Noches prolongadas

Noches prolongadas

Había varias chaquetas colgadas detrás de la puerta. Algunas eran antiguas, adquiridas para andar por casa. Otras, se acababan de incorporar desde el armario, desgastadas por el uso, pero no lo suficiente como para desprenderse de ellas. Al observarlas desde la cama pensó que bien podían esas chaquetas contar su paso por la vida en la última década. Cada momento de llegada, de partida, de espera. Cada despertar o cada noche prolongada. Todas ellas poseían recuerdos muy valiosos. Eso la reconfortó. La hizo aferrarse a algo para combatir los oscuros pensamientos acampados en su cabeza. El solo hecho de planear escribirlo la llenó de una sensación cercana a la calma.

Qué insistente es la soledad cuando se empeña en meterse con una. Qué abrumadora es la mirada callada, la inquietud sin respuesta, la mente suelta por los pasillos oscuros de una casa cerrada. Y qué alivio, se dijo. Qué alivio, poder calmarse con el sonido de las teclas moldeando cada palabra, diciendo lo que la mirada calla, lo que la inquietud anhela, lo que la mente busca en esos pasillos oscuros de una casa cerrada. Seguiría habiendo chaquetas colgadas detrás de la puerta de su habitación y seguiría, por qué no, existiendo la esperanza de escribir el testimonio de su existencia en cada noche prolongada.

© 2021. Patricia Bernardo.

Imágen: “Contemplación” de Alejandra Caballero. https://alejandracaballero.eu/obra/2005-2010

La clave está en soñar

La clave está en soñar

Hablar en clave de películas es algo que me ayuda a sobrellevar la melancolía que me provocan estas fechas. ¿No tenéis la sensación de haber pegado un gran salto en el tiempo? Yo sí.

Cuando miro atrás veo una clara diferencia entre las antiguas Navidades. Aquellas en las que trasnochaba en Noche Buena para ver la peli que echaban de la 2, normalmente “Qué bello es vivir” o “Los fantasmas atacan al jefe”; desayunaba casadiellas el día de Navidad y veía en el cine algún estreno como “El señor de los anillos”. Pero eso era antes. ¡Qué lejos queda ese antes! Desde hace tiempo, las Navidades se han convertido en un maratón de brindis, encuentros, cenas, amigos invisibles… Es como meterse en una lavadora y darle al centrifugado. Por supuesto, los pelos al salir ya sabéis cuales son. El paréntesis de este 2020 (no existe hoja de reclamaciones) supone pisar el freno. Algo que en un principio puede parecer un drama, pero si lo pensáis bien, tal vez sea la oportunidad de volver a lo esencial. Así que en estas Navidades atípicas, de burbujas forzadas y limitaciones económicas, apelo al cine en casa, como ese elemento universal accesible que nos une y sobre todo, nos permite soñar. Porque sin eso, la vida sería realmente aburrida.

Estas son cinco películas que nunca me fallan:

  1. “Love Actually” (2003)

Comedia romántica inglesa imprescindible en Navidad. Escrita y dirigida por Richard Curtis, creador de películas que estarán siempre en nuestra hemeroteca como: “Cuatro Bodas y un funeral”, “Nothing Hill” o “Diario de Briget Jones”. Es un mosaico de historias de amor y desamor cuyos protagonistas acaban estando relacionados de una u otra forma entre sí. Un gusto ver actuar juntos a artistas tan brillantes como: como Hugh Grant, Colin Firth, Alan Rickman, Emma Thompson, Laura Linney, Keira Knightley,  Liam Neeson o Bill Nighy,  entre otros. A todo ello se suma una banda sonora muy reconocible y la ciudad de Londres de fondo (una de mis ciudades favoritas).

La película está llena de anécdotas:

Las escenas del principio y del final son reencuentros reales de personas con sus seres queridos en el aeropuerto y fueron grabadas con cámaras ocultas durante una semana. 

Thomas Brodie-Sangster (quien daba vida al pequeño Sam) no sabía tocar la batería cuando le seleccionaron. Pero se puso las pilas y recibió clases de su padre, Mark Sangster.

La idea de la sorpresa de Mark con la banda cantando “All You Need Is Love” en la boda de Peter y Juliet surgió del funeral de Jim Henson (titiritero de Barrio Sésamo). Al que asistió Richard Curtis, el director de la película. Todos los marionetistas trajeron a los Teleñecos y cantaron una canción. Por cierto: el cura que ofició la boda de Peter y Juliet era real.

A Hught Grant no le hizo ninguna gracias hacer el famoso baile (aunque se le viese en su salsa) y lo retrasó todo lo que pudo.

Los carteles de la declaración de amor de Mark a Juliet en la puerta de su casa, fueron escritos de puño y letra por el propio actor Andrew Lincoln.

Olivia Olson (Joanna, la chica que le gustaba a Sam), no hizo playblack en su interpretación de “All I Want for Christmas is You” en el famoso concierto de Navidad. Sin embargo, Richard Curtis tuvo que editar su voz para que se pareciera algo más a la de una adolescente.

Y otra cosa curiosa: aunque parezca mentira, Sam (Thomas Brodie-Sangster) y Juliet (Keira Knightley) solo se llevan cinco años

2. “Qué bello es vivir” (It’s a Wonderful Life) (1946)

Una de las cien mejores películas del cine americano, dirigida por Frank Capra y basada en el cuento: “The Greatest Gift” (El mayor regalo), escrito por Phiilip Van Doren.

¿Qué sería de la Navidad sin este cuento con moraleja? Maravillosa y entrañable toda ella, con la excelente actuación de James Stewart. Frank Capra además tiene en su haber películas que están dentro de mis recurrencias cinéfilas como: “Arsénico por compasión” “Sucedió una noche” “Vive como quieras” o “El secreto de vivir”. Películas que sin apelar a la Navidad pueden ser una muy buena opción para estas fechas. Especialmente “Arsénico por compasión” para reírnos un poco.

Ya sabéis que este cuento va de la importancia que tenemos las personas. De la generosidad, el agradecimiento y del amor. Pero sobre todo, de la capacidad de transformar y hacer la vida mejor a los demás con pequeños actos cotidianos. Un tema universal en este mundo tan individual.

Esta fue la primera y última vez que Frank Capra produjo, financió, dirigió y co-escribió una de sus películas.

James Stewart estaba nervioso por la escena del beso ya que era la primera vez que hacía una escena así desde su regreso a Hollywood, tras estar en la guerra. Finalmente Stewart filmó la escena en una sola toma y lo hizo tan bien que parte del abrazo fue cortado porque era demasiado apasionado para pasar la censura (quien daría por viajar en el tiempo y presenciarlo)

James no quería interpretar el papel de George porque tenía la sensación de que no estaría a la altura, ya que la Segunda Guerra Mundial acababa de finalizar y el había estado en el campo de batalla. El actor Lionel Barrymore (Henry Potter) le convenció y finalmente Stewart aceptó el papel. ¿Quién podía hacerlo mejor?

