Los restos de lo que fuimos

Los restos de lo que fuimos

Foto: Rebecca Bathory. https://www.rebeccabathory.com

 

Quedaban pocas cosas intactas después de tantos años de abandono. Sólo un viejo tresillo de seda, ennegrecido por el polvo, permanecía quieto en mitad del salón, como una imagen perenne de nosotros, resistiéndonos a dejar aquel lugar antes de que se destruyese para siempre. ¿Cuánto tiempo nos quedaba? Era difícil saberlo.

El techo ya había cedido a la presión, derrumbándose, y los escombros de recuerdos se apilaban sin piedad, como cadáveres después de una masacre. Pero las esbeltas paredes aún permanecían erguidas y guardaban todos nuestros secretos: las cosas que nos dijimos en voz alta y también las que nos susurramos, las veces que las acariciamos y las que las rasgamos.

Sin embargo, al mirar por los sucios ventanales que, en otro tiempo, fueron lluvia, sol, noche y día, divisé algo inmenso y desconocido, lleno de posibilidades. La luz de la mañana se proyectó sobre lo que quedaba de nosotros, como una llamada del más allá advirtiendo que el tiempo de visita había tocado a su fin. “Aquí ya no se puede estar. Es hora de decir adiós” me dije. Salí sin mirar atrás y respiré el aire del amanecer, cegada por la luz que me había invitado a irme. Lo que fuimos y donde vivimos, se desplomó a mis espaldas, como un truco de magia. Solo entonces, al mirar atrás y ver que ya no quedaba nada, fui capaz de caminar hacia ese horizonte esperanzador que se vislumbraba a lo lejos y que se llamaba: vida.

 

Autora: Patricia Bernardo.

Una escena: Cruce de caminos.

Una escena: Cruce de caminos.

Foto:  Anuncio de publicidad de camisas IKE. La Voz de Asturias. Gijón.

 

Después de estar algún tiempo sin publicar, quiero compartir con vosotros mi experiencia en el Master de Creación Literaria que estoy cursando con la Universidad Internacional de Valencia (VIU) a distancia. Es una gran suerte poder aprender de escritores tan enormes como Espido Freide, Nuria Barrios, Violeta Serrano, Vanessa Monfort y Pedro Ángel Palou García. Aún me quedan unos cuantos por conocer… Todo un reto, un esfuerzo también, pero sobre todo, un incentivo enorme a mi creatividad que trama sin cesar. Así que hoy voy a publicar una escena en la que doy vida a un personaje y lo pongo en movimiento. No se si de aquí saldrá algo más o si esta escena se quedará guardada en un cajón, esperando a que la reviva mas adelante, como me pasó en mi primera novela. Pero ésta podría ser la historia de dos mujeres que cruzan su camino una mañana:

 

Charo se despertó con el sabor agridulce de la noche anterior. El reencuentro con su padre la había despojado del armazón de “estoy bien” que la mantenía a salvo. En ese momento sentía que no quedaba nada de la vieja Charo, la que se había subido a un tren desde Madrid para volver a su casa, después de casi un año de ausencia. La distancia había sido mitigada con breves llamadas que rara vez le devolvían algún reproche. Su padre se había mantenido firme en su postura, esa que con el silencio decía más que hablando. Y así se lo encontró al regresar a casa, igual que la última vez que se despidieron, sentado en el mismo sillón, absorto en recuerdos que hacía tiempo no compartía con nadie. Sin embargo, esta vez, sus ojos grises y acuosos, habían mirado a Charo desde su cara chupada diciéndola: “¿Por qué tardaste tanto?”. Al recordar esa imagen sintió cómo el estómago se le revolvía con fuerza. Ella sabía que la enfermedad de su padre no había sido la verdadera razón de su vuelta, sino una excusa para encontrar respuestas.

