastante básica pero funcional. Una breve biografía para que la gente sepa de que va la historia, la música para escuchar y los conciertos que vamos a hacer, un contacto por si alguien quiere escribir algo…

HTR.- Y la última pregunta… ¿Hasta cuando tienes pensando dedicarte a esto?.

PV.- ¡Hasta que rompa! (Risas)

HTR.- (Risas) Pablo muchas gracias por ser como eres y por compartir un pequeño rato conmigo… ¡Nos veremos muy pronto en tu próximo concierto!.

Como no podía ser de otra manera, así termina mi conversación con Pablo Valdés, con risas y con mucha música en mi cabeza para escuchar…

Os dejo con su último single “Cosa de dos” y os invito a que le sigáis a través de su página web, así como a través de sus cuentas de Facebook pablovaldesrock, Twitter pablovalds e Instagram pablovaldesrock.

“Cosa de dos”, último single de Pablo Valdés.

Patricia Bernardo Delgado.

La vida en un instante

La vida en un instante

Foto: Bansky

 http://www.banksy.co.uk/out.asp

Las escaleras que dan al portal de mi casa están en un pequeño callejón que comunica dos calles cuyos nombres empiezan por las dos primeras letras del abecedario…  La pared del callejón dice: “Ivan Bueno”. Lo hace con la falta de firmeza que producen las prisas y el spray. Oigo mis pasos que resuenan en mitad de la noche mientras subo las escaleras…

En ese momento pasa un avión y atraviesa el cielo negro, emitiendo destellos de luz… Me detengo junto al que llaman “Ivan el bueno”, en el penúltimo escalón que me llevará a mi casa. Allá, a lo lejos, nada de lo que observo en este momento existe…

No existen las farolas que iluminan mis pasos, ni los graffitis, ni tampoco el olor de esa noche de otoño… Todo se dibuja en forma de relieve… Cierro los ojos y recuerdo cómo es el descenso en avión por la noche… Si… Aún lo recuerdo… No fue hace tanto… Y me gusta pensar que habrá mas veces, y que esas veces están por llegar…

Imagino la piña de luces, edificios y tejados que verán las personas que están dentro de ese avión que surca el cielo en ese instante… Convirtiendo la ciudad en un todo en el que se difuminan las personas y sus diminutas historias…

Pienso en lo  pequeña que es mi vida en medio de esa ciudad observada desde el cielo… El avión tiene una ruta, una dirección concreta a la que llegar, cargada de historias, pensamientos e instantes ajenos que dejar a buen recaudo… El avión tiene un rumbo que seguir cada día…Yo solo sé cuál es mi destino esa noche: mi casa. No hay pasajeros a bordo,  ni nadie al frente del viaje. Nadie que dirija excepto yo.

El avión se aleja cada vez mas bajo, mas bajo… Despidiéndose de ese instante….Mis pasos vuelven a escucharse subiendo el último escalón, al igual que las llaves tintineando para abrir la puerta. Dejo a “Ivan el bueno” pegado en la pared, descansando… Me miro en el espejo del portal y ahí estoy yo… Me pregunto qué estoy haciendo…Ni siquiera lo se…Aún no se qué ruta debo seguir…  Solo que se que en esta noche, en ese instante en que subía las escaleras de mi casa y miraba el cielo, sentí una extraña emoción al ver pasar un avión.

Quizás esa sea la ruta a seguir… Detenerse de vez en cuando a reflexionar… O solo se trate de parar para ser consciente de que lo que sucede en ese preciso instante: ese avión que pasa, ese surco de luces en el cielo, esos pasos enmudecidos y esas letras escritas de forma vacilante en una pared de un callejón… Todos esos pequeños detalles conforman la vida en un instante…

 Por Patricia Bernardo Delgado

 

Se acabó la fiesta

Se acabó la fiesta

A las doce de la noche de un martes la música dejó de sonar en el piso número cinco. La aguja zigzagueó titubeante antes de que la chica levantase el brazo del tocadiscos para interrumpir su recorrido. Las risas cesaron, las animadas conversaciones dieron lugar al silencio, las parejas dejaron de bailar… Todos se volvieron para mirar a la chica. Ella agachaba la cabeza, centrando su mirada en el disco que aún giraba, cada vez más despacio. Esperaba el momento en que se pararía definitivamente, mientras observaba los surcos transitados por la aguja. Pensaba en lo fundamental de su papel. Sin ella, el disco no sería nada más que un plato sin función ni contenido.

Sin embargo, había un problema entre ellos, un inconveniente muy grande: el exceso de contacto. Tarde o temprano, uno de los dos se acabaría desgastando por el paso del tiempo. Había que ser muy cuidadosos. Todo dependía del material del que estuviese hecha la aguja o del estado de conservación del disco. Una mala limpieza, demasiadas motas de polvo… La conservación exigía delicadeza. Por eso, lo mejor era no abusar. Dosificar los encuentros, medir con mesura cada tiempo de duración para evitar su perecimiento.

 La chica miraba al disco gastado. Lo miraba con tristeza, sabedora de que tarde o temprano dejaría de emitir ese delicioso sonido. La aguja de zafiro también tenía la punta desgastada… Pero aún brillaba y esperaba ansiosa descargar su peso sobre el disco que poco a poco iba frenando su marcha. La chica no quería que parase. No quería que lo hiciese porque sabía que en ese momento tendría que levantar la vista y mirarlos a todos. Explicarles por qué había interrumpido la música. Sabía que tenía que comunicarles que la fiesta había terminado. Que las risas, el alcohol derramado en la alfombra, los pies descalzos en el sofá y las bromas se tenían que terminar. No quería que el disco dejase de sonar para siempre, ni quería cambiar la aguja de su tocadiscos. No deseaba que nada cambiase. Pero sabía que si no interrumpía la fiesta, todo dejaría de ser como antes para siempre. Por fin levantó la vista y los vio a todos, con los ojos brillantes, el pelo revuelto, aún excitados, completamente borrachos. Posó el brazo del tocadiscos y se apartó el flequillo de la cara. Hacía calor, demasiado calor para el mes de septiembre. Estaba sudando sin poder evitarlo. El ambiente estaba cargado por el humo, por la pasión, por las ganas de que la noche no cesase…Había demasiadas ansias dentro de aquél salón.  Pero ella sabía que a esa hora, a las doce de la noche de ese martes, la fiesta debía terminar. Ni siquiera sabía si volvería a celebrar más fiestas…

Ellos la miraron con cara de decepción cuando les comunicó que la fiesta había terminado. Nunca los había echado, siempre habían sido ellos los que decidían cuando irse. Acostumbrados a la delicia de saber que en aquél piso número cinco, siempre serían acogidos, siempre habría una fiesta que celebrar.

