La otra ciudad

La otra ciudad

Foto:  “La Nueva España”. 21-09-2012.

Este relato fue publicado el viernes 14 de septiembre de 2018 en el periódico “La Nueva España”, edición Oviedo; dentro de un apartado llamado: “Historias Mateínas”, en el que escritores ovetenses fuimos plasmando durante una semana relatos, sensaciones o historias en las que las fiestas de la ciudad estuviesen presentes.

La sorpresa fue que, contra todo pronóstico, el día escogido para publicar mi relato fue el mismo del pregón de las fiestas. Y yo me enteré esa misma mañana, de la que iba a trabajar, al recibir un mensaje de un compañero que me felicitaba por mi columna… “¿Qué columna?”, pensé yo. Y  resultó ser que se había adelantado su publicación.

Aunque muchos amigos lo habéis leído ya, no se puede acceder a él vía internet salvo que estéis suscritos al periódico, y sería una pena que un relato al que le tengo tanto cariño quedase reducido a un recorte de peiródico en mi casa,  o a una foto parcial en las redes sociales.

Este espacio es mi bunker, donde deseo que encontréis todo lo que escribo y comparto con los que habéis descubierto mi rincón. Así que… es todo vuestro.

La otra ciudad:

Observo mi ciudad, tranquila y sigilosa, adormecida por el verano perezoso y caprichoso que empieza a irse lentamente. La imagino cansada de fugaces paseos de turistas, de la soledad del que se queda y tiene que soportar el vacío que deja quien se va buscando algo mejor.

En San Mateo, Oviedo deja de ser poco mía y se transforma en otra ciudad, callejera, gritona, nocturna y resacosa. Una prefabricada, que se construye a golpe de chiringuitos, escenarios y focos que tapan a la de siempre, que permanece latente, a la espera de que le quiten el disfraz.

 

Oviedo se monta y desmonta tan sigilosamente como una cenicienta se desprende de su vestido, pasada la media noche. Vive una ciudad paralela, llena de rincones construidos para unos días que después se irán. Y como suele ocurrir cuando alguien es protagonista, todo el mundo se pelea por llamar su atención. Eso fue lo que me dijo el día en que la conocí…

 

Aquella noche mis planes se habían esfumado de la misma manera que cualquier posibilidad de hacer otros nuevos. Así que decidí salir a comer un bocata de calamares y beber una cerveza en el chiringuito en el que estaba echando una mano un colega. Todo el mundo había salido a la calle y era difícil no sentirte acompañado. Pegar un mordisco a tu bocata y saludar sin perder la dignidad, se había convertido en un reto.

Fue después cuando la vi reflejada en la pantalla del “Pinón Folixa”, pero ella hacía como si nada, como si la fiesta no fuese cosa suya o mejor dicho: como si ella fuese la fiesta. Llevaba los labios pintados de rojo y el pelo revuelto. Sus ojos envueltos de rimel me sonrieron desde el otro extremo de la barra. Yo levanté mi cerveza a modo de saludo y ella se abrió paso entre la multitud.

—Te conozco —me dijo.

— ¿Ah sí? —contesté un poco confuso. Ella sonrió.

—Si, te veo pasar muchas veces por la plaza de la catedral. La atraviesas a zancadas. ¿La has contado  alguna vez? —preguntó sin parpadear.

 — ¿Perdona? —respondí sin saber si la había escuchado bien.

— ¡Que si has contado cuantas zancadas mide la plaza de la catedral! —gritó.

La miré extrañado, no se si por la pregunta, porque era la primera vez que la veía o por las dos cosas a la vez…

–No… ¿Y tú?

Se rió de nuevo y movió la cabeza de un lado encogiéndose de hombros.

—No… Se me acaba de ocurrir según estaba hablando contigo. Tardaría un rato porque no tengo las piernas tan largas. —dijo mirando sus vaqueros desgastados con resignación.

Generalmente la gente tiene prisa por acortar las conversaciones, los que las escuchan y los que hablan. Pero en nuestro caso, ahí estábamos, uno frente a otro. Yo la miraba con una sonrisa a medio hacer. Ella no paraba de hablar mientras le daba sorbos a su cerveza. Era graciosa e imprevisible.

—En San Mateo las plazas dejan de ser plazas y las calles pierden su nombre. La ciudad de verdad está detrás de todo esto. Aunque siempre tengo la sensación de que permanece a la espera de algo que no llega y me da ganas de zarandearla para que espabile —suspiró mientras sacaba un cigarrillo. —Supongo que está despechada, igual que yo… —dijo con gesto de fastidio, mientras le daba fuego.

— ¿Por qué estás despechada?

—Verás… —echó una calada a su cigarrillo y después continuó —me sentí muy sola este verano. Te fuiste, mientras yo me quedaba aquí, como siempre, paseando a unos cuantos turistas por la ciudad. Esperando a que tú y el resto volvieseis —esta vez sonería con melancolía. —De repente todo es luz, música, fiesta… Y hasta tú te has fijado en mí. ¿Tengo que vestirme de fiesta para que lo hagas?

No sabía si se trataba de una actriz que ensayaba su papel o solo una chica que trataba de ligar conmigo, pero no podía dejar de mirarla. Sorprendido, confuso, hechizado…

Justo en ese momento empezó a sonar “Purple Rain”, de Prince. Y entonces, recordé aquella noche en la que Slash se subió al escenario del Pinon a tocar con los “Stormy Mondays”… Sonrió de nuevo, recuperando su jovialidad y como si adivinase mi pensamiento dijo —Si, aquella noche fue gloriosa… Deberías estar más atento cuando vas por la calle, porque te lo estás perdiendo.

— ¿Y qué es eso que me estoy perdiendo?

Ella me regaló una sonrisa aún más grande que las demás y exclamó:

 — ¡A mi! —después se dio la vuelta para irse.

—¡Espera! ¿No me vas a decir al menos cómo te llamas?

La chica de labios rojos y ojos envueltos en rimel, se acercó por última vez y me susurró algo al oído. Después, se perdió entre la multitud y desapareció. Aún hoy sigo preguntándome si fue real o solo un sueño. Desde entonces, siempre que atravieso la Plaza de la Catedral para ir a trabajar, me acuerdo de su nombre: Oviedo. Y ahora nunca la pierdo de vista.

Autora: Patricia Bernardo.

Publicado en el periódico “La Nueva España”, Oviedo, el 14 de septiembre de 2018.

A Jack le gustan las margaritas

A Jack le gustan las margaritas

“Las personas mayores nunca son capaces de ver las cosas por si mismas y es muy aburrido para los niños tener que darles explicaciones una y otra vez…” El Principito.

 -¡Mama, he descubierto algo fantástico! Lucas tiró su bicicleta en el jardín de casa, subió corriendo las escaleras del porche y se puso de puntillas para abrir la puerta.

