El Mapa (III)

El Mapa (III)

Durante el resto del fin de semana el frío se apoderó de mí. No era el frío del viento que aligeraba aquel pegajoso mes de junio. Tampoco resultó ser una gripe, ni una indigestión. No supe de qué se trataba hasta que volví a casa y descubrí entre la correspondencia un sobre. “Para Dani” decía. Adiviné por su letra que era de ella.

Un vacío seco se agarró a mi estómago. Me quedé parado no se durante cuanto tiempo. Haciendo oídos sordos al perro de los vecinos, dándome la bienvenida. Sonaba lejos, muy lejos. Tardé en recomponerme, en salir de mi asombro. Pero lo hice. Y sí, leí su carta.

“Hola tú…

Ha pasado demasiado tiempo. Pero para mi es como si hubiese volado, devolviéndome al mismo sitio. Hay cosas que permanecen intactas por mucho que quieras que se transformen. Las hundimos en algún lugar profundo, o eso creemos. Esperamos que no vuelvan a salir a la superficie. Pero tarde o temprano lo hacen.

No sé si recibirás esta carta el día de tu cumpleaños (me ha costado localizarte). O si algún día la leerás (te creo capaz de estrujarla y tirarla en alguna papelera) El caso es que, si mi memoria no me falla, hoy cumples cincuenta años. Una edad redonda, un cambio de década. Pero a fin de cuentas un dígito más. Así que, aprovechando la importancia de esta cifra, espero que aceptes mi regalo: un mapa con el que recorrer la vida.  Algo que aprendí durante estos años en los que no estuviste y que me enseñó a dejar de tener miedo. Ahora puedo decirte que pese a todo, te quiero. Lo digo sin el miedo a tu rechazo o desinterés. Porque, a fin de cuentas, no espero nada. Verás que la vida está cargada de personas que no sienten. Unas porque no saben, otras porque no quieren. No dejes que el miedo te impida sentir. Siempre viví con miedo. Miedo al abandono, al rechazo, al qué dirán… Pero aun así fui capaz de amar. Y en este momento me aferro con fuerza a esa parte de mí. Qué suerte he tenido. Muchas personas no aman en toda su vida.

Marian”

La carta venía, cómo no, acompañada de un mapa dibujado por ella. Con una guía muy clara sobre la ruta a seguir y las instrucciones para ello. Consejos de supervivencia en este mundo loco. Leerlo era como caminar en el día a día con alguien que te coge de la mano y te da una visión empática y cargada de amor hacia la vida.

Ray tenía razón, aquél maldito accidente lo cambió todo. Pero ahí, en esas frases y dibujos, estaba ella y también Marcos, mi hermano. 

Ahora, cuando me siento perdido, miro el mapa de Marian. El que me regaló por mi cincuenta cumpleaños, justo antes de morir. Se fue rápido, sin demasiados dramas. Ella era así. Esta vez tuve tiempo suficiente para despedirme.

El mapa está un poco arrugado de tanto usarlo. Pero cada día sigo fielmente todas sus coordenadas e indicaciones y  siempre llego a algún lugar.

Autora: Patricia Bernardo.

© 2020. Patricia Bernardo Delgado.

El Mapa (II)

El Mapa (II)

Me contó que había venido a hacer unos bolos por la zona. Al parecer seguía tocando, pero cada vez menos. No podía desaprovechar la oportunidad de coger lo que saliese, aunque le pagasen una mierda.

– Así que te has retirado a escribir para llevar una vida de monje –dijo riéndose, al tiempo que recibía con un trago la cerveza que le servía el camarero. –Siempre fuiste una caja de sorpresas tío. Y lo que mas me extraña es que la gente aún pregunte por ti.

Arqueé las cejas y noté con sorpresa cómo el calor me cubría la cara. No recordaba que me hubiese pasado nunca. Al menos no en mi etapa adulta. Sentí una mezcla de satisfacción y vergüenza.

