¡Conga!

¡Conga!

Cuando era niña el recorrido más largo que hacía sola, era de casa a la escuela, de la habitación a la cocina, de la salita al patio y de ahí, como mucho podía saltar la verja de mi vecina con ayuda de unos brazos adultos, para visitar a su pequeña perra. Ahora las cosas no han cambiado tanto. En vez de patio, hay una terraza y solo estamos mis brazos, los vecinos y yo. Los recorridos se han acortado, provisional o definitivamente, quién sabe. Son días raros.

Quizás por eso tomé la decisión de acabar con él. No fue algo premeditado. En realidad, la idea surgió de mi “yo” inconsciente, ese que procuro amordazar a menudo para que no me deje en mal lugar. Mi otro “yo”, estaba bailando en la cocina una versión moderna de la conga, al mas puro estilo Gloria Estéfan. Cada paso se interrumpía por pausas, seguidas de ráfagas que saltaban en la pantalla del móvil mientras, en un intento por ignorarlas, movía las caderas, me contoneaba, subía y bajaba, despeinando con mis manos el pelo. Me veía en un descapotable rojo. Un Ferrari testarrossa a lo “Miami Vice” (me temo que ese era blanco y cubierto. Aunque si estuviese Sonny Crockett a mi lado…) No, mejor un Saab, granate, como en “Sideways”. Un Munstang… No! Ya se. Un BMW que es un valor seguro. Da igual (nuevo meneo de cadera) Los coches nunca fueron lo mío (golpe de melena) Pero este es mi sueño. Me basta con que sea descapotable y que yo esté en Los Ángeles, con la música a todo lo que da. En ese momento, suena el móvil. Me molesta. Subo el volumen, piso el acelerador y lo tiro por la ventana. Ya no lo necesito. Me siento libre. Sonrío dentro de mis enormes gafas de sol (media vuelta. Cadera a un lado y al otro. ¡Conga!)

Tal vez fue por ese momento de ensoñación. Pero está claro que me despisté. Y ya se sabe que cuando esto sucede suele ocurrir una pequeña catástrofe. Así que no es de extrañar que al salir a la terraza para aplaudir, aún estuviese envuelta en una excitación nerviosa, que me impidió darme cuenta de que tenía entre mis manos el teléfono y éste saliese volando por los aires, descendiendo seis pisos hasta estamparse de bruces contra el suelo.

Siempre hay un momento en la vida, en que las cosas cambian de forma repentina, e inesperada. Y cuando eso sucede, hay algo dentro de ti que se levanta y echa una gran carcajada. Porque te das cuenta de que “eso” era precisamente lo que necesitabas. Tirar el puto móvil por la terraza. Y ahí es cuando dices: ¡Cooonga!

Autora: Patricia Bernardo.

© 2020. Patricia Bernardo Delgado.