Afuera, Gijón amanecía y su cama de adolescente olía a la reconfortante humedad del mar. Buscó refugio en el baño, arropada con la chaqueta de lana del día anterior, sintiendo cómo el frío de las baldosas se colaba por sus zapatillas. Al aclararse la cara y mirarse en el espejo, tardó en reconocerse. Su imagen pintaba muy diferente bajo esa luz. Pero después de unos minutos de presentaciones, se familiarizó de nuevo con la Charo de rasgos afilados y ojos color miel… Sonrió al recordar que siempre echaba en cara a su padre haber heredado su nariz aguileña. Él la consolaba diciéndola que, como compensación, había ganado la sonrisa perfecta de su madre. Un nuevo retortijón le revolvió el estómago, como un pellizco malintencionado que le pilla a uno por sorpresa.

“A correr” se dijo, espantando los recuerdos. Sacó la ropa de la maleta aún sin deshacer y se puso sus mallas, una sudadera y zapatillas “running”. Bajó las escaleras de madera con cuidado de no despertar a su padre. Pero él ya estaba en la cocina, desayunando, mientras escuchaba las noticias de la radio.

–Mucho madrugas hija. ¿Dormiste bien? – preguntó al verla.

Charo aspiró el olor a café que salía de la italiana y sonrió con fingida jovialidad (ocultando la ansiedad que la empujaba a escapar).

–¡Dormí de maravilla!  –contestó después de darle un beso en la frente–. Pero ahora me voy a correr un poco.

Su padre arqueó las cejas.

 –¿Con el estómago vacío? –preguntó extrañado.

–Si papa, sino me puede sentar mal. No te preocupes. Volveré en una hora –dijo mientras se recogía el pelo.

–Ten cuidado… –contestó en voz baja, como si hablase para sí, concentrándose de nuevo en su taza de café.

Pero Charo ya se había ido, emprendiendo un suave trote a través del camino empedrado que conducía al puerto. Hinchó sus pulmones y sintió cómo el aire oxigenaba su cabeza, llenándola de tranquilidad, mientras el mar aparecía ante sí cubierto por una luz rojiza esperanzadora.

El día que Martín le dijo que no tenía pensado dejar a su mujer, se encontró de golpe con las sacudidas en el estómago que la dejaban sin aire, las mismas que había sentido cuando su madre murió. Aida le recomendó entonces hacer algo de ejercicio, transmitiendo a su amiga los hábitos saludables que a ella le habían dado resultados. “Correr a sus treinta y cinco años… Ella que se reía de la moda de los “runner” y adoctrinadores de vida sana que la inundaban y aburrían por igual…” pensó. Sin embargo, correr la había salvado. Y ahora se aferraba a ello como una droga. Su mente vagaba libre y caprichosa, conectándose y desconectándose con la realidad.

En esas estaba mientras sonaba en su Spotify “Another Star” de Stevie Wonder, imaginándose en un crucero estilo “Vacaciones en el mar”, cuando se dio cuenta de que se había desviado demasiado de su camino, llegando hacia una zona deshabitada, cerca de una fábrica destartalada. Ya se disponía a dar la vuelta cuando de repente, como salida de la nada, una mujer vestida con una bata, el pelo blanco enmarañado y caminar sonámbulo, se atravesó en su camino, como una oveja descarriada de su rebaño. A punto estuvo de llevársela por delante.

–Señora… ¿Se encuentra bien? –exclamó, parándose en seco mientras se quitaba los cascos.

La mujer, que rondaría los setenta años, la miró con los ojos de una niña que ha perdido a su madre y no sabe qué decir.

–¿Dónde vive? –insistió Charo.

La mujer, abrumada por las preguntas, arrugó su cara en un gesto de dolor y señaló hacía la vieja fábrica.

–Yo…vivo ahí –contestó al fin.

Charo miró el paisaje desolado que las rodeaba. Pero “ahí” no había nada más que escombros y dos mujeres que se habían desviado de su trayecto por diferentes razones.

Estaba claro que la carrera de aquella mañana duraría más de la hora prevista.

Autora: Patricia Bernardo.

