Mi aventura con las series de televisión

Últimamente he vivido un romance con las series de televisión de lo más serio. Apuntaba maneras hacia una relación estable. Sin embargo, como suele ocurrir con las pasiones demasiado intensas, acaban agotándose para dejar una agradable sensación que te permite volver al dulce hogar llamado cine. Ese que desgraciadamente está de capa caída, pero que cuando reaparece lo hace con más fuerza. Si… hay amores que por más que pase el tiempo nunca se terminan. Pero sobre mi relación estable y romántica con el cine, hablaré en otra entrada porque hoy quiero hacerlo sobre las grandes series de televisión que son verdaderas películas.

Mi aventura con las series fue tardía. Pero gracias a ella me di cuenta de que este rentable mundo nos permite seguir disfrutando de la creatividad de grandes guionistas y directores, así como de actrices y actores… Como veis no soy la única que le he sido infiel al cine. A veces la necesidad aprieta y cuando se trata de alimentarse de algo nuevo que te excite, somos capaces de vender nuestra alma al diablo. Así, que bienvenidos al nuevo cine: las series de televisión. Olvidaros del concepto de serie-comedia “Friends”, rodada en espacios cerrados, con el sonido de las carcajadas de fondo, o de mis queridísimas “Sex in the city” y “Girls”, en las que por fin salimos de ese concepto de “escenario, aplausos y risas” para pasar guiones brillantes, irónicos, con exteriores maravillosos y una banda sonora aún mejor que catapultan a la fama a desconocidas actrices y actores que las protagonizan. Grandes series de televisión las ha habido siempre y las seguirá habiendo, llegando a convertirse en parte de nosotros al cubrir seis y siete temporadas. Años de nuestras vidas conviviendo con los avatares de sus protagonistas: “Los Soprano”, “Mad men”, “House of Cards” o “Juego de Tronos”… Mucha calidad en todos los aspectos. La lista es interminable y tenéis para escoger la que más os guste en función del género. Las que cito son algunas de mis favoritas.

Pero yo me refiero a otra cosa. Se trata de un concepto revolucionario de serie, que se convierte en una película desarrollada en varios capítulos. Suele ir respaldada por un afamado director o guionista que habitualmente hace películas, por unos actores y actrices que tienen la categoría de estrellas, o ambas cosas a la vez. Y a ello se une otro dato importante: cada temporada es un compartimento estanco. Con una trama y protagonistas diferentes. Algo parecido sucedió con el fenómeno británico de Sherlock, protagonizada por Benedict Cumberbatch y Martin Freeman, otra de mis series “gurú”, pero por aquél entonces nuestro Sherlock aún no había alcanzado la categoría de estrella de cine. Así que tan solo se trataba de un aperitivo para lo que vendría después.

Para mi todo comenzó con True Detective. Os podéis imaginar mi cara de asombro cuando veo aparecer Matthew MacConaughey y a Woody Harrelson juntos… Su director Cary Joji Fukunaga, es conocido por dirigir y escribir el guión de la película “Sin nombre”, por la que obtuvo el premio al mejor director en el Festival de cine de Sundance y por dirigir la cinta “Jane Eyre”. Así que la combinación apuntaba maneras. 

Descubrí esta serie mucho después de que se estrenase, cuando la carrera de Matthew ya había pegado un giro de ciento ochenta grados, deleitándonos con su mítica escena con Leonardo DiCaprio en el “Lobo de Wall Street” y su interpretación ganadora de un oscar por “Dallas Buyers Club” en 2014. Así que pude más que rendirme a los encantos de este hombre al que no acababa de ver la “vis” interpretativa. La guinda la pone una banda sonora impecable, capitaneada por Handsome Family y otros grandes de la música como John Lee Hooker, Buddy Miller, Waylon Jennings, Gregg Allman, Townes Van Zandt, Lucinda Williams, Ike & Tina Turner o Juice Newton. Un exquisito buen gusto en el viaje por la música clásica y contemporánea americana.

Pero amigos, True Detective se quedó pequeño cuando apareció la serie por excelencia. Porque sin lugar a dudas, la autentica revolución a todos los niveles fue Fargo.