¿Ahora entendéis porque James Stewart será siempre mi actor favorito?

3. “The Holiday” (2006)

Comedia romántica americana, escrita y dirigida por Nancy Meyers en la que nuevamente se juntan un puñado de grandes actores y actrices: Kate Winslet, Cameron Díaz, Jude Low, Jack Black y Eli Wallach.

¿A quien no le gustaría irse a la casita de Iris (Kate Winslet) en el precioso pueblo de Surrey (Inglaterra)? Tomarse una pinta en un pub de la zona y de paso conocer a Graham (Jude Law). O tal vez coger un avión y plantarse en California, en la mansión de la despampanante e inteligente Amanda Woods (Cámeron Díaz), una famosa montadora de trailers de películas; conocer a una vieja gloria del cine retirada, Arthur Abbott (Eli Wallach, actor del “Viejo, el feo y el malo”) y a un experto en bandas sonoras tan entrañable como Miles (Jack Black).

Un intercambio de casas durante las Navidades de dos mujeres que, sin conocerse, tienen mucho en común: relaciones amorosas frustradas, el deseo de poner distancia y empezar de cero. Una historia, a fin de cuentas muy presente, de finales, comienzos, esperanzas (nos hace falta) y lugares bonitos con los que soñar. A mi me encanta verla en estas fechas porque me deja muy buen sabor de boca. Además me encantan las ubicaciones escogidas.

La guionista, directora y productora, Nancy Meyers tiene en su haber comedias inolvidables como “¿En qué piensan las mujeres?” y la gran película: “Cuando menos te lo esperas”, con Jack Nicholson y Diane Keaton. Fue escritora de otra comedia que me gusta mucho protagonizada por la misma Diane Keaton: “Baby, tú vales mucho”

Durante el rodaje, el actor mítico Eli Wallach, ayudó  a Jude Law para preparar la escena de la borrachera y le dio consejos que él había recibido de John Huston durante el rodaje de Vidas rebeldes.

Además, no se si lo sabéis,  pero podéis vivir una experiencia similar a la de los protagonistas a través de “HomeExchange” e intercambiar casa.

La película se rodó en 1883 Orlando Road, San Marino, California (Casa de Amanda) y en el precioso pueblo de Surray (Inglaterra), muy cerquita de Londres. Si no lo conocéis os animo a hacerlo porque es precioso (cuando nos dejen). Eso sí, la casita de Iris se construyó específicamente para la película en dos semanas y no se mantuvo en pie. Una pena. Pero hay otras preciosas que visitar.

4. “Los fantasmas atacan al jefe” (Scrooged) 1988.

Una parodia sobre el relato mas narrado y rodado de Dickens: “Cuento de Navidad”. Con fantasmas, viaje al pasado, al futuro, moraleja y redención. Lo tiene todo. Podría haberos citado otras muchas películas, pero a mi me gusta ésta y me encanta Bill Murray en su papel de Frank Cross,  un importante ejecutivo de televisión cuyo único objetivo es conseguir la máxima audiencia, sin importarle la vida de sus empleados, ni de nadie. Pero ojo, como siempre, detrás de una persona hay una historia y Frank también la tiene. Sarcasmo a raudales y humor, en esta moderna interpretación del famoso cuento de Dickens que también es otro clásico para ver en Navidad. Por cierto, el taxista fantasma de las Navidades Pasadas, está interpretado por David Roger Johansen, un rockero estadounidense.

Todos los hermanos de Bill Murray (John Murray, Joel Murray y Brian Doyle) aparecen en la película con diferentes papeles. John interpreta al hermano de Frank, precisamente.

La película está llena de referencias a otras películas: como ‘La tienda de los horrores’. Cuando al final todo el mundo canta cantando “Put a Little love in your heart”, Frank (Bill Murray) dice (entre muchas otras cosas): “Feed me, Seymour!” (Dame de comer, Seymour). Esto hace referencia a ‘La tienda de los horrores‘, donde Murray tenía un pequeño papel.

Cuando el fantasma de la Navidad del presente aparece por primera vez en la película, le dice a Frank: “I’m a Little muddled” (Estoy un poco confusa). Ésta es una cita de Glinda, la bruja buena de ‘El mago de Oz‘, cuando conoce a Dorothy.

Así es el cine. Mágico

5. “Días de Navidad” (2019).

Podría haceros un ranking de diez películas e incluir muchas de las antiguas que me encantan (No dejéis de ver “El bazar de las sorpresas” del año 40, interpretada también por James Stewart, la española “La Gran Familia” o “Mujercitas”. La lista es larga)

Pero quería incluir algo relativamente nuevo que me hubiese gustado mucho. Y en este caso tengo que citar esta mini serie española que tiene el honor de reunir a grandes actrices. Yo diría que es un enorme desfile de divas: Victoria Abril, Ángela Molina, Elena Anaya, Verónica Echegui, Charo López, Verónica Forqué, Susi Sánchez, Alicia Borrachero, Nerea Barros, Anna Moliner, Nausicaa Bonnin. Primera vez que se reúnen todas. Una congregación así solo puede traer cosas buenas.

“Dias de Navidad”  no es un drama, sino un “comic drama” (aunque algunos se empeñen en decir lo contrario) Está dirigido por Pau Freixas  y la podéis ver en la plataforma Netflix. Son tres episodios. Muy al estilo de “Big Little Lies”, sigue la premisa de toda película navideña que se precie juntando a grandes del cine. Tres joyas en las que se narra en pasado y presente la historia de cuatro hermanas que se reúnen en Navidad. Para mi fue el descubrimiento de las Navidades pasadas y desde aquí os animo a verla.

Así termina mi pequeña contribución en este año 2020 que pasará a la historia como ese desagradable paréntesis de nuestras vidas.

No os olvidéis de que sin salud no hay vida y sin vida no hay felicidad. Así que vamos a esforzarnos por vivir y soñar.

¡Felices y cinéfilos días!

© 2020. Patricia Bernardo Delgado.

El universo de Dominick Dunne

El universo de Dominick Dunne

Hay autores, guionistas y artistas, que son capaces de crear un pequeño universo a través de sus obras, conectándolas de tal manera que forman un todo indisoluble. Cuando esto sucede surge la magia, esa luz atrayente que te incita a seguir leyendo, escuchando o mirando. Este fenómeno es el que ha hecho que hoy escriba sobre Dominick Dunne. O mas bien, sobre el universo de Dominick Dunne.