-¡Mamá, mamá! -seguía gritando, mientras iba de una sala a otra buscando a su madre, hasta encontrarla en la cocina. Su madre estaba concentrada limpiando la encimera. Ante los ojos de Lucas parecía muy alta y segura. Dejó lo que estaba haciendo y se giró para ver llegar a su hijo rojo de excitación.

-¿Pero qué es eso tan importante que has descubierto pequeño ratón? -dijo mientras ponía sus brazos en jarras y miraba a Lucas con gesto de guasa, ladeando ligéramente la cabeza.

–Mama… Ya sabes que no me gusta que me llames ratón. Los ratones son roedores que comen queso y a mi no me gusta el queso -contestó resoplando a modo de enfado. Su madre intentó mantener el gesto serio.

–Es verdad cariño. Siempre se me olvida que no te gusta el queso. Así que dime: ¿qué es eso tan fantástico que me tienes que contar?. Menuda sudada traes anda… -dijo mientras revolvía su pelo y le daba un beso a Lucas en su carita llena de pecas.

-¡Verás mama, hoy he descubierto que a los perros les gusta comer flores! -dijo con la cara iluminada por el descubrimiento. Su madre se rió con ganas.

-¿Flores? Pero, cariño, a los perros les gusta comer de todo menos… Un momento… ¿A qué perro te refieres?

La madre se inquietó al mismo tiempo que caía en la cuenta de que ellos tenían un perro, el viejo y bueno de Jack.

Lucas cambió su gesto alegre por otro de fastidio. “Los mayores a veces parecen tontos”, pensó.

-¡Pues qué perro va a ser!. Jack mama, el único perro del mundo. No conocemos más perros. Mama, a veces pienso que no enteras de nada -dijo abriendo sus manos para expresar su desconcierto-

 “Ay dios, que nos hemos quedado sin perro”, pensó su madre mientras miraba por la ventana de la cocina buscando a Jack.

–Lucas… Dime que no le has dado de comer ninguna cosa rara a Jack. Sabes que es mayor y tiene un estómago delicado.

La madre había cambiado su gesto de guasa por un mas serio. Lucas, por supuesto, no entendía nada.

 –Mama, Jack se ha comido unas margaritas en el jardín y le gustaron. ¿No te parece fantástico?. Jack es un perro especial y vivirá muchos, muchos años porque cuando se acabe la comida de perros en el mundo, él se alimentará de margaritas. Yo las he probado pero no me acaban de gustar. Prefiero el bocadillo de Nocilla. Mamá… Tengo ganas de merendar -dijo Lucas mientras volvía a resoplar.

La madre no sabía si reírse o abrirle la boca para que escupiese las margaritas que se acaba de zampar. Pero acabó riéndose y encogiéndose de hombros. A fin de cuentas: ¿qué daño podían hacer unas pocas margaritas a Lucas y a Jack?.

-Eso está hecho. Pero antes de nada, vete a lavarte las manos y después, me sigues contando tu teoría sobre los perros y las margaritas -contestó su madre. Miró por la ventana de la cocina  y observó aliviada que Jack bebía agua en el jardín.

Lucas corrió por el pasillo feliz de que su madre por fin entendiese algo tan sencillo como que a Jack le gustaban las margaritas.

Patricia Bernardo Delgado.

“Tardes de domingo con Marilia”

“Tardes de domingo con Marilia”

El anciano se recogió los pantalones que le quedaban demasiado grandes. Los enderezó en la cintura y dejó el importe de la cuenta encima de la mesa. A su alrededor todo era ruido de tazas y platos que chocaban al apilarse, mientras el camarero de camisa blanca y pajarita gastada intentaba terminar rápido para atender otra mesa. Era domingo y el trajín de la gente entrando y saliendo de la cafetería, se mezclaba con el olor de los pasteles y el hojaldre recién horneado. Nadie se había percatado en el anciano que se había quedado mirando a través del gran ventanal que daba a la estación de tren, paralizado, como si hubiese visto a un fantasma. Sus ojos se habían aguado y su boca temblaba. Sin embargo, a fuera solo había un gran reloj que coronaba la estación de tren y anunciaba que eran las seis de la tarde, y taxis, coches y personas cargadas con maletas. Pero no era lo que había ahí fuera lo que hacía que el anciano se perturbase, sino el recuerdo reflejado en el cristal de una de tantas tardes de domingo, a esa misma hora, en esa misma estación, en las que Marilia le esperaba y se arrojaba a su cuello al verle salir del tren, como si de un salvavidas se tratase y le abrazaba tan fuerte y tantos besos le daba, que él terminaba apartándola con  suavidad, atosigado por su efusividad. Ese recuerdo tan lejano había vuelto de repente, sin previo aviso a la frágil mente del anciano, devolviéndole su propia imagen reflejada en el cristal, demasiado arrugada y flaca. Ahora, recordó por qué iba cada tarde a esa cafetería. Volvía para reencontrarse con Marilia, aunque no lo supo hasta ese domingo de mayo, en el que se recogió el pantalón y pagó la cuenta para irse a su casa, y después sentarse en la gran butaca del salón frente al televisor. Al día siguiente vendría Manuela y abriría la puerta con su habitual remango, y le alegraría como siempre sus mañanas con su parloteo incansable. Pero él sabía que volvería el domingo siguiente a ese lugar, a esa cafetería, a buscar a través del ventanal el recuerdo de Marilia, aunque no lo recordase, aunque seguramente olvidase el motivo, y no volviese a representarse de una forma tan viva como la de aquella tarde… Horas después, el anciano pudo por fin quedarse dormido mientras el murmullo de la televisión le acompañaba… Una sonrisa se dibujada en su cara. Era la sonrisa del recuerdo vivido y encontrado en su memoria, y esa noche soñó aferrado a él, disfrutando de ese momento, quizás efímero, quizás reincidente.

Autor: Patricia Bernardo Delgado

La cumbre de la vida

La cumbre de la vida

Foto: Bansky.

Lucía y Simón decidieron emprender un viaje en busca de la “La montaña de la vida”. Ese lugar había adquirido mucha fama porque las personas que conseguían llegar hasta su cima, experimentaban un cambio en su vida imposible de explicar. Nadie de los que allí habían estado, eran capaces de definir lo que habían visto, ni sentido. Tampoco qué cosas de su vida habían cambiado a partir de ese momento. Tan solo alcanzaban a resumir su experiencia como: “Inolvidable” “indescriptible”, “grandiosa”. Otros llegaban mas allá y decían: “Me ha transformado”. Pero cuando les preguntaban qué era lo que había cambiado, se encogían de hombros y decían: “No sabría explicarlo. Solo sé que mi vida ya no es la misma”.