Para los que adoráis como yo a los hermanos Coen, seguramente habréis visto la película original, con Frances McDormand como Jefa de Policía, recorriendo embarazada las carreteras de Minessota y William H. Macy, un vecino aparentemente responsable, que contrata a Steve Buscemi y a otro compañero, para secuestrar a su mujer, acabando con la paz de la tranquila ciudad de Fargo.

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Así que cuando veáis el primer capítulo de la serie, haceros a la idea que “Fargo serie” es otra cosa. No es una mera adaptación de la película, tal y como yo imaginaba, sino que es algo más, mucho más. Y puedo decir con la boca bien grande, que incluso llega a superar a la propia película. No es de extrañar, porque cuando se unen los hermanos Coen en la producción, con Noah Hawley, guionista de series como Bones, The Unusuals o My Generation, y los muy grandes: Billy Bob Thornton, interpretando a un malo malísimo matón a sueldo y nuestro doctor Watson en Sherlock, Martin Freeman, que interpreta a un vendedor de seguros harto de su mujer, el cóctel es embriagador. Si además lo aderezamos con historias paralelas de asesinatos y ajustes de cuentas… y unos actores secundarios de primera calidad… el resultado es una serie que más parece una película, de esas realmente buenas que hace mucho que no ves y tanto añoras. Con un escenario que recuerda un poco a Twin Peaks y unos diálogos brillantes, cargados de humor negro, irónicos, llenos de sarcasmo… Me rindo a los pies de Billy Bob Thornton. Maravilloso. Pero también al resto de los actores como el ya citado Martin Freeman, Allison Tolman y Colin Hanks. Sin olvidarnos de los actores secundarios como Adam Goldberg y Russell Harvard que interpretan a los matones Mr. Numbers y el sordo mudo, Mr. Wrech, y que nos recuerdan al más puro estilo surrealista de los Coen que tanto me gusta, como en el Gran Lebwoski.

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Pero no contentos con triunfar con la primera temporada, se han lanzado a hacer una segunda. Para muchos mejor que la primera, para mi solo diferente. Me quedo con los diálogos de la primera y la concentración de actuaciones brillantes en menos personajes.

Sin embargo en la segunda temporada, ya no centramos la atención en las peripecias del matón Billy Bob Thornton o de Martin Freeman, sino que nos trasladamos unos años atrás, a un escenario más atractivo, en los años 70, salvaje, con mucha acción, bandas de familias criminales, disparos, drogas y música, mucha música de la buena, para muestra un botón: Yama Yama de Yamasuki abriendo la entrada, Shambala de Three Dog Night o Let’s Find Each Other Tonight de Jeff Tweedy, entre otros muchos. El desfile de grandes actrices y actores, todos ellos brillantes, impide que pueda destacar una u otra actuación. Da igual que aparezca la monísima Kirsten Dunst, el guapo Patrick Wilson o el mítico Ted Danson. Porque ninguno de ellos hace sombra a las actuaciones de: Bokeem Woodbine, como Mike Milligan y “The Kitchen brothers”, sus dos matones gemelos y mudos, ni a todos los intérpretes de la familia criminal Gerhardt, desde su matriarca, pasando por sus hijos y nietos, hasta el patriarca en silla de ruedas tras sufrir un ictus, el fiel indio a su servicio o Jesse Plemons como el bonachón carnicero, marido de la desequilibrada peluquera interpretada por Kirsten Dunst. Como os digo, es un desfile de artistas increíble. 

