¡Plof!

Destacado¡Plof!

Carole King canta “You make me feel like a natural woman” mientras contemplo el mar. Respiro hondo y dejo que el aire llene mi vientre. Después, lo expulso por la boca, imitando el silbido del viento. Miro el horizonte dibujado delante de mí, como quien observa una preciosa obra de arte expuesta en un museo. Bonita estampa, ¿verdad?

Es uno de esos días típicos del norte. Las nubes cubren el sol, permitiendo que éste se cuele a duras penas por algún hueco. El mar está medio en paz, pero yo lo veo como alguien que tiene un buen mosqueo y está a punto de estallar. El sonido del teléfono nos interrumpe a Carole King y a mí. Miro la pantalla. Es Richard. Mi jefe. “Mierda”, pienso, “¿Qué coño querrá este pesado ahora?”. Dudo entre responder o hacerme la loca, pero Richard puede llegar a ser igual de insistente que las ofertas de telefonía móvil, así que descuelgo con resignación.

– Buenos días Richard –contesto con desgana.

–¡Buenos días Sara! –responde él con una euforia que me resulta ofensiva.

¿Qué clase de persona está de buen humor mientras trabaja en pleno verano? Yo aún no he conseguido relajarme en mis estrenadas vacaciones. Necesito a Carole King, al mar y los ejercicios de respiración que mi profesora de yoga me ha enseñado para poder sentir esa puñetera paz y comunión con el universo. Pero claro, en medio de todo eso, nadie, ni siquiera yo había contado con Richard.

– Antes de que digas nada, ya sé que estás de vacaciones. Y que no debería llamarte…

– Pero por lo que veo lo haces igualmente –le interrumpo.

Odio con todas mis fuerzas esas disculpas previas de “Ya sé que te fastidia… Bla, bla, bla. Y luego, ¡zás!.  Suspiro o más bien, aspiro. O no. No aspiro, lleno mis pulmones con toda esa intensidad que mi profesora me advirtió que podía producirme una…

– ¡Aggg!

 Sí, ese es mi sonido después de hiperventilar.

–Sara! ¿Sigues ahí? ¿Estás bien? –pregunta el considerado de Richard mientras yo toso.

– Sí. Estoy bien. O eso creo…  –contesto resoplando.

– Por un momento pensé que te habías atragantado.

Y sin dejarme contestar que sí, que casi me atraganto con su llamada, continúa, hablando.

– Verás Sara, el caso es que el último artículo que escribiste ha sido un éxito.

La mandíbula empieza a relajarse mientras se dibuja una sonrisa bobalicona en mi boca.

– ¿Sí? –pregunto para confirmar tan buena noticia.

– Sí, cariño sí.

 Ya estamos. Odio ese puñetero paternalismo.

– Pero eso no es todo. La dirección de la revista quiere que empieces a escribir un diario personal. Uno de esos blogs que están tan de moda. Ya sabes, unas cuantas fotos, consejos, algo sobre tu día a día… Por su puesto una cuenta de Instagram para tus seguidores. En resumen, la dirección quiere convertirte en un producto estrella.

De repente toda mi euforia se viene abajo. Caigo en la cuenta, con la misma rapidez que mi ilusión se desvanece, de que no tengo Instagram, ni twitter, y que mi cuenta de Facebook sigue viva gracias a que alguien muy amable me manda correos electrónicos recordándome cosas del tipo de: “Sara, tienes solicitudes de amistad esperando a que las contestes”. Mi vida ya es demasiado estresante. Últimamente el móvil me genera más ansiedad que placer. La mayoría de mis de grupos de WhatsApp están silenciados. Incluso llegué a pensar que si tuviese marido e hijos todo esto terminaría. ¿Qué mejor excusa puede haber para no contestar en tiempo y forma? Sin embargo, el otro día una amiga me confesó, mientras tomábamos un café, que tener hijos suponía estar en nuevos grupos de padres del colegio o de las clases extra escolares. ¡Dios mío! Pensé que ya era bastante duro para un niño tener que abrirse camino en el mundo social actual, pero si esto llega a sus padres debe ser una auténtica pesadilla. Nos atacan por todos los frentes, como en un western. ¿Qué fue de aquella etapa feliz en la que nuestra forma de relacionarnos era en persona, o a través del teléfono fijo, de una cabina, o de una carta? Mi madre es una mujer social y no forma parte de ninguna red. Si lo pienso detenidamente pertenecer a una red tiene un punto perverso… Así que me veo en la obligación de decirle a Richard que no estoy muy convencida con ese giro radical. Que es poco coherente con mi estilo.

