La luna nos siguió durante todo el camino de vuelta a casa. Atravesamos el pasaje de St Helens hasta llegar cerca del “Puente de los Suspiros”, donde ella tenía alquilado un apartamento lleno de muebles antiguos, velas, fotos pegadas a la pared, una chimenea que hacía las veces de biblioteca y un gran ventanal con vistas al puente. Parecía que hubiese comprimido toda su vida, reduciéndola a lo imprescindible, como los restos de un naufragio recolocados en la cabaña de una isla desierta. Esa selección de cosas era su hogar. Fácilmente transportable a otro lugar si había que salir corriendo. Sin embargo, pese a esa latente provisionalidad existía una atmósfera acogedora y sedante que invitaba a quedarse.

Abrió una botella de vino. La tenía reservada para una ocasión especial que parecía hacerse la remolona. Sacó un par de vasos del armario de la cocina y me ofreció uno. Saboree el vino, blanco, afrutado, sorprendentemente agradable. Como un saludo del pasado. Ella se quitó los zapatos y masajeó sus pies, mientras seguía hablando de lo que me encontraría en Oxford. Costumbres aferradas a sus muros que durante cientos de años se habían mantenido en pie, firmes como el Partenón.

No tenía pensado integrarme en su sociedad, ni entablar amistad con ninguno de ellos. Pero escuché lo que tenía que contarme:

– ¿Conoces a Toby Ord?

– No me suena…

Se recostó en el sofá y probó el vino.

– Es un tipo muy interesante –dijo haciendo una pausa–. De Australia. Trabaja como investigador en el Instituto del Futuro de la Humanidad. Estudia el “riesgo existencial”. Fundó “Giving What We Can” una sociedad internacional cuyos miembros se comprometen a donar al menos el diez por ciento de sus ingresos a organizaciones no gubernamentales que luchan contra la pobreza. Ahora lo llaman: altruismo eficaz. Hace poco publicó un libro. Te lo presentaré. Somos muy amigos.

– Yo soy médico, no filósofo.

– Él estudia a las personas. Tú también. Vuestros caminos están destinados a encontrarse.

– ¿Y tú? ¿Qué papel juegas en el campus? –pregunté para cambiar de tema.

– Doy clases de Derecho europeo. De aquí saldrán futuros cargos públicos, tal vez políticos, ministros… Aunque no es buen momento. Es como si hubiésemos sufrido un bombardeo y solo quedasen ruinas en las que reconstruir una ciudad. Las clases han menguado. Los cerebros también. Estamos confusos, vapuleados. A veces me siento como si acabase de salir de un largo centrifugado –dijo con pasión –. ¿Fumas? –añadió.

– No. Lo dejé.

– Yo de vez en cuando sí. Guardo algo de material de refuerzo. – Se levantó y rebuscó en el cajón de una cómoda. A través de su espejo podía ver su cara concentrada. Seguía conservando la misma figura estilizada. Quizás un poco más delgada. Pero mantenía esos andares de adolescente que parecía brincar con cada paso. Al fin se dio la vuelta con gesto de satisfacción. – ¡Aquí está! –exclamó, señalando una cajita de latón. Sacó un cigarro y lo encendió. Le dio una calada llena de añoranza.

Un silencio largo e incómodo se apoderó de la sala. Como si ahí dentro, en cada una de las palabras no dichas estuviese la clave para explicar todo este tiempo.

En realidad, ella y yo, nos vimos muchas veces antes de ese día. Pero nunca, hasta aquella noche en la que me dejó plantado en la barra del “Diario”, habíamos mantenido una conversación seria. Dimos por supuesto que éramos dos personas condenadas a vivir en mundos paralelos. Dentro de una misma burbuja, pero sin llegar a tocarse. O tal vez eso solo lo pensé yo. Sin embargo, es curioso como una conversación, una sola conversación, puede acercarte más a alguien que una amistad consolidada a través de los años. 

Cruzada de brazos, con el cigarro en la mano, seguía callada, fumando, mientras yo esperaba sentado en el sofá, a que su voz baja y ronca volviese a decir algo. 