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¿Y después de esto qué?. Pues queridos, me temo que después de Fargo no puede existir serie que la supere en calidad y originalidad. Podéis ver la segunda temporada de True Detective, con Colin Farrell y Rachel McAdams, pero no puedo dar ninguna opinión seria al respecto dado que no fui capaz de terminar de verla. No me enganchó. Pero no os desaniméis, porque ahora mismo la oferta de series de televisión es muy larga, no alcanzan el concepto serie-película, sino que el éxito viene precedido por las exigencias de fuertes canales de televisión que a veces se convierten en dictadores de los guionistas y acaban olvidándose de que a veces una retirada a tiempo es mejor que la saturación. Pero no deja de ser un deleite verlas. Mis favoritas: Juego de Tronos, Outlander, la esquizofrénica The Transparent, todo un descubrimiento, la maravillosa Mozart in the Jungle con Gael García Bernal, Versalles o series danesas como por ejemplo Borgen. Y por supuesto: Girls, cuya quinta temporada está superando a las anteriores y que me engancha deliciosamente con sus diálogos gamberros, sus exteriores por el Brooklyn bohemio de Nueva York y una banda sonora que te incita a bailar.

En lo que a mi respecta… Volveré a los brazos del cine. Si es que me lo permite, después de mi infidelidad…

Por Patricia Bernardo Delgado

La vida desde la azotea

 

Las azoteas tienen algo encantador… Desde ellas se pueden ver los tejados de las casas, con sus antenas de televisión, sus terrazas… Incluso la ropa tendida que se mueve al compás del viento.  Casas y casas… Llenas de historias que desconozco…Pero las azoteas también pueden hacerte descubrir lo desgraciada que es tu vida si tu marido te acaba de abandonar…

Si… Así era como me sentía en el preciso instante en que terminé mi café, mientras el sol daba justo de frente a mis narices y dos jovenzuelos con demasiada testosterona tuvieron la mala idea de invadir mi espacio, acompañados de cervezas y un iphone cargado de música estridente que no tuvieron inconveniente en compartir.

Eso me hizo darme cuenta de lo vieja que me sentía. No sabía qué hacía exactamente en la azotea de un pequeño hotel de Tarifa, mirando los tejados y antenas que ahora se antojaban desagradables, viejos y desgastados. Pero el caso es que ahí estaba yo. Y también esos dos pequeños intrusos.

En la habitación me esperaban mis amigas. Es bueno tener amigas que te acompañen de vacaciones y se ofrezcan a ayudarte a hacer mas llevadero un divorcio. Sobre todo si la causa es otra mujer más joven, más delgada y más fresca. Podeis interpretar este apelativo desde el punto de vista que mejor os convenga. Yo os recomiendo hacerlo por el lado sarcástico, jocoso… Si, estaba dolida, despechada… Y desgraciadamente a veces, ni la mejor de las compañías consiguen hacerte olvidar. Miré mis muslos quemados por el sol y mi pelo hecho un estropajo. Definitivamente debía tomar cartas en el asunto.

Primer propósito: no tomar el sol sin protección. Segundo propósito: no comer mas secreto ibérico ni nada que lleve el apellido de ibérico. Tercer propósito: dejar de fumar. Cuarto propósito: Dormir mas horas. Quinto propósito: no beber alcohol. Sexto prop….

-Alicia ¿piensas quedarte toda la tarde metida en tu mundo o vas a decidir ducharte y salir con nosotras de una puñetera vez?-

Esa era mi amiga Carmen. Era admirable su potencia de voz. Porque consiguió que se escuchase por encima de la música tecno o lo que demonios fuese que sonaba en “mi terraza”. Llevaba subiendo cada tarde desde hacía una semana sola, maravillosamente sola…

-¡Alicia! ¿Estás sorda o qué?- Carmen se había plantado con los brazos en jarras delante de mí. No sin antes mirar con aprobación a los jóvenes cuerpos testosteroicos.

– No, aún no. Pero como sigas gritando así creo que acabaré perdiendo mi capacidad auditiva- le contesté poniendo mi mano en la frente mientras arrugaba el entrecejo.

­– Muy graciosa. Déjate de ironías y mueve el culo. Te espero abajo-.

Sexto propósito: Hacer más caso a mis amigas y salir de la habitación del hotel aquella misma noche.