– Bla, bla, bla… –me contesta sin dejar que termine mi fantástico argumento. –Sara, yo sé qué es lo mejor para ti. Siempre dices “no” a todo. A todo. Pero cuando me haces caso, fíjate lo que sucede. ¡Te haces famosa!

Richard se olvida de que la idea de escribir ese artículo fue mía. Y si ha gustado es porque sí. Sin más. Intento explicárselo.

– Richard, te recuerdo que ese artículo lo escribí porque me salió de las narices. Tú viste el filón y punto.

– Cálmate nena o empezarás a “hiperventilar” de nuevo. Tu artículo ha llegado a tantas personas porque “yo” me he encargado de llenarlo de hashtags, algo que, por supuesto no sabes qué es. Porque claro, ¿para qué vas a ponerte al día en el mundo actual en el que vivimos?

Dios… mi momento de relax se acaba de terminar antes de empezar. Mi cabeza se transforma en un puto jeroglífico, lleno de ecuaciones, frases, apuntes, ideas que corretean a sus anchas como unos duendecillos traviesos jugando al “pilla pilla”.

– ¿Sigues ahí o ya estás poniendo en marcha esa cabeza de chorlito?

– Sí, aquí sigue la que queda de mí.

– No te pongas dramática. Te estoy dando una buena noticia y parece que acabo de dictar tu sentencia de muerte. Tienes que salir al mundo Sara. ¿O acaso quieres convertirte en Fred Vargas a la española?

– ¿Quién es ese?

– Ah no, eso sí que no. ¡No me digas que TU no sabes quién es Fred Vargas!

– Sí, te digo que YO no sé quién ese tío.

– Joder Sara, me preocupas. Es una escritora.

– Ah…  -contesto sintiéndome como una ignorante. –Será buena al menos, ¿no?

– Le acaban de dar el Premio Princesa de Asturias de las letras. Debería despedirte ahora mismo.

– No te pongas así… La leeré.

– Claro. Cuando termines con… ¿La puta Odisea? Lo que quiero decir es que vives aislada.

Ya estamos. Cuando oigo esa frase me siento fatal y me dan ganas de tirarme por el pequeño barranco en el que están colgando mis piernas. Aunque el resultado sea estampar mi cabeza contra la arena, al estilo de: me faltan dos veranos y estoy patas arriba. Pero en estos momentos siempre me pasa algo gracioso. Como caerme, pegarme un golpe en el sitio más insospechado, tropezar con alguien… Esto último resulta menos probable porque estoy sola en una playa idílica de Galicia. No hay nadie.  Nadie cerca, quiero decir, salvo… ¡Plof!.

Fue más la sensación que el ruido que produjo. Pero a mí me gusta contar las cosas con sonidos del tipo: “Plof, plaf, zas…” Bueno, pues este sonó a un “plofff” prolongado. Así suenan las cagadas de gaviotas, a un “plof” asqueroso.

– Sí Richard, sigo aquí. Y sí, me acaba de cagar una gaviota.

Maldita Carole King.

Autora: Patricia Bernardo.

Yo solo quiero estar contigo

DestacadoYo solo quiero estar contigo

En la ciudad encantada se esconden muchos secretos. Habitan en ella pequeñas ciudades, palacios, jardines y grandes personas hechas de acero y piedra. Solo hace falta pararse a mirar y escuchar…

Son las cinco de la tarde. Una de esas en las que, por caprichos del destino, estoy sentada en una terraza. La vida a veces es juguetona y te coloca en los lugares que se le antoja. Un cruce de caminos entre la calle de la Rúa y la Catedral. Pero no soy la única. Hay otros como yo, que no tienen prisa y se dejan caer a tomar un café, comer a destiempo, o coger un poco de aliento entre visita y visita. A esta hora, muy pocos de los que estamos, somos de aquí.

