Suelo comprar el periódico en un quiosco, de esos que están cubiertos de un gran armazón de acero, que parecen anclados a las calles como las farolas, inmunes al paso de los años y a la competencia de las tiendas.

Alguien me preguntó hace unos días si en mi ciudad aún existían quioscos, y yo solo visualicé el mío, el de cada mañana, forzando a mi memoria a hacer un repaso de los muchos quioscos que se asientan en mi pequeña ciudad. Si, en Madrid hay más, y puede que las avenidas en algunas zonas sean mucho más amplias. En eso pensaba cuando iba camino de mi quiosco.

Después, compré el periódico del día y me senté en un banco. Antes de abrirlo, observé la variedad de personas que caminaban por la calle. Hombres y mujeres, algunos con prisa, otros inmersos en sus pensamientos, hablando por el móvil, aislados con sus cascos, taciturnos, sonrientes, enamorados o ilusionados, cansados… Me di cuenta del gran número de posibilidades que tras esas personas se esconden. Posibilidades de vidas ajenas, caminos por explorar, sentimientos que descubrir. Y cada una de ellas, alberga una visión particular de esa mañana, de ese día. El anonimato, el desconocimiento hace que todos ellos alberguen esas posibilidades, como un abanico que está por abrirse. Cada uno de nosotros somos una visión: el chico que va con sus cascos escuchando música mientras se imagina subido a un escenario, la chica que habla por el móvil, quizás recibiendo los buenos días de su pareja o charlando con su mejor amiga antes de entrar a trabajar, el abuelo que lleva a su nieto al colegio, la madre que corre a prisa a su trabajo con remordimientos… Pero quizás ese chico no imagine nada, sino que vaya disfrutando de la música, intentando memorizarla y la chica que habla por el móvil tan solo se esté peleando con algún comercial que intenta venderle algo. Quizás la mujer que corre al trabajo no sea madre, ni quiera serlo, o puede que ansíe hacerlo y haya perdido la esperanza. Quizás solo sea una mujer que corre porque le gusta ir deprisa, y el abuelo no lo sea… ¿Quién sabe qué vidas esconden esas personas?

Al día siguiente yo sería una más que se mezclaría con ellas y quizás las observaría desde mis propios pensamientos y visión de la vida. Volvería sentir esa libertad que me confiere  el anonimato compartido. El bullicio, las prisas… ¡Se abre la veda! Un, dos, tres, listos y a correr hacia alguna parte. Pero no sería esa mañana. Esa en la que me había propuesto sentarme a leer el periódico en un banco cualquiera, mi propósito era otro bien distinto, pero por un momento me olvidé de él.

 

Autora: Patricia Bernardo Delgado

Un comentario en “Vidas ajenas

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