“Tardes de domingo con Marilia”

“Tardes de domingo con Marilia”

El anciano se recogió los pantalones que le quedaban demasiado grandes. Los enderezó en la cintura y dejó el importe de la cuenta encima de la mesa. A su alrededor todo era ruido de tazas y platos que chocaban al apilarse, mientras el camarero de camisa blanca y pajarita gastada intentaba terminar rápido para atender otra mesa. Era domingo y el trajín de la gente entrando y saliendo de la cafetería, se mezclaba con el olor de los pasteles y el hojaldre recién horneado. Nadie se había percatado en el anciano que se había quedado mirando a través del gran ventanal que daba a la estación de tren, paralizado, como si hubiese visto a un fantasma. Sus ojos se habían aguado y su boca temblaba. Sin embargo, a fuera solo había un gran reloj que coronaba la estación de tren y anunciaba que eran las seis de la tarde, y taxis, coches y personas cargadas con maletas. Pero no era lo que había ahí fuera lo que hacía que el anciano se perturbase, sino el recuerdo reflejado en el cristal de una de tantas tardes de domingo, a esa misma hora, en esa misma estación, en las que Marilia le esperaba y se arrojaba a su cuello al verle salir del tren, como si de un salvavidas se tratase y le abrazaba tan fuerte y tantos besos le daba, que él terminaba apartándola con  suavidad, atosigado por su efusividad. Ese recuerdo tan lejano había vuelto de repente, sin previo aviso a la frágil mente del anciano, devolviéndole su propia imagen reflejada en el cristal, demasiado arrugada y flaca. Ahora, recordó por qué iba cada tarde a esa cafetería. Volvía para reencontrarse con Marilia, aunque no lo supo hasta ese domingo de mayo, en el que se recogió el pantalón y pagó la cuenta para irse a su casa, y después sentarse en la gran butaca del salón frente al televisor. Al día siguiente vendría Manuela y abriría la puerta con su habitual remango, y le alegraría como siempre sus mañanas con su parloteo incansable. Pero él sabía que volvería el domingo siguiente a ese lugar, a esa cafetería, a buscar a través del ventanal el recuerdo de Marilia, aunque no lo recordase, aunque seguramente olvidase el motivo, y no volviese a representarse de una forma tan viva como la de aquella tarde… Horas después, el anciano pudo por fin quedarse dormido mientras el murmullo de la televisión le acompañaba… Una sonrisa se dibujada en su cara. Era la sonrisa del recuerdo vivido y encontrado en su memoria, y esa noche soñó aferrado a él, disfrutando de ese momento, quizás efímero, quizás reincidente.

Autor: Patricia Bernardo Delgado

Una noche de verano en la ciudad

Una noche de verano en la ciudad

“Hay olores, sonidos, canciones o imágenes que te conducen a un lugar que no sabías que existía en tu memoria llamado recuerdo…”

En las grandes ciudades existen demasiadas historias, tantas que uno podría atragantarse al intentar asimilar muchas de ellas. Pero existe un nexo de unión entre todas.

Un nexo que de forma invisible vincula a muchos de los que habitan las diminutas ventanas, y se cobijan bajo los tejados de la gran ciudad, en edificios destartalados o en lujosos pisos. Todos sienten en algún momento la necesidad de escapar.

Esa necesidad se acentúa más en verano y se puede percibir de forma ostensible en el mes de agosto, cuando las calles empiezan a quedarse vacías y al anochecer casi no circulan coches, ni pasean personas por sus aceras. Se puede ver en ese momento con total lucidez a la ciudad en su máximo esplendor, con las luces de las farolas señalando el camino a seguir, expectantes y pacientes.

La ciudad se torna atractiva y sosegada, pero también se vuelve melancólica y para muchos aburrida por su excesiva tranquilidad, a veces fastidiosa.

Existen en las grandes ciudades urbanizaciones compuestas por un gran complejo de edificios, que a su vez se componen de  infinidad de pisos, apartamentos, agrupados por letras y escaleras, a la derecha y a la izquierda.

En esos grandes complejos, ubicados en una zona cercana al centro de la ciudad uno no podría dejar de sentirse solo y desolado.

Así se sentía Juan, cuando a las  cinco de la mañana se sentó desvelado en el sofá del salón y encendió la televisión que tan solo le pudo ofrecer un hombre probando una especie de maquinilla para los pelos de la nariz.

La televisión dio paso a un cigarrillo, el cigarrillo a otro, y el otro a una cerveza, que hicieron más agradable el periódico releído del día anterior.

A veces se preguntaba si a todos y cada uno de los vecinos del gran complejo de pisos, apartamentos y picaderos en el que se había atrincherado sentían las mismas ansias que él. Si tal vez soñaban con escaparse una mañana cualquiera y desaparecer del panorama diario que consumía sus vidas asfixiantes. Esa idea merodeaba la  cabeza de Juan  tan a menudo que un día había llegado a ejecutar su fuga.