Dicen que esta ciudad está dormida, que se hace vieja. Pero a mí me gusta lo viejo, las conversaciones de los bancos del parque y las de los paseos, cargadas de sabiduría. Me gusta tropezarme con los recuerdos que permanecen intactos y con los que se van incorporando. Y en estos días inesperados, me vuelvo a enamorar.

No tengo prisa, solo ganas de observar a las palomas intrusas, al niño que corretea por la plaza de la Catedral, mientras su madre le observa paciente. Al hombre que se sienta en la fuente con su cartón de vino, pero solo se bebe el sol y se rasca de vez en cuando su soledad. Ella nos mira a todos impasible.

¿Tú de quién eres? Me gusta pensar que, al igual que yo, no eres de nadie. Y que cuando sale el sol, deambulas sin rumbo, ni reloj, ni planes. Me gusta creer que eres calle y refunfuñas cuando llega la hora de recogerse. Porque… ¿Quién sabe? A lo mejor mañana llueve o se convierte en uno de esos días plomizos, en los que el ánimo se viene abajo con la misma pesadez que el aburrimiento.

Pero esta tarde, es una de esas en las que las conversaciones son pausadas y lentas. La vida me ha dado una tregua, no hay teléfonos, ni nadie que hable demasiado alto. Solo se escucha el ronroneo constante de la fuente de la Catedral. Y todos, el niño, la madre, el borrachín que dejó de serlo por un momento, los turistas y las pocas personas que, como yo, hicimos una pausa en esta tarde de mayo, caemos presos del encantamiento de la ciudad. Hipnotizados por la calma que nos produce su sosiego.

A ti no te gusta mostrarte demasiado, solo lo justo. Te encanta descubrir rincones oscuros que suenan a rock y jazz. Tú, como yo, no eres de grandes carteles, porque quien conoce lo bueno ya sabe dónde encontrarlo. Eres provocadora y te gusta que te pinten con grafitis, aunque luego te caiga una buena bronca. Tú, que siempre fuiste tan refinada…

Te gusta abrazar lo nuevo. Le pides a gritos que no se vaya, que se quede y no te deje sola. Pero no olvidas lo viejo. ¿Cómo podrías hacerlo si lleva tanto tiempo contigo? Te enseñas orgullosa a quienes vienen a conocerte, y te defiendes frente a los que reniegan de ti. Tú, como yo, eres pequeña, pero no te da miedo abrirte al mundo y respirar. Lo necesitas tanto como hablar cuando quieren silenciarte. Eres rebelde y te enfrentas a los que se empeñan en retenerte. Porque la libertad es tu bien más preciado.

Apuro el último sorbo de café. Quiero recorrerte antes de volver a casa. Hoy estás más guapa que nunca, brillante y luminosa. Le guiño un ojo a la Catedral. Cuántas reliquias y tesoros escondes… Ella y yo sabemos que nos volveremos a ver.

Cimadevilla es un desfile de caras sonrientes al sol, y de repente, una voz canta a Sabina, cobijado bajo la sombra que precede a la plaza del Ayuntamiento. “Ahora es demasiado tarde princesa…” Parece la versión moderna de una canción que Clarín le dedicó a Ana Ozores. Las monedas tintinean al caer en la funda de la guitarra que reposa en el suelo. Yo también tengo una que me espera en casa. Pero aún no es hora de volver.

Una plaza, una iglesia, otra plaza cubierta y una calle… Entre el suelo y el cielo, los tejados recorren el horizonte, protegidos por las montañas. Todos se han puesto de acuerdo para abrazarte. Dudo si seguir hacia el Rosal, pero quiero más plazas, más gente, más sol. Trascorrales está muy contenta con sus sillas de madera, sus balcones, flores y colores. Podría ser el escenario de una película o de una serie de televisión de época, pero solo es una plaza en mi pequeña gran ciudad. Y después, una puerta que se abre hacia otra plaza con más tejados, palacios encantados, libros y árboles. Me detengo en mitad de un oasis de ramas y hojas que se dejan mecer por la brisa que se cuela en cada resquicio de sombra. Algún peatón despistado, busca refugio en este día que la primavera le ha robado al verano. Hoy es un regalo. Uno que no quiero dejar escapar. Porque no siempre puedo pasear a esta hora, no siempre hace sol, ni tampoco esta plaza descansa, sin las voces que gritan gangas detrás de sus puestos. No siempre será hoy, y tal vez, no exista un mañana.