– Laura sigue…

– ¿Viva? Si. Aunque ya no estamos juntos. Se fue a vivir a una casa perdida en los Picos de Europa con Tommi, un finlandés. Se dedica a cultivar un huerto y poco mas. Decidió alejarse, cortar por lo sano y empezar de cero. Volver a las cavernas. De vez en cuando me escribe una carta y me cuenta que es muy feliz. La creo. Aunque también pienso que algo se contaminó en su cabeza para siempre.

Ella le dio una larga calada al cigarro. Y de repente, expulsó el humo en una carcajada incontrolable. Me quedé un poco perplejo.

Toda la vida que habíamos construido minuciosamente quedaba ahora reducida a un puñado de frases contadas con desgana que, en otro tiempo, habríamos despellejado hasta desgastarlas por ser algo extraordinario. Así que yo también me contagié de su humor y me reí.

– Perdona… –se disculpó entre risa y risa–. Es que el solo hecho de imaginarme a Laura en mitad de un monte, haciendo de agricultora… ¿Tanto nos ha cambiado esta mierda? –preguntó ya en tono serio.

– Yo tengo la teoría de que ahora estamos donde queremos estar.

– ¿Así que tu y yo hemos escogido encontrarnos en Oxford?

El silencio volvió a ser el protagonista. Pero esta vez cobró un nuevo significado y dejó una incógnita flotando en el aire. Creo que los dos sentimos lo mismo. Pero nos quedamos parados en nuestras posiciones, inmovilizados. Esta vez no fue ella, sino yo quien rompió el silencio.

– En cierta medida sí. Brindemos por ello –dije levantando el vaso una vez mas.

Sonrió haciendo lo mismo. Intuyendo que después, vendría la gran pregunta.

– ¿Me vas a contar qué fue lo que realmente pasó para que te largases?

– Ya te lo he dicho. Estaba perdida. Solo eso. –añadió encogiéndose de hombros. Pero como si de repente se diese cuenta de que también a ella le faltaba una explicación, se decidió a seguir hablando:

– ¿Nunca has tenido ganas de desaparecer?

– No.

– Yo sí –. Buscó un cenicero donde apagar el cigarro. Y rellenó los vasos con mas vino. Después se sentó el sofá y comenzó a hablar, mirando a un punto inexacto. Como si yo fuese una estatua inerte –. Hubo una noche en la que todo se torció. Ya sabes, las cosas siempre se enredan cuando oscurece. Parecía que el mundo se había confabulado en mi contra. Así lo veía yo. Una vida desordenada, absurda, vacía… Un desastre. En el fondo sabía que no era así. Pero mi perspectiva se había ido al cuerno –. Hizo una pausa y miró el puente que asomaba tras la ventana descubierta. – En el trabajo las cosas estaban revueltas desde que se supo lo de China. Era como si todo el mundo tuviese mucha prisa por terminar y largarse cuanto antes. Yo estaba a lo mío, dándole vueltas a mi supuesto fracaso vital. Pero antes tenía que hablar con el presidente de la Sala por un recurso de apelación. El caso es que cuando llegué a su despacho me lo encontré guardando sus cosas en cajas. Había decidido pedir una excedencia e irse con su mujer y sus perros al campo. Recuerdo como si fuese hoy lo que me dijo: “Si eres lista, vete ahora que estás a tiempo. Esto solo acaba de empezar. El mundo tal y como lo conocemos dejará de existir” Pocos días después enfermó gravemente y murió –. Soltó una triste sonrisa y apuró lo que quedaba de vino – Creo que necesitamos un poco mas de esto.

Y como si hubiese dicho las palabras mágicas, la oscuridad lo cubrió todo. Solo la luna nos mantuvo iluminados ante el apagón.

– Vaya. Hoy se han adelantado. No acabo de acostumbrarme a sus normas –dijo –. Alcánzame una de esas velas que están en la mesilla.

(…)

Autora: Patricia Bernardo.

Foto: Extraída de Google. Endeavour Tour.

© 2020. Patricia Bernardo Delgado.

Un comentario en “Ella o yo (II)

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