La expectación crecía conforme los datos eran más escasos. Los periódicos y la televisión se hacían eco de tan extraño lugar del que nadie tenía una fotografía o un documento que acreditase su existencia. Tampoco un mapa ni dirección que indicase el camino a seguir. Sencillamente las personas sabían que tenía que ir y lo hacían. Muchos pensaban que se trataba de una leyenda, de una historia de un grupo de visionarios, que habían perdido la cabeza o pretendían difundir entre la población alguna extraña creencia, que después, conduciría a que existía un Dios que reinaba en dicho lugar y te concedería la eterna existencia. Pero con el paso del tiempo, visitar la montaña de la vida y alcanzar su cumbre, se había convertido en algo tan común como hacer el “Camino de Santiago”. Dejó de tener tanta expectación y pasó a formar parte de la cotidianeidad de este mundo.

Lucía y Simón tomaron la decisión sin buscarla. Sencillamente una mañana se levantaron, y mientras desayunaban en silencio, como cada día antes de ir a trabajar, se escucharon diciendo -Dentro de tres días viajaremos a la montaña de la vida y subiremos a su cumbre-. Se miraron extrañados, como si sus palabras fuesen articuladas por otras personas. Pero después, siguieron con sus tareas, se ducharon, se vistieron, se despidieron con un ligero beso, emprendiendo el camino hacia su oficina. Puntuales, perfectos, sin alterar ni una sola de sus costumbres.

Cuando Lucía y Simón dijeron a sus jefes que tenían pensado irse de vacaciones a la montaña de la vida, éstos no se sorprendieron. Esperaban que eso sucediese y consintieron sin oponer resistencia con una sonrisa, pues  ellos ya habían visitado hacía mucho tiempo ese lugar. Algunos de sus compañeros los miraron con envidia. Todos les desearon buen viaje, esperando que regresasen pronto para contarles qué era lo que pasaba allí, si es que eran capaces de hacerlo.

No fue difícil encontrar el camino. El coche los había conducido durante algunos kilómetros a las afueras de la ciudad. Todo el trayecto se fue transformando ante sus ojos, cobrando una luz apagada y gris. Se pararon en el margen de la carretera, rodeada por un bosque rodeado de pinos, en lo que parecía ser un camino de graba. Se bajaron del coche y cogieron sus mochilas. Simón se adelantó para apartar la maleza que tapaba el cartel que decía: “Bienvenidos a la montaña de la vida”. Abrió la puerta de metal oxidado que le separaba de la entrada. Lucía y él se miraron con los ojos cargados de excitación. Pero no dijeron nada. Sencillamente entraron en el bosque y empezaron a caminar. La luz había cambiado de color, el cielo ya no estaba gris y amorfo. Olía a eucalipto, a pino, a helecho y a mil y una flores… Se oía el sonido alegre y vivaz de algún pájaro y el tímido ronroneo de los insectos que deambulaban escondidos… Caminaron por el sendero que marcaba el camino hasta que llegaron a una pendiente que parecía interminable. Miraron descorazonados hacia arriba, buscando el final. A penas vislumbraron la cima, la famosa cumbre a la que debían llegar, rodeada de nubes blancas, que giraban y giraban a su alrededor… Pero no se dieron por vencidos. Ese era su destino y para eso habían llegado hasta ahí…  Así que comenzaron a subir, dejando que las horas transcurriesen sin otra idea que llegar a la cima.

El calor apareció para complicar aún más las cosas y después, el malhumor, el hambre y el cansancio, que  llegaron a la vez que la paciencia  se esfumaba. De repente, Lucía y Simón empezaron a mirarse con profundo desprecio el uno al otro. Lucía no soportaba el ruido que Simón hacía al respirar, ni cómo pisaba con fuerza el suelo, levantando el polvo de la arena del camino. Simón no aguantaba que Lucía se quejase de forma lastimosa por cualquier contratiempo, ni que necesitase parar cada poco para coger aliento, orinar o beber agua. -No bebas tanta agua y así mearás menos- pensaba- y de paso no acabas con el agua-. Definitivamente aborrecía a Lucía y a su egoísmo sin límites. Y Lucía veía a Simón como un amargado que solo sabía detectar en ella esos pequeños defectos que, por otra parte, ella consideraba más humanos que sus “tic” nerviosos.

Tal llegó a ser el rechazo entre ambos, que Lucía comenzó a apurar el paso para ir delante de Simón, y él empezó a considerar su “hazaña” como la mayor tontería que había hecho en muchos años. -¿Por qué estaba viviendo con aquella mujer tan sumamente insoportable y egocéntrica?- se preguntaba Simón.  Lucía por su parte, se echaba en cara haber dejado escapar a aquél jovencito de su oficina que le había propuesto salir a tomar unas cervezas, escogiendo volver corriendo a su casa para estar con un hombre incapaz de hacerla sentir especial, y que además, ahora se había convertido en un viejo prematuro con tos, jadeos y el mal humor propio de un amargado. -Si, era un amargado. Y llegaría antes a ese maldito lugar y su vida cambiaría para siempre, pero lo haría sola, sin Simón-

Y así Lucía y Simón caminaron y caminaron, movidos por su profundo odio hacia el otro, y la ansiedad por alcanzar “la cumbre de la vida”. Simón sintió de repente una punzada en su pecho. Pero estaba muy lejos de Lucía, que casi corría pendiente arriba. Pensó que en realidad, le daba igual llegar a la cima de la  montaña. Y que si lo hacía no sería con Lucía. No tenía prisa, ni tampoco ganas de gritar que le esperase, ni de avisarla que acamparía en ese pequeño y encantador claro del bosque que había encontrado como por arte de magia.  Allí decidió quedarse. Se deshizo de su mochila, que apoyó junto al tronco de un árbol, para hacer las veces de almohada y se sentó, recostado sobre ella… La tarde empezaba a refrescar, ahuyentando el calor sofocante que los había acompañado durante el día… El cielo formaba un cuadro moteado por las hojas de los árboles que dejaban pasar los rayos del sol, como destellos que de vez en cuando le cegaban, obligándole a cerrar los ojos… Simón pensó que no había mejor lugar, ni montaña en el mundo que le diese más vida que aquél oasis… Dejó que sus sentidos se deleitasen con el sonido del silencio del bosque… Lucía seguiría caminando cual posesa. Y seguramente llegaría un momento en que se extrañaría de no escuchar sus pasos, o de no verlo avanzar tras ella. Pero… -¿Qué más daba eso ahora?. Él estaría ahí, bajo aquél árbol del bosque… No había prisa…- pensó mientras se quedaba profundamente dormido…-

Lucía había seguido caminando sin ceder ni un ápice en su intento. Ni el calor, ni la sed, ni el cansancio la habían hecho parar, ni mirar atrás. No podía darle el gusto a Simón de mostrarse débil. Quería demostrarle que ella sí que era capaz de soportar cualquier cosa con tal de alcanzar su objetivo. No le necesitaba para llegar a la cumbre de la montaña. Ni a él ni a nadie.