Cuelo mis pasos por las estrechas aceras hasta llegar al Riego. Más terrazas, más sol, más vida… La muralla que la bordea me enseña el camino hasta la antigua Universidad. Eres traviesa, a veces haces que me tropiece con tesoros sin yo darme ni cuenta. Espera… No seas impaciente, que aún quiero saludar a alguien muy especial. Don Úrculo descansa en su plaza y me hace un gesto con el sombrero que le acompaña día y noche. Bajo reloj de Porlier está el último piso de la casa en la que hace tiempo imaginé una historia.

Desde allí, la calle desciende en una comitiva de árboles y farolas que me llevan hasta la Escandalera, al campo San Francisco, la calle Uría y la antigua estación de tren. Fuentes, estatuas, farolas, árboles, luz y edificios, que se elevan para indicarme que ya he llegado a la mitad del camino. Por hoy ya ha sido suficiente.

Emprendo la subida hacia mi casa, una cuesta prolongada que me sé de memoria. Dicen que vendrán más días como éste, pero tú y yo sabemos que no serán igual. Dejo que suene la música dentro de mis cascos, “I only want to be with you”.

Autora:Patricia Bernardo. Relato publicado “La Nueva España” el día 2 de junio de 2019.

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Los restos de lo que fuimos

Los restos de lo que fuimos

Foto: Rebecca Bathory. https://www.rebeccabathory.com

 

Quedaban pocas cosas intactas después de tantos años de abandono. Sólo un viejo tresillo de seda, ennegrecido por el polvo, permanecía quieto en mitad del salón, como una imagen perenne de nosotros, resistiéndonos a dejar aquel lugar antes de que se destruyese para siempre. ¿Cuánto tiempo nos quedaba? Era difícil saberlo.

El techo ya había cedido a la presión, derrumbándose, y los escombros de recuerdos se apilaban sin piedad, como cadáveres después de una masacre. Pero las esbeltas paredes aún permanecían erguidas y guardaban todos nuestros secretos: las cosas que nos dijimos en voz alta y también las que nos susurramos, las veces que las acariciamos y las que las rasgamos.

Sin embargo, al mirar por los sucios ventanales que, en otro tiempo, fueron lluvia, sol, noche y día, divisé algo inmenso y desconocido, lleno de posibilidades. La luz de la mañana se proyectó sobre lo que quedaba de nosotros, como una llamada del más allá advirtiendo que el tiempo de visita había tocado a su fin. “Aquí ya no se puede estar. Es hora de decir adiós” me dije. Salí sin mirar atrás y respiré el aire del amanecer, cegada por la luz que me había invitado a irme. Lo que fuimos y donde vivimos, se desplomó a mis espaldas, como un truco de magia. Solo entonces, al mirar atrás y ver que ya no quedaba nada, fui capaz de caminar hacia ese horizonte esperanzador que se vislumbraba a lo lejos y que se llamaba: vida.

 

Autora: Patricia Bernardo.

Una escena: Cruce de caminos.

Una escena: Cruce de caminos.

Foto:  Anuncio de publicidad de camisas IKE. La Voz de Asturias. Gijón.

 

Después de estar algún tiempo sin publicar, quiero compartir con vosotros mi experiencia en el Master de Creación Literaria que estoy cursando con la Universidad Internacional de Valencia (VIU) a distancia. Es una gran suerte poder aprender de escritores tan enormes como Espido Freide, Nuria Barrios, Violeta Serrano, Vanessa Monfort y Pedro Ángel Palou García. Aún me quedan unos cuantos por conocer… Todo un reto, un esfuerzo también, pero sobre todo, un incentivo enorme a mi creatividad que trama sin cesar. Así que hoy voy a publicar una escena en la que doy vida a un personaje y lo pongo en movimiento. No se si de aquí saldrá algo más o si esta escena se quedará guardada en un cajón, esperando a que la reviva mas adelante, como me pasó en mi primera novela. Pero ésta podría ser la historia de dos mujeres que cruzan su camino una mañana:

