Un día perfecto

Aquella mañana el cielo estaba totalmente despejado y de un azul intenso que contrastaba con el frío húmedo que se metía en los huesos, como si de una broma de mal gusto se tratase.

Doña Ana paseaba de un lado a otro, concentrada en fumar su cigarrillo de las tres de la tarde, ritual al que asistía desde hacía cinco años a esas horas. A estas alturas podía corroborar que aquella mujer nunca había faltado a su cita, ni siquiera en los días de lluvia en los que se refugiaba en la entrada del edificio de publicaciones, justo en el umbral de las escaleras de piedra amorfa, escudriñando a través de sus gafas, con ese gesto a medio camino entre la risa y el hastío del perro viejo que está de vuelta de todo.

Cuando me acerqué a ella se había parado y permanecía encorvada de espaldas, en una actitud reflexiva. Llevaba una falda floreada que sin llegar a ser bonita tenía un colorido distinto de los azules apagados y grises que acostumbraba a lucir. Una ligera brisa balanceó como por descuido aquella falda atemporal, de tal manera que por un instante vi en su silueta lánguida y ligeramente encorvada, a una mujer más joven, frágil y triste.

Ese día abandoné el edificio de tres plantas destartalado y húmedo que había sido mi lugar de trabajo durante estos años. Lo hice con la tranquilidad de haber tomado por primera vez una decisión sin consultarla con nadie.Simplemente sabía que tenía que irme y dejar atrás todas las decisiones que hasta la fecha habían compuesto mi vida y que tanto habían condicionado mi felicidad.

Pasé justo delante de Doña Ana, sin levantar la vista. Sentí el impulso de despedirme de ella… Pero no lo hice. Dejé que siguiese inmersa en sus pensamientos, fumando su cigarrillo. Doña Ana… La eterna y perfecta funcionaria, tan profesional y hermética que parecía haber estado siempre confinada entre aquellas montañas de papeles en las que cualquiera podía perderse fácilmente, menos ella.

Todas las mañanas nos encontrábamos en el autobús y me miraba tras sus gafas con forma de mariposa que ahora volvían a estar de moda.

No la echaría de menos, estaba seguro de ello. Prefería retenerla en mi memoria con aquellos escasos recuerdos. Evitando aquellos otros en los que con el ceño fruncido y aquél humor ácido que tan poca gracia me hacía, se negaba a registrar algún escrito urgente, por el simple placer de dejar claro que la antigüedad seguía siendo un grado en aquella Administración de advenedizos.

Derepente, una voz ronca sonó a mis espaldas, como la llamada de atención de una estricta profesora a su alumno. –¡García!– me dí la vuelta sorprendido, casi sobresaltado. Allí estaba Doña Ana, con el mismo gesto arisco de siempre. –Le deseo mucha suerte– dijo. Su boca hizo una mueca que se acercaba a una sonrisa. La miré durante unos segundos, sonriendo. –Gracias Doña Ana…– contesté.

Después, caminé sin ser consciente del tiempo, tan solo veía que una nueva ciudad que se abría ante mí. Y ahora si, el día era perfecto.

Por Patricia Bernardo Delgado.

Henry y Picasso

Henry y Picasso

El viento mecía las ramas de los árboles plantados en la calle Perry del West Village. Lo hacía de forma pausada, se tomaba su tiempo para aspirar una bocanada de aire y volverlas a mover. Ellas le seguían el compás, casi bailaban con él, como si hubiesen ensayado una coreografía y ahora la estuviesen presentando ante la ventana desnuda del apartamento.

Un hombre de más de cuarenta años, alto y desgarbado, permanecía sentado, casi encorvado en una silla que le quedaba demasiado pequeña para sus dimensiones. Tenía el pelo un poco largo pero no lo suficiente como para tener un aspecto descuidado. Todo en él estaba esmeradamente poco preparado. Como si la casualidad o la pereza hubiesen creado su atuendo. Una camisa blanca a medio planchar, unos pantalones de loneta beige apretados con un cinturón de piel sujetándolos para que no se cayeran y unos zapatos deportivos completaban su atuendo.