Si. Tener amigas estaba realmente bien, aunque eso supusiese enfrentarte a la terrible sensación de haber perdido media vida y destrozado tu cuerpo de la forma mas absurda, mientras ellas seguía fabulosas. Mis amigas habían tomado la sabia decisión de ser lo más importante de sus vidas. Y eso requería tiempo y una gran dosis de egoísmo de la que yo carecía. Todas trabajaban, todas eran personas inteligentes y también tenían mi edad. No había excusa. Salvo mi propia pereza y vagancia para el deporte. Dedicaban la gran mayoría de su tiempo libre al cuerpo. Según ellas, invertían demasiadas horas en su cabeza. De hecho, les echaba humo. Se pasaban el día tomando decisiones, resolviendo problemas, haciendo informes, defendiendo a algún depravado en los juzgados o presentando un balance… Así que para tener un buen equilibrio interior era necesario que el resto de energía que les quedaba la dedicasen a verse perfectas. Eso requería horas de gimnasio, claro está, una dieta adecuada, sin sufrimientos innecesarios, sesiones en su salón de belleza favorito una vez al mes y… Me agotaba solo de pensar en tener que hacer todas esas cosas. ¿De dónde sacaban tiempo? Yo acababa rendida cuando terminaba la jornada. Y la verdad, nunca me había preocupado de guardar una dieta. Había tenido suerte todos estos años. Mi genética era buena, mi metabolismo funcionaba de forma acelerada y tenía tendencia a adelgazar. Pero me había descuidado… Quizás eso había sido la causa de que mi marido me abandonase…

Séptimo propósito: Dejar de culparme. No debía culparme porque mi marido me hubiese abandonado por otra mujer…Según mis queridas amigas, me había librado de un auténtico canalla. Y tarde o temprano me la habría pegado con otra. Así que mejor que me lo hubiese hecho con cuarenta y no con cincuenta. Ahora estaba en la flor de la vida… Pero sí debía culparme por haberle presentado a mi compañera de yoga Susana, más alta, más delgada, atlética, con más pecho y más contundencia que yo en todos los aspectos.

Una llega a creer que su marido es maravilloso y que cuando le dice: “Pero qué cosas se te ocurren tonta, si estás estupenda…” Es verdad. Sonríes con satisfacción pensando: “Qué suerte tengo. Mi hombre es tan maduro que no se deja encandilar por los cantos de sirena de mi nueva amiga Susana.”

 A Susana la conocí en clases de yoga. Y rápidamente conectamos. Empezamos a quedar para tomar un café, después para ir de compras, ir a cenar solas… Luego sin darme cuenta la introduje en mi círculo de amistades y le presenté a mi marido. Susana era genial. Me hacía sentir estupenda. Todo en mí era admirable: Mi puesto de trabajo, mi sentido del humor, conseguir vivir sin preocuparme en exceso de ir perfecta en todas las ocasiones… Tener tan buenos amigos y un marido con el que no había dejado de tener sexo. Si… Susana. La maldita Susana que se apoderó de mi marido, lo hipnotizó y volvió gilipollas integral.

 Octavo propósito: No confíes nunca en un hombre ni en una mujer soltera, guapa y con mallas. Y sobre todo: no la presentes a tu marido. Nunca. Error. Bajo ningún concepto pienses que los estereotipos están desfasados porque no lo están, créeme. Las cosas son como son: y unas mallas con un cuerpo atlético, son unas mallas con un cuerpo atlético. Y si tiene algún interés en tirárselo lo conseguirá. Y de rebote te dejarán tirada como una colilla. Igualita que la colilla que estaba aplastando con furia ahora mismo contra el cenicero con forma de concha de la terraza del hotel de Tarifa.

 Noveno propósito: Controla tu furia. A veces me entraba una rabia interior que se apoderaba de mí como un alien… En estos momentos los recuerdos de Susana haciendo contorsionismo en la clase de yoga, con sus mallas ajustadas y su top marcando sus perfectos abdominales, con esa sonrisa dibujada en su boca, me estaba poniendo enferma. La voz de mi marido resonaba de fondo: “Estás loca Alicia, ¿por quién me tomas?. ¿Crees que me vale cualquier cosa?. Si, tiene un cuerpo bonito pero cariño, soy un hombre casado…”

