Yo solo quiero estar contigo

DestacadoYo solo quiero estar contigo

En la ciudad encantada se esconden muchos secretos. Habitan en ella pequeñas ciudades, palacios, jardines y grandes personas hechas de acero y piedra. Solo hace falta pararse a mirar y escuchar…

Son las cinco de la tarde. Una de esas en las que, por caprichos del destino, estoy sentada en una terraza. La vida a veces es juguetona y te coloca en los lugares que se le antoja. Un cruce de caminos entre la calle de la Rúa y la Catedral. Pero no soy la única. Hay otros como yo, que no tienen prisa y se dejan caer a tomar un café, comer a destiempo, o coger un poco de aliento entre visita y visita. A esta hora, muy pocos de los que estamos, somos de aquí.

Dicen que esta ciudad está dormida, que se hace vieja. Pero a mí me gusta lo viejo, las conversaciones de los bancos del parque y las de los paseos, cargadas de sabiduría. Me gusta tropezarme con los recuerdos que permanecen intactos y con los que se van incorporando. Y en estos días inesperados, me vuelvo a enamorar.

No tengo prisa, solo ganas de observar a las palomas intrusas, al niño que corretea por la plaza de la Catedral, mientras su madre le observa paciente. Al hombre que se sienta en la fuente con su cartón de vino, pero solo se bebe el sol y se rasca de vez en cuando su soledad. Ella nos mira a todos impasible.

¿Tú de quién eres? Me gusta pensar que, al igual que yo, no eres de nadie. Y que cuando sale el sol, deambulas sin rumbo, ni reloj, ni planes. Me gusta creer que eres calle y refunfuñas cuando llega la hora de recogerse. Porque… ¿Quién sabe? A lo mejor mañana llueve o se convierte en uno de esos días plomizos, en los que el ánimo se viene abajo con la misma pesadez que el aburrimiento.

Pero esta tarde, es una de esas en las que las conversaciones son pausadas y lentas. La vida me ha dado una tregua, no hay teléfonos, ni nadie que hable demasiado alto. Solo se escucha el ronroneo constante de la fuente de la Catedral. Y todos, el niño, la madre, el borrachín que dejó de serlo por un momento, los turistas y las pocas personas que, como yo, hicimos una pausa en esta tarde de mayo, caemos presos del encantamiento de la ciudad. Hipnotizados por la calma que nos produce su sosiego.

A ti no te gusta mostrarte demasiado, solo lo justo. Te encanta descubrir rincones oscuros que suenan a rock y jazz. Tú, como yo, no eres de grandes carteles, porque quien conoce lo bueno ya sabe dónde encontrarlo. Eres provocadora y te gusta que te pinten con grafitis, aunque luego te caiga una buena bronca. Tú, que siempre fuiste tan refinada…

Te gusta abrazar lo nuevo. Le pides a gritos que no se vaya, que se quede y no te deje sola. Pero no olvidas lo viejo. ¿Cómo podrías hacerlo si lleva tanto tiempo contigo? Te enseñas orgullosa a quienes vienen a conocerte, y te defiendes frente a los que reniegan de ti. Tú, como yo, eres pequeña, pero no te da miedo abrirte al mundo y respirar. Lo necesitas tanto como hablar cuando quieren silenciarte. Eres rebelde y te enfrentas a los que se empeñan en retenerte. Porque la libertad es tu bien más preciado.

Apuro el último sorbo de café. Quiero recorrerte antes de volver a casa. Hoy estás más guapa que nunca, brillante y luminosa. Le guiño un ojo a la Catedral. Cuántas reliquias y tesoros escondes… Ella y yo sabemos que nos volveremos a ver.

Cimadevilla es un desfile de caras sonrientes al sol, y de repente, una voz canta a Sabina, cobijado bajo la sombra que precede a la plaza del Ayuntamiento. “Ahora es demasiado tarde princesa…” Parece la versión moderna de una canción que Clarín le dedicó a Ana Ozores. Las monedas tintinean al caer en la funda de la guitarra que reposa en el suelo. Yo también tengo una que me espera en casa. Pero aún no es hora de volver.