Se llamaba Henry, Henry a secas. Como a él le gustaba decir. Su apellido: Wilson, era demasiado normal, demasiado vulgar. Carecía de importancia. Sólo lo escuchaba en el trabajo cuando su jefe se dirigía a él para pedirle el reportaje de la semana. Ese que tenía que escribir en el último momento y que hacía con verdadero fastidio. Pero le resultaba fácil y rara a vez fallaba en las exigencias de su jefe –Quiero mucha carnaza– le decía– Quiero que resaltes el hecho de que la madre era alcohólica o que su marido le pegaba…– Bien Wilson– decía tras sus gafas de pasta sujetadas por su nariz de gancho –Si… Eso era lo que quería–

Veinte años redactando noticias para un periódico de segunda era algo realmente sencillo. Mary le había dicho muchas veces que debía escribir, que debía hacerlo cuanto antes. No podía desperdiciar su talento. Pero Mary ya no estaba. Ni ella ni el talento. Solo la apatía y la maldita ansiedad que no le dejaban respirar.

Había empezado a escribir en sus noches de insomnio. Se imaginaba a sí mismo publicando una colección de cuentos y a ella orgullosa al leer la noticia. Aparecería en la presentación y volverían a iniciar el suave coqueteo que los había empujado sin proponerselo a estar juntos. Seguramente tendría un novio mucho mejor que él, más normal y seguro de sí mismo. Pero le mandaría a paseo a ver su colección de cuentos y al saber que la había hecho para ella.

Sin embargo, Henry no había conseguido nada de lo imaginado. Tan solo había escrito pequeños relatos inacabados, piezas sueltas y huérfanas de un argumento convincente.

Y ahora, esperaba a que Walter apareciese como cada tarde para preguntarle cómo le había ido la semana. Comenzaría por las cosas que había seleccionado bajo la etiqueta de “poco relevantes”. Después de varios meses acudiendo a su consulta, Walter se había convertido en una costumbre interesante, acogedora y reconfortante… Pero eso no evitaba que Henry cuidase sus conversaciones y la información que quería proporcionarle. Era demasiado hábil. Sabía que quería derribar sus defensas. Las únicas que le quedaban. Y no estaba dispuesto a consentirlo, por muy bien que le cayese el doctor. Solo necesitaba curarse. Dormir sin necesidad de recurrir a pastillas, dejar de sentir ese profundo vacío que lo dejaba desolado e inmovilizado. Dejar de sentir ese ahogo precedido de palpitaciones que parecía que le  iban a reventar el corazón. Necesitaba poder respirar. Necesitaba recuperar a Mary o que su vida cobrase un sentido que ahora parecía imposible.

Walter Miller llevaba más de treinta años ejerciendo la psiquiatría y el psicoanálisis. Había conocido los suficientes casos como para poder hacer un diagnóstico en la primera visita. A veces solo con mirar al paciente o con intercambiar unas pocas frases podía adivinar cuál era la dolencia y cuánto tiempo le llevaría acabar con ella. También había fracasado otras muchas veces. Y gracias a eso se había esmerado aún más en afinar sus métodos.

El caso de Henry era bastante común pero no por eso más sencillo: depresión. La falta de madurez y su negativa a adquirirla habían jugado en su contra al darse cuenta que el transcurso de los años habían creado un gran vacío. Henry era un caso curioso. Y es que quería curarse de verdad. Eso era menos habitual. Pero el gran problema residía en conseguir que se quitase la dura coraza que había construido a lo largo de los años, igual de consistente que la estructura del Partenón. Era demasiado inteligente y conocía muy bien sus zonas débiles que se negaba a mostrar. Su cinismo era su arma. Así que lo más complicado y a la vez entretenido era seleccionar las preguntas adecuadas para llevarle a su terreno.

Se refrescó la cara en el baño antes de la sesión. El espejo reflejó el rostro de un hombre que ya empezaba a convertirse en un anciano. El pelo completamente blanco permanecía intacto, sin atisbo de calvicie. Eso le hacía sentirse orgulloso. Le otorgaba solemnidad y elegancia. Pero las arrugas se había asentado silenciosamente… Habían llegado como un ejército que envía primero a parte de su regimiento a observar el terreno para darle el parte a sus superiores: -Zona despejada mi General–. Después toda la tropa y su artillería habían atacado sin piedad, dejando devastada la zona. Así veía su cara. Como un campo después de la batalla. Podía haber recurrido a la cirugía. Tenía varios colegas que habrían hecho un trabajo discreto. Pero en eso era un conservador. A fin de cuentas, nada le podía aportar un lifting. Se puso la chaqueta de su traje. Admiraba la destreza de su mujer y cómo mimaba cada detalle de su aspecto.

