¡Plof!

Destacado¡Plof!

Carole King canta “You make me feel like a natural woman” mientras contemplo el mar. Respiro hondo y dejo que el aire llene mi vientre. Después, lo expulso por la boca, imitando el silbido del viento. Miro el horizonte dibujado delante de mí, como quien observa una preciosa obra de arte expuesta en un museo. Bonita estampa, ¿verdad?

Es uno de esos días típicos del norte. Las nubes cubren el sol, permitiendo que éste se cuele a duras penas por algún hueco. El mar está medio en paz, pero yo lo veo como alguien que tiene un buen mosqueo y está a punto de estallar. El sonido del teléfono nos interrumpe a Carole King y a mí. Miro la pantalla. Es Richard. Mi jefe. “Mierda”, pienso, “¿Qué coño querrá este pesado ahora?”. Dudo entre responder o hacerme la loca, pero Richard puede llegar a ser igual de insistente que las ofertas de telefonía móvil, así que descuelgo con resignación.

– Buenos días Richard –contesto con desgana.

–¡Buenos días Sara! –responde él con una euforia que me resulta ofensiva.

¿Qué clase de persona está de buen humor mientras trabaja en pleno verano? Yo aún no he conseguido relajarme en mis estrenadas vacaciones. Necesito a Carole King, al mar y los ejercicios de respiración que mi profesora de yoga me ha enseñado para poder sentir esa puñetera paz y comunión con el universo. Pero claro, en medio de todo eso, nadie, ni siquiera yo había contado con Richard.

– Antes de que digas nada, ya sé que estás de vacaciones. Y que no debería llamarte…

– Pero por lo que veo lo haces igualmente –le interrumpo.

Odio con todas mis fuerzas esas disculpas previas de “Ya sé que te fastidia… Bla, bla, bla. Y luego, ¡zás!.  Suspiro o más bien, aspiro. O no. No aspiro, lleno mis pulmones con toda esa intensidad que mi profesora me advirtió que podía producirme una…

– ¡Aggg!

 Sí, ese es mi sonido después de hiperventilar.

–Sara! ¿Sigues ahí? ¿Estás bien? –pregunta el considerado de Richard mientras yo toso.

– Sí. Estoy bien. O eso creo…  –contesto resoplando.

– Por un momento pensé que te habías atragantado.

Y sin dejarme contestar que sí, que casi me atraganto con su llamada, continúa, hablando.

– Verás Sara, el caso es que el último artículo que escribiste ha sido un éxito.

La mandíbula empieza a relajarse mientras se dibuja una sonrisa bobalicona en mi boca.

– ¿Sí? –pregunto para confirmar tan buena noticia.

– Sí, cariño sí.

 Ya estamos. Odio ese puñetero paternalismo.

– Pero eso no es todo. La dirección de la revista quiere que empieces a escribir un diario personal. Uno de esos blogs que están tan de moda. Ya sabes, unas cuantas fotos, consejos, algo sobre tu día a día… Por su puesto una cuenta de Instagram para tus seguidores. En resumen, la dirección quiere convertirte en un producto estrella.

De repente toda mi euforia se viene abajo. Caigo en la cuenta, con la misma rapidez que mi ilusión se desvanece, de que no tengo Instagram, ni twitter, y que mi cuenta de Facebook sigue viva gracias a que alguien muy amable me manda correos electrónicos recordándome cosas del tipo de: “Sara, tienes solicitudes de amistad esperando a que las contestes”. Mi vida ya es demasiado estresante. Últimamente el móvil me genera más ansiedad que placer. La mayoría de mis de grupos de WhatsApp están silenciados. Incluso llegué a pensar que si tuviese marido e hijos todo esto terminaría. ¿Qué mejor excusa puede haber para no contestar en tiempo y forma? Sin embargo, el otro día una amiga me confesó, mientras tomábamos un café, que tener hijos suponía estar en nuevos grupos de padres del colegio o de las clases extra escolares. ¡Dios mío! Pensé que ya era bastante duro para un niño tener que abrirse camino en el mundo social actual, pero si esto llega a sus padres debe ser una auténtica pesadilla. Nos atacan por todos los frentes, como en un western. ¿Qué fue de aquella etapa feliz en la que nuestra forma de relacionarnos era en persona, o a través del teléfono fijo, de una cabina, o de una carta? Mi madre es una mujer social y no forma parte de ninguna red. Si lo pienso detenidamente pertenecer a una red tiene un punto perverso… Así que me veo en la obligación de decirle a Richard que no estoy muy convencida con ese giro radical. Que es poco coherente con mi estilo.

