El camino era un recorrido de hojas mostaza, cobre, con forma de as de picas. El hombre con figura alargada y ensimismada, las hacía crujir con sus pasos lánguidos. Las miraba como quien mira algo sin darse cuenta de que está ahí, de su belleza, o de su rareza. Las miraba sin observarlas o analizarlas. Para él, eran solo el camino a seguir. Y pisarlas era tan natural como caminar por la acera de una calle. Todas las mañanas mientras sacaba a pasear a mi perro Tobías veía a aquél hombre, haciendo el mismo recorrido. Siempre solo, siempre, o casi siempre vestido igual, ensimismado, con la cabeza agachada y las manos cogidas a su espalda. Por aquél entonces Tobías y yo éramos nuevos en el barrio.

Tobías ya no le ladraba al cruzarse con él. Se había acostumbrado a su presencia y ahora jadeaba sacando la lengua y movía la cola de un lado a otro, dándome en las piernas mientras tiraba de su correa para que no se lanzase sobre mi conocido del parque.

Porque pese a su aparente indolencia, cada vez que nos cruzabamos me daba los buenos días, después de levantar la cabeza al oír a Tobías.

Pude observar entonces que aquél hombre era mayor que yo, pero no mucho más. Seguramente no habría pasado de los cuarenta. Sin embargo, parecía mayor, mucho mayor y cansado. De la vida o quizás de deambular cada mañana por el parque. No era habitual encontrarse a esas horas con nadie, salvo otros paseadores de perros, algún madrugador corredor y puede que alguien rezagado.

Después de pasear a Tobías, volvía a casa, me ponía mi traje y salía corriendo a la oficina. Ese había sido el motivo de que me trasladase a esa ciudad y a ese barrio. Tobías me miraba sentado sobre sus patas, con la cabeza un poco inclinada mientras yo repasaba en el espejo el resultado antes de irme. Era un buen perro. Y mi única compañía durante aquella época de cambios. Nuevo trabajo, nueva ciudad, nueva casa, nuevo barrio, novia a la fuga y amigos esparcidos por el mundo. Así estaban las cosas. Y así estaban bien. Me sentía liberado por tener la capacidad de poder empezar de nuevo. Era como salir de excursión cuando eras niño y sentías ese cosquilleo en el estómago ante la idea de enfrentarte a un nuevo mundo, totalmente desconocido y misterioso. O como viajar por primera vez al extranjero cuando eras adolescente. Esa mezcla de miedo, curiosidad y libertad, por poder ser tú, o una versión mejorada de ti, libre de los: “Ya se lo que me vas a decir…” o “te conozco…”.  Pensaba en Marta mientras bajaba en el ascensor. Realmente uno llega a desear con todas sus fuerzas llegar a conocer a la persona de la que te enamoras. Disfrutar de esa complicidad que hace que no sea necesario decir muchas cosas, porque ya se dan por supuestas. Pero cuando la confianza pretende derribar los muros de tu más preciada intimidad y se pierde el misterio… Entonces aborreces con todas tus fuerzas esa confianza que pasa a llamarse costumbre, o monotonía. Si, Marta podía haber sido… Pero no fue. Agradecía que sus amigos estuviesen lejos, porque eso hacía que cuando conseguían reunirse, o cuando hablaban por el Skype, todo fuese una fiesta.  Y después, todo era tan fácil como desconectar el interruptor y volver a tu nuevo mundo, tus nuevos compañeros de trabajo aún por conocer, tu nuevo barrio aún por recorrer… Y tu nuevo vecino aún por descifrar. Aunque el nuevo era él en realidad.

Esa mañana, cuando ya estaba en la calle, se cruzó con un hombre vestido de traje, elegante y lánguido, algo encorvado, con aire de despreocupación por el atuendo escogido, que sin embargo, conseguía un resultado bastante mejor que el suyo. No sabía si por su facha, por su estatura o por la práctica adquirida durante muchos años. El hombre levantó la vista y le penetró con sus ojos azules. Entonces Marcos cayó en la cuenta de que ese hombre, era con el que se cruzaba cada mañana con Tobías. Él le saludó con el mismo gesto de hacía un rato, aunque esta vez añadió una nueva  frase: “Buen día” dijo, y después, siguió su camino.

Autora: Patricia Bernardo Delgado.

 

3 comentarios en “Como cada mañana

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