Todo empezó de la mano de una palabra y un título: “Las dos señoras Grenville” –Te la recomiendo, es una novela deliciosa–. Siempre me gustó la palabra “delicia”. Pero también se sumaba la editorial: Libros Asteroide, buen gusto a raudales. La ambientación en Nueva York, así como ese aire a Scott Fitzgerald o Truman Tapone. Con todos esos ingredientes me lancé de a leer esta historia que duró en mis manos una semana escasa.

Las “Dos señoras Grenville” trata sobre un tema que ha existido y existirá siempre: el deseo de ascender socialmente. De “ser alguien”, dentro de un mundo que a su protagonista, la bella Ann Arden, le resulta inalcanzable, fascinante. Cuando Ann, una corista de procedencia humilde que trata de ser actriz, conoce Billy Grenville, el heredero de una de las fortunas mas importantes de Nueva York, no duda en utilizar todas sus armas para convertirse en una de las dos señoras Grenville. La otra, la matriarca Alice Grenville, será el contrapunto de esta historia de intrigas, en la que, por supuesto, habrá un asesinato por desemascarar, sexo, glamour, pasión, arte y mucha, mucha vida. Todo este cocktail consigue agitarlo Dominicke Dunne, sin perder ni una pizca de elegancia. Introduciendo personajes muy potentes que aparecerán en las siguientes novelas como secundarios. Tal es el caso de Basil Plant, un escritor de “best sellers”, Lonny Edge, un chapero de lujo o Sims Lord, un oscuro y atractivo abogado asesor de gente poderosa, entre otros.

Todo esto lo descubrí después de leer “Una temporada en el purgatorio”. Para mi, su mejor novela. En ella, de nuevo nos encontramos con un asesinato encubierto, con la constante lucha de clases entre las grandes familias norteamericanas y las que pretenden abrirse paso después de haber ganado una fortuna. Una vez mas, Dunne sigue presente en sus orígenes irlandeses, los mismos que los de los Bradley, familia que inevitablemente recuerda a los Kennedy. También la bisexualidad, es una sombra recurrente que siempre pulula entre los personajes de sus obras. Más en este caso, en el que el protagonista, Harrison Burns, un chico inteligente que gracias a sus méritos accede a uno de los colegios mas prestigiosos de Estados Unidos, se enamora platónicamente de Constant Bradley, un atractivo y rico joven, cuyo poderoso padre, Gerald Bradley aspira a que se convierta en Presidente de los Estados Unidos. Basada en el asesinato sin resolver de una chica de quince años, supuestamente a manos de un primo de los Kennedy, esta novela no te deja indiferente de ninguna manera. Te absorbe. Todos los personajes son increíbles. Todos son víctimas de sí mismos y de sus circunstancias. Todos ansían contar su propia historia. Mi favorito: Kitty Bradley, la pequeña del clan Bradley.

Dunne tiene algo que hacía tiempo no saboreaba: la perfecta combinación de una trama trepidante protagonizada por personajes complejos y decadentes, a los que consigues odiar o amar. El ritmo, la agilidad en los diálogos y sobre todo la sencillez, que a veces recuerda a un guion de cine o a una de sus crónicas sociales.

No es de extrañar. Él también sigue siendo, tras su muerte, un personaje muy atractivo que irremediablemente acaba convirtiéndose en protagonista. Su vida comenzó en el mundo de la televisión en Nueva York, pero después, se pasaría al cine en Hollywood, donde conocería a grandes estrellas y sería productor. De ello daría cuenta años después cuando abandona la meca por sus problemas de adicción, en “Una mujer inoportuna”, desarrollada en la luminosa ciudad de Los Ángeles. En esta obra nos muestra toda una fauna de personajes que se mueven en el resbaladizo terreno de las apariencias del mundo del cine, con la figura del escritor y el periodista chismoso acechando. Así como esa constante diferencia de clases “angelina”, en la que ni siquiera la fama o el dinero son capaces de salvar la posición. Aquí aparece otro personaje encantador, que es Flo March. Una impresionante pelirroja, camarera y aspirante a actriz en Hollywood, que sin proponérselo se convierte en la amante de un poderoso y rico hombre: Jules Mendelson, que a su vez parece llevar una vida perfecta al lado de su esposa, la refinada Pauline.

Dunne pone de manifiesto que sabe de lo que habla, que conoce la psicología de los personajes, unas veces elegantes, otras sórdidos, otras encantadoras y otras, todas esas cosas a la vez. Recordándonos que las diferencias económicas y de posición nunca llegarán a separarnos lo suficiente cuando se trata de las pasiones humanas. Tampoco se le olvida, como buen periodista y guionista, la importancia de contar una historia, bien armada y construida. Dunne te atrapa con sus cantos de sirena, sin perder ni ápice de swing.

La lucha por la justicia y la verdad que prevalece sobre el dinero o la posición, es otro de los temas permanentes, que tiene mucho que ver con el drama familiar vivido por el autor, al ser asesinada su hija Dominique, actriz en la película Poltergueist, a manos de su ex pareja, con tan solo veintidós años. Y esa necesidad de buscar y relatar la verdad, de luchar contra las injusticias frente al poder, fue quizás el detonante que dió lugar a que este gran escritor, se convertirtiese en cronista del Vanity Fair, primero para hablar sobre el asesinato de su hija y después para acabar iniciando una columna de cotilleos sobre la alta sociedad o procesos judiciales tan controvertidos como el de O. J Simpson.

Dunne, fue además el hermano mayor del también escritor de la revista Time y guionista, John Gregory Dunne, casado con la escritora y editora del Vogue Joan Didión. Ambos, Gregory y Joan, fueron una pareja fascinante. Llegaron a escribir mano a mano una columna en el Saturday Evening Post.

Sin duda, Dominick Dunne fue alguien digno de una película. De hecho, existe, porque en 2002, el director Barry Avrich lanzó un documental no autorizado sobre Dunne llamado “Guilty Pleasure”. Y posteriormente una película, estrenada mundialmente.

Un gran creador que permanece entre nosotros gracias a su unvierso literario y que desde aquí os recomiendo que descubráis. No os vais a arrepentir. Eso si, espero que luego me lo contéis.

Buen viaje.

Foto extraída de: latimes.com

© 2020. Patricia Bernardo Delgado.

Ella o yo (III)

Ella o yo (III)

¿Qué es lo que nos transforma? ¿Un hecho? ¿Una persona? ¿O tal vez la suma de ambas cosas? Había llegado a la conclusión de que mi otro “yo” vivía conmigo desde hacía mucho tiempo. Quizás desde el principio. Solo que era demasiado pequeño para hacerse oír.