 -Si… Ya es hora de que os larguéis- dijo con gesto cansado, mientras el disco se paraba a cámara lenta. Apagaron sus cigarrillos, dejaron sus copas, cogieron sus chaquetas… Abandonaron poco a poco la sala. Dejaron el salón igual de revuelto que el corazón de la chica. Al fondo de la sala solo quedaba una persona. Él permanecía apoyado en la pared, mirándola con ese gesto tan suyo… Aún seguía fumando, observándola. Ella también le miraba a él, desafiante. Giró la cabeza de un lado a otro, mientras sus ojos se empañaban de lágrimas. Tragó saliva. Él aplastó el cigarrillo en el cenicero. Se acercó a ella, abriendo los brazos. Esperando que su cuerpo se pegase a él sin oponer resistencia. Pero ella se quedó en su sitio, custodiando su tocadiscos, lo único que seguiría intacto, mientras pudiese protegerlo –La fiesta se acabó…-dijo al fin. Él la miró dolido, emitiendo un sonido parecido al de un animal herido, o quizás al de un niño al que le arrebatan su más preciado juguete.

–Lo entiendo…- dijo. Y se fue, cerrando la puerta con suavidad…

La sala se quedó vacía. Se hizo el silencio. Un silencio que sería el comienzo de muchos silencios en el piso número cinco, en el que no hubo más fiestas, ni más llamadas… De repente el silencio fue lo único que habitó en la sala.

De vez en cuando la chica enciende el tocadiscos. Deja que suene el disco, pero solo un poco. No quiere que la aguja lo desgaste. Espera que cada vez que lo escuche sea capaz de sentir exactamente lo mismo. Que nada lo altere… Ni el polvo, ni la humedad, ni los inviernos y veranos, ni los días silenciosos y calmados que están por llegar… Desea que ninguno de ellos borre el sonido de ese disco que puso fin a la fiesta en el piso número cinco un martes a las doce de la noche.

Por Patricia Bernardo Delgado.

El chico de la playa

El chico de la playa

El cielo estaba blanco y las gaviotas volaban nerviosas, haciendo círculos sobre el mar. El color de su espuma combinaba perfectamente con el cielo, con las gaviotas y con la arena, fina y escurridiza, pálida y etérea. Las olas rompían en la orilla, creando un pequeño escalón, cada vez más pronunciado, que dificultaba el camino a los paseantes… Hacía algo de brisa, esa que anuncia que el verano se está terminando, esa que huele a septiembre y a añoranza, a melancolía y a despedidas… El sol se esforzaba por flanquear el cerco de nubes homogéneas que cubrían el cielo, emitiendo pequeños destellos de luz. Un joven ataviado con un chaleco fosforescente recorría la playa recogiendo los escasos restos de basura extendidos en la orilla, para guardarlos en una bolsa. Cada poco se paraba a inspeccionar el terreno de forma minuciosa.

Al final del recorrido estaba la casa de la playa, encaramada en una ladera, desafiando a la gravedad, provocando al mar, al cielo y a las gaviotas. Protegida por las rocas que habían construido de forma natural un muro. Debajo, el precipicio, las olas rompiendo furiosas. El joven miró en dirección a la casa y se paró. Sujetaba su bolsa dando la espalda a la playa. Y así se mantuvo escudriñando con sus ojos la casa de piedra que yacía solitaria, abandonada. No se sabe lo que pudo pensar en ese momento. Se dio la vuelta y comenzó a deshacer su camino, repasando cada rincón ya visitado, por si pudiese haber pasado por alto algún desperdicio susceptible de ingresar en su bolsa.

A lo lejos, una pareja cogida de la mano avanzaba en su dirección. Cuando se cruzaron con el chico no le miraron. Pero él sí lo hizo. No los había visto en todo el verano. Los observó con la misma curiosidad con la que miraba todos los que no formaban parte del escenario cotidiano. Eran intrusos. Igual que el trozo de envoltorio de caramelo que acababa de recoger, que la bolsa de pipas o el pañuelo de papel que estaba escondido entre las rocas. Ellos lo ignoraban. Ni siquiera se habían percatado de su presencia. Paseaban en silencio, en aparente tranquilidad, mirando en direcciones diferentes. Él miraba a la casa. Ella miraba al mar. Se habían puesto de acuerdo antes de salir. Él le había preguntado qué ponerse, si haría frío, o si saldría el sol. Si sería necesario llevar gafas de sol y gorra, pantalón largo o corto, un jersey o solo una camiseta de manga corta. Finalmente habían sido pantalones cortos, una camiseta, gafas y gorra. Ella llevaba un bañador con un pareo anudado a la cintura que recogía con las manos cada vez que se acercaba una ola. Sus manos se aferraban la una a la otra, como si fuese el único indicio de que estaban juntos.

Su figura se fue haciendo más lejana a los ojos del chico. Pero no lo suficiente como para no ver que la pareja se había detenido, soltando sus manos, dejando de ser pareja y pasando a ser dos personas que se colocaban frente a frente. Él extendía los brazos, para después dejarlos caer. Ella se había quitado el sombrero y las gafas. Escondía su cabeza entre sus manos. Después, él se giró y siguió caminado en dirección a la casa. Ella se quedó en el mismo sitio, inmóvil, sin alterar su postura, ni descubrir su cara. El chico siguió  mirándole a él, que subía la ladera y llegaba hasta la casa de la playa. Afinó su vista protegiéndose torpemente de los rayos del sol que luchaban con fuerza por romper el cerco de nubes, y al fin le pudo ver tras el muro de la casa, mirando a la playa, quizás mirándola a ella, que ahora estaba sentada en la arena, sin apartar la vista del mar. Revolvía con sus manos la arena y en ese revolver, desenterró el palo de madera de un helado. Lo arrojó a la orilla. Pero no lo suficientemente lejos como para saltar el escalón que habían formado las olas. El chico que sabía detectar cualquier atisbo de basura en su playa, se acercó hasta ella. Pero no se percató de que estaba llorando, ni tampoco que ella ahora sí le observaba mientras caminaba a recoger el palo que acababa de tirar. No se sabe lo que pensó cuando miró al chico. Ni lo que pensaba la persona que la miraba desde la casa de la playa. Ella abrazó sus piernas, se puso las gafas de sol y siguió mirando al mar. Él entró en la casa. El chico guardó el palo en la bolsa y se fue sin mirar atrás. Nunca se sabrá lo que pasó después. Tan solo se sabe que ese día, el sol consiguió rasgar el cielo blanco a las seis de la tarde. Y que la playa se llenó de parejas que seguían siéndolo, o que empezaban a serlo, de familias y niños que corrían de un lado a otro, dejando los restos de su paso que serían recogidos a la mañana siguiente por el chico de la playa.