La otra ciudad

La otra ciudad

Foto:  “La Nueva España”. 21-09-2012.

Este relato fue publicado el viernes 14 de septiembre de 2018 en el periódico “La Nueva España”, edición Oviedo; dentro de un apartado llamado: “Historias Mateínas”, en el que escritores ovetenses fuimos plasmando durante una semana relatos, sensaciones o historias en las que las fiestas de la ciudad estuviesen presentes.

La sorpresa fue que, contra todo pronóstico, el día escogido para publicar mi relato fue el mismo del pregón de las fiestas. Y yo me enteré esa misma mañana, de la que iba a trabajar, al recibir un mensaje de un compañero que me felicitaba por mi columna… “¿Qué columna?”, pensé yo. Y  resultó ser que se había adelantado su publicación.

Aunque muchos amigos lo habéis leído ya, no se puede acceder a él vía internet salvo que estéis suscritos al periódico, y sería una pena que un relato al que le tengo tanto cariño quedase reducido a un recorte de peiródico en mi casa,  o a una foto parcial en las redes sociales.

Este espacio es mi bunker, donde deseo que encontréis todo lo que escribo y comparto con los que habéis descubierto mi rincón. Así que… es todo vuestro.

La otra ciudad:

Observo mi ciudad, tranquila y sigilosa, adormecida por el verano perezoso y caprichoso que empieza a irse lentamente. La imagino cansada de fugaces paseos de turistas, de la soledad del que se queda y tiene que soportar el vacío que deja quien se va buscando algo mejor.

En San Mateo, Oviedo deja de ser poco mía y se transforma en otra ciudad, callejera, gritona, nocturna y resacosa. Una prefabricada, que se construye a golpe de chiringuitos, escenarios y focos que tapan a la de siempre, que permanece latente, a la espera de que le quiten el disfraz.

 

Oviedo se monta y desmonta tan sigilosamente como una cenicienta se desprende de su vestido, pasada la media noche. Vive una ciudad paralela, llena de rincones construidos para unos días que después se irán. Y como suele ocurrir cuando alguien es protagonista, todo el mundo se pelea por llamar su atención. Eso fue lo que me dijo el día en que la conocí…

 

Aquella noche mis planes se habían esfumado de la misma manera que cualquier posibilidad de hacer otros nuevos. Así que decidí salir a comer un bocata de calamares y beber una cerveza en el chiringuito en el que estaba echando una mano un colega. Todo el mundo había salido a la calle y era difícil no sentirte acompañado. Pegar un mordisco a tu bocata y saludar sin perder la dignidad, se había convertido en un reto.

Fue después cuando la vi reflejada en la pantalla del “Pinón Folixa”, pero ella hacía como si nada, como si la fiesta no fuese cosa suya o mejor dicho: como si ella fuese la fiesta. Llevaba los labios pintados de rojo y el pelo revuelto. Sus ojos envueltos de rimel me sonrieron desde el otro extremo de la barra. Yo levanté mi cerveza a modo de saludo y ella se abrió paso entre la multitud.

—Te conozco —me dijo.

— ¿Ah sí? —contesté un poco confuso. Ella sonrió.

—Si, te veo pasar muchas veces por la plaza de la catedral. La atraviesas a zancadas. ¿La has contado  alguna vez? —preguntó sin parpadear.

 — ¿Perdona? —respondí sin saber si la había escuchado bien.

— ¡Que si has contado cuantas zancadas mide la plaza de la catedral! —gritó.

La miré extrañado, no se si por la pregunta, porque era la primera vez que la veía o por las dos cosas a la vez…

–No… ¿Y tú?

Se rió de nuevo y movió la cabeza de un lado encogiéndose de hombros.

—No… Se me acaba de ocurrir según estaba hablando contigo. Tardaría un rato porque no tengo las piernas tan largas. —dijo mirando sus vaqueros desgastados con resignación.