 

Charo se despertó con el sabor agridulce de la noche anterior. El reencuentro con su padre la había despojado del armazón de “estoy bien” que la mantenía a salvo. En ese momento sentía que no quedaba nada de la vieja Charo, la que se había subido a un tren desde Madrid para volver a su casa, después de casi un año de ausencia. La distancia había sido mitigada con breves llamadas que rara vez le devolvían algún reproche. Su padre se había mantenido firme en su postura, esa que con el silencio decía más que hablando. Y así se lo encontró al regresar a casa, igual que la última vez que se despidieron, sentado en el mismo sillón, absorto en recuerdos que hacía tiempo no compartía con nadie. Sin embargo, esta vez, sus ojos grises y acuosos, habían mirado a Charo desde su cara chupada diciéndola: “¿Por qué tardaste tanto?”. Al recordar esa imagen sintió cómo el estómago se le revolvía con fuerza. Ella sabía que la enfermedad de su padre no había sido la verdadera razón de su vuelta, sino una excusa para encontrar respuestas.

Afuera, Gijón amanecía y su cama de adolescente olía a la reconfortante humedad del mar. Buscó refugio en el baño, arropada con la chaqueta de lana del día anterior, sintiendo cómo el frío de las baldosas se colaba por sus zapatillas. Al aclararse la cara y mirarse en el espejo, tardó en reconocerse. Su imagen pintaba muy diferente bajo esa luz. Pero después de unos minutos de presentaciones, se familiarizó de nuevo con la Charo de rasgos afilados y ojos color miel… Sonrió al recordar que siempre echaba en cara a su padre haber heredado su nariz aguileña. Él la consolaba diciéndola que, como compensación, había ganado la sonrisa perfecta de su madre. Un nuevo retortijón le revolvió el estómago, como un pellizco malintencionado que le pilla a uno por sorpresa.

“A correr” se dijo, espantando los recuerdos. Sacó la ropa de la maleta aún sin deshacer y se puso sus mallas, una sudadera y zapatillas “running”. Bajó las escaleras de madera con cuidado de no despertar a su padre. Pero él ya estaba en la cocina, desayunando, mientras escuchaba las noticias de la radio.

–Mucho madrugas hija. ¿Dormiste bien? – preguntó al verla.

Charo aspiró el olor a café que salía de la italiana y sonrió con fingida jovialidad (ocultando la ansiedad que la empujaba a escapar).

–¡Dormí de maravilla!  –contestó después de darle un beso en la frente–. Pero ahora me voy a correr un poco.

Su padre arqueó las cejas.

 –¿Con el estómago vacío? –preguntó extrañado.

–Si papa, sino me puede sentar mal. No te preocupes. Volveré en una hora –dijo mientras se recogía el pelo.

–Ten cuidado… –contestó en voz baja, como si hablase para sí, concentrándose de nuevo en su taza de café.

Pero Charo ya se había ido, emprendiendo un suave trote a través del camino empedrado que conducía al puerto. Hinchó sus pulmones y sintió cómo el aire oxigenaba su cabeza, llenándola de tranquilidad, mientras el mar aparecía ante sí cubierto por una luz rojiza esperanzadora.

El día que Martín le dijo que no tenía pensado dejar a su mujer, se encontró de golpe con las sacudidas en el estómago que la dejaban sin aire, las mismas que había sentido cuando su madre murió. Aida le recomendó entonces hacer algo de ejercicio, transmitiendo a su amiga los hábitos saludables que a ella le habían dado resultados. “Correr a sus treinta y cinco años… Ella que se reía de la moda de los “runner” y adoctrinadores de vida sana que la inundaban y aburrían por igual…” pensó. Sin embargo, correr la había salvado. Y ahora se aferraba a ello como una droga. Su mente vagaba libre y caprichosa, conectándose y desconectándose con la realidad.

En esas estaba mientras sonaba en su Spotify “Another Star” de Stevie Wonder, imaginándose en un crucero estilo “Vacaciones en el mar”, cuando se dio cuenta de que se había desviado demasiado de su camino, llegando hacia una zona deshabitada, cerca de una fábrica destartalada. Ya se disponía a dar la vuelta cuando de repente, como salida de la nada, una mujer vestida con una bata, el pelo blanco enmarañado y caminar sonámbulo, se atravesó en su camino, como una oveja descarriada de su rebaño. A punto estuvo de llevársela por delante.