Encendimos las velas como si se tratase de un ritual. Concentrándonos en pasarnos cada una de ellas con el suficiente tiento para que su fuego no se apagase. El toque de queda era también el anuncio del descanso de la luz artificial. De todos los engranajes que alumbraban esa ciudad. Un símbolo del alto al fuego.

Ella prendió el último cigarro con una de las velas. El humo nos separó como un improvisado telón de acero que al difuminarse traería de vuelta a nuestros verdaderos “yo”

Aquellas personas que se miraron frente a frente se habían despojado por fin de sus amistosos disfraces.

Los ojos de ella, se convirtieron en una fina línea de destellos verdes. Subida en su pedestal de “no tengo miedo” se sentó frente a mí en una silla, mientras yo la observaba con la innegable calma del que sabe qué es lo que va a hacer y cómo.

– Es extraño –dijo al fin– Nunca habría imaginado que tú ibas a convertirte en uno de ellos. Aunque ahora que lo pienso, siempre viviste cerca de ese margen. Mas cerca que yo. ¿Cómo me encontraste?

Apuré el vaso de vino de un trago. Descargado del peso de la mentira.

– Tu jefe dejó algún rastro. Supongo que lo de largarte del Tribunal de repente les hizo sospechar. Eras la candidata perfecta. No tenías mucha gente a la que contarle tus cosas. Ni nadie que te esperase en casa. Bueno, salvo una. Aunque esa ya no está. Puedes estar tranquila. No sufrió.

– Eres un malnacido. Tenía que haberte dado lo que tanto deseabas antes de irme.

– Oh… No seas tan pretenciosa Marian. Siempre me inspiraste un poco de pena. Todo el rato jugando a ser una princesa disfrazada de Mata Hari –mentí–. Pero no. Nunca pensé que la persona con la que me iba a encontrar serías tú. Ni tampoco que te darías cuenta tan rápido. ¿Cómo lo supiste?

– Tu pistola –dijo señalando con la cabeza a mi costado izquierdo.

Tiró el cigarro en el suelo y lo aplastó de un pisotón. Se levantó para asomarse a la ventana desde la que se abría una pequeña parte del mundo, escurridizo y silencioso.

– Hazlo ya. No esperes mas –añadió sin mirarme.

– Date la vuelta. Quiero que me mires.

Obedeció. Girándose con gesto desafiante. Esa era Marian. La que me dejó tirado en la barra de un bar en Oviedo hacía ya cinco años, para convertirse en la persona que siempre quiso ser. Pero mis instrucciones eran claras. Se trataba de ella o yo. No había otra forma de solucionar las cosas sin que alguno saliese malparado.  

Me acerqué lentamente, tanteando el terreno. Quería olerla por última vez. Sentirla. Encapsular su recuerdo para siempre.

– ¿Por qué coño te metiste en esto Marian? –le susurré.

– Porque los buenos tienen que ganar alguna vez Robert.

– Siempre fuiste una idealista.

– Me gusta creer que sí. Lo que estáis haciendo es una masacre. Sois unos psicópatas. No lo permitiremos.

– Maldita sea… ¿Por qué me dejaste entrar?

– Porque siempre confié en ti. Por eso te escogieron. Hazlo… –me susurró al oído acercándose peligrosamente.

La abracé con fuerza. Todo sería limpio y rápido. Tenía el poder en mi mano y a ella en la otra. Nuestra respiración acelerada, las pupilas dilatadas por la excitación del último momento. Su calor… Ese último vestigio del pasado.

– Vete –le dije separándome de forma repentina.

Ella ahogó un gemido tapándose la boca con las manos. Sus ojos, se inundaron.

– La próxima vez puede que no tengas tanta suerte.

– ¿Qué será de ti?

– Seguramente me enviarán de vuelta a Oviedo. O tal vez me quede en Oxford, investigando a tu amiguito Toby Ord. ¿Quién sabe? Pero ahora tienes que irte. Busca a tu gente y desaparece. No quiero volver a verte.

Ella, Marian, me dio un último abrazo, cargado de muchas cosas. A fecha de hoy no sabría describirlas. Solo se que ese abrazo está guardado en un rincón privilegiado de mi cabeza y es el refugio al que acudo después de hacer alguna misión. Como una dicotomía de mi propia existencia, en la que necesito recurrir a lo bueno que ella sembró en mi, pese a seguir en el lado opuesto del camino.

– Gracias… Te debo una – me dijo antes de desaparecer por la puerta.

Las calles apagadas de Oxford se tragaron su sombra de un bocado. No sonó Bowie, ni hubo testigos que pudiesen dar parte de su desaparición. Solo yo.

Tal vez tardaré otros cinco años en volver a verla. O quizás eso no suceda nunca. Pero estoy seguro de que la mujer a la que dejé marchar aquella noche, ya no estaba perdida en ningún vacío. Aquella mujer tenía muy claro hacia dónde quería ir.

Autora: Patricia Bernardo.

Foto: Extraída de https://monterreyrock.com/

© 2020. Patricia Bernardo Delgado.

Ella o yo (II)

Ella o yo (II)

La luna nos siguió durante todo el camino de vuelta a casa. Atravesamos el pasaje de St Helens hasta llegar cerca del “Puente de los Suspiros”, donde ella tenía alquilado un apartamento lleno de muebles antiguos, velas, fotos pegadas a la pared, una chimenea que hacía las veces de biblioteca y un gran ventanal con vistas al puente. Parecía que hubiese comprimido toda su vida, reduciéndola a lo imprescindible, como los restos de un naufragio recolocados en la cabaña de una isla desierta. Esa selección de cosas era su hogar. Fácilmente transportable a otro lugar si había que salir corriendo. Sin embargo, pese a esa latente provisionalidad existía una atmósfera acogedora y sedante que invitaba a quedarse.

Abrió una botella de vino. La tenía reservada para una ocasión especial que parecía hacerse la remolona. Sacó un par de vasos del armario de la cocina y me ofreció uno. Saboree el vino, blanco, afrutado, sorprendentemente agradable. Como un saludo del pasado. Ella se quitó los zapatos y masajeó sus pies, mientras seguía hablando de lo que me encontraría en Oxford. Costumbres aferradas a sus muros que durante cientos de años se habían mantenido en pie, firmes como el Partenón.

No tenía pensado integrarme en su sociedad, ni entablar amistad con ninguno de ellos. Pero escuché lo que tenía que contarme:

– ¿Conoces a Toby Ord?

– No me suena…

Se recostó en el sofá y probó el vino.