Generalmente la gente tiene prisa por acortar las conversaciones, los que las escuchan y los que hablan. Pero en nuestro caso, ahí estábamos, uno frente a otro. Yo la miraba con una sonrisa a medio hacer. Ella no paraba de hablar mientras le daba sorbos a su cerveza. Era graciosa e imprevisible.

—En San Mateo las plazas dejan de ser plazas y las calles pierden su nombre. La ciudad de verdad está detrás de todo esto. Aunque siempre tengo la sensación de que permanece a la espera de algo que no llega y me da ganas de zarandearla para que espabile —suspiró mientras sacaba un cigarrillo. —Supongo que está despechada, igual que yo… —dijo con gesto de fastidio, mientras le daba fuego.

— ¿Por qué estás despechada?

—Verás… —echó una calada a su cigarrillo y después continuó —me sentí muy sola este verano. Te fuiste, mientras yo me quedaba aquí, como siempre, paseando a unos cuantos turistas por la ciudad. Esperando a que tú y el resto volvieseis —esta vez sonería con melancolía. —De repente todo es luz, música, fiesta… Y hasta tú te has fijado en mí. ¿Tengo que vestirme de fiesta para que lo hagas?

No sabía si se trataba de una actriz que ensayaba su papel o solo una chica que trataba de ligar conmigo, pero no podía dejar de mirarla. Sorprendido, confuso, hechizado…

Justo en ese momento empezó a sonar “Purple Rain”, de Prince. Y entonces, recordé aquella noche en la que Slash se subió al escenario del Pinon a tocar con los “Stormy Mondays”… Sonrió de nuevo, recuperando su jovialidad y como si adivinase mi pensamiento dijo —Si, aquella noche fue gloriosa… Deberías estar más atento cuando vas por la calle, porque te lo estás perdiendo.

— ¿Y qué es eso que me estoy perdiendo?

Ella me regaló una sonrisa aún más grande que las demás y exclamó:

 — ¡A mi! —después se dio la vuelta para irse.

—¡Espera! ¿No me vas a decir al menos cómo te llamas?

La chica de labios rojos y ojos envueltos en rimel, se acercó por última vez y me susurró algo al oído. Después, se perdió entre la multitud y desapareció. Aún hoy sigo preguntándome si fue real o solo un sueño. Desde entonces, siempre que atravieso la Plaza de la Catedral para ir a trabajar, me acuerdo de su nombre: Oviedo. Y ahora nunca la pierdo de vista.

Autora: Patricia Bernardo.

Publicado en el periódico “La Nueva España”, Oviedo, el 14 de septiembre de 2018.

Alta fidelidad

Alta fidelidad

Hoy quiero recordar en “Hemingway tenía razón” una película que volví a ver hace unos días, en uno de esos canales que acostumbran a poner buenas películas. Generalmente son antiguas, más por los años que tienen que por otra cosa, porque se podría decir que muchas de ellas son atemporales y permanecen vivas en el tiempo, sin pasar de moda. Esto sucede en TCM un canal que emite cosas buenas, muy buenas, y hace el repaso de carreras de actores, actrices y directores de cine clásico. Uno de esos días en los que estaba enchufada a la televisión, mi antigua, pequeña y vintage televisión (que parece la NASA, con tanto cable y dispositivo conectado para ver todo lo que se puede ver) reapareció: “Alta fidelidad” dirigida por Stephen Frears, uno de mis directores preferidos. Con John Cusack y el gran Jack Black al frente.

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Para los que no la habéis visto: ¡Hacedlo ya! Porque mientras la veía me di cuenta de una cosa: el tiempo había pasado tan deprisa que una de mis pelis favoritas se había convertido en un… ¿clásico?! “¿Habían pasado ya casi veinte años?”, pensé al intentar recordar qué hacía yo por aquél entonces… Sí, ese fue uno de los momentos estrella en los que me dí cuenta de que ya tenía cuarenta y sin saber cómo ni por qué, el tiempo había pasado tan rápido que algunas cosas que antes recordaba con detalle y nitidez, ahora se habían difuminado en mi memoria, obligándome a entornar los ojos como medida de presión, con la esperanza de que me viniese a los labios ese nombre que tenía en la punta de la lengua…  Bla, bla, bla… Olvidaros de todo eso. El tiempo solo importa para no perderlo y ponerse a ello cuanto antes.