–Señora… ¿Se encuentra bien? –exclamó, parándose en seco mientras se quitaba los cascos.

La mujer, que rondaría los setenta años, la miró con los ojos de una niña que ha perdido a su madre y no sabe qué decir.

–¿Dónde vive? –insistió Charo.

La mujer, abrumada por las preguntas, arrugó su cara en un gesto de dolor y señaló hacía la vieja fábrica.

–Yo…vivo ahí –contestó al fin.

Charo miró el paisaje desolado que las rodeaba. Pero “ahí” no había nada más que escombros y dos mujeres que se habían desviado de su trayecto por diferentes razones.

Estaba claro que la carrera de aquella mañana duraría más de la hora prevista.

Autora: Patricia Bernardo.

La otra ciudad

La otra ciudad

Foto:  “La Nueva España”. 21-09-2012.

Este relato fue publicado el viernes 14 de septiembre de 2018 en el periódico “La Nueva España”, edición Oviedo; dentro de un apartado llamado: “Historias Mateínas”, en el que escritores ovetenses fuimos plasmando durante una semana relatos, sensaciones o historias en las que las fiestas de la ciudad estuviesen presentes.

La sorpresa fue que, contra todo pronóstico, el día escogido para publicar mi relato fue el mismo del pregón de las fiestas. Y yo me enteré esa misma mañana, de la que iba a trabajar, al recibir un mensaje de un compañero que me felicitaba por mi columna… “¿Qué columna?”, pensé yo. Y  resultó ser que se había adelantado su publicación.

Aunque muchos amigos lo habéis leído ya, no se puede acceder a él vía internet salvo que estéis suscritos al periódico, y sería una pena que un relato al que le tengo tanto cariño quedase reducido a un recorte de peiródico en mi casa,  o a una foto parcial en las redes sociales.

Este espacio es mi bunker, donde deseo que encontréis todo lo que escribo y comparto con los que habéis descubierto mi rincón. Así que… es todo vuestro.

La otra ciudad:

Observo mi ciudad, tranquila y sigilosa, adormecida por el verano perezoso y caprichoso que empieza a irse lentamente. La imagino cansada de fugaces paseos de turistas, de la soledad del que se queda y tiene que soportar el vacío que deja quien se va buscando algo mejor.

En San Mateo, Oviedo deja de ser poco mía y se transforma en otra ciudad, callejera, gritona, nocturna y resacosa. Una prefabricada, que se construye a golpe de chiringuitos, escenarios y focos que tapan a la de siempre, que permanece latente, a la espera de que le quiten el disfraz.

 

Oviedo se monta y desmonta tan sigilosamente como una cenicienta se desprende de su vestido, pasada la media noche. Vive una ciudad paralela, llena de rincones construidos para unos días que después se irán. Y como suele ocurrir cuando alguien es protagonista, todo el mundo se pelea por llamar su atención. Eso fue lo que me dijo el día en que la conocí…

 

Aquella noche mis planes se habían esfumado de la misma manera que cualquier posibilidad de hacer otros nuevos. Así que decidí salir a comer un bocata de calamares y beber una cerveza en el chiringuito en el que estaba echando una mano un colega. Todo el mundo había salido a la calle y era difícil no sentirte acompañado. Pegar un mordisco a tu bocata y saludar sin perder la dignidad, se había convertido en un reto.

Fue después cuando la vi reflejada en la pantalla del “Pinón Folixa”, pero ella hacía como si nada, como si la fiesta no fuese cosa suya o mejor dicho: como si ella fuese la fiesta. Llevaba los labios pintados de rojo y el pelo revuelto. Sus ojos envueltos de rimel me sonrieron desde el otro extremo de la barra. Yo levanté mi cerveza a modo de saludo y ella se abrió paso entre la multitud.

—Te conozco —me dijo.

— ¿Ah sí? —contesté un poco confuso. Ella sonrió.

