Era la chica mas triste del bar. Pero nadie parecía fijarse en ella excepto yo. Quizás por eso me llamó la atención. O sencillamente porque yo también estaba triste y había perdido la esperanza de dejar de estarlo. A mi alrededor, todo eran risas, bailes, fiesta, copas, conversaciones al oído, sonrisas y miradas traviesas…

Ya no había humo. Ese se había ido hacía tiempo, dejando paso a otros olores… Con suerte, a veces eran ráfagas de perfume, otras, del humo que venía de la calle. Tenía ganas de salir fuera. Pero quería que la chica viniese conmigo. Y ni siquiera sabía cómo llegar hasta ella. Rodeada de amigos, inmersa en su burbuja de pensamientos, parecía estar muy lejos de aquél bar. Y sin embargo, estaba ahí, a muy poca distancia de mi. De vez en cuando buscaba el móvil en su bolso y lo miraba. Eran miradas furtivas, quizás esperando un mensaje, quizás mirando la hora… Y cuanto más lo miraba, más triste parecía. De repente, un atisbo de una sonrisa y esos ojos que permanecían igual. Solo cambiaba su boca, que se tornaba en algo parecido a eso, una sonrisa. Estaba seguro de que había sacado la mejor versión de sí misma aquella noche. Aunque desde mi rincón sólo la veía de forma intermitente, cuando la gente dejaba el espacio suficiente para observarla. Decidí acercarme, aparté a varias personas. Ya estaba casi a su lado. Por un instante nuestras miradas se cruzaron. Ella parecía extrañada, como si intentase reconocer a alguien, o no esperase encontrarse con mi mirada. Cuando ya me acercaba  con el torpe propósito de decirle algo, la multitud nos separó por un instante, que fue suficiente para perderla de vista. Sonaba en ese momento Turnedo “Quien no tiene valor para marcharse… Quien no tiene valor para aguantar”. Se había esfumado como por arte de magia, como si hubiese hecho “clic” para desaparecer y trasladarse a otro lugar. Uno en el que yo no estaría. Salí afuera con la esperanza de verla, pero su rastro se  había perdido en la noche. Una sonrisa se dibujó en mi cara. La misma sonrisa un poco triste de ella. Quizás todo este tiempo había sido suficiente para aprender a dejarla marchar cada vez que veía repetida su imagen en un bar. Encendí un cigarro y me puse los cascos. Volé junto a Calamaro a ese lugar: “La soledad de dos amantes que al dejarse están luchando cada quien por no encontrarse…” El mensaje decía: “Hola tú…”

Patricia Bernardo.

 

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