Entró en su despacho con una sonrisa. Henry le caía bien. No era algo que fuese relevante en sus pacientes, pero lo hacía más llevadero. Eso, claro está, no le restaba objetividad al caso, pero siempre resultaba más agradable poder reírse con las conclusiones de Henry y su humor negro, que consolar el llanto de un paciente depresivo. Llorar era una de las cosas que tenía pendientes. Consideraba que si llegaba a quitar todas las corazas de Henry podría liberarse de la angustia que le provocaba el esfuerzo por demostrar que estaba bien. Porque no lo estaba. Había mejorado pero aún quedaba un largo camino.

Henry miraba fijamente una lámina de La Femme-Fleur de Picasso que la esposa de Walter había colgado en el despacho.

–¿Le gusta la nueva adquisición de mi mujer?– dijo Walter a modo de saludo.

Henry se levantó del asiento, empequeñeciendo con su estatura a Walter, que miraba hacia arriba confiado, ofreciéndole la mano, como los niños que observan a un gigante sin tenerle miedo y le ofrecen una golosina. Sin embargo, el paralelismo se terminaba ahí. Ni Walter era un niño confiado ni Henry un gigante cuyas dimensiones superasen a su mente.

–Es un retrato curioso– contestó Henry –Desde luego no le deja a uno impasible–

Walter Miller se sentó en su butaca invitando a hacer lo mismo a su paciente.

–Si, eso pensé yo. Tiene fuerza y pasión. La misma pasión que sentía por la protagonista del retrato, Françoise Gilot. ¿Conoce usted la historia? Es realmente interesante–

–No, no la conozco–contestó Henry.

Walter se recostó en su butaca.

–Françoise Gilot era una joven de veintiún años, estudiante de Derecho, escritora y pintora incipiente, cuando conoció a Picasso en Paris. Él ya pasaba de los sesenta cuando se fueron a vivir juntos e iniciaron una relación que duró mas de diez años, de la que nacieron Claude y Paloma. Poco después Françoise le abandonó. Fue la única que al parecer dejó al artista y no perdió la vida o enloqueció por él. Picasso cortó toda relación con ella y sus hijos cuando ella publicó “La vida con Picasso”, revelando sus enredos con sus ex esposas, amantes, musas y modelos. No se puede decir que Françoise fuese una ingenua. Sabía cómo era Picasso y lo que podía esperar de él. Pero decidió que no quería perderse aquella locura. Y la vivió intensamente, hasta que se dio cuenta de que ella y sus hijos corrían peligro. Era imposible tener una vida familiar dentro de las reglas éticas comúnmente aceptadas. A raíz de que mi mujer me contase esta historia leí una entrevista que le hicieron en su piso de Central Park. Una mujer de carácter fuerte y gran personalidad. Algo que era incompatible con el carácter dominante de Picasso. Le gustaba que sus mujeres fuesen sumisas. Ella dice que tenía un carácter sádico, cruel y travieso. Le gustaba tratar mal a la que gente que le amaba porque así ponía a prueba su afecto. Era como un niño que tiraba un reloj muy valioso al suelo y lo rompía intencionadamente sólo por le placer de saber qué había dentro. Disfrutaba sabiendo que seguía poseyendo a todas sus mujeres. Prolongaba durante años las relaciones creando un fuerte vínculo, hasta que se cansaba de ellas y entablaba una nueva relación. Alimentando igualmente la relación con las anteriores y consiguiendo de esta forma que siguiesen en su órbita. Todas seguían amando de forma enfermiza al genio–

Henry escuchaba atentamente a Walter sin apartar la vista del cuadro. Intentando descifrar al artista en sus trazos.

–Menuda pieza Picasso– acabó por contestar.

–¿Le sorprende?– preguntó Walter incorporándose ligeramente.

–Si, nunca entendí que veían las mujeres en él– Henry miraba con franqueza a Walter.

–Era un genio y un hombre dotado un gran atractivo. Con una capacidad impresionante para seducir– dijo Walter.

–Y al parecer no tenía escrúpulos– dijo Henry con un deje de desprecio.