Por Patricia Bernardo Delgado.

 

Entrevista a Javier Vallina «Bueno»:

Entrevista a Javier Vallina «Bueno»:

Fotografía: Arnold Moolenaar.

Porque detrás de una canción existe una historia y alguien que la cuenta…

Hoy tengo el placer de conversar con Javier Vallina creador de «Bueno». Aunque dejarlo ahí sería insuficiente, porque Javi es mucho más: músico con letras mayúsculas. Guitarrista, bajista, cantante, compositor… Incansable, constante, inquieto y por encima de todo una gran persona. Y es que cuando se junta el alma con el talento el resultado es este. Si Javi no fuese la persona que es, difícilmente podría llenar estas páginas con su trayectoria que se remonta al año 1994 cuando comienza la andadura de su primer grupo Los Mancos, junto a su hermano Iván, Javier Otero y Amador Fernández, sustituido posteriormente por Orlando Serrano, con los que ganaría el XII concurso de maquetas de los 40 principales en 1995 y después grabarían su primer disco: “Sub Real”con Ángel Doménech como productor. Ese sería el inicio de una sucesión de nominaciones y premios como el Mejor Grupo Asturiano del programa “El Escaparate” de Radio Vetusta, varias nominaciones y premios Ventolín, Art Nalón Directo, más discos y escenarios compartidos con grupos como “Los Rodríguez”, “Burning”, “Los Planetas”, “Hermanos Dalton” o “Def Con Dos”… Festivales de música como el Doctor Music o grabaciones en Radio 3.

Esto solo es una pequeña muestra: «Lansbury», «Koniec», «Sister Morphine», «Hotel Vaqueros» o «Radio Fox» son otros de los proyectos de los que ha formado parte Javier Vallina. Trabajos muy diferentes, innovadores… Explora y se zambulle de lleno en todos ellos, mientras acumula kilómetros y conciertos.

Ahora, Javi se ha pasado a un pop-rock más sosegado o quizás más maduro, intimista y precioso, tanto en sus letras como en todos y cada uno de los detalles de su trabajo. Sin embargo, no hay nada mejor que poder hablar con un amigo para que comparta con todos nosotros su historia:

Hemingway tenía razón- Javi, es un placer tenerte en “Hemingway tenía razón”… Tu trayectoria es impresionante: constante y siempre innovadora, pero detrás de toda esa andadura, existe una pasión por la música que es la que te empuja a seguir ahí año tras año. Me gustaría que me contases cómo empezó todo. Te imagino en Langreo con tu hermano Ivan, dándole a la guitarra…

Javier Vallina- Pues recuerdo la música como algo presente desde siempre, la música estaba ahí, sonaba y me empezaba a cautivar. Lo de empezar a tocar tiene que ver más con mi cuñado que era guitarrista de un grupo heavy llamado «Antídoto», que grabaron un disco que se editó a finales de los 80. Yo era muy crío, pero fue la primera vez que vi una guitarra eléctrica o que entré en un estudio de grabación, o aparecí por un local de ensayo, yo qué sé, con 8 años…

Hasta empezar a tocar pasó algo de tiempo y ahí sí que me influenció mi hermano que ya andaba cacharreando y montando sus primeros grupos. La guitarra estaba siempre en casa sonando, y de manera autodidacta empecé a tocar en casa. Un poco más tarde Los Mancos necesitaban un bajista y ahí me enrolé, sin saber tocar el bajo empecé, y nada, aquí sigo. Luego a partir de ahí aprender mucho, tocar, grabar y demás. Al final es algo que te acompaña y de lo que aprendes un montón de cosas todos los días y no solamente sobre música. De alguna manera me abrió al entorno porque de crío siempre andaba en mis cosas y muy a mi manera, un poco solo.

HTR- ¿Cómo y cuándo surge «Bueno»?

JV- Bajo el nombre de «Bueno» ya iba etiquetando algunas cintas en las que grababa canciones que iba haciendo. Grababa en un 4 pistas de cassette prestado y ahí se quedaban mientras hacia otras cosas con el resto de grupos. Algunas pasaban al repertorio de “Los Mancos” o alguna otra banda, otras me las quedaba… según. Todo de una manera muy informal y sin tener claro en qué acabaría. Fue más o menos en 2008 cuando todo se intensificó, supongo que porque encontré un hilo del qué tirar y en ese momento otros proyectos en los que estaba habían ralentizado el ritmo y entonces decidí ponerme a grabar. En principio iba a ser solamente una maqueta de cuatro canciones, en casa de un amigo, con guitarra y voz nada más, pero acabó siendo un disco. Ya te digo que fue algo un poco natural y que para mí también era necesario. Necesitaba organizarme por mi mismo, no depender del ritmo de trabajo de los demás y ponerme a funcionar en un papel en el que no estaba acostumbrado a trabajar. También tiene que ver con un aprendizaje, con tener la inquietud de hacer nuevas cosas y tratar de aprender.

HTR- «Bueno» es un proyecto personal de Javier Vallina, pero cuando se trata de salir al escenario se transforma en banda donde te acompaña tu hermano además de otros dos músicos. Háblanos de ellos…

JV- «Bueno», al ser un proyecto en solitario pero con nombre de banda, permite tener varios formatos. Puedo plantear las canciones yo solo, en formato dúo o con banda y cada una de las formas funciona de manera diferente y me encanta combinar. Los conciertos con banda son increíbles claro, se disfruta mucho.