– Es un tipo muy interesante –dijo haciendo una pausa–. De Australia. Trabaja como investigador en el Instituto del Futuro de la Humanidad. Estudia el “riesgo existencial”. Fundó “Giving What We Can” una sociedad internacional cuyos miembros se comprometen a donar al menos el diez por ciento de sus ingresos a organizaciones no gubernamentales que luchan contra la pobreza. Ahora lo llaman: altruismo eficaz. Hace poco publicó un libro. Te lo presentaré. Somos muy amigos.

– Yo soy médico, no filósofo.

– Él estudia a las personas. Tú también. Vuestros caminos están destinados a encontrarse.

– ¿Y tú? ¿Qué papel juegas en el campus? –pregunté para cambiar de tema.

– Doy clases de Derecho europeo. De aquí saldrán futuros cargos públicos, tal vez políticos, ministros… Aunque no es buen momento. Es como si hubiésemos sufrido un bombardeo y solo quedasen ruinas en las que reconstruir una ciudad. Las clases han menguado. Los cerebros también. Estamos confusos, vapuleados. A veces me siento como si acabase de salir de un largo centrifugado –dijo con pasión –. ¿Fumas? –añadió.

– No. Lo dejé.

– Yo de vez en cuando sí. Guardo algo de material de refuerzo. – Se levantó y rebuscó en el cajón de una cómoda. A través de su espejo podía ver su cara concentrada. Seguía conservando la misma figura estilizada. Quizás un poco más delgada. Pero mantenía esos andares de adolescente que parecían brincar con cada paso. Al fin se dio la vuelta con gesto de satisfacción. – ¡Aquí está! –exclamó, señalando una cajita de latón. Sacó un cigarro y lo encendió. Le dio una calada llena de añoranza.

Un silencio largo e incómodo se apoderó de la sala. Como si ahí dentro, en cada una de las palabras no dichas estuviese la clave para explicar todo este tiempo.

En realidad, ella y yo, nos vimos muchas veces antes de ese día. Pero nunca, hasta aquella noche en la que me dejó plantado en la barra del “Diario”, habíamos mantenido una conversación seria. Dimos por supuesto que éramos dos personas condenadas a vivir en mundos paralelos. Dentro de una misma burbuja, pero sin llegar a tocarse. O tal vez eso solo lo pensé yo. Sin embargo, es curioso como una conversación, una sola conversación, puede acercarte más a alguien que una amistad consolidada a través de los años. 

Cruzada de brazos, con el cigarro en la mano, seguía callada, fumando, mientras yo esperaba sentado en el sofá, a que su voz baja y ronca volviese a decir algo. 

– Laura sigue…

– ¿Viva? Si. Aunque ya no estamos juntos. Se fue a vivir a una casa perdida en los Picos de Europa con Tommi, un finlandés. Se dedica a cultivar un huerto y poco mas. Decidió alejarse, cortar por lo sano y empezar de cero. Volver a las cavernas. De vez en cuando me escribe una carta y me cuenta que es muy feliz. La creo. Aunque también pienso que algo se contaminó en su cabeza para siempre.

Ella le dio una larga calada al cigarro. Y de repente, expulsó el humo en una carcajada incontrolable. Me quedé un poco perplejo.

Toda la vida que habíamos construido minuciosamente quedaba ahora reducida a un puñado de frases contadas con desgana que en otro tiempo, habríamos despellejado hasta desgastarlas por ser algo extraordinario. Así que yo también me contagié de su humor y reí.

– Perdona… –se disculpó entre risa y risa–. Es que el solo hecho de imaginarme a Laura en mitad de un monte, haciendo de agricultora… ¿Tanto nos ha cambiado esta mierda? –preguntó ya en tono serio.

– Yo tengo la teoría de que ahora estamos donde queremos estar.

– ¿Así que tu y yo hemos escogido encontrarnos en Oxford?

El silencio volvió a ser el protagonista. Pero esta vez cobró un nuevo significado y dejó una incógnita flotando en el aire. Creo que los dos sentimos lo mismo. Pero nos quedamos parados en nuestras posiciones, inmovilizados. Esta vez no fue ella, sino yo quien rompió el silencio.

– En cierta medida sí. Brindemos por ello –dije levantando el vaso una vez mas.

Sonrió haciendo lo mismo. Intuyendo que después, vendría la gran pregunta.

– ¿Me vas a contar qué fue lo que realmente pasó para que te largases?

– Ya te lo he dicho. Estaba perdida. Solo eso. –añadió encogiéndose de hombros. Pero como si de repente se diese cuenta de que también a ella le faltaba una explicación, se decidió a seguir hablando:

– ¿Nunca has tenido ganas de desaparecer?

– No.

– Yo sí –. Buscó un cenicero donde apagar el cigarro. Y rellenó los vasos con mas vino. Después se sentó el sofá y comenzó a hablar, mirando a un punto inexacto. Como si yo fuese una estatua inerte –. Hubo una noche en la que todo se torció. Ya sabes, las cosas siempre se enredan cuando oscurece. Parecía que el mundo se había confabulado en mi contra. Así lo veía yo. Una vida desordenada, absurda, vacía… Un desastre. En el fondo sabía que no era así. Pero mi perspectiva se había ido al cuerno –. Hizo una pausa y miró el puente que asomaba tras la ventana descubierta. – En el trabajo las cosas estaban revueltas desde que se supo lo de China. Era como si todos tuviesen mucha prisa por terminar y largarse cuanto antes. Yo estaba a lo mío, dándole vueltas a mi supuesto fracaso vital. Pero antes tenía que hablar con el presidente de la Sala por un recurso de apelación. El caso es que cuando llegué a su despacho me lo encontré guardando sus cosas en cajas. Había decidido pedir una excedencia e irse con su mujer y sus perros al campo. Recuerdo como si fuese hoy lo que me dijo: “Si eres lista, vete ahora que estás a tiempo. Esto solo acaba de empezar. El mundo tal y como lo conocemos dejará de existir” Pocos días después enfermó gravemente y murió –. Soltó una triste sonrisa y apuró lo que quedaba de vino – Creo que necesitamos un poco mas de esto.

Y como si hubiese dicho las palabras mágicas, la oscuridad lo cubrió todo. Solo la luna nos mantuvo iluminados ante el apagón.

– Vaya. Hoy se han adelantado. No acabo de acostumbrarme a sus normas –dijo –. Alcánzame una de esas velas que están en la mesilla.

(…)

Autora: Patricia Bernardo.

Foto: Extraída de Google. Endeavour Tour.

© 2020. Patricia Bernardo Delgado.

Ella o yo (I)

Ella o yo (I)

“El mundo tal y como lo conocemos dejará de existir. ¿Qué tienes pensado hacer con eso?”

Estas fueron las últimas palabras que me dijo antes de desaparecer entre la cortina de personas del bar. Recuerdo su voz mezclada con cerveza y el “Rebel Rebel” de Bowie.