– ¿Se puede saber quién se acuerda de mí?

Ray me miró entornando sus ojos, adivinando o quizás pensando en alguna maldad de las suyas. Pero se limitó a contestar:

– Bueno, ya sabes, Mike, Leny… Hasta Lucy, mi mujer.

– ¿Te casaste con Lucy?

–  Sí, me casé –contestó él enseñándome orgulloso un anillo en forma de sello.

– No pensaba que lo tuyo con Lucy fuese tan serio –dije dando mi último sorbo al café que ya se había enfriado.

– Siempre lo fue. Pero en ese momento, también deseaba estar con otras tías. Ya sabes, la vieja historia de siempre.  –contestó dando un largo trago a su cerveza.

– Un riesgo muy grande para los dos. –encendí un cigarro. –Pero al final salió bien –añadí mientras perdía mi vista en el mar revuelto bajo las montañas. De repente, una sensación extraña de desasosiego recorrió mi estómago. Me removí un poco en la silla, pero Ray no lo advirtió. Seguía hablando sobre su teoría de cómo tenerlo todo sin perder nada.

– Verás, Lucy me quiere con mis defectos y yo a ella, con los suyos…

Bla, bla, bla… Aquella pobre chica no tenía más defecto que haberse colgado de ese cretino.

–No sé tío, al final es como una premonición, creo que hay personas destinadas a quedarse juntas para siempre. No concibo mi vida sin ella.

¡Ahí estaba el poeta de Ray! El rockero de medio pelo, letrista de canciones tan empalagosas como ésta, la que pretendía que fuese su vida. Aunque… ¿Quién era yo para juzgarle? No lo había hecho mejor que él. En realidad, fui yo quien la dejó sin más explicaciones que las de siempre. Pero en ninguna de ellas había una causa que justificarse separarnos, movida por el desamor, la ausencia de atracción o de cariño. Todo eso existía, pero no las ganas de construir un futuro juntos. Esa fue mi excusa para irme. La oficial. Pero tuve mucho tiempo para meditar y darme cuenta de que en realidad tenía miedo, un miedo que no me dejaba en paz ni de día ni de noche.

–Lucy se encontró el otro día con Marian.

Lo dijo mirando al horizonte, echando el humo hacia arriba, mientras estiraba las piernas para apoyarlas en una silla. Parecía que estaba muy cómodo a mi lado. Yo seguía revolviéndome, intentando aplacar aquel malestar que ahora se había quedado aferrado a mi estómago como un perro rabioso.

– Nunca entendí por qué lo dejasteis. Supongo que aquel accidente lo jodió todo…

– No queríamos lo mismo –le corté.

Él hizo un gesto de aprobación con su cabeza. Como si fuese suficiente mi escueta y seca respuesta. Aplastó el cigarrillo, dando por zanjada la conversación. Su aparente comodidad se desvaneció.

– ¿Y lo sabes ahora?

Ray se levantó casi al tiempo en que pronunciaba la pregunta, sonriendo como un  zorro. Un zorro que sabe muy bien lo que dice, cómo lo dice y el efecto que causa en quién que lo escucha. Alguien que sabe moverse muy bien por la vida, sin salir mas escaldado de la cuenta, midiendo los pasos, los tiempos, las palabras y los actos. Pero, a fin de cuentas, alguien que ha vivido y ahora disfruta de esa vida acompañado de la persona elegida. Cogió su guitarra y me miró con medio ojo, mientras el otro se lo tapaba su pelo alborotado.

No supe qué contestarle. Porque en realidad no tenía ni idea. Quizás solo quería no querer nada. Contuve mis ganas de interrogarle sobre si ella seguía sola, casada o divorciada. Y lo más importante: si estaba bien.

– Venga dame un abrazo, no seas tan “hosco” –pronunció esta última palabra con exagerada pedantería deshaciendo la nube de tensión. No me quedó más remedio que levantarme y hacerlo.