Los músicos que están conmigo son gente que forma parte de mi vida, a los que estoy muy unido pero que también forman parte de mi trayectoria como músico. Para mí sí que son ídolos. Está mi hermano Iván Vallina (guitarra) con el que llevo tocando desde la época de «Los Mancos», Miguel Altable (batería) con el que ya compartí grupo en «Sister Morphine» y mil historias más y en la primera época estaba Agustín Orviz (bajo) que fue la persona que contribuyó en gran medida en poner en funcionamiento a «Bueno», puesto que el primer disco se grabó en su casa. Ahora no ha podido continuar y le ha sustituido Marcos Díaz que además en su momento fue uno de los responsables de pintar a mano las 500 portadas del primer disco… aquella locura que salió tan bien. Además de estos, en algún momento hemos contado con Alejandro Rubio, Wilón de Calle o Alfredo González en algunos momentos, bien para apoyar con otros instrumentos o para sustituir temporalmente a algún componente del grupo.

En realidad, lo que más nos une es la amistad y lo que hemos compartido con otras bandas… no sé, de eso se trata, si vas a montar una banda que sea con gente que te quiere y a la que puedas querer ¿no?.

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Fotografía: Borja Montes.

HTR- ¿Cómo definirías tu sonido actual?

JV- Me gusta hablar de Pop. Es una etiqueta tan amplia y caben tantas cosas que el término me parece apropiado. Luego está todo ese rollo de etiquetas y estilos, que los “Rockeros” te llamen “Popero”, que algunos hablen de “Indie”… en fin, esa cosa tan aburrida en plan “batalla de las bandas” o “lucha de clases” que casi parece más una cosa de cuando ibas al instituto. A mí eso me da mucha pereza. Hay gente tocando, hay canciones… que cada cual escuche y opine.

HTR– Así que si te pregunto -¿Pop o rock?- me dirás…

JV- Música!!!!!

HTR- Las letras de «Bueno» están llenas de sensibilidad, de historias íntimas y cercanas. Cuéntame un poco qué cosas son las que te inspiran a la hora de escribir.

JV- Alguien me dijo una vez que las letras hablaban de cosas universales y todo eso… pues nada, son sensaciones, cosas que necesariamente no has vivido o que sí pero las deformas y las exageras. No se… supongo que como en las películas en las que ponen el cartel de “esta historia está basada en hechos reales”, algo así, aunque los hechos reales no siempre te han tenido que pasar a ti. Hay un par de ideas o una frase, tiras del hilo y miras a ver a donde te lleva. Últimamente me doy cuenta de que hay algunas canciones que hablan de la música, de la relación que uno establece con la música que puede ser tan bonita o tan nociva como la relación de amor-desamor que puedas tener con una persona. Es el caso de “La gloria de los que fracasan” o de “Respire con normalidad” del último disco.

Videoclip “La gloria de los que fracasan” del nuevo disco de «Bueno» “Perros, santos y refranes”.

“Respire con normalidad”.

HTR- En «Bueno» cuidas todos los detalles, un sonido de calidad, unas letras exquisitas, y también una estética preciosa, tanto en tus discos como en los video clips. A veces tengo la sensación de estar ante un trabajo casi artesanal, de esos que se echan en falta cuando intervienen terceros. Gestionar todo el proceso debe ser un mundo….

JV- Sí, y es realmente agotador y por momentos un poco descorazonador. Hay mucho trabajo que no se ve. Lo visible (o lo que se escucha en este caso) es la punta del iceberg… antes de eso está preparar las canciones, grabar, trabajar en el diseño, fabricar el disco, los videos, ahora las redes sociales. Y cuando resulta que tienes el disco hecho, aun no acabas ni de empezar, porque hay que hacer promoción en la medida de las posibilidades que tengas, esperar eternamente que te respondan a un mail o una llamada, sacar los conciertos, ir a tocar por ahí y que te traten fatal (o genial según sea el caso), etc. Y claro, un detalle importante, pagar… pagarle a todo el mundo. En fin, una movida.

Pero nadie me obliga, podría no hacerlo y es lo que hay. Y evidentemente también se disfruta mucho, es agotador y con partes agrias aunque también muchas gratificantes. La autogestión total es complicada, algo que ahora mismo hago por falta de apoyos aunque también porque he visto que es mejor estar así que contar con gente que no se va a preocupar de ti. Lo complicado es que al estar tu solo, llega un momento en el que hay ciertos peldaños que no vas a poder subir.

En este disco, una vez que fue editado se sumó Astro Discos para trabajar y apoyar en la distribución y algo de promo. Poco a poco vas sumando apoyos y se va avanzando.

HTR- Siguiendo con este tema, en «Bueno» lo haces todo tú: compones, cantas, tocas todos los instrumentos, haces los arreglos, maquetas… Produces y auto editas, creando tu propio sello: «Nada Bueno». Esto implica una mayor responsabilidad pero también algo fundamental para un artista: la independencia. Sin embargo, es también un reflejo de cómo está ahora mismo el panorama musical y el mundo del arte. ¿Cómo lo ves tú?.

JV- Con todos los cambios en la industria la música ha perdido una oportunidad de oro para cambiar a mejor y nada, no lo ha hecho. Y luego ha entrado internet, las redes y toda la imagen deformada y mejorada que puedes proyectar de una realidad fantástica, pero que es tan real ni tan fantástica y bla, bla, bla. Y nada, al final, la música y las canciones pierden protagonismo cuando en realidad es lo que habría que preservar. Está complicado, que siempre lo estuvo, pero además un poco copado. Esto da para un artículo aparte pero también da mucha pereza.

HTR- ¿Qué diferencia tu último trabajo “Perros, santos y refranes” de tu primer disco como «Bueno»?

JV- En espíritu es similar porque me muevo por terrenos similares, aunque en éste tiene un estilo más definido y manejado. En comparación con el anterior disco de «Bueno», éste tiene un poco más de electricidad y canciones un poco más rápidas y creo que tiene que ver con que el anterior disco se planteó sobre la base de guitarras acústicas y poco más… iba a ser una maqueta. Luego fue creciendo pero la sonoridad y el planteamiento de las canciones es más peculiar porque se grabaron un poco al revés, porque yo lo toqué todo y también porque algunas canciones se fueron acabando a medida que avanzaba la grabación. En éste, sin embargo, ya venía de hacer ensayos y directos con la banda y eso cargo un poco de energía las nuevas canciones que tomaron un poco ese carácter del directo, sin renunciar a los arreglos, producción y posibilidades de hacer crecer una canción que te da el estudio.