“Alta fidelidad” (“High Fidelity”) basa su argumento en una novela con el mismo título, escrita por  Nick Hornby en 1995. Fiel en casi todo, a excepción de que en la novela, el protagonista se llama Rob Fleming y vive en Londres, mientras que en la película se hace llamar Rob Gordon y vive en Chicago.

Diferencias a parte, la historia es la misma: John Cusack interpreta a Rob Gordon, un treintañero melómano y dueño de una tienda de discos de vinilo llamada “Championship Vinile”, donde trabaja con Dick (Todd Louiso) y Barry (Jack Black), dos que, como él cuenta, un día aparecieron en su tienda para ayudarle porque les gustaba la música y desde entonces no faltaron a la cita ni una sola vez. Ya era demasiado tarde para despedirles…

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Los tres entienden la vida a través de la música. Y ésta está presente en toda la película como hilo conductor. Cada momento, cada recuerdo, tiene  nombre de canción. Pero estos  freakes musicales, tienen tan poco éxito en la tienda como con las mujeres.

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Y es precisamente la ruptura de Rob (John Cusack) con su novia Laura (Iben Hjejle) la que da arranque a  la película y hace que su protagonista comience a recordar sus cinco grandes fracasos sentimentales, las cinco novias que le dejaron y mas daño le hicieron, a través  de un diálogo directo y desenfadado con el espectador y sus amigos, acompañado de la gran colección de discos de vinilo con los que vive en su apartamento.

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Esta película no solo es buena por el argumento, que en realidad ya viene dado por la novela, sino por la puesta en escena de John Cusack, que se hace con la película, la música,  la estética y en suma, la dirección que realiza el gran Stephen Frears. Por algo fue nominada al mejor guión adaptado en los Premios BAFTA por el sindicato de guionistas y  Cusack a los Globos de oro como mejor actor en comedia y musical.

Pero lo mejor de todo es, como siempre, que una cosa conduce a otra. Y en este caso “Alta fidelidad” te lleva hasta una gran banda sonora. En ella encontrarás temas míticos de Neil Young, The Clash, The Smiths, Elvis Costello & the Attractions, Chuck Berry, Elvis o Aretta Franflin entre otros artistas…  Así que ya sabéis, mientras tengáis tiempo no lo desperdiciéis y disfrutad. ¡Buen fin de semana amigos!

Patricia Bernardo.

 

Deliciosa asfixia

Deliciosa asfixia

 

La ciudad me recibe con todo su caos, con el desorden adquirido por el paso el tiempo que forma parte de ella, reflejado en las fachadas de sus edificios y su ajetreado tráfico. Todo es bello y terrible a la vez. Como un precioso niño con la cara tan sucia que a penas se intuye su belleza sino fuera por sus grandes ojos azules.

Así es Nápoles, sucia, pero bella. Llena de vida y pasión, como la de dos que acaban de sudar juntos y se despiertan con sus cuerpos pegados. Deliciosamente asfixiante. Como esa persona de la que te despides con la promesa de que volverás a verla, aliviada por la marcha, y a la vez excitada por la esperanza de un futuro incierto e idílico, en el que se repita un encuentro. Aunque en lo más profundo de tu ser sepas que hay lugares en los que no puedes quedarte y personas a las que quizás no vuelvas a ver.

Nápoles 07-08-2018

 

Autora: Patricia Bernardo.

