Aquella noche Nadia quiso desaparecer. Tenía miedo. La noche era más noche que nunca. Más oscura y silenciosa que otras veces. No era una noche cualquiera, sino una en la que la soledad había decidido rondar su casa y colarse por la ventana.

La soledad es escurridiza, atraviesa paredes, adelgaza hasta introducirse por los rellanos de las ventanas, por los desagües de las tuberías, por las chimeneas de los edificios. Y esa noche la soledad la escogió a ella.

Nadia había visto su sombra deambular hacía rato, buscando la mejor forma de llegar hasta ella. Se acurrucó en el sofá, envuelta en su manta de cuadros. Intentó ahuyentarla con su mente. Pero la soledad se hace poderosa cuando se junta con la noche. Ambas confabularon contra Nadia que se vio indefensa de repente, sin nada a lo que aferrarse. Su voz se quedó paralizada, sus manos incapaces, su optimismo nublado. Y fue entonces cuando quiso desaparecer.

Imaginó las cajas que los magos utilizan para hacer sus trucos de magia. Pensó en el gran Houdini y en sus técnicas de escapismo. En su caso, no era necesario encadenarse porque no tenía público al que sorprender. Tan solo estaban la noche y la soledad acechándola.

Nadia no tenía una caja mágica, ni los instrumentos necesarios para fabricarla, pero sí disponía de un baúl muy grande. Uno lleno de recuerdos, mezclados con ropa, disfraces, fotografías y diarios. Ahí estaba su vida entera. Así que decidió vaciarlo, sacar todo lo que había dentro. Le llevaría su tiempo, pero eso le daba igual. Tenía miedo, un miedo que la aterraba como lo hace un monstruo en las pesadillas de un niño. Pero ella no era una niña. Había dejado de serlo hacía tiempo. Se encaró con el baúl que la esperaba en su habitación, impasible, ignorando lo que sucedía.

Lo primero que encontró al abrirlo fue una boa llena de plumas y recordó entonces aquella fiesta de Carnaval a la que acudió a regañadientes. Si… Ahí estaba ella con su boa morada, peluca y boquilla en los labios. Al final había sido una noche inolvidable. Rió y bailó hasta que se hizo de día. También estaba él, sin disfrazar, mirándola con interés. Ese fue el principio de una relación que marcaría un antes y un después en su vida. Suspiró. Sacó la boa, la peluca y la boquilla. Después, los sombreros de invierno y de verano que ya no se ponía. Aquél viaje a Londres, a Cádiz… Los días de invierno que parecían tan lejanos. Su álbum de fotos que había fabricado hacía ya veinte años. Lo ojeó con calma, intentando reconocerse. ¿Aún seguía siendo la misma? Ahora, todas esas ilusiones fabricadas se desdibujan ante ella. La vida a fin de cuentas es una colección de recuerdos. Cintas, muchas cintas que ya no tienen un radiocasete en el que ser escuchadas… Grabaciones de cuando componía canciones con su guitarra. La primera maqueta que presentó a un concurso… Diarios. ¿Cuántos había escrito? Sus primeros cuentos y relatos… Todo estaba ahí. Cartas y más cartas a sus novios y amigas. Sentimientos y recuerdos que creía olvidados. Su padre que ya no está, su madre, sus hermanos y ella sonriendo. La funda de su guitarra, la cejilla que creía perdida, sus púas… “Deja que te cuente qué es la Navidad”, su primer villancico. “Frío”, su primera canción. Hojas de revistas sobre las que dibujaba compulsivamente caras de mujeres como si de la Femme Fleur de Picasso se tratase. Ni siquiera recordaba haber ganado un premio de poesía. Llegó hasta el final. Lo dejó limpio, vacío y decidió meterse dentro.

Pero cuando se disponía a hacerlo, un rayo de luz entró por la ventana. Ya empezaba a amanecer. Y entonces, Nadia dejó de tener miedo. Se dio cuenta de que ya no era necesario esconderse en ese baúl porque no estaba sola. Suspiró y se encogió de hombros. Volvió a guardar sus recuerdos y después se preparó un café. A fin de cuentas, ya era de día.

Autora: Patricia Bernardo.

© 2020. Patricia Bernardo Delgado.

2 comentarios en “El gran Houdini

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