Una plaza, una iglesia, otra plaza cubierta y una calle… Entre el suelo y el cielo, los tejados recorren el horizonte, protegidos por las montañas. Todos se han puesto de acuerdo para abrazarte. Dudo si seguir hacia el Rosal, pero quiero más plazas, más gente, más sol. Trascorrales está muy contenta con sus sillas de madera, sus balcones, flores y colores. Podría ser el escenario de una película o de una serie de televisión de época, pero solo es una plaza en mi pequeña gran ciudad. Y después, una puerta que se abre hacia otra plaza con más tejados, palacios encantados, libros y árboles. Me detengo en mitad de un oasis de ramas y hojas que se dejan mecer por la brisa que se cuela en cada resquicio de sombra. Algún peatón despistado, busca refugio en este día que la primavera le ha robado al verano. Hoy es un regalo. Uno que no quiero dejar escapar. Porque no siempre puedo pasear a esta hora, no siempre hace sol, ni tampoco esta plaza descansa, sin las voces que gritan gangas detrás de sus puestos. No siempre será hoy, y tal vez, no exista un mañana.

Cuelo mis pasos por las estrechas aceras hasta llegar al Riego. Más terrazas, más sol, más vida… La muralla que la bordea me enseña el camino hasta la antigua Universidad. Eres traviesa, a veces haces que me tropiece con tesoros sin yo darme ni cuenta. Espera… No seas impaciente, que aún quiero saludar a alguien muy especial. Don Úrculo descansa en su plaza y me hace un gesto con el sombrero que le acompaña día y noche. Bajo reloj de Porlier está el último piso de la casa en la que hace tiempo imaginé una historia.

Desde allí, la calle desciende en una comitiva de árboles y farolas que me llevan hasta la Escandalera, al campo San Francisco, la calle Uría y la antigua estación de tren. Fuentes, estatuas, farolas, árboles, luz y edificios, que se elevan para indicarme que ya he llegado a la mitad del camino. Por hoy ya ha sido suficiente.

Emprendo la subida hacia mi casa, una cuesta prolongada que me sé de memoria. Dicen que vendrán más días como éste, pero tú y yo sabemos que no serán igual. Dejo que suene la música dentro de mis cascos, “I only want to be with you”.

Autora:Patricia Bernardo. Relato publicado “La Nueva España” el día 2 de junio de 2019.

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Los restos de lo que fuimos

Los restos de lo que fuimos

Foto: Rebecca Bathory. https://www.rebeccabathory.com

 

Quedaban pocas cosas intactas después de tantos años de abandono. Sólo un viejo tresillo de seda, ennegrecido por el polvo, permanecía quieto en mitad del salón, como una imagen perenne de nosotros, resistiéndonos a dejar aquel lugar antes de que se destruyese para siempre. ¿Cuánto tiempo nos quedaba? Era difícil saberlo.

El techo ya había cedido a la presión, derrumbándose, y los escombros de recuerdos se apilaban sin piedad, como cadáveres después de una masacre. Pero las esbeltas paredes aún permanecían erguidas y guardaban todos nuestros secretos: las cosas que nos dijimos en voz alta y también las que nos susurramos, las veces que las acariciamos y las que las rasgamos.

Sin embargo, al mirar por los sucios ventanales que, en otro tiempo, fueron lluvia, sol, noche y día, divisé algo inmenso y desconocido, lleno de posibilidades. La luz de la mañana se proyectó sobre lo que quedaba de nosotros, como una llamada del más allá advirtiendo que el tiempo de visita había tocado a su fin. “Aquí ya no se puede estar. Es hora de decir adiós” me dije. Salí sin mirar atrás y respiré el aire del amanecer, cegada por la luz que me había invitado a irme. Lo que fuimos y donde vivimos, se desplomó a mis espaldas, como un truco de magia. Solo entonces, al mirar atrás y ver que ya no quedaba nada, fui capaz de caminar hacia ese horizonte esperanzador que se vislumbraba a lo lejos y que se llamaba: vida.

 

Autora: Patricia Bernardo.

La otra ciudad

La otra ciudad

Foto:  “La Nueva España”. 21-09-2012.

