Me contó que había venido a hacer unos bolos por la zona. Al parecer seguía tocando, pero cada vez menos. No podía desaprovechar la oportunidad de coger lo que saliese, aunque le pagasen una mierda.

– Así que te has retirado a escribir para llevar una vida de monje –dijo riéndose, al tiempo que recibía con un trago la cerveza que le servía el camarero. –Siempre fuiste una caja de sorpresas tío. Y lo que mas me extraña es que la gente aún pregunte por ti.

Arqueé las cejas y noté con sorpresa cómo el calor me cubría la cara. No recordaba que me hubiese pasado nunca. Al menos no en mi etapa adulta. Sentí una mezcla de satisfacción y vergüenza.

– ¿Se puede saber quién se acuerda de mí?

Ray me miró entornando sus ojos, adivinando o quizás pensando en alguna maldad de las suyas. Pero se limitó a contestar:

– Bueno, ya sabes, Mike, Leny… Hasta Lucy, mi mujer.

– ¿Te casaste con Lucy?

–  Sí, me casé –contestó él enseñándome orgulloso un anillo en forma de sello.

– No pensaba que lo tuyo con Lucy fuese tan serio –dije dando mi último sorbo al café que ya se había enfriado.

– Siempre lo fue. Pero en ese momento, también deseaba estar con otras tías. Ya sabes, la vieja historia de siempre.  –contestó dando un largo trago a su cerveza.

– Un riesgo muy grande para los dos. –encendí un cigarro. –Pero al final salió bien –añadí mientras perdía mi vista en el mar revuelto bajo las montañas. De repente, una sensación extraña de desasosiego recorrió mi estómago. Me removí un poco en la silla, pero Ray no lo advirtió. Seguía hablando sobre su teoría de cómo tenerlo todo sin perder nada.

– Verás, Lucy me quiere con mis defectos y yo a ella, con los suyos…

Bla, bla, bla… Aquella pobre chica no tenía más defecto que haberse colgado de ese cretino.

–No sé tío, al final es como una premonición, creo que hay personas destinadas a quedarse juntas para siempre. No concibo mi vida sin ella.

¡Ahí estaba el poeta de Ray! El rockero de medio pelo, letrista de canciones tan empalagosas como ésta, la que pretendía que fuese su vida. Aunque… ¿Quién era yo para juzgarle? No lo había hecho mejor que él. En realidad, fui yo quien la dejó sin más explicaciones que las de siempre. Pero en ninguna de ellas había una causa que justificarse separarnos, movida por el desamor, la ausencia de atracción o de cariño. Todo eso existía, pero no las ganas de construir un futuro juntos. Esa fue mi excusa para irme. La oficial. Pero tuve mucho tiempo para meditar y darme cuenta de que en realidad tenía miedo, un miedo que no me dejaba en paz ni de día ni de noche.

–Lucy se encontró el otro día con Marian.

Lo dijo mirando al horizonte, echando el humo hacia arriba, mientras estiraba las piernas para apoyarlas en una silla. Parecía que estaba muy cómodo a mi lado. Yo seguía revolviéndome, intentando aplacar aquel malestar que ahora se había quedado aferrado a mi estómago como un perro rabioso.

– Nunca entendí por qué lo dejasteis. Supongo que aquel accidente lo jodió todo…

– No queríamos lo mismo –le corté.

Él hizo un gesto de aprobación con su cabeza. Como si fuese suficiente mi escueta y seca respuesta. Aplastó el cigarrillo, dando por zanjada la conversación. Su aparente comodidad se desvaneció.

– ¿Y lo sabes ahora?

Ray se levantó casi al tiempo en que pronunciaba la pregunta, sonriendo como un  zorro. Un zorro que sabe muy bien lo que dice, cómo lo dice y el efecto que causa en quién que lo escucha. Alguien que sabe moverse muy bien por la vida, sin salir mas escaldado de la cuenta, midiendo los pasos, los tiempos, las palabras y los actos. Pero, a fin de cuentas, alguien que ha vivido y ahora disfruta de esa vida acompañado de la persona elegida. Cogió su guitarra y me miró con medio ojo, mientras el otro se lo tapaba su pelo alborotado.

No supe qué contestarle. Porque en realidad no tenía ni idea. Quizás solo quería no querer nada. Contuve mis ganas de interrogarle sobre si ella seguía sola, casada o divorciada. Y lo más importante: si estaba bien.

– Venga dame un abrazo, no seas tan “hosco” –pronunció esta última palabra con exagerada pedantería deshaciendo la nube de tensión. No me quedó más remedio que levantarme y hacerlo.

– Da recuerdos, a Lucy y… al resto de la banda. Bueno, diles que sigo vivo.  Al menos eso parece –sonreí con gesto melancólico. “Díselo a ella también”, pensé. Pero no dije nada, para variar.

Ray hizo amago de pagar la cuenta.

– No, hoy invito yo. Es mi cumpleaños.

Ladeó la cabeza, y volvió a reírse. Se quedó mirándome con una cara indescifrable y se despidió.

 – Felicidades tío. Nos vemos.

Le vi alejarse, cargando su guitarra, un poco mas encorvado de la cuenta. Sin duda, seguía siendo Ray.

(…)

Autora: Patricia Bernardo.

© 2020. Patricia Bernardo Delgado.

 

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