Pero al mirar atrás no vio a Simón. Por más que escalaba y escalaba, para buscar un lugar desde el que atisbar el camino que habían estado recorriendo, no consiguió verle. Al principio le dio igual. Pensó que tarde o temprano aparecería. Pero cuando empezó a atardecer sin tener noticias de Simón, se inquietó. -¿Le habría pasado algo?. No, Simón era demasiado inteligente como para permitir eso- se calmó a sí misma. Y continuó subiendo la cuesta, que cada vez era más pronunciada, estrechándose el camino hasta hacerla pelearse con las zarzas y helechos que le cortaban el paso. Sintió que las piernas le flaqueaban, pero se dijo que si conseguía llegar antes de que anocheciese, sería una gran proeza que Simón tendría que admitir. Y así sacó fuerzas para llegar al final del trayecto, cuando el sol empezaba a acercarse al horizonte… Supo que estaba muy cerca porque el camino se convirtió en unas escaleras de piedra que giraban y giraban, menguando con cada giro… Hasta que por fin lo vio: “La cumbre de la vida”, decía un cartel escrito en letras de colores, tantos como los del arco iris… Justo antes de subir el último escalón Lucía sintió un fuerte malestar interior que le encogió el estómago y redujo su alegría a un estado de angustia. No se oía nada más que un  leve murmullo, como el que producen las personas en la iglesia cuando rezan en silencio… Pero no se escuchaba por ninguna parte la respiración de Simón, ni sus jadeos, ni sus carraspeos para aclararse la garganta… De repente, sintió que la tristeza se apoderaba de ella, empañando el triunfo que unos minutos antes la había embargado… Y ahora… Ahora solo quedaba subir ese último escalón para llegar a la cima de aquella montaña, a  “la cumbre de la vida”.  Pero lo haría ella sola, sin Simón….

Aún así, Lucía se dijo que si él no había subido sería porque no quería, o porque la odiaba tanto que no soportaba la idea de llegar a ese lugar en su compañía… Y así, dejando por un momento atrás todos los malos pensamientos relacionados con Simón, Lucía llegó a “la cumbre de la vida”.

Cuando subió ese último escalón, salió a una nueva superficie, como si acabase de escalar por las tripas de la tierra y estuviese encima de su corteza, en lo alto de una torre desde la que podía ver el mundo entero… Vio con claridad como llamaban a la oración desde Marruecos a Estambul… Como en Tel Aviv los hombres se daban de cabezazos contra un muro en honor a su Dios y en lo alto del Tibet lo hacían en la más pura meditación… Vio como en Nueva Delhi los niños corrían descalzos por la calle. Y en Estados Unidos a un grupo de amish en carretas tiradas por caballos. Vio tribus remotas en la Amazonia y en Nueva Zelanda… Y en Roma al Papa en la piazza del Popolo… Vio los puentes de oro que cruzaban el río Sena en París… Vio todo eso y más, mucho más… La Estatua de la Libertad y  ondear la bandera de los Estados Unidos de América. Los templos japoneses y la muralla china. Vio las montañas de Afganistán y sus pequeñas cuevas, vio las pirámides de Egipto, el Nilo y la Sabana africana, elefantes, tigres, leones, niños a las espaldas de su madre felices, niños y niñas cantando… Vio eso y mucho más… Pero también vio niños descalzos, niños hambrientos, niños muertos y buitres volando a su alrededor,  vio balas cruzando de un extremo a otro del mundo, vio odio, vio miseria, vio ratas corriendo por las calles, vio a mujeres y a hombres sufrir… Respiró el aire de todas las personas que formaban el mundo. A penas pudo asimilar todo el olor que transmitían. Una mezcla entre vida y muerte demasiado fuerte, demasiado emocionante y escalofriante.  Descubrió que ese era el origen del murmullo que había oído subiendo las escaleras de piedra… Las piernas le flaquearon ante la terrible sensación de que estaba sola en la cima de una montaña desde la que podía contemplar con claridad lo que era el mundo. Sintió que toda esa grandeza compuesta por tantas personas, ciudades, pueblos, paisajes, religiones, riquezas y pobrezas, solo la hacían darse cuenta de lo pequeña e insignificante que era. Pues su vida, su pequeña vida, estaba perdida entre toda esa  multitud y quizás nunca llegaría a ser observada por nadie desde esa cima que llamaban “la cumbre de la vida”. Y de serlo, ¿qué sentido tendría para ella que así fuese?. Su vida cobraba sentido porque Simón y ella formaban parte de ella. No había nada especial ni relevante que los hiciese sobresalir entre toda esa diversidad. O quizás, solo sirviese de ejemplo de cómo es la vida de una pareja de jóvenes europeos en el siglo veintiuno. Dos robots programados para levantarse a las seis de la mañana, asearse, desayunar en silencio mientras leen o escuchan las noticias, darse un fugaz beso antes de acudir a sus trabajos y dejar que el día pase para empezar el siguiente… Pero en ese momento en que se encontraba sola en “la cumbre de la vida”, sintió que nada de todo lo visto tenía sentido si no podía compartirlo con Simón. Echó de menos su vida, su deliciosa monotonía que no era sino algo tan maravilloso y grandioso como estar viva. Y empezó a bajar la cumbre a la que había llegado.

Cada paso que daba, cada escalón que bajaba, más y más rápido pensaba entusiasmada en lo estúpida que había sido por no entender que cada momento, aparentemente insignificante, cada taza de café derramada, el despertador anunciando que era la hora de levantarse, cada gota de agua fría que salía de la ducha, cada hora mirando al ordenador, cada noche acurrucada al lado de Simón, cada resoplido o estornudo, cada silencio o cada sonrisa… Cada broma, aún no bien recibida… Esa era “la cumbre la vida”. Descendió, casi rodó por las escaleras de piedra, se magulló luchando contra los helechos, maldijo a la noche por llegar tan rápido y tener que encender su linterna… Deseó llegar cuanto antes donde estaba Simón para contarle todo aquello… De repente, vio a lo lejos una tenue luz, entre unos árboles. Y después, una tienda de campaña y luego, pudo descubrir que se trataba de su tienda de campaña, aquella de color naranja que habían comprado para ir a la montaña de la  vida.- Menudo invento- pensó Lucía -¿Cobrarán comisión los de la tienda de deportes?-

Pero no le dio tiempo a contestarse. Corrió hasta el lugar en que había acampado Simón, gritó su nombre hasta que abrió la cremallera de la tienda en la que dormía, o más bien roncaba dentro de su saco de dormir, ajeno a todo. Lucía jadeaba por el esfuerzo… Zarandeó a Simón… -Pssss… Simón, Simón… Despierta…-. Pero Simón no despertaba. Su sueño era demasiado profundo… Lucía insistió una vez más-Simón… Cariño tengo que contarte algo maravilloso…-. Pero Simón seguía roncando… Lucía insistió por tercera vez hasta que cansada de tanto esperar insistió una cuarta vez -¡Simón!- gritó. Y esta vez Simón si se despertó. O más bien se sobresaltó y pegó un brinco en su saco que a punto estuvo de tirar por los aires la tienda de campaña.