–Interesante reflexión la que acaba de hacer– dijo Walter orgulloso por su habilidad para sacar el tema de forma casual – Creo que Françoise habría estado de acuerdo con usted. Dominante, caprichoso, egocéntrico y Dios sabe que más cosas sería Pablo Picasso. Sin embargo, genial y único. Soy de la opinión que existía una cierta… ruptura de las reglas universales. Françoise decía que Picasso se consideraba Dios. Y los Dioses están por encima de todo y de todos. Pero si Picasso no hubiese sido así, no habría llegado tan lejos con su obra. En fin, nos estamos desviando del tema que nos ocupa. Porque no creo que usted haya venido a hablar hoy sobre Picasso–

–Mire Walter yo creo que Françoise quería lo mismo que todas las demás…– dijo Henry obviando la última frase de Henry –Por eso se fue. Porque de repente se vio con un viejo loco excéntrico y con dos hijos, cuando podía estar con cualquier tipo mucho más joven y activo sexualmente. No entiendo por qué le dio tanto bombo a dejarle tirado. Pero supongo que para estar con alguien así o eres muy tonta o muy similar a él– concluyó encogiéndose de hombros.

Walter se rió –Me maravilla como traslada usted la personalidad de un genio al comportamiento común de los mortales. Supongo que ella se sentía orgullosa de haber sido capaz de escapar al poderoso influjo del genio… En cualquier caso, cuénteme cómo ha ido la semana. ¿Ha dormido mejor?–

–¿Dormir? Ya no recuerdo lo que es dormir bien… Pero creo que en comparación con las semanas anteriores estoy mejorando. He empezado a escribir–

–¡Bravo Henry!. Eso es estupendo–

–No se emocione. No he conseguido hacer algo bueno. Algo realmente bueno. Todo es tan inconsistente…–

–¿Cuánto hace que no escribe Henry?–

–Escribo desde hace veinte años para un periódico. Así que en realidad nunca dejé de escribir–

–Me refiero a algo que sea creación suya. Una historia inventada por usted–

Henry respiró. Después se miró los zapatos. Sus zapatos favoritos. Mary siempre le decía que podía permitirse el lujo de ir así vestido. Refiriéndose a su poca capacidad para crear nuevos conjuntos. A ella le gustaba y eso era lo que importaba. Pero ahora miraba la punta redonda de sus zapatos y se le antojaban estúpidos e infantiles. Igual que las travesuras de Picasso. Sólo que en su caso el resultado había sido mucho menos útil y creativo.

–Antes de que Mary se fuese escribía historias. No estaban mal– Henry sonrió –Al menos a ella le gustaban– Después… No fui capaz de seguir…–

–¿Después de que ella se fuese?– preguntó Walter.

–Si– contestó Henry con impaciencia. Pues consideraba que era obvio que era por ella y no por otra causa.

–Entiendo–dijo Walter acercando sus manos a la barbilla –No hablamos mucho de ella. ¿Quiere hacerlo ahora?–

Henry volvió a encogerse de hombros –Si, no tengo problema. Ahora ya no estoy enfadado–

–¿Estaba usted enfadado con ella o con usted?–

–Con ella–

–¿Por qué?–

Empezamos con la encuesta. Pensó Henry.

–Por cómo me dejó. Yo era feliz a su lado. Y de repente, me dejó–

–Supongo que durante este tiempo habrá pensando en la causa de que se fuese. Quizá no era tan feliz como usted–

–La relación tenía carencias… Está claro que yo no era un tipo para ella–

–¿Cómo cree usted que sería un tipo para ella?–

–Ya sabe, un tipo de esos que te lleva al cine y a cenar, de los que se casan y forman una familia–

–Y usted no es así–

–Oh no…–

–Y sin embargo ella le escogió a usted y no a ese tipo normal del que usted habla–

Ambos se miraron en silencio. Walter añadió –¿Se ha preguntado por qué?–

Henry suspiró –Si…Nunca entendí qué veía en mi. Bueno, al principio pensaba que era un capricho. Después que era una tozuda…–

–No se planteó que pudiese quererle a usted– dijo Walter.

–Oh, si… Todas me quieren– dijo Henry con cinismo.