– Bla, bla, bla… –me contesta sin dejar que termine mi fantástico argumento. –Sara, yo sé qué es lo mejor para ti. Siempre dices “no” a todo. A todo. Pero cuando me haces caso, fíjate lo que sucede. ¡Te haces famosa!

Richard se olvida de que la idea de escribir ese artículo fue mía. Y si ha gustado es porque sí. Sin más. Intento explicárselo.

– Richard, te recuerdo que ese artículo lo escribí porque me salió de las narices. Tú viste el filón y punto.

– Cálmate nena o empezarás a “hiperventilar” de nuevo. Tu artículo ha llegado a tantas personas porque “yo” me he encargado de llenarlo de hashtags, algo que, por supuesto no sabes qué es. Porque claro, ¿para qué vas a ponerte al día en el mundo actual en el que vivimos?

Dios… mi momento de relax se acaba de terminar antes de empezar. Mi cabeza se transforma en un puto jeroglífico, lleno de ecuaciones, frases, apuntes, ideas que corretean a sus anchas como unos duendecillos traviesos jugando al “pilla pilla”.

– ¿Sigues ahí o ya estás poniendo en marcha esa cabeza de chorlito?

– Sí, aquí sigue la que queda de mí.

– No te pongas dramática. Te estoy dando una buena noticia y parece que acabo de dictar tu sentencia de muerte. Tienes que salir al mundo Sara. ¿O acaso quieres convertirte en Fred Vargas a la española?

– ¿Quién es ese?

– Ah no, eso sí que no. ¡No me digas que TU no sabes quién es Fred Vargas!

– Sí, te digo que YO no sé quién ese tío.

– Joder Sara, me preocupas. Es una escritora.

– Ah…  -contesto sintiéndome como una ignorante. –Será buena al menos, ¿no?

– Le acaban de dar el Premio Princesa de Asturias de las letras. Debería despedirte ahora mismo.

– No te pongas así… La leeré.

– Claro. Cuando termines con… ¿La puta Odisea? Lo que quiero decir es que vives aislada.

Ya estamos. Cuando oigo esa frase me siento fatal y me dan ganas de tirarme por el pequeño barranco en el que están colgando mis piernas. Aunque el resultado sea estampar mi cabeza contra la arena, al estilo de: me faltan dos veranos y estoy patas arriba. Pero en estos momentos siempre me pasa algo gracioso. Como caerme, pegarme un golpe en el sitio más insospechado, tropezar con alguien… Esto último resulta menos probable porque estoy sola en una playa idílica de Galicia. No hay nadie.  Nadie cerca, quiero decir, salvo… ¡Plof!.

Fue más la sensación que el ruido que produjo. Pero a mí me gusta contar las cosas con sonidos del tipo: “Plof, plaf, zas…” Bueno, pues este sonó a un “plofff” prolongado. Así suenan las cagadas de gaviotas, a un “plof” asqueroso.

– Sí Richard, sigo aquí. Y sí, me acaba de cagar una gaviota.

Maldita Carole King.

Autora: Patricia Bernardo.

Yo solo quiero estar contigo

DestacadoYo solo quiero estar contigo

En la ciudad encantada se esconden muchos secretos. Habitan en ella pequeñas ciudades, palacios, jardines y grandes personas hechas de acero y piedra. Solo hace falta pararse a mirar y escuchar…

Son las cinco de la tarde. Una de esas en las que, por caprichos del destino, estoy sentada en una terraza. La vida a veces es juguetona y te coloca en los lugares que se le antoja. Un cruce de caminos entre la calle de la Rúa y la Catedral. Pero no soy la única. Hay otros como yo, que no tienen prisa y se dejan caer a tomar un café, comer a destiempo, o coger un poco de aliento entre visita y visita. A esta hora, muy pocos de los que estamos, somos de aquí.

Dicen que esta ciudad está dormida, que se hace vieja. Pero a mí me gusta lo viejo, las conversaciones de los bancos del parque y las de los paseos, cargadas de sabiduría. Me gusta tropezarme con los recuerdos que permanecen intactos y con los que se van incorporando. Y en estos días inesperados, me vuelvo a enamorar.