Este relato fue publicado el viernes 14 de septiembre de 2018 en el periódico “La Nueva España”, edición Oviedo; dentro de un apartado llamado: “Historias Mateínas”, en el que escritores ovetenses fuimos plasmando durante una semana relatos, sensaciones o historias en las que las fiestas de la ciudad estuviesen presentes.

La sorpresa fue que, contra todo pronóstico, el día escogido para publicar mi relato fue el mismo del pregón de las fiestas. Y yo me enteré esa misma mañana, de la que iba a trabajar, al recibir un mensaje de un compañero que me felicitaba por mi columna… “¿Qué columna?”, pensé yo. Y  resultó ser que se había adelantado su publicación.

Aunque muchos amigos lo habéis leído ya, no se puede acceder a él vía internet salvo que estéis suscritos al periódico, y sería una pena que un relato al que le tengo tanto cariño quedase reducido a un recorte de peiródico en mi casa,  o a una foto parcial en las redes sociales.

Este espacio es mi bunker, donde deseo que encontréis todo lo que escribo y comparto con los que habéis descubierto mi rincón. Así que… es todo vuestro.

La otra ciudad:

Observo mi ciudad, tranquila y sigilosa, adormecida por el verano perezoso y caprichoso que empieza a irse lentamente. La imagino cansada de fugaces paseos de turistas, de la soledad del que se queda y tiene que soportar el vacío que deja quien se va buscando algo mejor.

En San Mateo, Oviedo deja de ser poco mía y se transforma en otra ciudad, callejera, gritona, nocturna y resacosa. Una prefabricada, que se construye a golpe de chiringuitos, escenarios y focos que tapan a la de siempre, que permanece latente, a la espera de que le quiten el disfraz.

 

Oviedo se monta y desmonta tan sigilosamente como una cenicienta se desprende de su vestido, pasada la media noche. Vive una ciudad paralela, llena de rincones construidos para unos días que después se irán. Y como suele ocurrir cuando alguien es protagonista, todo el mundo se pelea por llamar su atención. Eso fue lo que me dijo el día en que la conocí…

 

Aquella noche mis planes se habían esfumado de la misma manera que cualquier posibilidad de hacer otros nuevos. Así que decidí salir a comer un bocata de calamares y beber una cerveza en el chiringuito en el que estaba echando una mano un colega. Todo el mundo había salido a la calle y era difícil no sentirte acompañado. Pegar un mordisco a tu bocata y saludar sin perder la dignidad, se había convertido en un reto.

Fue después cuando la vi reflejada en la pantalla del “Pinón Folixa”, pero ella hacía como si nada, como si la fiesta no fuese cosa suya o mejor dicho: como si ella fuese la fiesta. Llevaba los labios pintados de rojo y el pelo revuelto. Sus ojos envueltos de rimel me sonrieron desde el otro extremo de la barra. Yo levanté mi cerveza a modo de saludo y ella se abrió paso entre la multitud.

—Te conozco —me dijo.

— ¿Ah sí? —contesté un poco confuso. Ella sonrió.

—Si, te veo pasar muchas veces por la plaza de la catedral. La atraviesas a zancadas. ¿La has contado  alguna vez? —preguntó sin parpadear.

 — ¿Perdona? —respondí sin saber si la había escuchado bien.

— ¡Que si has contado cuantas zancadas mide la plaza de la catedral! —gritó.

La miré extrañado, no se si por la pregunta, porque era la primera vez que la veía o por las dos cosas a la vez…

–No… ¿Y tú?

Se rió de nuevo y movió la cabeza de un lado encogiéndose de hombros.

—No… Se me acaba de ocurrir según estaba hablando contigo. Tardaría un rato porque no tengo las piernas tan largas. —dijo mirando sus vaqueros desgastados con resignación.

Generalmente la gente tiene prisa por acortar las conversaciones, los que las escuchan y los que hablan. Pero en nuestro caso, ahí estábamos, uno frente a otro. Yo la miraba con una sonrisa a medio hacer. Ella no paraba de hablar mientras le daba sorbos a su cerveza. Era graciosa e imprevisible.