–Me consta. Es usted un hombre atractivo y además ha tenido varias parejas. Viene cada semana y me cuenta historias en las que aparecen mujeres. Sin embargo a Mary procura nombrarla poco. Hoy puede decirse que es el día en que más se ha explayado sobre ella–

–No me resulta fácil hacerlo Walter. Llevo sin saber de ella dos meses, casi tres–

–El mismo tiempo que lleva usted viniendo a visitarme–

–¿Insinúa que vengo aquí por ella?–

–No. Afirmo que el hecho de que su relación con Mary finalizase propició que sus defensas se viesen debilitadas y se diese cuenta de que su vida estaba vacía– Walter pensó que era arriesgado realizar esa embestida. Pero era necesario.

Henry miró con sus ojos grandes, azules e indescifrables a Walter mientras éste esperaba una contestación. Parecía un combate visual, a ver quién aguantaba más sin añadir algo nuevo a la conversación.

Al fin Henry desvió su mirada hacia el reloj que marcaba las siete de la tarde.

–¿Sabe una cosa Walter? Creo que ya se cómo voy a titular mi próximo cuento–

–¿Ah si? Me tiene en ascuas. Soy todo oídos– contestó el doctor.

Henry sonrió enseñando sus dientes blancos y afilados, escondiendo sus ojos entre los pequeños surcos de arrugas que circulaban a su alrededor.

–Lo titularé: “Henry y Picasso”– y rompió en una carcajada.

Walter esbozó una sonrisa acompañada de una mirada triste. Le daba pena aquél muchacho. Porque eso era lo que era, un muchacho que se negaba a convertirse en un hombre. Aún quedaba mucho trabajo por delante.

–Está bien Henry, póngase manos a la obra. Tengo grandes esperanzas en su talento como escritor. No me falle– se levantó para indicarle que el tiempo se había terminado. Aunque eso no era necesario puesto Henry ya le había invitado a despedirlo al mirar el reloj. Ambos sabían que ese era el punto y final de aquella consulta.

–Se lo prometo Walter. La próxima semana lo celebraremos– dijo Henry dándole la mano con aire jovial. Una fingida jovialidad que se esfumaría al salir de la consulta de Walter y encontrarse con los árboles de la Calle Perry que le habían estado observando todo el tiempo.

Henry encendió un cigarrillo y caminó de forma pausada por el West Village de Nueva York y pensó en Mary. Quizás ella le había querido de verdad. Quizás algún día volvería. O quizás debía ir a buscarla a su apartamento que estaba muy cerca de donde se encontraba… Pero no, no sería ese día. Sería mucho después, si… Cuando por fin escribiese ese cuento, el cuento dedicado a Mary, el cuento que permanecería ahí para siempre, pasase lo que pasase. Si… Se titularía así: “Henry y Picasso” eso era lo que importaba en ese momento, en ese día primaveral en el que las ramas de los arboles se mecían al compás de una música que sólo podía escuchar él y que le llenaba de una energía que creía perdida llamada: esperanza.

Por Patricia Bernardo Delgado

Siempre me quedarán los croissants

En agosto no suele haber gente en las pastelerías por las tardes. Sobre todo si se trata de uno de esos días de semana en los que brilla el sol en una ciudad como Oviedo.

Sin embargo, para María tan solo se trataba de un día de trabajo más. No había vacaciones que disfrutar y agradecía que la cafetería estuviese vacía.

Los únicos visitantes habían sido un conocido que había intentado ligar con ella de forma descarada mientras elegía algo de comida para llevar y una chica que había comprado una docena de pastas. Al menos había descubierto que el cabello de ángel y el coco eran dos ingredientes que no solo la desagradaban a ella, pero también que los años no evitan que una pueda seguir resultando apetecible para determinados hombres.

Le había sorprendido que aquel hombre al que conocía del pueblo hubiese intentado invitarla a tomar un café. A veces ni siquiera era consciente de lo inocente que podía llegar a ser. Había olvidado como se llamaba y la conclusión que extrajo es que debía ser que la soledad incitaba a algunas personas a buscar compañía en las que les resultaban agradables o corteses. Pero ella no se sentía sola.

El pueblo había quedado muy lejos y no había nadie que la vinculase a ese lugar en estos momentos. Los cuarenta y cinco habían llegado sin demasiados rodeos.