Cometí el error de dar por supuesto que volvería. Pero no fue así. La busqué en el baño. Quizás le habría pasado algo. Pregunté a los camareros. Sí, claro que la conocían. Pero se había largado. Sin despedirse. Ni dar ninguna explicación. Y aunque salí a buscarla lo más rápido que pude, fue demasiado tarde. Parecía como si las calles brillantes y resbaladizas se la hubiesen tragado.

Me acababa de confesar que se sentía perdida en un vacío inabarcable. Como una astronauta lanzada a su suerte en medio del espacio, sin planos ni rutas. Pensé que era reconfortante confirmar que tras la fachada de aquella mujer había un complicado andamiaje, en el que se asentaban muchas habitaciones, voces y personas. Si las demás supiesen esto… Seguramente dejarían de envidiarla, de quejarse por esa vida rutinaria y mundana. A ella le parecía imposible conseguir algo parecido.

No era feliz. ¿Y quién lo era todo el tiempo? Le dije yo. Pero cansada de escuchar lo mismo una y otra vez, me contestó que eso lo decían todas las personas que vivían dentro del perímetro de la normalidad. Donde incluso las preocupaciones se podían encajar en una lista de preguntas y respuestas frecuentes.

Ahora, años después, la devolvían a mi vida otras piedras, otras calles. No se si fue ella o tal vez yo, quien se dio cuenta primero. Nuestras miradas se cruzaron en mitad del “The Turf Tavern”

Era mi primer día en aquella ciudad tan familiarmente desconocida. Aún sentía el sudor pegajoso en la espalda y los nervios palpitando en el pecho. La clase había ido bien. Los alumnos escucharon pacientes mis teorías científicas sobre el fenómeno de Asturias durante la pandemia. Me dije que una pinta en el pub más emblemático de Oxford no me vendría mal para celebrarlo.

Ella llevaba mas rato que yo, observando mis movimientos, con esa mirada chispeante que hacía años me habría desarmado. Seguía conservando el halo de princesa destronada, la nariz respingona e insolente y esos labios, siempre a punto exhalar una calada o formular una pregunta en forma de puchero. Hizo señas para que me acercase a su mesa. Parecía alegrarse, a juzgar por los gestos y su sonrisa. Yo me sentía desubicado. Perdido en mitad de una niebla a punto de disiparse. Me dio un abrazo cálido. Olía a jabón, a flores, a lana. El pelo, recogido en lo que pretendía ser un moño, campaba por su rostro, invadiéndolo con un flequillo rebelde. La Debbie Harry de otros tiempos, ahora aparecía reconvertida en alguien menos sofisticada y accesible.  

Creo que sufrí un bajón de tensión. Un mareo repentino, fruto del cansancio, de la emoción que salía a relucir al constatar que aún existían personas de aquella época que seguían vivas. Ella cayó en la cuenta del impacto.

­– ¡Qué sorpresa encontrarte aquí! ¿Cómo estás? –exclamó, mientras hacía una seña al camarero para que nos atendiese–. Una pinta ¿verdad? A juzgar por tu cara creo que la necesitas. Parece que hayas visto un fantasma…

– Siéntate. Te sentirás mejor.

Me cogió las manos. Frías, sudorosas. Después las abrazó entre las suyas y las besó. Mis gafas se desempañaron. Las pintas se plantaron en la mesa, como una barrera de distancia entre nosotros y el resto del bar. Ya mas presente, me dejé envolver por la suavidad de su bienvenida. Sentía cómo mis ojos se volvían agua sin poder hacer nada para remediarlo.

– ¿Sabes? Cuando te fuiste aquella noche, me dejaste hecho polvo. Pensé que la había pifiado con alguna frase de las mías. Y después, toda la locura de estos últimos años… Nadie supo nada de ti. Pensé que habías muerto.

– ¿Así de fácil? ¿Pasan unos años sin vernos y ya me das por muerta? –dijo con sorna. Suspiró encogiéndose en su abrigo y me soltó las manos para darle un buen trago a la cerveza, como si con eso calmase su sed o ahuyentase los malos augurios que yo le traía desde Asturias–. Al parecer os habéis convertido en una isla en mitad del caos. Mira a tu alrededor. Mira sus caras. Ya nada volverá a ser igual.

No me sorprendía. Estaba habituado a las miradas suspicaces, los gestos nerviosos, los sobresaltos al escuchar una voz mas alta que otra. El miedo a los abrazos, las lágrimas aflorando a cada instante, los bloqueos y las ausencias voluntarias de muchas personas. Decían que Asturias había sido un caso mundialmente excepcional. Pero yo tenía mis teorías y procuraba infundir a mis alumnos la seguridad necesaria para avanzar en el inestable mundo de la ciencia y la investigación. Solo teníamos eso. Y nuestras vidas eran algo secundario, al servicio de un fin mayor.

– ¿No me digas que tú también has venido a dar clases?.

­­– En realidad solo estoy de paso. Imparto un seminario sobre investigación en la Facultad de Medicina. Durará unos meses. Tres, a lo sumo.

– ¡Esa es una gran noticia! –exclamó–. Por fin alguien que habla mi idioma. Un amigo….–. Se detuvo a mirarme con una pizca de melancolía en la que predominaba la ilusión por la novedad, por el reencuentro–. Tengo que presentarse a varios colegas. Te vendrá bien. La mayoría son unos gilipollas y otros se han quedado tocados. Para qué te voy a engañar. Pero hay alguno que se salva. Nos vamos a divertir mucho –dijo dando el ultimo trago a su pinta.

Había algo en su actitud, una discordancia extraña por descubrir. Tardaría tiempo en descifrarla, pero pensé que un buen comienzo sería retomar la conversación de hace años.

– La última vez que nos vimos me dijiste que el mundo desaparecería. ¿Lo recuerdas?

Asintió con sus ojos verdes.

– ¿Qué te hizo pensar que sería así?.

Se encogió de hombros. Hizo un gesto al camarero para que trajese otra ronda. Después comenzó a hablar, consciente de la importancia de su historia:

– Por aquél entonces vivía en un caos interior. Supuse que mis presagios sobre el desastre tenían que ver un poco con eso. Aunque después me dí cuenta de que había algo en mí que era capaz de sentir con anterioridad los hechos. Era como si me hubiesen enchufado al mundo y de repente pudiese adivinar que algo malo, muy malo sucedería. Una Magistrada como yo… –dijo esbozando una sonrisa burlona y enseñando unos dientes imperfectamente blancos–. Así que pensé que unas vacaciones no me vendrían mal. Algo de tiempo sin trabajar, sacando fotos por algún lugar del mundo, leyendo, paseando o sencillamente viviendo. Casualidades de la vida, un colega me dijo que la Universidad de Oxford se había puesto en contacto con la de Derecho de Oviedo para seleccionar a profesores. El feminismo había hecho estragos. Les gustó mi perfil. Al poco de llegar estalló la pandemia, la guerra, la crisis… Todo se mantuvo a duras penas, pero conseguí sobrevivir. Y eso me hizo indispensable aquí.