Videoclip de la canción “Paila” extraída del disco “9 canciones minúsculas, un huracán y un millón de lunares”

Videoclip de la canción “Maratón” del disco “Perros, santos y refranes”.

HTR- ¿Dónde te sientes más a gusto, en un escenario o en una sala grabando?

JV- Me gustan las dos cosas, me gusta el directo y me encanta el estudio. Creo que en el estudio flipo un poco más… si tengo posibilidades y tiempo me encanta el estudio de grabación.

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Fotografía: Isaac Barbón.

HTR- Soy de las que piensa que en Oviedo existen muchos rincones escondidos y mucho rock del bueno… ¿Crees que existe o existió, en algún momento una diferente cultura del sonido de Oviedo y el famoso “Xixón Sound”? ¿O es una de tantas leyendas urbanas?

JV- Más que hablar de Oviedo o Gijón, creo que nos convendría hablar de Asturias como región. Hay cantidad y variedad para elegir. Hacer esas separaciones hoy en día ya no es tan útil como antes si es que algún día lo fue. Tanto en aquel momento como ahora las influencias, el sonido y la cultura musical es similar en toda la región.

HTR- Donde sí que se hace buen rock es las cuencas…

JV- Pues sí, concretamente en Langreo que es de donde yo vengo y en toda la Cuenca del Nalón en general siempre hubo música, además con variedad y calidad, y la sigue habiendo, pero mediáticamente por ejemplo en la época del “Xixón Sound” los grupos de la Cuenca del Nalón como los de muchas otras partes de Asturias permanecían ahí un poco más tapados por ese fenómeno que fue más visible. Falta un poco más de proyección o yo que se…

HTR- Hablar de Gijón me lleva inmediatamente a uno de mis grupos favoritos, “Los Locos” y a tu participación en el grupo “Radio Fox”… ¿Volveremos a verte versionando?

JV- “Radio Fox” es un grupo tributo a “Los Locos”que nació un poco por petición de su letrista Boni Pérez para participar en el concierto N’alcordanza d´Igor y Carlos que se organiza en Gijón desde 2007. Nos invitan prácticamente todos los años y pocas veces más, aparte de esto hemos hecho cosas. Pero es siempre un placer tocar esas canciones de Los Locos que para mí son enormes.

HTR- Si te diesen a escoger un/a artista con quien compartir escenario sería…

JV- Creo que alguien cercano y motivado realmente por la amistad. Nunca fui demasiado mitómano creo, pero cada vez lo soy menos.

HTR- ¿Y una canción emblemática para Javi Vallina?

JV- Es complicado elegir solamente una… además creo que va por épocas. Si tengo que elegir hoy puede que me quede con “Maybe I’m Amazed” de Paul McCartney. Si me preguntas mañana… puede que “Life on Mars” de Bowie. Solamente son un par de ejemplos.

HTR- Un lugar que te inspire…

JV- Más que un lugar elegiría un momento, las noches. Estoy mucho más despierto y más activo.

HTR- Un libro y una película de los que nunca te olvidarás…

JV- Difícil pregunta también, ¡solamente uno!… a ver, como con la canción, ahí va algún ejemplo. Sobre el libro hace poco recordé que tengo que volver a leer “El Libro de los Amores Ridículos” de Milan Kundera. Sobre una película, por ejemplo “El Viaje a Ninguna Parte” que escribe y dirige Fernando Fernán Gómez.

HTR- Javi muchas gracias…

JV- Muchas gracias a “Hemingway tenía razón”.

Y aquí termina mi conversación con Javi Vallina… Me despido no sin antes invitaros a que visitéis la página de «Bueno»  www.lawebdebueno.com y sigáis muy de cerca su música en https://buenomusica.bandcamp.com/ y  https://play.spotify.com/album/53oVN3TmoUsF0UEf86YwSH, así como todas sus noticias y programación de conciertos en Facebook (Bueno) y Twitter (@Bueno_en_Tweet).

Nos vemos pronto viajeros!

Patricia Bernardo Delgado.

 

Maldito domingo

Maldito domingo

“Conozco a una chica en una calle solitaria es fría como el helado, pero aún más dulce… Abre los ojos niña de Domingo. Hey, yo vi a tu chico con una chica diferente. Parece que está en otro mundo. Corre y escóndete niña de Domingo…”

María canturreba la canción “Sunday girl” de She and him, mientras deambulaba por su piso. Intentando poner orden en el desorden que cada día parecía más imposible… Revolvía entre la ropa amontonada encima del tendal, en el que hacía días que todo estaba seco como el cartón. Se había propuesto solucionar la vorágine que la acompañaba desde hacía meses. Pero siempre lo posponía para más adelante… Si, lo haría mañana… No, mejor pasado mañana… Se consolaba a sí misma diciéndose que tampoco era tan grave… Pero después, contemplaba su pequeño caos y un brote de ansiedad la impulsaba a tomar cartas en el asunto. Esas cartas nunca eran lo suficientemente poderosas como para ganar la partida. Así que siempre acababa retirándose, dejando el trabajo a medio hacer. Pero ese día era domingo. Uno de esos domingos de verano en los que el sol se entrometía de mala manera por las ventanas que rodeaban su piso. Odiaba los domingos. Malditos domingos. Afuera no se oía nada. Ni siquiera los coches. Porque los domingos de agosto las personas estaban de vacaciones, o en la playa, o pasando el día en un sitio al aire libre. La música la hacía ponerse de buen humor. Cuando empezó a sonar “French Navy” de Camera Obscura, comenzó a mover sus caderas a un lado y a otro, marcando cada tiempo en que la batería anunciaba una nueva estrofa, para después recoger una camiseta, luego otro movimiento de cadera, hasta que el sonido de los violines acelerado la hacía pegar saltitos… La casa tenía otra apariencia. El vestidor había recuperado la compostura. Un pañuelo colgado por un lado, bolsos y más bolsos en la puerta, chaquetas, vestidos y camisas colgadas en perchas a la vista de un armario inacabado… Zapatos alineados en el suelo… Se preguntaba cuánto tardaría en deshacerse todo otra vez… El salón ya no acumulaba tazas de café, libros y ceniceros cargados de cigarrillos… Su cama estaba hecha. El baño bastante aceptable. Había puesto el fregaplatos y escondido la ropa sucia en un cesto. Estaba satisfecha. Se merecía un cigarrillo, quizás una nueva taza de café… El teléfono sonó. Era su madre.