Cuando la chica entabló conversación con ella pensó: –Qué joven y qué despreocupada parece–. Sin embargo, se preguntaba para quién serían esas pastas y por qué esa chica no estaba en la playa como el resto de las personas despreocupadas de la ciudad. No estaba casada ni tenía hijos. Se había acostumbrado a fijarse en esos detalles. Aquella chica cargada de bolsas estaba sola. Era una soledad que se percibía en sus compras: cápsulas de café, una docena de pastas y quizás, la esperanza de que alguien lo compartiese con ella. Esa fue la conclusión que extrajo María.

El hombre de su pueblo le había contado que desde hacía años trabajaba en Oviedo. Él también estaba solo. La comida era para una persona. Se preguntaba porqué no se habría casado. Pero suponía que se trataba de uno de esos hombres que no sienten la necesidad de compartir su vida con nadie o quizás no había encontrado a alguien que quisiese hacerlo con él.

El olor del horno anunciaba que los croissants ya estaban listos. Le agradaba ese aroma. El paso del tiempo no había conseguido transformarlo en algo monótono. Era como el olor del café por las mañanas. Hay actos cuya repetición no agota el placer de disfrutarlos diariamente.

Se había preguntado muchas veces si podría llegar a suceder lo mismo con las personas. Diversos estudios concluían que la pasión y el deseo de una pareja se agotaban con el transcurso de un plazo que podía oscilar entre dos y cuatro años. Y eso había sido un elemento peligroso para ella. El miedo podía ser capaz de bloquearla cuando se sentía feliz al lado de una pareja, porque su experiencia había corroborado esa ciencia tan poco exacta.

Su marido la había abandonado sin demasiadas contemplaciones y eso había provocado en ella un sentimiento difícil de borrar. Pero siempre se decía a modo de consuelo: –Gracias a eso puedes disfrutar del olor a croissants todos los días–.  Y con el tiempo, recuperar su lado de la cama dejó de resultar tan cruel.

Repartió los croissants en bandejas, algunas en el mostrador, otras en la parte trasera. Estaba segura de que no se venderían en esa tarde. Decidió reservar unos cuantos para ella y Carlos. Cinco años llevaban juntos. ¿Cuándo se cansaría de ella? No conseguía ver en él hastío o agotamiento. Tampoco en ella.

Se habían conocido en la pastelería, de una forma casual. Se miró al espejo que había detrás del mostrador. No le quedaba del todo mal el uniforme. Pero las arrugas… eran un fiel reflejo de que ya no era una jovencita. Sin embargo, era feliz con su vida sencilla y apacible.

Carlos era algo más joven que ella, no demasiado, pero si lo suficiente para que de vez en cuando las dudas la asaltasen. Trabajaba en una oficina cercana a la pastelería. No le iba mal. Apareció una mañana con su traje y su sonrisa, la miró y consiguió que con cinco palabras consistentes en: –¿Qué tal están esos pasteles?– a ella le temblasen las piernas mientras sostenía unas pinzas. Se ruborizó y eso fue lo que consiguió que él viese en ella algo encantador. Se lo había confesado la primera noche que pasaron juntos, después de dar un largo paseo cuando la fue a recoger a la salida de la pastelería con la excusa de comprar unos croissants para desayunar al día siguiente. Desde entonces, ese olor la había prendado y estaba segura de que siempre seguiría atrapado dentro de ella. Se había convertido en su pequeña pastelera.

No sabía si lo sería para siempre porque “siempre” es una palabra tan impredecible… “Siempre” puede ser hasta mañana, o hasta dentro de una semana o de un año o de diez. Porque “siempre” está incondicionalmente unido a la existencia de cada uno.

Quizás la receta para ser feliz consistía en llegar a casa cada día y saber que alguien como Carlos te estaría esperando y ser capaz de disfrutarlo, como si el “siempre” fuese a durar solo ese día y no hubiese un mañana.

Sonó el teléfono.

-¿Cómo va tu tarde?-

-Hum… mi tarde por ahora huele a croissants.–

-Espero por tu bien que hayas escogido los mejores…-

-No lo tengo muy claro… Puede que se me hayan quemado un poquito…–

-Bueno, tendremos que discutirlo en casa. Pensaré un justo castigo para tu pequeño desliz… No tardes. Te echo de menos.-

–Si– se dijo María: –Quizás esta vez sea para “siempre”… Y sino… “Siempre” me quedarán los croissants–

Por Patricia Bernardo Delgado