No tengo prisa, solo ganas de observar a las palomas intrusas, al niño que corretea por la plaza de la Catedral, mientras su madre le observa paciente. Al hombre que se sienta en la fuente con su cartón de vino, pero solo se bebe el sol y se rasca de vez en cuando su soledad. Ella nos mira a todos impasible.

¿Tú de quién eres? Me gusta pensar que, al igual que yo, no eres de nadie. Y que cuando sale el sol, deambulas sin rumbo, ni reloj, ni planes. Me gusta creer que eres calle y refunfuñas cuando llega la hora de recogerse. Porque… ¿Quién sabe? A lo mejor mañana llueve o se convierte en uno de esos días plomizos, en los que el ánimo se viene abajo con la misma pesadez que el aburrimiento.

Pero esta tarde, es una de esas en las que las conversaciones son pausadas y lentas. La vida me ha dado una tregua, no hay teléfonos, ni nadie que hable demasiado alto. Solo se escucha el ronroneo constante de la fuente de la Catedral. Y todos, el niño, la madre, el borrachín que dejó de serlo por un momento, los turistas y las pocas personas que, como yo, hicimos una pausa en esta tarde de mayo, caemos presos del encantamiento de la ciudad. Hipnotizados por la calma que nos produce su sosiego.

A ti no te gusta mostrarte demasiado, solo lo justo. Te encanta descubrir rincones oscuros que suenan a rock y jazz. Tú, como yo, no eres de grandes carteles, porque quien conoce lo bueno ya sabe dónde encontrarlo. Eres provocadora y te gusta que te pinten con grafitis, aunque luego te caiga una buena bronca. Tú, que siempre fuiste tan refinada…

Te gusta abrazar lo nuevo. Le pides a gritos que no se vaya, que se quede y no te deje sola. Pero no olvidas lo viejo. ¿Cómo podrías hacerlo si lleva tanto tiempo contigo? Te enseñas orgullosa a quienes vienen a conocerte, y te defiendes frente a los que reniegan de ti. Tú, como yo, eres pequeña, pero no te da miedo abrirte al mundo y respirar. Lo necesitas tanto como hablar cuando quieren silenciarte. Eres rebelde y te enfrentas a los que se empeñan en retenerte. Porque la libertad es tu bien más preciado.

Apuro el último sorbo de café. Quiero recorrerte antes de volver a casa. Hoy estás más guapa que nunca, brillante y luminosa. Le guiño un ojo a la Catedral. Cuántas reliquias y tesoros escondes… Ella y yo sabemos que nos volveremos a ver.

Cimadevilla es un desfile de caras sonrientes al sol, y de repente, una voz canta a Sabina, cobijado bajo la sombra que precede a la plaza del Ayuntamiento. “Ahora es demasiado tarde princesa…” Parece la versión moderna de una canción que Clarín le dedicó a Ana Ozores. Las monedas tintinean al caer en la funda de la guitarra que reposa en el suelo. Yo también tengo una que me espera en casa. Pero aún no es hora de volver.

Una plaza, una iglesia, otra plaza cubierta y una calle… Entre el suelo y el cielo, los tejados recorren el horizonte, protegidos por las montañas. Todos se han puesto de acuerdo para abrazarte. Dudo si seguir hacia el Rosal, pero quiero más plazas, más gente, más sol. Trascorrales está muy contenta con sus sillas de madera, sus balcones, flores y colores. Podría ser el escenario de una película o de una serie de televisión de época, pero solo es una plaza en mi pequeña gran ciudad. Y después, una puerta que se abre hacia otra plaza con más tejados, palacios encantados, libros y árboles. Me detengo en mitad de un oasis de ramas y hojas que se dejan mecer por la brisa que se cuela en cada resquicio de sombra. Algún peatón despistado, busca refugio en este día que la primavera le ha robado al verano. Hoy es un regalo. Uno que no quiero dejar escapar. Porque no siempre puedo pasear a esta hora, no siempre hace sol, ni tampoco esta plaza descansa, sin las voces que gritan gangas detrás de sus puestos. No siempre será hoy, y tal vez, no exista un mañana.

Cuelo mis pasos por las estrechas aceras hasta llegar al Riego. Más terrazas, más sol, más vida… La muralla que la bordea me enseña el camino hasta la antigua Universidad. Eres traviesa, a veces haces que me tropiece con tesoros sin yo darme ni cuenta. Espera… No seas impaciente, que aún quiero saludar a alguien muy especial. Don Úrculo descansa en su plaza y me hace un gesto con el sombrero que le acompaña día y noche. Bajo reloj de Porlier está el último piso de la casa en la que hace tiempo imaginé una historia.