Satisfecha por su discurso perfectamente armado me preguntó por los demás.

“Los demás… ” pensé. No quedaba mucho de eso. Solo restos. Retazos descompuestos de lo que fueron. Pero no era tiempo de recordar a los caídos, ni de desmontar su historia. Aún no.

Lo excepcional, lo realmente excepcional, era que ella y yo nos hubiésemos vuelto a encontrar y siguiésemos vivos.

Brindamos por ello y nos dejamos llevar por la existencia perentoria de aquel momento.

(…)

Autora: Patricia Bernardo.

Foto: @Blondie-Facebook.

© 2020. Patricia Bernardo Delgado.

Sensaciones motorizadas

Sensaciones motorizadas

Sus manos giraron con un rugido. Sus pies se tensaron. La moto se incorporó en un santiamén a la carretera. Era inevitable fijarse.

La calle se estrechaba cuesta abajo y el motorista apareció del lado de las terrazas.

No sé si fue el gesto decidido de sus piernas camufladas en unos vaqueros, la impetuosidad del movimiento, la postura de todo su cuerpo encajado en aquél enorme trasto o lo inesperado de lo que vino después: un suave ronroneo interior que me despertó aquella mañana del verano de dos mil veinte.  

Autora: Patricia Bernardo.

© 2020. Patricia Bernardo Delgado.

Foto: Sensacine.com. Copyright D.R.

El Mapa (III)

El Mapa (III)

Durante el resto del fin de semana el frío se apoderó de mí. No era el frío del viento que aligeraba aquel pegajoso mes de junio. Tampoco resultó ser una gripe, ni una indigestión. No supe de qué se trataba hasta que volví a casa y descubrí entre la correspondencia un sobre. “Para Dani” decía. Adiviné por su letra que era de ella.

Un vacío seco se agarró a mi estómago. Me quedé parado no se durante cuanto tiempo. Haciendo oídos sordos al perro de los vecinos, dándome la bienvenida. Sonaba lejos, muy lejos. Tardé en recomponerme, en salir de mi asombro. Pero lo hice. Y sí, leí su carta.

“Hola tú…

Ha pasado demasiado tiempo. Pero para mi es como si hubiese volado, devolviéndome al mismo sitio. Hay cosas que permanecen intactas por mucho que quieras que se transformen. Las hundimos en algún lugar profundo, o eso creemos. Esperamos que no vuelvan a salir a la superficie. Pero tarde o temprano lo hacen.

No sé si recibirás esta carta el día de tu cumpleaños (me ha costado localizarte). O si algún día la leerás (te creo capaz de estrujarla y tirarla en alguna papelera) El caso es que, si mi memoria no me falla, hoy cumples cincuenta años. Una edad redonda, un cambio de década. Pero a fin de cuentas un dígito más. Así que, aprovechando la importancia de esta cifra, espero que aceptes mi regalo: un mapa con el que recorrer la vida.  Algo que aprendí durante estos años en los que no estuviste y que me enseñó a dejar de tener miedo. Ahora puedo decirte que pese a todo, te quiero. Lo digo sin el miedo a tu rechazo o desinterés. Porque, a fin de cuentas, no espero nada. Verás que la vida está cargada de personas que no sienten. Unas porque no saben, otras porque no quieren. No dejes que el miedo te impida sentir. Siempre viví con miedo. Miedo al abandono, al rechazo, al qué dirán… Pero aun así fui capaz de amar. Y en este momento me aferro con fuerza a esa parte de mí. Qué suerte he tenido. Muchas personas no aman en toda su vida.

Marian”

La carta venía, cómo no, acompañada de un mapa dibujado por ella. Con una guía muy clara sobre la ruta a seguir y las instrucciones para ello. Consejos de supervivencia en este mundo loco. Leerlo era como caminar en el día a día con alguien que te coge de la mano y te da una visión empática y cargada de amor hacia la vida.

Ray tenía razón, aquél maldito accidente lo cambió todo. Pero ahí, en esas frases y dibujos, estaba ella y también Marcos, mi hermano. 

Ahora, cuando me siento perdido, miro el mapa de Marian. El que me regaló por mi cincuenta cumpleaños, justo antes de morir. Se fue rápido, sin demasiados dramas. Ella era así. Esta vez tuve tiempo suficiente para despedirme.

El mapa está un poco arrugado de tanto usarlo. Pero cada día sigo fielmente todas sus coordenadas e indicaciones y  siempre llego a algún lugar.

Autora: Patricia Bernardo.

© 2020. Patricia Bernardo Delgado.

El Mapa (II)

El Mapa (II)

Me contó que había venido a hacer unos bolos por la zona. Al parecer seguía tocando, pero cada vez menos. No podía desaprovechar la oportunidad de coger lo que saliese, aunque le pagasen una mierda.

– Así que te has retirado a escribir para llevar una vida de monje –dijo riéndose, al tiempo que recibía con un trago la cerveza que le servía el camarero. –Siempre fuiste una caja de sorpresas tío. Y lo que mas me extraña es que la gente aún pregunte por ti.

Arqueé las cejas y noté con sorpresa cómo el calor me cubría la cara. No recordaba que me hubiese pasado nunca. Al menos no en mi etapa adulta. Sentí una mezcla de satisfacción y vergüenza.

– ¿Se puede saber quién se acuerda de mí?

Ray me miró entornando sus ojos, adivinando o quizás pensando en alguna maldad de las suyas. Pero se limitó a contestar:

– Bueno, ya sabes, Mike, Leny… Hasta Lucy, mi mujer.

– ¿Te casaste con Lucy?

–  Sí, me casé –contestó él enseñándome orgulloso un anillo en forma de sello.

– No pensaba que lo tuyo con Lucy fuese tan serio –dije dando mi último sorbo al café que ya se había enfriado.

– Siempre lo fue. Pero en ese momento, también deseaba estar con otras tías. Ya sabes, la vieja historia de siempre.  –contestó dando un largo trago a su cerveza.

– Un riesgo muy grande para los dos. –encendí un cigarro. –Pero al final salió bien –añadí mientras perdía mi vista en el mar revuelto bajo las montañas. De repente, una sensación extraña de desasosiego recorrió mi estómago. Me removí un poco en la silla, pero Ray no lo advirtió. Seguía hablando sobre su teoría de cómo tenerlo todo sin perder nada.