– Da recuerdos, a Lucy y… al resto de la banda. Bueno, diles que sigo vivo.  Al menos eso parece –sonreí con gesto melancólico. “Díselo a ella también”, pensé. Pero no dije nada, para variar.

Ray hizo amago de pagar la cuenta.

– No, hoy invito yo. Es mi cumpleaños.

Ladeó la cabeza, y volvió a reírse. Se quedó mirándome con una cara indescifrable y se despidió.

 – Felicidades tío. Nos vemos.

Le vi alejarse, cargando su guitarra, un poco mas encorvado de la cuenta. Sin duda, seguía siendo Ray.

(…)

Autora: Patricia Bernardo.

© 2020. Patricia Bernardo Delgado.

 

El Mapa (I)

El Mapa (I)

Todo sucedió un diecisiete de junio. Ese día cumplía cincuenta años. Me encontraba sentado en una terraza de un pueblo pesquero, cerca de Bilbao, tomando un café. No me fijé en el nombre del pueblo cuando cogí la desviación, con mi último o penúltimo capricho antes de diñarla. Solo quería parar en algún lugar y estirar un poco las piernas. Así que lo que menos esperaba era encontrarme con Ray Fernández en aquel punto inexacto del camino.

Apareció detrás de mí con una palmada en la espalda, de esas que te pegan un buen susto y hacen que te gires con un movimiento brusco. Hacía cinco años ya y no tenía ninguna gana de volver a verle. Supongo que en ese momento mi cara sería de chiste, porque, él me recibió con una ruidosa carcajada, igual que solía hacer entonces, y un:

–¿Qué pasa tío? ¿No me das un abrazo?

 “Joder”, pensé. “Tanto tiempo para librarme de ti y ahora apareces el día de mi cumpleaños en el lugar más inesperado”

Me levanté con dificultad. No por los cincuenta, sino por la pereza que me producía dar un abrazo a ese metro noventa, más flaco que un palo y con pinta de haberse metido hasta el último gramo de cualquier cosa. Apestaba a alcohol, pero por lo demás, seguía siendo el mismo. Su característico pelo largo rubio, ahora mezclado con más canas y esos ojos grises, cargados de despreocupación y locura. Si, ese era Ray. Miré su guitarra al mismo tiempo que él cogía una silla y se sentaba haciendo una seña al camarero.

– Bueno… –palmada en el cuello –¿Qué es de tu vida? Hace la de Dios que no te veo. ¿Te ha tragado la tierra o qué?

No. La tierra no me había tragado. Sencillamente me alejé de todo y de todos. Mantenía contacto parcial con algunas personas, pero básicamente cogí el petate y me retiré a escribir en una pequeña casa cerca de Llanes, mirando al mar. Pagué a la dueña la renta adelantada de un año y pedí una excedencia en el trabajo, a sabiendas de que, si algún día decidía volver, no me esperaría ninguna silla.

Mis libros seguían vendiéndose y hacía algún trabajo extra, textos por encargo, páginas de presentación de webs o cartas de amor para algún desesperado. Es sorprendente lo que puedes llegar a hacer para otros. Con eso, mis pequeñas ganancias en bolsa y los ahorros que había ido acumulando, podía seguir viviendo sin demasiados lujos. Salvo el único que ahora me esperaba aparcado. Contados viajes, a excepción de alguna escapada como ésta, para salir a la superficie, visitar a alguna amiga y… Si, hasta en eso me había vuelto un espartano.

Después de tantos años, en contra de todo pronóstico, la seguía teniendo metida en la cabeza. Era como una obsesión que recurría a mí y no se iba por más que la quisiese espantar. A veces me convencía a mí mismo de que la tenía dominada y conseguía echarla a patadas, hasta que su imagen se difuminaba. Pero ahora, aparecía Ray delante de mis narices para recordarme aquella vida y removerme por dentro.

(…)

Autora: Patricia Bernardo.

© 2020. Patricia Bernardo Delgado.