—En San Mateo las plazas dejan de ser plazas y las calles pierden su nombre. La ciudad de verdad está detrás de todo esto. Aunque siempre tengo la sensación de que permanece a la espera de algo que no llega y me da ganas de zarandearla para que espabile —suspiró mientras sacaba un cigarrillo. —Supongo que está despechada, igual que yo… —dijo con gesto de fastidio, mientras le daba fuego.

— ¿Por qué estás despechada?

—Verás… —echó una calada a su cigarrillo y después continuó —me sentí muy sola este verano. Te fuiste, mientras yo me quedaba aquí, como siempre, paseando a unos cuantos turistas por la ciudad. Esperando a que tú y el resto volvieseis —esta vez sonería con melancolía. —De repente todo es luz, música, fiesta… Y hasta tú te has fijado en mí. ¿Tengo que vestirme de fiesta para que lo hagas?

No sabía si se trataba de una actriz que ensayaba su papel o solo una chica que trataba de ligar conmigo, pero no podía dejar de mirarla. Sorprendido, confuso, hechizado…

Justo en ese momento empezó a sonar “Purple Rain”, de Prince. Y entonces, recordé aquella noche en la que Slash se subió al escenario del Pinon a tocar con los “Stormy Mondays”… Sonrió de nuevo, recuperando su jovialidad y como si adivinase mi pensamiento dijo —Si, aquella noche fue gloriosa… Deberías estar más atento cuando vas por la calle, porque te lo estás perdiendo.

— ¿Y qué es eso que me estoy perdiendo?

Ella me regaló una sonrisa aún más grande que las demás y exclamó:

 — ¡A mi! —después se dio la vuelta para irse.

—¡Espera! ¿No me vas a decir al menos cómo te llamas?

La chica de labios rojos y ojos envueltos en rimel, se acercó por última vez y me susurró algo al oído. Después, se perdió entre la multitud y desapareció. Aún hoy sigo preguntándome si fue real o solo un sueño. Desde entonces, siempre que atravieso la Plaza de la Catedral para ir a trabajar, me acuerdo de su nombre: Oviedo. Y ahora nunca la pierdo de vista.

Autora: Patricia Bernardo.

Publicado en el periódico “La Nueva España”, Oviedo, el 14 de septiembre de 2018.

Deliciosa asfixia

Deliciosa asfixia

 

La ciudad me recibe con todo su caos, con el desorden adquirido por el paso el tiempo que forma parte de ella, reflejado en las fachadas de sus edificios y su ajetreado tráfico. Todo es bello y terrible a la vez. Como un precioso niño con la cara tan sucia que a penas se intuye su belleza sino fuera por sus grandes ojos azules.

Así es Nápoles, sucia, pero bella. Llena de vida y pasión, como la de dos que acaban de sudar juntos y se despiertan con sus cuerpos pegados. Deliciosamente asfixiante. Como esa persona de la que te despides con la promesa de que volverás a verla, aliviada por la marcha, y a la vez excitada por la esperanza de un futuro incierto e idílico, en el que se repita un encuentro. Aunque en lo más profundo de tu ser sepas que hay lugares en los que no puedes quedarte y personas a las que quizás no vuelvas a ver.

Nápoles 07-08-2018

 

Autora: Patricia Bernardo.

A un “clic” de ti

A un “clic” de ti

Era la chica mas triste del bar. Pero nadie parecía fijarse en ella excepto yo. Quizás por eso me llamó la atención. O sencillamente porque yo también estaba triste y había perdido la esperanza de dejar de estarlo. A mi alrededor, todo eran risas, bailes, fiesta, copas, conversaciones al oído, sonrisas y miradas traviesas…