-Pero… ¿Qué coño pasa?- dijo confuso, frotándose los ojos. -¿Te has vuelto loca?- Simón miraba a Lucía desconcertado.

-¡Si!!!!- dijo ella emocionada, abrazando a Simón y besándolo. Tirándose encima de él como si de un perro que encuentra a su amo tras perderse se tratase. Simón empezó a reírse… ¿Así que lo has conseguido, eh?- preguntó mientras abrazaba a Lucía. -¿Has llegado a “la cumbre de la vida”?- preguntó. –Si, llegué- dijo ella. -Cuéntame, cómo es… ¿Es tan increíble como todo el mundo dice? ¿Merece la pena ir?- Lucía se recostó sobre su regazo apoyándose sobre un codo y miró a Simón de una forma distinta a todas las demás veces en las que lo había hecho –Lo más increíble no es el lugar, sino lo que sientes cuando llegas a él y cuando lo que descubres- contestó Lucía. -¿Y qué es?- preguntó Simón aún medio dormido. -Conciencia de tu vida y ganas de vivirla- dijo ella -Y sobre todo, unas ganas terribles de bajar para poder compartir ese hallazgo contigo: “La cumbre de la vida” no es ese lugar, sino este en el que estamos ahora y en el que vivimos cada día. Eso es lo que aprendes ahí arriba-

-Ya…- contestó Simón, mirándola un poco extrañado, pero conmovido por las hojas secas entremezcladas con su pelo despeinado, sus arañazos, y heridas en las rodillas… -Solo tengo una pregunta- añadió –Qué…- dijo ella. -¿Te tiraste rondando por la cumbre para llegar más rápido y venir a despertarme?-. Lucía le miró primero con fastidio y después se rió mientras le pegaba suavemente en el brazo.

Las luces de la noche se fueron alejando y alejando, hasta que la tienda de campaña solo formó un pequeño puntito de luz que a su vez se integró dentro del universo, como una estrella más entre los millones que rondan el cielo… Y allí, en ese pequeño lugar, Lucía y Simón eran observados por otra persona que al contemplarlos tomaba conciencia de su propia vida.

Patricia Bernardo Delgado.

Henry y Picasso

Henry y Picasso

El viento mecía las ramas de los árboles plantados en la calle Perry del West Village. Lo hacía de forma pausada, se tomaba su tiempo para aspirar una bocanada de aire y volverlas a mover. Ellas le seguían el compás, casi bailaban con él, como si hubiesen ensayado una coreografía y ahora la estuviesen presentando ante la ventana desnuda del apartamento.

Un hombre de más de cuarenta años, alto y desgarbado, permanecía sentado, casi encorvado en una silla que le quedaba demasiado pequeña para sus dimensiones. Tenía el pelo un poco largo pero no lo suficiente como para tener un aspecto descuidado. Todo en él estaba esmeradamente poco preparado. Como si la casualidad o la pereza hubiesen creado su atuendo. Una camisa blanca a medio planchar, unos pantalones de loneta beige apretados con un cinturón de piel sujetándolos para que no se cayeran y unos zapatos deportivos completaban su atuendo.

Se llamaba Henry, Henry a secas. Como a él le gustaba decir. Su apellido: Wilson, era demasiado normal, demasiado vulgar. Carecía de importancia. Sólo lo escuchaba en el trabajo cuando su jefe se dirigía a él para pedirle el reportaje de la semana. Ese que tenía que escribir en el último momento y que hacía con verdadero fastidio. Pero le resultaba fácil y rara a vez fallaba en las exigencias de su jefe –Quiero mucha carnaza– le decía– Quiero que resaltes el hecho de que la madre era alcohólica o que su marido le pegaba…– Bien Wilson– decía tras sus gafas de pasta sujetadas por su nariz de gancho –Si… Eso era lo que quería–

Veinte años redactando noticias para un periódico de segunda era algo realmente sencillo. Mary le había dicho muchas veces que debía escribir, que debía hacerlo cuanto antes. No podía desperdiciar su talento. Pero Mary ya no estaba. Ni ella ni el talento. Solo la apatía y la maldita ansiedad que no le dejaban respirar.

Había empezado a escribir en sus noches de insomnio. Se imaginaba a sí mismo publicando una colección de cuentos y a ella orgullosa al leer la noticia. Aparecería en la presentación y volverían a iniciar el suave coqueteo que los había empujado sin proponerselo a estar juntos. Seguramente tendría un novio mucho mejor que él, más normal y seguro de sí mismo. Pero le mandaría a paseo a ver su colección de cuentos y al saber que la había hecho para ella.

Sin embargo, Henry no había conseguido nada de lo imaginado. Tan solo había escrito pequeños relatos inacabados, piezas sueltas y huérfanas de un argumento convincente.

Y ahora, esperaba a que Walter apareciese como cada tarde para preguntarle cómo le había ido la semana. Comenzaría por las cosas que había seleccionado bajo la etiqueta de “poco relevantes”. Después de varios meses acudiendo a su consulta, Walter se había convertido en una costumbre interesante, acogedora y reconfortante… Pero eso no evitaba que Henry cuidase sus conversaciones y la información que quería proporcionarle. Era demasiado hábil. Sabía que quería derribar sus defensas. Las únicas que le quedaban. Y no estaba dispuesto a consentirlo, por muy bien que le cayese el doctor. Solo necesitaba curarse. Dormir sin necesidad de recurrir a pastillas, dejar de sentir ese profundo vacío que lo dejaba desolado e inmovilizado. Dejar de sentir ese ahogo precedido de palpitaciones que parecía que le  iban a reventar el corazón. Necesitaba poder respirar. Necesitaba recuperar a Mary o que su vida cobrase un sentido que ahora parecía imposible.

Walter Miller llevaba más de treinta años ejerciendo la psiquiatría y el psicoanálisis. Había conocido los suficientes casos como para poder hacer un diagnóstico en la primera visita. A veces solo con mirar al paciente o con intercambiar unas pocas frases podía adivinar cuál era la dolencia y cuánto tiempo le llevaría acabar con ella. También había fracasado otras muchas veces. Y gracias a eso se había esmerado aún más en afinar sus métodos.