Si… Y un capullo. La música de mis compañeros de terraza estaba empezando a superarme. Cerré los ojos y dejé que el sol que empezaba a caer sobre los tejados me relajase. De repente sentí unas ganas terribles de llorar… Me sentía tan sola… Y tan poca cosa… Había personas que conseguían tener esa vitalidad, esa fuerza y esa seguridad que nada se les ponía por delante y si algo entorpecía su camino, lo apartaban. Porque tenían espíritu competitivo, si… Joder, ¿donde había quedado el espíritu deportivo de toda la vida, ese en el que no pones la zancadilla a una amiga y ni se te ocurre robarle a su marido? ¿Y por qué a mis amigas no les ponen los cuernos y a mi si? Y lo que es peor… ¿Por qué me ponen los cuernos y me dejan para irse con ella?

 Un momento… ¿Dónde coño estaban las lágrimas? Esas que cuando salen, te liberan…

Décimo propósito: Aprender a llorar. Últimamente me cuesta llorar. De repente noto un nudo en la garganta que me oprime y en vez de subir hasta los ojos, desciende al estómago y se asienta dando vueltas en circulo, una y otra vez, como el centrifugado de una lavadora… Después se convierte en ganas de vomitar, pero tampoco llega a producirse la arcada que me haga expulsar todo ese malestar fuera. Se queda dentro, muy dentro. A veces tengo la sensación de que me voy a ahogar.  Tengo ganas de salir corriendo. Pero no puedo hacerlo. Sucede cuando estoy en el trabajo. Me paralizo. No me centro… Así que creo que si soy capaz de llorar en casa todos los días un poco, mi ansiedad se irá calmando. El caso es que decidí probar con películas tristes. Realicé una selección de las que se a ciencia cierta que me harían romper en llanto. Comencé por “Lugares Comunes”, esa es un valor seguro. En cuanto Federico Luppi le diga a la bibliotecaria que intenta ligar con él aquello de: “Lily siempre gana”, empezará a temblarme la barbilla y los ojos se empañarán.

Pero no, no fue con Federico Luppi, fue con Diego Peretti en “No sos vos, soy yo”. Dios mío… En cuanto empezó a sonar Jorge Drexler con su: “Y que sea… lo que sea….” me dio una angustia en el estómago terrible y empecé a llorar. Y lloré. Lloré… Llore… Si, pero en vez de liberarme, me sentí muy triste… Muy pero que muy triste y muy pero que muy sola.

Sorbidos los mocos, me di cuenta de formaba parte del proceso. Llorar, sentirse triste, sola, angustiada y… Volver a llorar. Dar golpes contra el cojín del sofá en el que estás tirada viendo la película y decirte: gilipollas, eres una gilipollas….Bien basta.

El caso es que aún no tengo muy bien controlada esta fase. Y ahora estoy en una terraza intentando soltar una lágrima y no hay manera. Yo creo que si miro de frente al sol, las lágrimas caerán. Aunque solo sea por lo que molesta….

-Perdona… ¿Te importaría darme fuego?- una sombra demasiado alta me acababa de chafar el plan.

Miré hacia arriba. ¿Por qué las nuevas generaciones eran tan altas y tan guapas? Dios, es que los que nacimos en los setenta éramos… ¡Qué narices!, teníamos personalidad. Ya no los hay como nosotros.

 –Si claro, toma­-. Aquél joven, se puso de cuclillas para encender su cigarrillo. Al verlo de cerca me di cuenta de que no era tan joven, en realidad tenía arrugas… En realidad….

 -¿Llevas mucho en Tarifa?-me preguntó. Yo seguía arrugando la nariz, el entrecejo y toda yo para poder visionar a aquél… ¡Hombre!

 –Si… bueno, casi una semana… He venido con unas amigas de vacaciones-

Él hombre que había dejado de ser joven, me miró a través de sus ojos verdes. ¿O eran castaños…? En realidad no veía un carajo con el sol que me estaba cegando.

 -¿Y vosotros?- dije mirando a su compañero.

–Nosotros también estamos de vacaciones. Vengo con mi hijo todos los años a practicar ski surf. Se ha convertido en una tradición- Me dijo, el joven, reconvertido en hombre y padre.