–Hija… ¿como estás? ¿Qué haces?– María se dejó caer sofocada en el sofá mientras sujetaba el auricular.

–Pues acabo de terminar de ordenar la casa… Y ahora iba a prepararme la comida- mintió.

–Veo que no has salido…–

Su madre constataba cada domingo el estado de María. Sabía que no le gustaban. Aunque hiciese sol y fuese casi obligatorio salir de casa ella rara vez lo hacía. La madre de María consideraba que era un desperdicio que una mujer joven y llena de vida, se quedase un domingo en casa, pudiendo estar en la playa, tomar el sol, ponerse morena, o estar con un novio que parecía no llegar. María la entendía… Podía ponerse el lugar de quien siente tanto amor que desea con todas sus fuerzas que su vida sea perfecta. Pero al fin y al cabo amar, no deja de ser un acto de desprendimiento, que implica dejar que el otro sea quien quiere ser… Por su parte, la madre de María estaba empezando a entenderla y respetarla. A su hija no le gustaban los domingos. Igual que a su padre. ¡Qué se le iba a hacer!. Sabía que detestaba salir, salvo que estuviese de vacaciones en algún lugar en el que no se distinguiesen los días de la semana por sus nombres. Había aprendido a aceptar que su hija era alguien con entidad propia y no el resultado de un producto creado para ser lo que ella quisiese. Sin embargo, María se mortificaba muchas veces pensando en lo frustrante que debía ser para su madre ver cómo todos sus esfuerzos se habían ido al traste, dado como resultado a una mujer incompleta: sin marido y sin hijos…

Todo lo demás había salido según lo previsto. Su hija no tendría de qué preocuparse, tenía un trabajo, un precioso apartamento, buenas amistades… Pero no había tenido suerte en el amor. Eso la inquietaba. ¿Qué sería de ella cuando envejeciese?. ¿Se quedaría sola?. María deseaba con todas sus fuerzas transmitir a su madre tranquilidad… Ansiaba ordenar su alma de la misma manera que acababa de ordenar su piso. Sería un orden incompleto, pero al menos sería el comienzo.

Lo que María no sabía es que hacía tiempo que su madre había dejado de preocuparse en ese aspecto por ella. Eran nuevos tiempos. Se resistía a creerlo, pero así era. Se lo decían los divorcios de los hijos de sus amigas y sus preocupaciones por sus nietos, los problemas económicos que ello suponía. La falta de trabajo, los traslados a otros países, la lejanía y la soledad… Se había dado cuenta de que su hija a fin de cuentas no estaba tan mal. La miraba con orgullo por ser como era: diferente. Pero sí, los domingos soleados de verano eran días para salir a la calle, para recuperarse y prepararse para la semana de trabajo que estaba por llegar y recargar el espíritu mirando al sol. No era sano que se quedase en casa. Pero lo respetaba. Sabía que María no lloraría, y si lo hacía, sería sin darle mas importancia de la cuenta. Su hija era fuerte.

-No mama, no me apetecía… Si estuviese de vacaciones… Pero es que solo de pensar en pelearme por buscar sitio en alguna playa me pone de mal humor…- su madre sonrió al otro lado del teléfono. Ya conocía la respuesta.

-Hija… Te entiendo, pero me preocupa que te vuelvas una ermitaña. Tu eres una persona muy sociable… ¿No empezarás a odiar a la gente?-

María se rió con ganas –Bueno mama, hay veces que detesto a la gente. Pero en general me gustan las personas. Estoy deseando verte. ¿Cómo está el día por ahí?- preguntó, cambiando de tema.

-Pues aquí hoy hace un día estupendo. Demasiado calor… Tenemos ganas de que vengas… Ya verás lo bien que vas a dormir-

María se lo imaginó, se imaginó pasando esos días que dejaban de tener nombre individualizado y pasaban a llamarse vacaciones… Entonces ella también sonrió y le dijo a su madre: –Ya solo queda una semana… Ahora voy a poner una lavadora para llevar la ropa limpia- mintió de nuevo. No pensaba hacer nada de eso, si no estirar las piernas sobre la mesa, con las ventanas abiertas, fumarse un cigarrillo y quizás abrir una cerveza en vez de preparase un café. Después, pensaría qué comer, mientras buscaba en los canales de televisión alguna película… Se quedaría dormida… tardaría en recuperar la conciencia… Tomaría un café y fumaría otro cigarrillo, quizás leyese, quizás escuchase música… Quizás…

-Un beso cariño. Que descanses y que el lunes no sea muy duro. Piensa que ya queda menos para las vacaciones-

María colgó el teléfono al mismo tiempo que un estruendo proveniente del piso de arriba la hizo sobresaltarse. Había sido un golpe fuerte y seco, que se había apoderado primero de su estómago y después de su corazón, generando unas palpitaciones que la dejaron casi sin aliento. No había sido un golpe normal. Era como si hubiese caído un armario, una mesa, un sofá, o una habitación entera. La lámpara de su techo se había balanceado… Se quedo parada con las manos en el pecho que latía atropelladamente. Esperó un nuevo ruido, un sonido, alguna voz… Pero nada. El más absoluto silencio. Empezó a tranquilizarse, a recordar que no era la primera vez que oía ruidos en el piso de arriba. No tan fuertes como este, pero era bastante habitual que los hubiese. Siempre pensó que se trataba de la enfermiza obsesión de su vecina por cambiar los muebles de sitio. Era una mujer mayor, tendría alrededor de setenta años. Vivía con su marido, un hombre que estaba segura de que ya pasaba de los ochenta. Y si no era así, desde luego parecía un anciano. Le caía bien, porque era entrañable. Le producía ternura, le veía bueno e indefenso. Agradable y afectuoso. Ella sin embargo, parecía la bruja mala de un cuento de hadas. Su pelo era negro, mezclado con alguna cana y lo llevaba corto, lo cual realzaba su altura y delgadez. Sus gestos eran estrictos, como los de una institutriz alemana. Aunque las pocas veces que se había encontrado con ella en el ascensor, se esforzaba por sonreír y resultar agradable. La última vez, se había quejado de una de sus vecinas, que al parecer taconeaba por el pasillo a horas insospechadas… Y preguntó a María si ellos hacían mucho ruido. María mintió, diciéndole que no oía nada, que ella pasaba casi todo el tiempo fuera de casa. Esto último era verdad. Pero sí escuchaba los ruidos de los muebles arrastrándose por la noche. El comentario de su vecina le había creado la duda de si se trataba de una indirecta o sencillamente una confesión inocente.