—Si, te veo pasar muchas veces por la plaza de la catedral. La atraviesas a zancadas. ¿La has contado  alguna vez? —preguntó sin parpadear.

 — ¿Perdona? —respondí sin saber si la había escuchado bien.

— ¡Que si has contado cuantas zancadas mide la plaza de la catedral! —gritó.

La miré extrañado, no se si por la pregunta, porque era la primera vez que la veía o por las dos cosas a la vez…

–No… ¿Y tú?

Se rió de nuevo y movió la cabeza de un lado encogiéndose de hombros.

—No… Se me acaba de ocurrir según estaba hablando contigo. Tardaría un rato porque no tengo las piernas tan largas. —dijo mirando sus vaqueros desgastados con resignación.

Generalmente la gente tiene prisa por acortar las conversaciones, los que las escuchan y los que hablan. Pero en nuestro caso, ahí estábamos, uno frente a otro. Yo la miraba con una sonrisa a medio hacer. Ella no paraba de hablar mientras le daba sorbos a su cerveza. Era graciosa e imprevisible.

—En San Mateo las plazas dejan de ser plazas y las calles pierden su nombre. La ciudad de verdad está detrás de todo esto. Aunque siempre tengo la sensación de que permanece a la espera de algo que no llega y me da ganas de zarandearla para que espabile —suspiró mientras sacaba un cigarrillo. —Supongo que está despechada, igual que yo… —dijo con gesto de fastidio, mientras le daba fuego.

— ¿Por qué estás despechada?

—Verás… —echó una calada a su cigarrillo y después continuó —me sentí muy sola este verano. Te fuiste, mientras yo me quedaba aquí, como siempre, paseando a unos cuantos turistas por la ciudad. Esperando a que tú y el resto volvieseis —esta vez sonería con melancolía. —De repente todo es luz, música, fiesta… Y hasta tú te has fijado en mí. ¿Tengo que vestirme de fiesta para que lo hagas?

No sabía si se trataba de una actriz que ensayaba su papel o solo una chica que trataba de ligar conmigo, pero no podía dejar de mirarla. Sorprendido, confuso, hechizado…

Justo en ese momento empezó a sonar “Purple Rain”, de Prince. Y entonces, recordé aquella noche en la que Slash se subió al escenario del Pinon a tocar con los “Stormy Mondays”… Sonrió de nuevo, recuperando su jovialidad y como si adivinase mi pensamiento dijo —Si, aquella noche fue gloriosa… Deberías estar más atento cuando vas por la calle, porque te lo estás perdiendo.

— ¿Y qué es eso que me estoy perdiendo?

Ella me regaló una sonrisa aún más grande que las demás y exclamó:

 — ¡A mi! —después se dio la vuelta para irse.

—¡Espera! ¿No me vas a decir al menos cómo te llamas?

La chica de labios rojos y ojos envueltos en rimel, se acercó por última vez y me susurró algo al oído. Después, se perdió entre la multitud y desapareció. Aún hoy sigo preguntándome si fue real o solo un sueño. Desde entonces, siempre que atravieso la Plaza de la Catedral para ir a trabajar, me acuerdo de su nombre: Oviedo. Y ahora nunca la pierdo de vista.

Autora: Patricia Bernardo.

Publicado en el periódico “La Nueva España”, Oviedo, el 14 de septiembre de 2018.

Alta fidelidad

Alta fidelidad

Hoy quiero recordar en “Hemingway tenía razón” una película que volví a ver hace unos días, en uno de esos canales que acostumbran a poner buenas películas. Generalmente son antiguas, más por los años que tienen que por otra cosa, porque se podría decir que muchas de ellas son atemporales y permanecen vivas en el tiempo, sin pasar de moda. Esto sucede en TCM un canal que emite cosas buenas, muy buenas, y hace el repaso de carreras de actores, actrices y directores de cine clásico. Uno de esos días en los que estaba enchufada a la televisión, mi antigua, pequeña y vintage televisión (que parece la NASA, con tanto cable y dispositivo conectado para ver todo lo que se puede ver) reapareció: “Alta fidelidad” dirigida por Stephen Frears, uno de mis directores preferidos. Con John Cusack y el gran Jack Black al frente.