El caso de Henry era bastante común pero no por eso más sencillo: depresión. La falta de madurez y su negativa a adquirirla habían jugado en su contra al darse cuenta que el transcurso de los años habían creado un gran vacío. Henry era un caso curioso. Y es que quería curarse de verdad. Eso era menos habitual. Pero el gran problema residía en conseguir que se quitase la dura coraza que había construido a lo largo de los años, igual de consistente que la estructura del Partenón. Era demasiado inteligente y conocía muy bien sus zonas débiles que se negaba a mostrar. Su cinismo era su arma. Así que lo más complicado y a la vez entretenido era seleccionar las preguntas adecuadas para llevarle a su terreno.

Se refrescó la cara en el baño antes de la sesión. El espejo reflejó el rostro de un hombre que ya empezaba a convertirse en un anciano. El pelo completamente blanco permanecía intacto, sin atisbo de calvicie. Eso le hacía sentirse orgulloso. Le otorgaba solemnidad y elegancia. Pero las arrugas se había asentado silenciosamente… Habían llegado como un ejército que envía primero a parte de su regimiento a observar el terreno para darle el parte a sus superiores: -Zona despejada mi General–. Después toda la tropa y su artillería habían atacado sin piedad, dejando devastada la zona. Así veía su cara. Como un campo después de la batalla. Podía haber recurrido a la cirugía. Tenía varios colegas que habrían hecho un trabajo discreto. Pero en eso era un conservador. A fin de cuentas, nada le podía aportar un lifting. Se puso la chaqueta de su traje. Admiraba la destreza de su mujer y cómo mimaba cada detalle de su aspecto.

Entró en su despacho con una sonrisa. Henry le caía bien. No era algo que fuese relevante en sus pacientes, pero lo hacía más llevadero. Eso, claro está, no le restaba objetividad al caso, pero siempre resultaba más agradable poder reírse con las conclusiones de Henry y su humor negro, que consolar el llanto de un paciente depresivo. Llorar era una de las cosas que tenía pendientes. Consideraba que si llegaba a quitar todas las corazas de Henry podría liberarse de la angustia que le provocaba el esfuerzo por demostrar que estaba bien. Porque no lo estaba. Había mejorado pero aún quedaba un largo camino.

Henry miraba fijamente una lámina de La Femme-Fleur de Picasso que la esposa de Walter había colgado en el despacho.

–¿Le gusta la nueva adquisición de mi mujer?– dijo Walter a modo de saludo.

Henry se levantó del asiento, empequeñeciendo con su estatura a Walter, que miraba hacia arriba confiado, ofreciéndole la mano, como los niños que observan a un gigante sin tenerle miedo y le ofrecen una golosina. Sin embargo, el paralelismo se terminaba ahí. Ni Walter era un niño confiado ni Henry un gigante cuyas dimensiones superasen a su mente.

–Es un retrato curioso– contestó Henry –Desde luego no le deja a uno impasible–

Walter Miller se sentó en su butaca invitando a hacer lo mismo a su paciente.

–Si, eso pensé yo. Tiene fuerza y pasión. La misma pasión que sentía por la protagonista del retrato, Françoise Gilot. ¿Conoce usted la historia? Es realmente interesante–

–No, no la conozco–contestó Henry.

Walter se recostó en su butaca.

–Françoise Gilot era una joven de veintiún años, estudiante de Derecho, escritora y pintora incipiente, cuando conoció a Picasso en Paris. Él ya pasaba de los sesenta cuando se fueron a vivir juntos e iniciaron una relación que duró mas de diez años, de la que nacieron Claude y Paloma. Poco después Françoise le abandonó. Fue la única que al parecer dejó al artista y no perdió la vida o enloqueció por él. Picasso cortó toda relación con ella y sus hijos cuando ella publicó “La vida con Picasso”, revelando sus enredos con sus ex esposas, amantes, musas y modelos. No se puede decir que Françoise fuese una ingenua. Sabía cómo era Picasso y lo que podía esperar de él. Pero decidió que no quería perderse aquella locura. Y la vivió intensamente, hasta que se dio cuenta de que ella y sus hijos corrían peligro. Era imposible tener una vida familiar dentro de las reglas éticas comúnmente aceptadas. A raíz de que mi mujer me contase esta historia leí una entrevista que le hicieron en su piso de Central Park. Una mujer de carácter fuerte y gran personalidad. Algo que era incompatible con el carácter dominante de Picasso. Le gustaba que sus mujeres fuesen sumisas. Ella dice que tenía un carácter sádico, cruel y travieso. Le gustaba tratar mal a la que gente que le amaba porque así ponía a prueba su afecto. Era como un niño que tiraba un reloj muy valioso al suelo y lo rompía intencionadamente sólo por le placer de saber qué había dentro. Disfrutaba sabiendo que seguía poseyendo a todas sus mujeres. Prolongaba durante años las relaciones creando un fuerte vínculo, hasta que se cansaba de ellas y entablaba una nueva relación. Alimentando igualmente la relación con las anteriores y consiguiendo de esta forma que siguiesen en su órbita. Todas seguían amando de forma enfermiza al genio–

Henry escuchaba atentamente a Walter sin apartar la vista del cuadro. Intentando descifrar al artista en sus trazos.

–Menuda pieza Picasso– acabó por contestar.

–¿Le sorprende?– preguntó Walter incorporándose ligeramente.

–Si, nunca entendí que veían las mujeres en él– Henry miraba con franqueza a Walter.

–Era un genio y un hombre dotado un gran atractivo. Con una capacidad impresionante para seducir– dijo Walter.

–Y al parecer no tenía escrúpulos– dijo Henry con un deje de desprecio.

–Interesante reflexión la que acaba de hacer– dijo Walter orgulloso por su habilidad para sacar el tema de forma casual – Creo que Françoise habría estado de acuerdo con usted. Dominante, caprichoso, egocéntrico y Dios sabe que más cosas sería Pablo Picasso. Sin embargo, genial y único. Soy de la opinión que existía una cierta… ruptura de las reglas universales. Françoise decía que Picasso se consideraba Dios. Y los Dioses están por encima de todo y de todos. Pero si Picasso no hubiese sido así, no habría llegado tan lejos con su obra. En fin, nos estamos desviando del tema que nos ocupa. Porque no creo que usted haya venido a hablar hoy sobre Picasso–

–Mire Walter yo creo que Françoise quería lo mismo que todas las demás…– dijo Henry obviando la última frase de Henry –Por eso se fue. Porque de repente se vio con un viejo loco excéntrico y con dos hijos, cuando podía estar con cualquier tipo mucho más joven y activo sexualmente. No entiendo por qué le dio tanto bombo a dejarle tirado. Pero supongo que para estar con alguien así o eres muy tonta o muy similar a él– concluyó encogiéndose de hombros.