Aquella noche se lo había contado a Ramón. Y él fue de la opinión de que en realidad, se estaba refiriendo a María y le estaba lanzando una ofensiva. Pero ella se resistía a creerlo, porque le costaba mucho pensar que alguien pudiese hacer nada con mala intención. Era tan directa que anunciaba sus propósitos con faros de largo alcance y una banda de música si era necesario. Así que prefería quedarse con la versión de que aquella mujer sencillamente no pensaba que ella fuese la causante de ningún taconeo. Ramón se reía con los comentarios de María. Admiraba esa moral que parecía incorruptible y su dulzura, mezclada con esos accesos de ira fáciles de sofocar. Era tan sencillo contrariarla y al poco hacer que sonriese y le hiciese sentir el único hombre del planeta…

Pero Ramón no estaba en ese momento en que el techo había parecido derrumbarse sobre la cabeza de María. Pensó que ahí arriba había explotado algo. Quizás la caldera… Pero no, no podía ser, porque el sonido habría sido diferente. Y las calderas del edificio eran prácticamente nuevas… ¿Qué habría sucedido? ¿Estarían bien sus vecinos? ¿O quizás la ciudad estaba siendo víctima de un atentado terrorista y la siguiente en caer sería ella? Desechó esta idea tan descabellada. El silencio que había sobrevenido al estruendo fue tan categórico como definitivo. Ni un sonido más. Nada de nada.

María salió del salón, avanzó por el pasillo despacio. Se acercó a la puerta y apoyó su ojo derecho en la mirilla para ver si alguien había salido al descansillo asustado por el ruido. Pero no había nadie. Era domingo, un domingo de verano en el que nadie, excepto ella, estaba en casa. Se dio entonces cuenta de lo rara que era, de lo insano que era estar un domingo de sol en casa, más sola que la una, bailando mientras hacía que limpiaba. Y se prometió a sí misma cambiar de hábitos. Pero ese día ya era demasiado tarde. Su cara seguía pegada a la puerta con el oído atento a cualquier sonido. Nada seguía siendo la respuesta inmediata. Nada de nada, ni un alma, ni un suspiro.

Introdujo las llaves para deshacer los giros con los que Ramón había cerrado la puerta. Siempre se iba con prisa los domingos. Y ella se quedaba sola. Deseando que volviese. Pero nunca lo hacía. Salió al descansillo y  miró a un lado y a otro. Después, volvió a cerrar la puerta. Suspiró. Su corazón todavía palpitaba ligeramente. Últimamente cualquier ruido la sobresaltaba. Era eso. Solo eso. Pero al poco escuchó el movimiento del ascensor. Primero había cogido impulso para después, empezar a descender. Su corazón volvió a acelerarse. Abrió de nuevo la puerta y cogió las llaves. Bajó por las escaleras de incendios. Al llegar al final del trayecto, el ascensor ya se había cerrado de nuevo, casi a la vez que la puerta de cortafuegos que comunicaba con el portal. La abrió justo cuando se cerraba con un golpe seco. Y entonces vio a su vecina. El chirrido de la puerta al abrirse de nuevo hizo que se diese la vuelta como un resorte. Sonrió forzada.

–Ah… eres tú… ¡Qué susto me has dado!– dijo apoyando sus manos en el pecho.

-Si… lo siento… Qué día más bonito, ¿verdad?

-Si–contestó un tanto confusa la vecina– ¿Cómo es que no estás en la playa?.

– Bueno…- valvuceó María– Los domingos hay demasiada gente… Ya sabe, atascos, peleas para aparcar…

–Ya…–contestó sin entender el razonamiento de María. Seguramente hacía mucho que no iba a la playa o quizás no había ido nunca. Parecía mas amiga de la noche que del día. Su cara tenía un color cetrino y las ojeras rodeaban sus ojos sin remilgos. María sonreía tanto que le dolía la mandíbula. Se habían quedado paradas dentro del portal. La vecina avanzó para abrir la puerta de la calle. María le cortó el paso para sujetar la puerta y que ella saliese primero.

–¿Qué tal está su marido? Hace mucho que no lo veo– intentó hacer la pregunta de forma desenfada. La vecina entornó los ojos.

–Está un poco delicado. Últimamente no se encuentra muy bien.

–Oh… Espero que no sea nada grave…– sus ojos se arrugaron mas aún. Como los de un gato que observa a su presa, antes de lanzarse a por ella. Pero María seguía manteniendo la compostura, esperando el momento adecuado para preguntarle por el estruendo de hacía un momento.

–La edad hija, la edad. Nos hacemos mayores y… Ya sabes–

María se armó de valor–Bueno, verá he de confesar que me preocupé un poco porque escuché un ruido muy fuerte y pensé que podía haberles pasado algo…– la vecina arqueó las cejas y arrugó su frente más de lo que ya estaba. Abrió sus ojos entornados, que resultaron ser de un azul aguado y sonrió. A María le dio un escalofrío.

–Perdone, no quería entrometerme…

–No te preocupes… Todos nos entrometemos de vez en cuando. Es inevitable en este vecindario en el que se escucha todo… Precisamente yo me preocupé mucho el otro día por ti. Se oían unos gritos terribles… Y unos golpes muy fuertes. Llegué a pensar que habían entrado en tu casa y a punto estuve de llamar a la policía. Pero luego me di cuenta que solo se trataba de que tú y “tu amigo”, ese que viene a verte todas las noches, os lo estabais pasándo muy bien… Y me quedé más tranquila- la vecina sonrió con sarcasmo–Ya sabes… Las personas mayores a veces no nos damos cuenta de que los jóvenes tenéis una forma de divertiros diferente a la nuestra… El caso es que de vez en cuando me gusta hacer un poco de orden y a veces no soy consciente del ruido que hago… Disculpa si te he molestado…–

María no daba crédito. Menuda hija de … Pero se contuvo. Se había puesto roja de vergüenza y de ira. Le ardía la cara. Era cierto que Ramón y ella a veces no eran demasiado cuidadosos. ¿Acaso era una venganza de su vecina por haberse excedido aquella noche?. Ni siquiera imaginaba de dónde sacaba la fuerza, pero así era. Se trataba de eso. Lo había hecho a posta.