Sucedió en Madrid

Sucedió en Madrid

En la vida corriente de las personas ocurren cosas constantemente que lo cambian todo de forma repentina e inesperada. Este es el punto de partida de “La última negociación”: Juan Guerra se enfrenta a un suceso que le hará pararse a reflexionar y replantearse toda su trayectoria vital, emprendiendo un emocionante viaje en busca de la verdad. ¿Será capaz de luchar contra los fantasmas de su pasado sin salir maltrecho?

Cuando miro hacia atrás y me visualizo escribiendo esta novela, veo a una mujer que aún estaba intentando asimilar todos los acontecimientos vitales que la habían llegado a abrumar en aquél entonces, y que solo a través de la creación de una historia, con sus personajes, fue capaz de encajar.

Lo mejor de escribir una novela no sucede cuando la publicas, sino mientras la escribes. Es una aventura que te envuelve y te hace vivir una historia paralela a la tuya. Pero una vez decides compartirla, una vez la entregas a los demás para que la hagan un poco suya, la siguiente aventura comienza cuando charlas con personas que la han leído y te comentan sus impresiones, te hablan de los personajes que has creado como si fuesen de carne y hueso, y te plantean sus dudas o criticas.

A las siete y media de la tarde,  la sala de la librería  “Tipos infames” de Madrid estaba llena de muchos amigos que habían acudido  a saludarme.

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Y eso, es para mí el mayor logro. Porque a fin de cuentas, lo que hace que escribir merezca la pena, es poder compartirla con otras personas y ser capaz de transmitir.

 

 

En una sociedad cada vez más tecnológica, en la que todo sucede a la velocidad del rayo… la vida tiene estos pequeños regalos: a veces nos paramos y observamos.

De esta manera, comenzamos la presentación de Madrid, en una librería, un lugar en el que puedes tocar y oler libros, como a mí me gusta. Leticia Pérez-Lafuente Suárez, periodista cultural, creadora del proyecto “El faro de Hopper” y consultora de comunicación, fue la encargada de hacer de maestra de ceremonias y con la destreza que la caracteriza supo dar en los puntos clave de la “La última negociación”, dando lugar a una entretenida conversación en la que intercambiamos puntos de vista sobre la novela.

 

 

Aquí os dejo esta entrevista improvisada:

LPL: Juan es un hombre que a mí me llega a dar pena, porque dice que no tiene verdaderos amigos, pero sin embargo, es honesto consigo mismo, no culpa al mundo de sus males.

PB: Juan está solo, ha perdido a los referentes más importantes de su vida y esa soledad le hace tener un diálogo consigo mismo, un análisis interior que le obliga a enfrentarse a sus fantasmas. Creo que la soledad es veces necesaria para pararnos a reflexionar y conocernos mejor a nosotros mismos, aunque en el caso de Juan llega a ser una pesadilla.

 LPL: El humo está en tu imagen y también en la portada del libro, y funciona como un símbolo.

PB: Si, la novela está lleva de símbolos. El humo actúa como hilo conductor, lo confunde todo…  Y se va disipando conforme va descendiendo la ansiedad del protagonista y aclarando todas las dudas e incógnitas que se le plantean.

 

Por otro lado, yo quería que la novela formase un todo, que el contenido y la imagen exterior estuviesen relacionados, además de estar presente el arte asturiano. En  este sentido en la imagen de la portada hay un dibujo de dos personas enfrentadas fumando: un hombre y una mujer, con Oviedo de fondo y un tablero de ajedrez, que también tiene protagonismo en la novela. Es una creación de un pintor asturiano desconocido que se llama José Manuel Álvarez Maseda (Instagram: @plisilko). Yo también estoy fumando en la foto de mi biografía, que me hizo otro asturiano que se llama Darío Martínez (Instagram: @dariomartinezr), un gran fotógrafo gijonés. La verdad es que cuando hicimos la sesión de fotos paseando por Oviedo, llovía a cántaros, y en esa fotografía estábamos haciendo un descanso. Nunca imaginé que sería la foto elegida, pero tanto la editorial como yo, lo tuvimos claro.