Walter se rió –Me maravilla como traslada usted la personalidad de un genio al comportamiento común de los mortales. Supongo que ella se sentía orgullosa de haber sido capaz de escapar al poderoso influjo del genio… En cualquier caso, cuénteme cómo ha ido la semana. ¿Ha dormido mejor?–

–¿Dormir? Ya no recuerdo lo que es dormir bien… Pero creo que en comparación con las semanas anteriores estoy mejorando. He empezado a escribir–

–¡Bravo Henry!. Eso es estupendo–

–No se emocione. No he conseguido hacer algo bueno. Algo realmente bueno. Todo es tan inconsistente…–

–¿Cuánto hace que no escribe Henry?–

–Escribo desde hace veinte años para un periódico. Así que en realidad nunca dejé de escribir–

–Me refiero a algo que sea creación suya. Una historia inventada por usted–

Henry respiró. Después se miró los zapatos. Sus zapatos favoritos. Mary siempre le decía que podía permitirse el lujo de ir así vestido. Refiriéndose a su poca capacidad para crear nuevos conjuntos. A ella le gustaba y eso era lo que importaba. Pero ahora miraba la punta redonda de sus zapatos y se le antojaban estúpidos e infantiles. Igual que las travesuras de Picasso. Sólo que en su caso el resultado había sido mucho menos útil y creativo.

–Antes de que Mary se fuese escribía historias. No estaban mal– Henry sonrió –Al menos a ella le gustaban– Después… No fui capaz de seguir…–

–¿Después de que ella se fuese?– preguntó Walter.

–Si– contestó Henry con impaciencia. Pues consideraba que era obvio que era por ella y no por otra causa.

–Entiendo–dijo Walter acercando sus manos a la barbilla –No hablamos mucho de ella. ¿Quiere hacerlo ahora?–

Henry volvió a encogerse de hombros –Si, no tengo problema. Ahora ya no estoy enfadado–

–¿Estaba usted enfadado con ella o con usted?–

–Con ella–

–¿Por qué?–

Empezamos con la encuesta. Pensó Henry.

–Por cómo me dejó. Yo era feliz a su lado. Y de repente, me dejó–

–Supongo que durante este tiempo habrá pensando en la causa de que se fuese. Quizá no era tan feliz como usted–

–La relación tenía carencias… Está claro que yo no era un tipo para ella–

–¿Cómo cree usted que sería un tipo para ella?–

–Ya sabe, un tipo de esos que te lleva al cine y a cenar, de los que se casan y forman una familia–

–Y usted no es así–

–Oh no…–

–Y sin embargo ella le escogió a usted y no a ese tipo normal del que usted habla–

Ambos se miraron en silencio. Walter añadió –¿Se ha preguntado por qué?–

Henry suspiró –Si…Nunca entendí qué veía en mi. Bueno, al principio pensaba que era un capricho. Después que era una tozuda…–

–No se planteó que pudiese quererle a usted– dijo Walter.

–Oh, si… Todas me quieren– dijo Henry con cinismo.

–Me consta. Es usted un hombre atractivo y además ha tenido varias parejas. Viene cada semana y me cuenta historias en las que aparecen mujeres. Sin embargo a Mary procura nombrarla poco. Hoy puede decirse que es el día en que más se ha explayado sobre ella–

–No me resulta fácil hacerlo Walter. Llevo sin saber de ella dos meses, casi tres–

–El mismo tiempo que lleva usted viniendo a visitarme–

–¿Insinúa que vengo aquí por ella?–

–No. Afirmo que el hecho de que su relación con Mary finalizase propició que sus defensas se viesen debilitadas y se diese cuenta de que su vida estaba vacía– Walter pensó que era arriesgado realizar esa embestida. Pero era necesario.

Henry miró con sus ojos grandes, azules e indescifrables a Walter mientras éste esperaba una contestación. Parecía un combate visual, a ver quién aguantaba más sin añadir algo nuevo a la conversación.

Al fin Henry desvió su mirada hacia el reloj que marcaba las siete de la tarde.

–¿Sabe una cosa Walter? Creo que ya se cómo voy a titular mi próximo cuento–

–¿Ah si? Me tiene en ascuas. Soy todo oídos– contestó el doctor.

Henry sonrió enseñando sus dientes blancos y afilados, escondiendo sus ojos entre los pequeños surcos de arrugas que circulaban a su alrededor.

–Lo titularé: “Henry y Picasso”– y rompió en una carcajada.

Walter esbozó una sonrisa acompañada de una mirada triste. Le daba pena aquél muchacho. Porque eso era lo que era, un muchacho que se negaba a convertirse en un hombre. Aún quedaba mucho trabajo por delante.

–Está bien Henry, póngase manos a la obra. Tengo grandes esperanzas en su talento como escritor. No me falle– se levantó para indicarle que el tiempo se había terminado. Aunque eso no era necesario puesto Henry ya le había invitado a despedirlo al mirar el reloj. Ambos sabían que ese era el punto y final de aquella consulta.

–Se lo prometo Walter. La próxima semana lo celebraremos– dijo Henry dándole la mano con aire jovial. Una fingida jovialidad que se esfumaría al salir de la consulta de Walter y encontrarse con los árboles de la Calle Perry que le habían estado observando todo el tiempo.

Henry encendió un cigarrillo y caminó de forma pausada por el West Village de Nueva York y pensó en Mary. Quizás ella le había querido de verdad. Quizás algún día volvería. O quizás debía ir a buscarla a su apartamento que estaba muy cerca de donde se encontraba… Pero no, no sería ese día. Sería mucho después, si… Cuando por fin escribiese ese cuento, el cuento dedicado a Mary, el cuento que permanecería ahí para siempre, pasase lo que pasase. Si… Se titularía así: “Henry y Picasso” eso era lo que importaba en ese momento, en ese día primaveral en el que las ramas de los arboles se mecían al compás de una música que sólo podía escuchar él y que le llenaba de una energía que creía perdida llamada: esperanza.

Por Patricia Bernardo Delgado

La historia del búho y la paloma

Diego no era un chico normal, al menos eso decían sus compañeros de la universidad. A él eso no le importaba demasiado, pero a veces le resultaba un poco molesto escuchar sus risas cuando sacaba de su estuche todos sus bolígrafos, lápices y portaminas para ordenarlos encima de la mesa, uno al lado del otro, perfectamente alineados. Era una de sus muchas obsesiones. Tenía unos dedos muy largos y estilizados con los que pintaba cuadros hermosos, moldeaba figuras de barro, incluso con plastilina y dibujaba cómics con personajes que se inventaba como el “Pato Jovinchi”.

Era un amante de las matemáticas, la física, la química, jugaba al ajedrez y había aprendido a tocar la guitarra en todas sus modalidades: clásica, acústica, eléctrica… Tenía una gran colección de discos de Jazz, Soul o Rock. Su habitación olía a tabaco y estaba empapelada con posters de Buster Keaton o Charlot. Estudiaba una complicada ingeniería, en otros tiempos en los que nada era tan fácil como ahora. Algunos dirían que era una especie de genio porque todas y cada una de las cosas que hacía eran perfectas, no había un fallo, ni siquiera en su letra ni en su firma. Sin embargo, detrás de esa genialidad se escondía una mente complicada que se adaptaba con dificultad a la sociedad que todos aceptamos como “normal”.