Ya no había humo. Ese se había ido hacía tiempo, dejando paso a otros olores… Con suerte, a veces eran ráfagas de perfume, otras, del humo que venía de la calle. Tenía ganas de salir fuera. Pero quería que la chica viniese conmigo. Y ni siquiera sabía cómo llegar hasta ella. Rodeada de amigos, inmersa en su burbuja de pensamientos, parecía estar muy lejos de aquél bar. Y sin embargo, estaba ahí, a muy poca distancia de mi. De vez en cuando buscaba el móvil en su bolso y lo miraba. Eran miradas furtivas, quizás esperando un mensaje, quizás mirando la hora… Y cuanto más lo miraba, más triste parecía. De repente, un atisbo de una sonrisa y esos ojos que permanecían igual. Solo cambiaba su boca, que se tornaba en algo parecido a eso, una sonrisa. Estaba seguro de que había sacado la mejor versión de sí misma aquella noche. Aunque desde mi rincón sólo la veía de forma intermitente, cuando la gente dejaba el espacio suficiente para observarla. Decidí acercarme, aparté a varias personas. Ya estaba casi a su lado. Por un instante nuestras miradas se cruzaron. Ella parecía extrañada, como si intentase reconocer a alguien, o no esperase encontrarse con mi mirada. Cuando ya me acercaba  con el torpe propósito de decirle algo, la multitud nos separó por un instante, que fue suficiente para perderla de vista. Sonaba en ese momento Turnedo “Quien no tiene valor para marcharse… Quien no tiene valor para aguantar”. Se había esfumado como por arte de magia, como si hubiese hecho “clic” para desaparecer y trasladarse a otro lugar. Uno en el que yo no estaría. Salí afuera con la esperanza de verla, pero su rastro se  había perdido en la noche. Una sonrisa se dibujó en mi cara. La misma sonrisa un poco triste de ella. Quizás todo este tiempo había sido suficiente para aprender a dejarla marchar cada vez que veía repetida su imagen en un bar. Encendí un cigarro y me puse los cascos. Volé junto a Calamaro a ese lugar: “La soledad de dos amantes que al dejarse están luchando cada quien por no encontrarse…” El mensaje decía: “Hola tú…”

Patricia Bernardo.

 

Como cada mañana

Como cada mañana

El camino era un recorrido de hojas mostaza, cobre, con forma de as de picas. El hombre con figura alargada y ensimismada, las hacía crujir con sus pasos lánguidos. Las miraba como quien mira algo sin darse cuenta de que está ahí, de su belleza, o de su rareza. Las miraba sin observarlas o analizarlas. Para él, eran solo el camino a seguir. Y pisarlas era tan natural como caminar por la acera de una calle. Todas las mañanas mientras sacaba a pasear a mi perro Tobías veía a aquél hombre, haciendo el mismo recorrido. Siempre solo, siempre, o casi siempre vestido igual, ensimismado, con la cabeza agachada y las manos cogidas a su espalda. Por aquél entonces Tobías y yo éramos nuevos en el barrio.

Tobías ya no le ladraba al cruzarse con él. Se había acostumbrado a su presencia y ahora jadeaba sacando la lengua y movía la cola de un lado a otro, dándome en las piernas mientras tiraba de su correa para que no se lanzase sobre mi conocido del parque.

Porque pese a su aparente indolencia, cada vez que nos cruzabamos me daba los buenos días, después de levantar la cabeza al oír a Tobías.

Pude observar entonces que aquél hombre era mayor que yo, pero no mucho más. Seguramente no habría pasado de los cuarenta. Sin embargo, parecía mayor, mucho mayor y cansado. De la vida o quizás de deambular cada mañana por el parque. No era habitual encontrarse a esas horas con nadie, salvo otros paseadores de perros, algún madrugador corredor y puede que alguien rezagado.