Desde allí, la calle desciende en una comitiva de árboles y farolas que me llevan hasta la Escandalera, al campo San Francisco, la calle Uría y la antigua estación de tren. Fuentes, estatuas, farolas, árboles, luz y edificios, que se elevan para indicarme que ya he llegado a la mitad del camino. Por hoy ya ha sido suficiente.

Emprendo la subida hacia mi casa, una cuesta prolongada que me sé de memoria. Dicen que vendrán más días como éste, pero tú y yo sabemos que no serán igual. Dejo que suene la música dentro de mis cascos, “I only want to be with you”.

Autora:Patricia Bernardo. Relato publicado “La Nueva España” el día 2 de junio de 2019.

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Los restos de lo que fuimos

Los restos de lo que fuimos

Foto: Rebecca Bathory. https://www.rebeccabathory.com

 

Quedaban pocas cosas intactas después de tantos años de abandono. Sólo un viejo tresillo de seda, ennegrecido por el polvo, permanecía quieto en mitad del salón, como una imagen perenne de nosotros, resistiéndonos a dejar aquel lugar antes de que se destruyese para siempre. ¿Cuánto tiempo nos quedaba? Era difícil saberlo.

El techo ya había cedido a la presión, derrumbándose, y los escombros de recuerdos se apilaban sin piedad, como cadáveres después de una masacre. Pero las esbeltas paredes aún permanecían erguidas y guardaban todos nuestros secretos: las cosas que nos dijimos en voz alta y también las que nos susurramos, las veces que las acariciamos y las que las rasgamos.

Sin embargo, al mirar por los sucios ventanales que, en otro tiempo, fueron lluvia, sol, noche y día, divisé algo inmenso y desconocido, lleno de posibilidades. La luz de la mañana se proyectó sobre lo que quedaba de nosotros, como una llamada del más allá advirtiendo que el tiempo de visita había tocado a su fin. “Aquí ya no se puede estar. Es hora de decir adiós” me dije. Salí sin mirar atrás y respiré el aire del amanecer, cegada por la luz que me había invitado a irme. Lo que fuimos y donde vivimos, se desplomó a mis espaldas, como un truco de magia. Solo entonces, al mirar atrás y ver que ya no quedaba nada, fui capaz de caminar hacia ese horizonte esperanzador que se vislumbraba a lo lejos y que se llamaba: vida.

 

Autora: Patricia Bernardo.

Una escena: Cruce de caminos.

Una escena: Cruce de caminos.

Foto:  Anuncio de publicidad de camisas IKE. La Voz de Asturias. Gijón.

 

Después de estar algún tiempo sin publicar, quiero compartir con vosotros mi experiencia en el Master de Creación Literaria que estoy cursando con la Universidad Internacional de Valencia (VIU) a distancia. Es una gran suerte poder aprender de escritores tan enormes como Espido Freide, Nuria Barrios, Violeta Serrano, Vanessa Monfort y Pedro Ángel Palou García. Aún me quedan unos cuantos por conocer… Todo un reto, un esfuerzo también, pero sobre todo, un incentivo enorme a mi creatividad que trama sin cesar. Así que hoy voy a publicar una escena en la que doy vida a un personaje y lo pongo en movimiento. No se si de aquí saldrá algo más o si esta escena se quedará guardada en un cajón, esperando a que la reviva mas adelante, como me pasó en mi primera novela. Pero ésta podría ser la historia de dos mujeres que cruzan su camino una mañana:

 

Charo se despertó con el sabor agridulce de la noche anterior. El reencuentro con su padre la había despojado del armazón de “estoy bien” que la mantenía a salvo. En ese momento sentía que no quedaba nada de la vieja Charo, la que se había subido a un tren desde Madrid para volver a su casa, después de casi un año de ausencia. La distancia había sido mitigada con breves llamadas que rara vez le devolvían algún reproche. Su padre se había mantenido firme en su postura, esa que con el silencio decía más que hablando. Y así se lo encontró al regresar a casa, igual que la última vez que se despidieron, sentado en el mismo sillón, absorto en recuerdos que hacía tiempo no compartía con nadie. Sin embargo, esta vez, sus ojos grises y acuosos, habían mirado a Charo desde su cara chupada diciéndola: “¿Por qué tardaste tanto?”. Al recordar esa imagen sintió cómo el estómago se le revolvía con fuerza. Ella sabía que la enfermedad de su padre no había sido la verdadera razón de su vuelta, sino una excusa para encontrar respuestas.