 -Desde aquí parecéis hermanos…- le dije intentando sonreír.

–Mis gustos musicales son más tradicionales- contestó él. “Eso espero” pensé yo.

 –Me llamo Jorge- me dijo dándome dos besos que a punto estuvieron de tirarme de la tumbona.

–Yo Alicia- contesté.

–Bonito nombre, como “Alicia en el país de las maravillas”- sonreía, arrugándose tanto o más que yo.

-¿Hasta cuando te quedarás?- preguntó.

-Creo que este calvario durará una semana más… – contesté.

Él soltó una carcajada. –Por lo que veo no te gusta nada esto. Eres la primera persona a la que oigo hablar de Tarifa con tan poco entusiasmo-

 Miré hacia los tejados de nuevo… No me quedó más remedio que reír. – Si… creo que no estoy pasando mi mejor momento..-

Pero… ¿Qué demonios estaba haciendo? Eso era lo último que se debía hacer en estos casos…

– Sé de lo que hablas…- dijo. “¿Ah si? ¿A ti también te han puesto los cuernos con una yoguita escultural llamada Susana?” pensé.

 – Me divorcie hace tres años- añadió con una sonrisa melancólica que me desarmó.

-¿Tanto se me nota?- pregunté yo intentando ofrecer la mejor de mis sonrisas.

 –Los de nuestra especie nos olemos a leguas… La primera vez que vine aquí lo hice por Javi. Después te acabas acostumbrando y asumes que ésta es tu nueva vida. Hasta que un día, dejas de sentir añoranza por el pasado y te das cuenta que el presente y lo que está por llegar pinta mucho mejor… En fin, no te entretengo más. Espero que nos volvamos a ver pronto, “Alicia en el país de las maravillas”- dijo para despedirse.

 Undécimo propósito: No hacer más propósitos…

 Por Patricia Bernardo Delgado

La historia del búho y la paloma

Diego no era un chico normal, al menos eso decían sus compañeros de la universidad. A él eso no le importaba demasiado, pero a veces le resultaba un poco molesto escuchar sus risas cuando sacaba de su estuche todos sus bolígrafos, lápices y portaminas para ordenarlos encima de la mesa, uno al lado del otro, perfectamente alineados. Era una de sus muchas obsesiones. Tenía unos dedos muy largos y estilizados con los que pintaba cuadros hermosos, moldeaba figuras de barro, incluso con plastilina y dibujaba cómics con personajes que se inventaba como el “Pato Jovinchi”.

Era un amante de las matemáticas, la física, la química, jugaba al ajedrez y había aprendido a tocar la guitarra en todas sus modalidades: clásica, acústica, eléctrica… Tenía una gran colección de discos de Jazz, Soul o Rock. Su habitación olía a tabaco y estaba empapelada con posters de Buster Keaton o Charlot. Estudiaba una complicada ingeniería, en otros tiempos en los que nada era tan fácil como ahora. Algunos dirían que era una especie de genio porque todas y cada una de las cosas que hacía eran perfectas, no había un fallo, ni siquiera en su letra ni en su firma. Sin embargo, detrás de esa genialidad se escondía una mente complicada que se adaptaba con dificultad a la sociedad que todos aceptamos como “normal”.

Una mañana decidió ir al monte y se aventuró por una de esas rutas que tanto le gustaban, para recoger setas y buscar piedras cuyo nombre solo él conocía, de paso le llevaría a su madre musgo para adornar el Belén de Navidad.

Durante el trayecto se encontró con un pequeño animal agazapado junto a un árbol. Era un búho. Un precioso búho que estaba herido. Diego lo cogió con mucho cuidado y lo guardó en su mochila. Cuando llegó al bar del pueblo más cercano le preguntó a la chica que atendía detrás de la barra dónde podía haber un albergue de animales. Abrió su mochila y le mostró al animalito. La chica, pegó un grito a ver las garras del pequeño búho. Pero él la tranquilizó con un: –Mujer, que no hace nada, sólo es un búho herido–.

La chica le indicó donde había un albergue para especies protegidas. Pero cuando llegó, lo encontró cerrado. Decidió entonces dejar al búho en la puerta, abrigado con su forro polar.

