Todo sucedió un diecisiete de junio. Ese día cumplía cincuenta años. Me encontraba sentado en una terraza de un pueblo pesquero, cerca de Bilbao, tomando un café. No me fijé en el nombre del pueblo cuando cogí la desviación, con mi último o penúltimo capricho antes de diñarla. Solo quería parar en algún lugar y estirar un poco las piernas. Así que lo que menos esperaba era encontrarme con Ray Fernández en aquel punto inexacto del camino.

Apareció detrás de mí con una palmada en la espalda, de esas que te pegan un buen susto y hacen que te gires con un movimiento brusco. Hacía cinco años ya y no tenía ninguna gana de volver a verle. Supongo que en ese momento mi cara sería de chiste, porque, él me recibió con una ruidosa carcajada, igual que solía hacer entonces, y un:

–¿Qué pasa tío? ¿No me das un abrazo?

 “Joder”, pensé. “Tanto tiempo para librarme de ti y ahora apareces el día de mi cumpleaños en el lugar más inesperado”

Me levanté con dificultad. No por los cincuenta, sino por la pereza que me producía dar un abrazo a ese metro noventa, más flaco que un palo y con pinta de haberse metido hasta el último gramo de cualquier cosa. Apestaba a alcohol, pero por lo demás, seguía siendo el mismo. Su característico pelo largo rubio, ahora mezclado con más canas y esos ojos grises, cargados de despreocupación y locura. Si, ese era Ray. Miré su guitarra al mismo tiempo que él cogía una silla y se sentaba haciendo una seña al camarero.

– Bueno… –palmada en el cuello –¿Qué es de tu vida? Hace la de Dios que no te veo. ¿Te ha tragado la tierra o qué?

No. La tierra no me había tragado. Sencillamente me alejé de todo y de todos. Mantenía contacto parcial con algunas personas, pero básicamente cogí el petate y me retiré a escribir en una pequeña casa cerca de Llanes, mirando al mar. Pagué a la dueña la renta adelantada de un año y pedí una excedencia en el trabajo, a sabiendas de que, si algún día decidía volver, no me esperaría ninguna silla.

Mis libros seguían vendiéndose y hacía algún trabajo extra, textos por encargo, páginas de presentación de webs o cartas de amor para algún desesperado. Es sorprendente lo que puedes llegar a hacer para otros. Con eso, mis pequeñas ganancias en bolsa y los ahorros que había ido acumulando, podía seguir viviendo sin demasiados lujos. Salvo el único que ahora me esperaba aparcado. Contados viajes, a excepción de alguna escapada como ésta, para salir a la superficie, visitar a alguna amiga y… Si, hasta en eso me había vuelto un espartano.

Después de tantos años, en contra de todo pronóstico, la seguía teniendo metida en la cabeza. Era como una obsesión que recurría a mí y no se iba por más que la quisiese espantar. A veces me convencía a mí mismo de que la tenía dominada y conseguía echarla a patadas, hasta que su imagen se difuminaba. Pero ahora, aparecía Ray delante de mis narices para recordarme aquella vida y removerme por dentro.

(…)

Autora: Patricia Bernardo.

© 2020. Patricia Bernardo Delgado.

 

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