Afuera, Gijón amanecía y su cama de adolescente olía a la reconfortante humedad del mar. Buscó refugio en el baño, arropada con la chaqueta de lana del día anterior, sintiendo cómo el frío de las baldosas se colaba por sus zapatillas. Al aclararse la cara y mirarse en el espejo, tardó en reconocerse. Su imagen pintaba muy diferente bajo esa luz. Pero después de unos minutos de presentaciones, se familiarizó de nuevo con la Charo de rasgos afilados y ojos color miel… Sonrió al recordar que siempre echaba en cara a su padre haber heredado su nariz aguileña. Él la consolaba diciéndola que, como compensación, había ganado la sonrisa perfecta de su madre. Un nuevo retortijón le revolvió el estómago, como un pellizco malintencionado que le pilla a uno por sorpresa.

“A correr” se dijo, espantando los recuerdos. Sacó la ropa de la maleta aún sin deshacer y se puso sus mallas, una sudadera y zapatillas “running”. Bajó las escaleras de madera con cuidado de no despertar a su padre. Pero él ya estaba en la cocina, desayunando, mientras escuchaba las noticias de la radio.

–Mucho madrugas hija. ¿Dormiste bien? – preguntó al verla.

Charo aspiró el olor a café que salía de la italiana y sonrió con fingida jovialidad (ocultando la ansiedad que la empujaba a escapar).

–¡Dormí de maravilla!  –contestó después de darle un beso en la frente–. Pero ahora me voy a correr un poco.

Su padre arqueó las cejas.

 –¿Con el estómago vacío? –preguntó extrañado.

–Si papa, sino me puede sentar mal. No te preocupes. Volveré en una hora –dijo mientras se recogía el pelo.

–Ten cuidado… –contestó en voz baja, como si hablase para sí, concentrándose de nuevo en su taza de café.

Pero Charo ya se había ido, emprendiendo un suave trote a través del camino empedrado que conducía al puerto. Hinchó sus pulmones y sintió cómo el aire oxigenaba su cabeza, llenándola de tranquilidad, mientras el mar aparecía ante sí cubierto por una luz rojiza esperanzadora.

El día que Martín le dijo que no tenía pensado dejar a su mujer, se encontró de golpe con las sacudidas en el estómago que la dejaban sin aire, las mismas que había sentido cuando su madre murió. Aida le recomendó entonces hacer algo de ejercicio, transmitiendo a su amiga los hábitos saludables que a ella le habían dado resultados. “Correr a sus treinta y cinco años… Ella que se reía de la moda de los “runner” y adoctrinadores de vida sana que la inundaban y aburrían por igual…” pensó. Sin embargo, correr la había salvado. Y ahora se aferraba a ello como una droga. Su mente vagaba libre y caprichosa, conectándose y desconectándose con la realidad.

En esas estaba mientras sonaba en su Spotify “Another Star” de Stevie Wonder, imaginándose en un crucero estilo “Vacaciones en el mar”, cuando se dio cuenta de que se había desviado demasiado de su camino, llegando hacia una zona deshabitada, cerca de una fábrica destartalada. Ya se disponía a dar la vuelta cuando de repente, como salida de la nada, una mujer vestida con una bata, el pelo blanco enmarañado y caminar sonámbulo, se atravesó en su camino, como una oveja descarriada de su rebaño. A punto estuvo de llevársela por delante.

–Señora… ¿Se encuentra bien? –exclamó, parándose en seco mientras se quitaba los cascos.

La mujer, que rondaría los setenta años, la miró con los ojos de una niña que ha perdido a su madre y no sabe qué decir.

–¿Dónde vive? –insistió Charo.

La mujer, abrumada por las preguntas, arrugó su cara en un gesto de dolor y señaló hacía la vieja fábrica.

–Yo…vivo ahí –contestó al fin.

Charo miró el paisaje desolado que las rodeaba. Pero “ahí” no había nada más que escombros y dos mujeres que se habían desviado de su trayecto por diferentes razones.

Estaba claro que la carrera de aquella mañana duraría más de la hora prevista.

Autora: Patricia Bernardo.