 

LPL: Es curioso su nombre: Juan Guerra, porque parece ser un hombre de paz o al menos de negociación.

PB: Si, de nuevo aparece la simbología. Juan es un hombre que negocia en su trabajo y lo ejecuta a la perfección. Se ha esforzado mucho en la vida para llegar hasta donde está, sin embargo, Juan está en conflicto consigo mismo. Es un hombre complejo que debe enfrenase a su pasado y a sus errores que le han llevado hasta donde está. De ahí su nombre.

LPL: Me llama la atención que hay un personaje femenino que percibo con rasgos mas masculinos y a Juan con rasgos femeninos. ¿Hay quizás una transferencia de sensibilidades?

PB: Creo que los hombres y las mujeres no somos tan diferentes. Si rascamos un poco lo superficial, a los dos nos preocupan las mismas cosas. Nos enfrentamos a los mismos conflictos vitales, pero los gestionamos emocionalmente de distinta manera. En esta novela se rompen los típicos “clichés” que a mi tan poco me gustan. Evidentemente Juan está creado por una mujer, pero por una mujer que observó muy de cerca y escuchó a los hombres. El personaje femenino al que te refieres, que es Lucía, tiene los rasgos de una persona egoísta, manipuladora y egocéntrica… Conozco a hombres y mujeres por igual que encajan con esa descripción. Cuando se trata de sentimientos… Te puedo asegurar que todos estamos en el mismo barco.

 

 

Como dije en Madrid y allá donde voy, si una novela consigue transmitirte algo en el momento vital que estés pasando, entonces será una buena novela. Así que yo espero que para vosotros “La última negociación” sea una novela buena.

Patricia Bernardo

Puntos de venta “La última negociacion”: Amazon, Madrid, Oviedo, Gijón (Librería “La buena letra”), La Felguera (Asturias), Moreda (Librería Atril), Foz (Galicia)

 

 

Juan Guerra y su peculiar historia llega a Madrid

Juan Guerra y su peculiar historia llega a Madrid

Antonio y Juan, dos viejos amigos llevan años sin hablar. ¿Por qué?

Aquí arranca le clave de este “Noir existencial” porque cuando el muerto habla, el vivo escucha y cambia.  

Este sábado 26, a las 19:30 presento mi primera novela “La última negociación”. Este viaje vital arranca en la Librería Tipos Infames (C/ San Joaquín 3, bajo izquierda) a las 19:30 horas.

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Tras la presentación en Oviedo, Juan Guerra y su peculiar historia llega a Madrid para demostrar que el pasado puede ser un yugo a tu presente hasta que reúnes el coraje para enfrentarte a él.

Detrás de este blog, “Hemingway tenía razón” habito yo. Patricia Bernardo, que tras años como ávida lectora y escritora por placer, acabo de publicar mi primera novela.

Como jurista en la Administración Pública del Principado de Asturias soy una mujer que negocia en un mundo de hombres. Fui consciente de ello al ponerme en la piel de Juan Guerra, el protagonista de esta novela. Un hombre que ha de reunir el valor para enfrentarse a un pasado que ha estado demasiado presente, robándole espacios de tranquilidad.

¿El detonante? Pues siempre hay una chispa que enciende la hoguera. Es la  grabación que contiene este artículo.

Juan se enfrentó a ella en una noche que lo cambió todo. Su viaje vital empieza aquí y espero que tú le acompañes, junto al resto de personajes, hombres y mujeres que buscan una felicidad que aunque no es sencilla, todavía es posible.

Tras años escribiendo relatos y cuentos, surge “La última negociación” (Ediciones Trabe) que desde su presentación en noviembre de 2017, ha estado viajando con todos vosotros a través de los medios de comunicación asturianos: La Nueva España, 18/11/2017 La Nueva España, 18/03/2018 La Nueva España, 07/05/2018

Así que estoy deseando conoceros y que viajéis conmigo, y con “La última negociación”.

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Foto: Dario Martinez.

Patricia Bernardo.