Regresó a casa inquieto. Y pasó la noche dando vueltas en la cama preocupado por búho. Decidió buscar por internet el albergue porque le pareció extraño que estuviese cerrado. Su sorpresa fue mayúscula cuando leyó que había dejado de existir hacía tiempo. Definitivamente no pudo dormir.

A la mañana siguiente se levantó con los pelos de loco y le relató apesadumbrado a su madre la historia. Tenía que haber traído al búho a casa. Su madre le escuchaba espantada porque se veía conviviendo con un búho, que era justo lo que le faltaba a la leonera de la habitación de su hijo.

Pero Diego tenía que volver a buscarlo. No podía dejarlo malherido y sólo. Así que le pidió a su madre un cesto. O más bien decidió vaciar el cesto de la ropa de planchar. Un cesto enorme de mimbre forrado de cuadros azules y blancos. Y después de llamar a su amigo Juan, el único que tenía, emprendió la marcha con el gran cesto en ristre. En la expedición le acompañaron además el hermano mayor de su amigo, su hijo y un japonés llamado Yamamoto que estaba viviendo en su casa mientras entrenaba para ser futbolista.

Pero cuando llegaron al lugar donde había dejado al pequeño animal, ya era demasiado tarde. El búho había muerto. Diego, lo miró con tristeza y lo dejó con sumo cuidado en el mismo sitio, a la puerta del antiguo albergue, tapado por su forro polar.

A la vuelta le contó la historia a su madre. Estaba realmente indignado. –Si sale en los periódicos que se ha encontrado un búho muerto a la puerta de un albergue para especies protegidas, recuerda que fui yo quien lo dejó ahí, para que les pese en su conciencia a quienes lo cerraron–dijo con despecho.

Hablaba con voz triste y se echaba en cara no haberlo llevado a su casa para curarlo. Su madre le intentaba consolar: – Cariño, tú no podías curarlo. ¿Qué habríamos hecho con ese animal si se muere?– a lo que él respondió – Le habríamos enterrado en el parque–.

Su madre no daba crédito. –Diego, creo que eso está prohibido…–

Pero a él eso le daba igual. A fin de cuentas ¿qué mal podía haber enterrar a un animal tan indefenso en un parque?. Realmente cada día entendía menos el funcionamiento del mundo.

Pasó varios días casi sin comer. Su madre empezaba a preocuparse. Se encerraba horas en su habitación, delante del ordenador.Hasta que una tarde, aparecieron su amigo Juan, su sobrino y su amigo Yamamoto. La madre de Diego se sorprendió al verlos pues no era muy habitual que su hijo recibiese visitas. Se alegró pensando que distraerían a su hijo. Abrió tímidamente la puerta de la habitación: –Diego tienes visita… Son unos amigos–.

Diego levantó la vista y asomó su cabeza despeinada. A través de sus grandes gafas de metal descubrió a sus compañeros. Su madre se apartó para dejarlos pasar. –Diego esto parece una caverna– le dijo su amigo Juan. Él se encogió de hombros. –¿Qué queréis?– preguntó malhumorado.

–Pues verás…– dijo su amigo. –Resulta que iba yo con mi hermano y el tamagotchi…–¡Juan! Lo entiende todo– dijo su hermano pequeño enfadado. Yamamoto sonreía. –¡Qué va!, éste ni se entera. El caso es que nos encontramos en mitad de la calle una paloma con el ala rota– Diego pegó un brinco en la silla. Juan continuó hablando ignorando su gesto de forma intencionada. –Y resulta que pensamos… Pobre paloma… No la vamos a dejar ahí tirada en el suelo… A saber la suerte que correrá, porque a la gente no le suelen gustar estos bichos…– a Diego casi le salían los ojos de su órbita. –Así que decidimos recogerla– Juan se quitó la mochila y la abrió mostrar a una paloma desfallecida y asustada con el ala derecha maltrecha.