–Ha quedado aclarado señora. Y no se preocupe, la próxima vez que nos oiga, puede llamar a la policía. Yo haré lo mismo cuando vuelva a sentir que se derrumba el techo encima de mi piso. Que tenga un buen día– Volvió a entrar en el portal, dando un portazo. Subió las escaleras más rápido de lo que las había bajado para calmar su enfado. Resoplaba de impotencia cuando llegó a su casa. Decidió llamar a Ramón para contárselo todo.

–¿Qué pasa? ¿Qué has estropeado esta vez…?.

–Muy gracioso– contestó María –No te lo vas a creer.

– Dispara.

–Eso es lo que me gustaría hacer en estos momentos, pero no tengo un arma de fuego a mi alcance.

–Uy… Parece más grave de lo que pensaba. ¿Qué te pasa?.

–Pues verás, ¿tú te acuerdas de mi vecina de arriba?. ¿Aquella que me preguntó un día si hacían mucho ruido ella y su marido?.

–Si, claro. Es la vecina que te dijo que dejases de taconear todas las mañanas y tú no te sentiste aludida.

– Odio que tengas razón, pero así es.

– Estaba claro.

–Bueno, vale, pero no te lo vas a creer. Resulta que hoy estaba yo ordenando la casa…

–Tienes razón no me lo creo– interrumpió Ramón.

–¿Sabes que a veces me caes realmente mal?– al otro lado del teléfono él se reía con ganas.

–Voy a hacer caso omiso a tu comentario. El caso es que mientras “ordenaba” mi casa, escuché un ruido muy fuerte en el piso de arriba. Fue horrible. Era como si hubiesen tirado al suelo un armario. Hasta se movió la lámpara del salón– Ramón volvió a intervenir.

–Tienes que quitar esa lámpara. Óculos nena, óculos.

–Me estás empezando a mosquear– dijo María.

–Lo se…– seguía riéndose– No te enfades, venga… Sigue…–

María suspiró –Vale ahora no me interrumpas y mucho menos te rías.

– Prometido– dijo Ramón conteniéndose.

–Bien. Pues me preocupé. Ya me conoces. Pensé que había ocurrido algo terrible y siniestro. Me llevé un buen susto. Mas bien me puse de los nervios. Iba a subir a su casa para ver si estaban bien. Pero de repente oí el ascensor y salí por la puerta como el rayo, bajé por las escaleras y me encontré a mi vecina. Ella se sobresaltó al verme y yo, como una tonta sonreía sin parar y le daba conversación, hasta que me armé de valor y le pregunté por su marido y si estaban bien. Le conté que había escuchado un ruido muy fuerte… ¿Y sabes lo que me dijo?.

–¿Puedo hablar ya?.

–Si, claro, te estoy preguntando.

–No, no se lo que te dijo.

–Pues que ella también nos oía a nosotros por las noches y que el otro día casi llama a la policía. ¿Te lo puedes creer? ¡Menuda bruja!– al otro lado del teléfono sólo se oía la risa de Ramón.

–Si, puedes reírte…– María no pudo contenerse y también lo hizo– Desde luego… Estas cosas solo me pasan a mi.

–¿Y tú qué contestaste?.

–Pues… Yo estaba tan avergonzada y ofendida, que le dije que para la próxima llamase a la policía, que yo también lo haría cuando volviese a armar ese escándalo…

–Bueno, está claro que tu vecina te está puteando.

–Nos, está puteando.

–Qué bonito suena eso del “nos”– dijo Ramón con sorna.

–En fin…–suspiró María– Eso es todo–

–Casi nada… ¿Y ahora dónde estás?– preguntó Ramón.

–En casa. ¿Y tú?.

–Tomando el sol, en una terraza mientras me tomo un café– María sintió una punzada en el pecho. Y se dio cuenta por qué odiaba tanto los domingos. Precisamente por eso. Porque nunca había un “nos” con Ramón.

–Pues disfruta de tu café. Yo voy a ver si me preparo algo de comer– Volvió a mentir, igual que hacía un rato a su madre. Que pases un buen día.

–Idem–respondió él a modo de despedida.

“Mierda”, pensó ella. Ahora odiaba más los domingos. Tiró el teléfono con furia encima del sofá y después se tiró ella. Encendió un cigarrillo y después la televisión. Dejó que el día pasase y se fuese poco a poco, al igual que su contrariedad. Después llegó la noche y Ramón no fue a verla. Un escueto mensaje de buenas noches fue lo que recibió. Tardó en conciliar el sueño. Creyó escuchar en un duermevela algún ruido en el piso de arriba. Pero finalmente se durmió profundamente.

Al día siguiente, cuando salía de casa con prisa para ir a trabajar, a medio peinar y pintándose los labios por el camino, se encontró una ambulancia frente al portal. Vio como introducían una camilla con alguien tumbado y tapado con una sábana. Entonces, vió a su vecina. Ella la miró y entornó los ojos, igual que el día anterior. Después se metió en la ambulancia y no volvió a mirar más. Al día siguiente una esquela anunciaba a todos los vecinos que Manuel Sánchez García, había fallecido a los ochenta y seis años de edad. Nunca supo la razón de su muerte. Pero siempre le quedará la duda de si fue natural o si tuvo algo que ver con el suceso de aquél maldito domingo. La vecina dejó de serlo y nunca más volvió a verla. Se llamaba Adela. Nunca le había gustado ese nombre. Tampoco investigó más sobre ella.

Poco después, sus nuevos vecinos pasaron una ser una pareja con dos niños y un perro que hacían todavía mas ruido que los anteriores. Pero eran los ruidos normales de la vida. La vida que ella había empezado a tener, incluso los domingos.

Por Patricia Bernardo Delgado