Después de pasear a Tobías, volvía a casa, me ponía mi traje y salía corriendo a la oficina. Ese había sido el motivo de que me trasladase a esa ciudad y a ese barrio. Tobías me miraba sentado sobre sus patas, con la cabeza un poco inclinada mientras yo repasaba en el espejo el resultado antes de irme. Era un buen perro. Y mi única compañía durante aquella época de cambios. Nuevo trabajo, nueva ciudad, nueva casa, nuevo barrio, novia a la fuga y amigos esparcidos por el mundo. Así estaban las cosas. Y así estaban bien. Me sentía liberado por tener la capacidad de poder empezar de nuevo. Era como salir de excursión cuando eras niño y sentías ese cosquilleo en el estómago ante la idea de enfrentarte a un nuevo mundo, totalmente desconocido y misterioso. O como viajar por primera vez al extranjero cuando eras adolescente. Esa mezcla de miedo, curiosidad y libertad, por poder ser tú, o una versión mejorada de ti, libre de los: “Ya se lo que me vas a decir…” o “te conozco…”.  Pensaba en Marta mientras bajaba en el ascensor. Realmente uno llega a desear con todas sus fuerzas llegar a conocer a la persona de la que te enamoras. Disfrutar de esa complicidad que hace que no sea necesario decir muchas cosas, porque ya se dan por supuestas. Pero cuando la confianza pretende derribar los muros de tu más preciada intimidad y se pierde el misterio… Entonces aborreces con todas tus fuerzas esa confianza que pasa a llamarse costumbre, o monotonía. Si, Marta podía haber sido… Pero no fue. Agradecía que sus amigos estuviesen lejos, porque eso hacía que cuando conseguían reunirse, o cuando hablaban por el Skype, todo fuese una fiesta.  Y después, todo era tan fácil como desconectar el interruptor y volver a tu nuevo mundo, tus nuevos compañeros de trabajo aún por conocer, tu nuevo barrio aún por recorrer… Y tu nuevo vecino aún por descifrar. Aunque el nuevo era él en realidad.

Esa mañana, cuando ya estaba en la calle, se cruzó con un hombre vestido de traje, elegante y lánguido, algo encorvado, con aire de despreocupación por el atuendo escogido, que sin embargo, conseguía un resultado bastante mejor que el suyo. No sabía si por su facha, por su estatura o por la práctica adquirida durante muchos años. El hombre levantó la vista y le penetró con sus ojos azules. Entonces Marcos cayó en la cuenta de que ese hombre, era con el que se cruzaba cada mañana con Tobías. Él le saludó con el mismo gesto de hacía un rato, aunque esta vez añadió una nueva  frase: “Buen día” dijo, y después, siguió su camino.

Autora: Patricia Bernardo Delgado.

 

Uno, dos… tres

Uno, dos… tres

Foto: Bansky.

“Una vez más estamos aquí. Es un lugar conocido. ¿Lo recuerdas verdad? Es ese lugar en el que habitan todos tus miedos. No puede ser que lo hayas olvidado… Estoy seguro de que si le ordenas a tu mente que se esfuerce, conseguirás llegar hasta ese momento en el que comenzó todo. Puede que las imágenes sean confusas, que se precipiten, que corran tan deprisa que casi no puedas alcanzarlas… Oyes risas, llantos, conversaciones tuyas, de otras personas a las que quieres o quisiste, o quizás solo se trata de personas cuyo nombre creíste olvidar… Si… La memoria te ayudará a recordar ese momento en el que sentiste por primera vez miedo.  ¿Ya has llegado? ¿Ya recuerdas el dia en el que le abriste la puerta por primera vez? Creías que no existía, que era una historia de terror para niños, una pesadilla, un mal sueño. Te avergonzaba confesarlo, porque tú creaste ese lugar. Lo hiciste paso a paso, guardando en un rincón cada temor, cada inseguridad, cada mal trago que no quisiste confesar… Así lo construiste. Hacía años que no acudías a él. Lo abandonaste porque decidiste no tener miedo a nada ni a nadie. Y poco a poco se fue llenando de polvo y telarañas. El miedo se convirtió en un ente flaco y desganado. Pero nunca se fue. Siguió habitando en ti, esperando a que un día decidieses volver.  Y ese momento ha llegado. Por eso estás hoy a aquí. No, no intentes verlo, no te esfuerces, ni malgastes energías, el miedo no se ve ni se oye, solo se siente… ¿Qué vas a hacer para acabar con él?”

Lucia permanecía tumbada en el gran sofá. Lloraba con los ojos cerrados, contrayendo su cara en un gesto de dolor. Y así siguió hasta que poco a poco dejó de hacerlo y se empezó a relajar… Fue entonces cuando una voz le dijo:

“Lucia, voy a contar hasta tres y después, te vas a despertar… Uno, dos…. tres.”

Patricia Bernardo Delgado.