Sobra decir que Diego y sus amigos tardaron en salir de la habitación, pese a que su madre les ofreció en varias ocasiones que comiesen algo. Después de un buen rato, cuando ya se había hecho de noche, salieron con gesto triunfal. Aceptaron gustosos la cena que la madre de Diego les había preparado, charlaron alegremente y después se despidieron.

Diego ya no estaba cabizbajo, sonreía. Su madre lo miraba extrañada pero a la vez aliviada. No sospechaba que en su habitación había una huésped que dormía plácidamente tras haber recibido los cuidados de Diego y sus amigos.

Pasaron los días y poco a poco la paloma empezó a mejorar. Diego le había confeccionado una casita dentro de una caja de cartón. La tapaba con una toalla y la alimentaba con una jeringuilla. Cuando ya estaba preparada para volver al mundo exterior, Diego buscó un lugar donde la paloma pudiese vivir lejos de los riesgos de la gran ciudad. Encontró en internet a un hombre que tenía un palomar en un pueblo, no muy lejos de su casa. Así que un día, mientras su madre trabajaba, cogió su caja con la paloma y ambos viajaron en autobús en busca de su nuevo hogar. El hombre resultó ser una persona muy amable. Le pareció extraño que alguien se preocupase de traer una paloma que vivía en la ciudad. No era nada común. Charlaron animadamente sobre animales y plantas durante un buen rato, y el hombre le hizo prometer a Diego que volvería a visitarle ya que le resultaba muy reconfortante conocer a personas que compartiesen su amor por la naturaleza.

Cuando llegó la hora de la despedida Diego miró a la paloma y le dijo: –Buena suerte amiga, aquí estarás bien– y se fue, satisfecho por haber conseguido salvar una vida, aunque no tuviese mucho valor para el resto de las personas “normales”.

Por Patricia Bernardo Delgado

Acordes y desacuerdos

 

En este apartado llamado “cosas mías” que inauguro hoy, quiero aprovechar para compartir con vosotros algunas de las cosas que me inspiran a la hora de escribir y de paso recomendaros películas, libros o música…

La primera entrada, con perdón de Hemingway, será en honor de una de mis películas favoritas: “Sweet and Lowdown de Woody Allen, en España conocida como “Acordes y desacuerdos”.

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La historia trata sobre un músico de jazz de los años treinta que Allen se inventa: Emmet Ray, un alocado guitarrista que ansía llegar a superar al número uno, el real y virtuoso: Django Reinghart.

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Woody Allen, apasionado del jazz de los años de oro, aparece a lo largo de toda la película contando, junto con otros especialistas, la historia de Ray, sus excentricidades, su pánico a coincidir con Django en un escenario, su ego desmedido y su obsesión por alcanzar el éxito… Pero también trata la especial relación que entabla el guitarrista con una tímida joven muda que trabaja como lavandera en New Jersey llamada Hattie y la sofisticada escritora Blanche.

Los personajes principales están interpretados por Sean Penn como Emmet Ray y Samantha Morton, como Hattie, ambos candidatos a los globos de oro en el año 1999 por sus respectivos papeles. Penn también estuvo nominado como mejor actor a los premios Oscar. No es de extrañar porque está soberbio en la película. A ellos se unen Uma Thurman que interpreta a Blanche, personaje totalmente opuesto a Hattie y Anthony LaPaglia, como Al Torrio.

Si unimos a este festival de grandes actuaciones la banda sonora realizada por Dick Hyman, en la que suenan varios temas originales del propio Django Reinghart y la excelente escenografía, el resultado es una película redonda. De esas que muchos echamos de menos en Woody Allen y que está a la altura de otras grandes como “Delitos y Faltas” o “Hannah y sus hermanas”.

Hay varias escenas que resultan conmovedoras, como el momento en el que Hattie se enamora del sonido de la música de Emmet y le pide en la habitación de un hotel que le toque la guitarra. Pese a los desprecios del guitarrista, Hattie consigue descubrir el alma y la sensibilidad que se esconde detrás de su música.

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Pero no os voy a contar mucho más. Tan solo os dejo una muestra de la película en este enlace: https://www.youtube.com/watch?v=4pTXW-DI39U

Por Patricia Bernardo Delgado.