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Para los que no la habéis visto: ¡Hacedlo ya! Porque mientras la veía me di cuenta de una cosa: el tiempo había pasado tan deprisa que una de mis pelis favoritas se había convertido en un… ¿clásico?! “¿Habían pasado ya casi veinte años?”, pensé al intentar recordar qué hacía yo por aquél entonces… Sí, ese fue uno de los momentos estrella en los que me dí cuenta de que ya tenía cuarenta y sin saber cómo ni por qué, el tiempo había pasado tan rápido que algunas cosas que antes recordaba con detalle y nitidez, ahora se habían difuminado en mi memoria, obligándome a entornar los ojos como medida de presión, con la esperanza de que me viniese a los labios ese nombre que tenía en la punta de la lengua…  Bla, bla, bla… Olvidaros de todo eso. El tiempo solo importa para no perderlo y ponerse a ello cuanto antes.

“Alta fidelidad” (“High Fidelity”) basa su argumento en una novela con el mismo título, escrita por  Nick Hornby en 1995. Fiel en casi todo, a excepción de que en la novela, el protagonista se llama Rob Fleming y vive en Londres, mientras que en la película se hace llamar Rob Gordon y vive en Chicago.

Diferencias a parte, la historia es la misma: John Cusack interpreta a Rob Gordon, un treintañero melómano y dueño de una tienda de discos de vinilo llamada “Championship Vinile”, donde trabaja con Dick (Todd Louiso) y Barry (Jack Black), dos que, como él cuenta, un día aparecieron en su tienda para ayudarle porque les gustaba la música y desde entonces no faltaron a la cita ni una sola vez. Ya era demasiado tarde para despedirles…

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Los tres entienden la vida a través de la música. Y ésta está presente en toda la película como hilo conductor. Cada momento, cada recuerdo, tiene  nombre de canción. Pero estos  freakes musicales, tienen tan poco éxito en la tienda como con las mujeres.

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Y es precisamente la ruptura de Rob (John Cusack) con su novia Laura (Iben Hjejle) la que da arranque a  la película y hace que su protagonista comience a recordar sus cinco grandes fracasos sentimentales, las cinco novias que le dejaron y mas daño le hicieron, a través  de un diálogo directo y desenfadado con el espectador y sus amigos, acompañado de la gran colección de discos de vinilo con los que vive en su apartamento.

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Esta película no solo es buena por el argumento, que en realidad ya viene dado por la novela, sino por la puesta en escena de John Cusack, que se hace con la película, la música,  la estética y en suma, la dirección que realiza el gran Stephen Frears. Por algo fue nominada al mejor guión adaptado en los Premios BAFTA por el sindicato de guionistas y  Cusack a los Globos de oro como mejor actor en comedia y musical.

Pero lo mejor de todo es, como siempre, que una cosa conduce a otra. Y en este caso “Alta fidelidad” te lleva hasta una gran banda sonora. En ella encontrarás temas míticos de Neil Young, The Clash, The Smiths, Elvis Costello & the Attractions, Chuck Berry, Elvis o Aretta Franflin entre otros artistas…  Así que ya sabéis, mientras tengáis tiempo no lo desperdiciéis y disfrutad. ¡Buen fin de semana amigos!

Patricia Bernardo.

 

Deliciosa asfixia

Deliciosa asfixia

 

La ciudad me recibe con todo su caos, con el desorden adquirido por el paso el tiempo que forma parte de ella, reflejado en las fachadas de sus edificios y su ajetreado tráfico. Todo es bello y terrible a la vez. Como un precioso niño con la cara tan sucia que a penas se intuye su belleza sino fuera por sus grandes ojos azules.

Así es Nápoles, sucia, pero bella. Llena de vida y pasión, como la de dos que acaban de sudar juntos y se despiertan con sus cuerpos pegados. Deliciosamente asfixiante. Como esa persona de la que te despides con la promesa de que volverás a verla, aliviada por la marcha, y a la vez excitada por la esperanza de un futuro incierto e idílico, en el que se repita un encuentro. Aunque en lo más profundo de tu ser sepas que hay lugares en los que no puedes quedarte y personas a las que quizás no vuelvas a ver.

Nápoles 07-08-2018

 

Autora: Patricia Bernardo.