– Verás, Lucy me quiere con mis defectos y yo a ella, con los suyos…

Bla, bla, bla… Aquella pobre chica no tenía más defecto que haberse colgado de ese cretino.

–No sé tío, al final es como una premonición, creo que hay personas destinadas a quedarse juntas para siempre. No concibo mi vida sin ella.

¡Ahí estaba el poeta de Ray! El rockero de medio pelo, letrista de canciones tan empalagosas como ésta, la que pretendía que fuese su vida. Aunque… ¿Quién era yo para juzgarle? No lo había hecho mejor que él. En realidad, fui yo quien la dejó sin más explicaciones que las de siempre. Pero en ninguna de ellas había una causa que justificarse separarnos, movida por el desamor, la ausencia de atracción o de cariño. Todo eso existía, pero no las ganas de construir un futuro juntos. Esa fue mi excusa para irme. La oficial. Pero tuve mucho tiempo para meditar y darme cuenta de que en realidad tenía miedo, un miedo que no me dejaba en paz ni de día ni de noche.

–Lucy se encontró el otro día con Marian.

Lo dijo mirando al horizonte, echando el humo hacia arriba, mientras estiraba las piernas para apoyarlas en una silla. Parecía que estaba muy cómodo a mi lado. Yo seguía revolviéndome, intentando aplacar aquel malestar que ahora se había quedado aferrado a mi estómago como un perro rabioso.

– Nunca entendí por qué lo dejasteis. Supongo que aquel accidente lo jodió todo…

– No queríamos lo mismo –le corté.

Él hizo un gesto de aprobación con su cabeza. Como si fuese suficiente mi escueta y seca respuesta. Aplastó el cigarrillo, dando por zanjada la conversación. Su aparente comodidad se desvaneció.

– ¿Y lo sabes ahora?

Ray se levantó casi al tiempo en que pronunciaba la pregunta, sonriendo como un  zorro. Un zorro que sabe muy bien lo que dice, cómo lo dice y el efecto que causa en quién que lo escucha. Alguien que sabe moverse muy bien por la vida, sin salir mas escaldado de la cuenta, midiendo los pasos, los tiempos, las palabras y los actos. Pero, a fin de cuentas, alguien que ha vivido y ahora disfruta de esa vida acompañado de la persona elegida. Cogió su guitarra y me miró con medio ojo, mientras el otro se lo tapaba su pelo alborotado.

No supe qué contestarle. Porque en realidad no tenía ni idea. Quizás solo quería no querer nada. Contuve mis ganas de interrogarle sobre si ella seguía sola, casada o divorciada. Y lo más importante: si estaba bien.

– Venga dame un abrazo, no seas tan “hosco” –pronunció esta última palabra con exagerada pedantería deshaciendo la nube de tensión. No me quedó más remedio que levantarme y hacerlo.

– Da recuerdos, a Lucy y… al resto de la banda. Bueno, diles que sigo vivo.  Al menos eso parece –sonreí con gesto melancólico. “Díselo a ella también”, pensé. Pero no dije nada, para variar.

Ray hizo amago de pagar la cuenta.

– No, hoy invito yo. Es mi cumpleaños.

Ladeó la cabeza, y volvió a reírse. Se quedó mirándome con una cara indescifrable y se despidió.

 – Felicidades tío. Nos vemos.

Le vi alejarse, cargando su guitarra, un poco mas encorvado de la cuenta. Sin duda, seguía siendo Ray.

(…)

Autora: Patricia Bernardo.

© 2020. Patricia Bernardo Delgado.

 

El Mapa (I)

El Mapa (I)

Todo sucedió un diecisiete de junio. Ese día cumplía cincuenta años. Me encontraba sentado en una terraza de un pueblo pesquero, cerca de Bilbao, tomando un café. No me fijé en el nombre del pueblo cuando cogí la desviación, con mi último o penúltimo capricho antes de diñarla. Solo quería parar en algún lugar y estirar un poco las piernas. Así que lo que menos esperaba era encontrarme con Ray Fernández en aquel punto inexacto del camino.

Apareció detrás de mí con una palmada en la espalda, de esas que te pegan un buen susto y hacen que te gires con un movimiento brusco. Hacía cinco años ya y no tenía ninguna gana de volver a verle. Supongo que en ese momento mi cara sería de chiste, porque, él me recibió con una ruidosa carcajada, igual que solía hacer entonces, y un:

–¿Qué pasa tío? ¿No me das un abrazo?

 “Joder”, pensé. “Tanto tiempo para librarme de ti y ahora apareces el día de mi cumpleaños en el lugar más inesperado”

Me levanté con dificultad. No por los cincuenta, sino por la pereza que me producía dar un abrazo a ese metro noventa, más flaco que un palo y con pinta de haberse metido hasta el último gramo de cualquier cosa. Apestaba a alcohol, pero por lo demás, seguía siendo el mismo. Su característico pelo largo rubio, ahora mezclado con más canas y esos ojos grises, cargados de despreocupación y locura. Si, ese era Ray. Miré su guitarra al mismo tiempo que él cogía una silla y se sentaba haciendo una seña al camarero.

– Bueno… –palmada en el cuello –¿Qué es de tu vida? Hace la de Dios que no te veo. ¿Te ha tragado la tierra o qué?

No. La tierra no me había tragado. Sencillamente me alejé de todo y de todos. Mantenía contacto parcial con algunas personas, pero básicamente cogí el petate y me retiré a escribir en una pequeña casa cerca de Llanes, mirando al mar. Pagué a la dueña la renta adelantada de un año y pedí una excedencia en el trabajo, a sabiendas de que, si algún día decidía volver, no me esperaría ninguna silla.

Mis libros seguían vendiéndose y hacía algún trabajo extra, textos por encargo, páginas de presentación de webs o cartas de amor para algún desesperado. Es sorprendente lo que puedes llegar a hacer para otros. Con eso, mis pequeñas ganancias en bolsa y los ahorros que había ido acumulando, podía seguir viviendo sin demasiados lujos. Salvo el único que ahora me esperaba aparcado. Contados viajes, a excepción de alguna escapada como ésta, para salir a la superficie, visitar a alguna amiga y… Si, hasta en eso me había vuelto un espartano.

Después de tantos años, en contra de todo pronóstico, la seguía teniendo metida en la cabeza. Era como una obsesión que recurría a mí y no se iba por más que la quisiese espantar. A veces me convencía a mí mismo de que la tenía dominada y conseguía echarla a patadas, hasta que su imagen se difuminaba. Pero ahora, aparecía Ray delante de mis narices para recordarme aquella vida y removerme por dentro.

(…)

Autora: Patricia Bernardo.

© 2020. Patricia Bernardo Delgado.