Una mañana decidió ir al monte y se aventuró por una de esas rutas que tanto le gustaban, para recoger setas y buscar piedras cuyo nombre solo él conocía, de paso le llevaría a su madre musgo para adornar el Belén de Navidad.

Durante el trayecto se encontró con un pequeño animal agazapado junto a un árbol. Era un búho. Un precioso búho que estaba herido. Diego lo cogió con mucho cuidado y lo guardó en su mochila. Cuando llegó al bar del pueblo más cercano le preguntó a la chica que atendía detrás de la barra dónde podía haber un albergue de animales. Abrió su mochila y le mostró al animalito. La chica, pegó un grito a ver las garras del pequeño búho. Pero él la tranquilizó con un: –Mujer, que no hace nada, sólo es un búho herido–.

La chica le indicó donde había un albergue para especies protegidas. Pero cuando llegó, lo encontró cerrado. Decidió entonces dejar al búho en la puerta, abrigado con su forro polar.

Regresó a casa inquieto. Y pasó la noche dando vueltas en la cama preocupado por búho. Decidió buscar por internet el albergue porque le pareció extraño que estuviese cerrado. Su sorpresa fue mayúscula cuando leyó que había dejado de existir hacía tiempo. Definitivamente no pudo dormir.

A la mañana siguiente se levantó con los pelos de loco y le relató apesadumbrado a su madre la historia. Tenía que haber traído al búho a casa. Su madre le escuchaba espantada porque se veía conviviendo con un búho, que era justo lo que le faltaba a la leonera de la habitación de su hijo.

Pero Diego tenía que volver a buscarlo. No podía dejarlo malherido y sólo. Así que le pidió a su madre un cesto. O más bien decidió vaciar el cesto de la ropa de planchar. Un cesto enorme de mimbre forrado de cuadros azules y blancos. Y después de llamar a su amigo Juan, el único que tenía, emprendió la marcha con el gran cesto en ristre. En la expedición le acompañaron además el hermano mayor de su amigo, su hijo y un japonés llamado Yamamoto que estaba viviendo en su casa mientras entrenaba para ser futbolista.

Pero cuando llegaron al lugar donde había dejado al pequeño animal, ya era demasiado tarde. El búho había muerto. Diego, lo miró con tristeza y lo dejó con sumo cuidado en el mismo sitio, a la puerta del antiguo albergue, tapado por su forro polar.

A la vuelta le contó la historia a su madre. Estaba realmente indignado. –Si sale en los periódicos que se ha encontrado un búho muerto a la puerta de un albergue para especies protegidas, recuerda que fui yo quien lo dejó ahí, para que les pese en su conciencia a quienes lo cerraron–dijo con despecho.

Hablaba con voz triste y se echaba en cara no haberlo llevado a su casa para curarlo. Su madre le intentaba consolar: – Cariño, tú no podías curarlo. ¿Qué habríamos hecho con ese animal si se muere?– a lo que él respondió – Le habríamos enterrado en el parque–.

Su madre no daba crédito. –Diego, creo que eso está prohibido…–

Pero a él eso le daba igual. A fin de cuentas ¿qué mal podía haber enterrar a un animal tan indefenso en un parque?. Realmente cada día entendía menos el funcionamiento del mundo.

Pasó varios días casi sin comer. Su madre empezaba a preocuparse. Se encerraba horas en su habitación, delante del ordenador.Hasta que una tarde, aparecieron su amigo Juan, su sobrino y su amigo Yamamoto. La madre de Diego se sorprendió al verlos pues no era muy habitual que su hijo recibiese visitas. Se alegró pensando que distraerían a su hijo. Abrió tímidamente la puerta de la habitación: –Diego tienes visita… Son unos amigos–.

Diego levantó la vista y asomó su cabeza despeinada. A través de sus grandes gafas de metal descubrió a sus compañeros. Su madre se apartó para dejarlos pasar. –Diego esto parece una caverna– le dijo su amigo Juan. Él se encogió de hombros. –¿Qué queréis?– preguntó malhumorado.

–Pues verás…– dijo su amigo. –Resulta que iba yo con mi hermano y el tamagotchi…–¡Juan! Lo entiende todo– dijo su hermano pequeño enfadado. Yamamoto sonreía. –¡Qué va!, éste ni se entera. El caso es que nos encontramos en mitad de la calle una paloma con el ala rota– Diego pegó un brinco en la silla. Juan continuó hablando ignorando su gesto de forma intencionada. –Y resulta que pensamos… Pobre paloma… No la vamos a dejar ahí tirada en el suelo… A saber la suerte que correrá, porque a la gente no le suelen gustar estos bichos…– a Diego casi le salían los ojos de su órbita. –Así que decidimos recogerla– Juan se quitó la mochila y la abrió mostrar a una paloma desfallecida y asustada con el ala derecha maltrecha.

Sobra decir que Diego y sus amigos tardaron en salir de la habitación, pese a que su madre les ofreció en varias ocasiones que comiesen algo. Después de un buen rato, cuando ya se había hecho de noche, salieron con gesto triunfal. Aceptaron gustosos la cena que la madre de Diego les había preparado, charlaron alegremente y después se despidieron.

Diego ya no estaba cabizbajo, sonreía. Su madre lo miraba extrañada pero a la vez aliviada. No sospechaba que en su habitación había una huésped que dormía plácidamente tras haber recibido los cuidados de Diego y sus amigos.

Pasaron los días y poco a poco la paloma empezó a mejorar. Diego le había confeccionado una casita dentro de una caja de cartón. La tapaba con una toalla y la alimentaba con una jeringuilla. Cuando ya estaba preparada para volver al mundo exterior, Diego buscó un lugar donde la paloma pudiese vivir lejos de los riesgos de la gran ciudad. Encontró en internet a un hombre que tenía un palomar en un pueblo, no muy lejos de su casa. Así que un día, mientras su madre trabajaba, cogió su caja con la paloma y ambos viajaron en autobús en busca de su nuevo hogar. El hombre resultó ser una persona muy amable. Le pareció extraño que alguien se preocupase de traer una paloma que vivía en la ciudad. No era nada común. Charlaron animadamente sobre animales y plantas durante un buen rato, y el hombre le hizo prometer a Diego que volvería a visitarle ya que le resultaba muy reconfortante conocer a personas que compartiesen su amor por la naturaleza.

Cuando llegó la hora de la despedida Diego miró a la paloma y le dijo: –Buena suerte amiga, aquí estarás bien– y se fue, satisfecho por haber conseguido salvar una vida, aunque no tuviese mucho valor para el resto de las personas “normales”.

Por Patricia Bernardo Delgado