Había hecho su maleta cuidando al detalle la ropa que iba a utilizar y tras hacer acopio de una buena cantidad de dinero, había pagado por adelantado el mes de alquiler al portero del edificio, regado las plantas y dejado el piso lo mejor recogido posible. También  había escrito una carta a su mujer, que sin duda ella nunca  entendería:

“Marta, me voy. No te preocupes por mí, estaré bien. Juan.”

Cuando el taxi llegó a recogerle, le dijo con excitación: -A la estación de autobuses por favor- y el taxista casi había volado al ver su maleta y su cara de prisa, pensando sin duda que se reuniría con su mujer y sus hijos en algún encantador hotel de la costa del sol.

Quizás esa era la vida con la que debía conformarse, porque ni siquiera había pensado qué quería hacer lejos de aquélla ciudad, que se dibujaba borrosa tras el cristal del taxi humeante. Tan solo le había movido un impulso, un ciego impulso que desde hacía semanas absorbía sus pensamientos de forma obsesiva, como si de respirar se tratase, como si ese fuese el último regalo que la vida le iba a ofrecer.

-Ya hemos llegado señor-, le dijo el taxista,  con una sonrisa de satisfacción por la innegable rapidez y destreza con la que le había conducido hasta su destino. Juan se había quedado parado, inmerso en una nube de pensamientos, de confusión, de miedo ante lo que le esperaba tras dar un paso que sin duda sería irrevocable.

Algunos chicos con pantalones cortos y aire jovial se dirigían dando gritos a la entrada de la estación. Seguramente irían a la playa,  a la piscina, o a algún lugar en el que pasar un sábado de agosto caluroso. Quizás habrían suspendido alguna asignatura o quizás sus padres no tenían vacaciones. O simplemente habían decidido quedarse en la ciudad, y divertirse con sus amigos,  sintiendo  la libertad de no tener que rendir cuentas a nadie. Pese a todo parecían felices.

Juan había mirado a través de la ventana el fugaz espectáculo, olvidando por un instante sus miedos.

-Perdone señor, pero ya hemos llegado a la estación- el taxista se había vuelto hacia Juan, para comprobar si le había oído.

Durante ese breve lapso de tiempo se cruzó por la mente de éste el fugaz deseo de seguir adelante, pero pronto se vino abajo ante la mirada del taxista exigiendo una respuesta inmediata.

-Lléveme de nuevo a la urbanización, he olvidado algo- le contestó Juan con voz cansina.

-Pues si que se piensa usted las cosas hombre- le contestó entre fastidiado y alegre al taxista -Hay que tomarse unas vacaciones, que la cabeza ya no rinde igual a estas alturas. Yo, si pudiera ya me habría ido-

Juan escuchaba al taxista sintiéndose avergonzado. Mientras que él planeaba su fuga, el taxista se preocupaba seguramente de hacer las suficientes carreras para pagar facturas. Seguramente si él hubiese tenido la oportunidad de escaparse lo habría hecho sin dudarlo. O quizás su vida no necesitaba más excitaciones que las del día a día, y era feliz con su mujer, sus hijos y sus facturas.

La ciudad pasó esta vez inadvertida ante los ojos de Juan. Tales eran sus pensamientos de angustia, que quería llegar a toda prisa a su piso para deshacer la maleta rápidamente. Marta no debía conocer su pequeña aventura. ¡Todo era tan infantil! ¿Realmente qué hubiera hecho?, ¿a donde habría ido? Siempre había soñado con tener una casita en una isla, y tal vez escribir un libro, pero por desgracia, se daba cuenta de que era un estúpido cobarde, que no tenía recursos para seguir adelante con su proyecto. ¡Se sentía tan torpe!

Cuando el taxista dejó a Juan en su urbanización, salió como impulsado por un resorte. Tal era su preocupación que cuando entró en el piso, ni siquiera advirtió la nota que había en la mesa que coronaba la puerta de entrada. La vio después, mucho después, cuando al devolver su ropa al armario se percató de que éste estaba casi vacío. Pasó un lapso de tiempo, no sabría decir cuanto, hasta que se dio cuenta de que en la entrada había un sobre que decía: “Juan”. Fue entonces cuando supo  que su mujer le había abandonado.

La televisión seguía encendida, esta vez un hombre corpulento utilizaba una cinta para correr con una pequeña televisión incorporada. Juan se había quedado dormido. A su alrededor había demasiadas latas de cerveza. Era un día de mediados de agosto caluroso y silencioso, en la gran ciudad.

Autor: Patricia Bernardo Delgado.