Uno, dos… tres

Uno, dos… tres

Foto: Bansky.

“Una vez más estamos aquí. Es un lugar conocido. ¿Lo recuerdas verdad? Es ese lugar en el que habitan todos tus miedos. No puede ser que lo hayas olvidado… Estoy seguro de que si le ordenas a tu mente que se esfuerce, conseguirás llegar hasta ese momento en el que comenzó todo. Puede que las imágenes sean confusas, que se precipiten, que corran tan deprisa que casi no puedas alcanzarlas… Oyes risas, llantos, conversaciones tuyas, de otras personas a las que quieres o quisiste, o quizás solo se trata de personas cuyo nombre creíste olvidar… Si… La memoria te ayudará a recordar ese momento en el que sentiste por primera vez miedo.  ¿Ya has llegado? ¿Ya recuerdas el dia en el que le abriste la puerta por primera vez? Creías que no existía, que era una historia de terror para niños, una pesadilla, un mal sueño. Te avergonzaba confesarlo, porque tú creaste ese lugar. Lo hiciste paso a paso, guardando en un rincón cada temor, cada inseguridad, cada mal trago que no quisiste confesar… Así lo construiste. Hacía años que no acudías a él. Lo abandonaste porque decidiste no tener miedo a nada ni a nadie. Y poco a poco se fue llenando de polvo y telarañas. El miedo se convirtió en un ente flaco y desganado. Pero nunca se fue. Siguió habitando en ti, esperando a que un día decidieses volver.  Y ese momento ha llegado. Por eso estás hoy a aquí. No, no intentes verlo, no te esfuerces, ni malgastes energías, el miedo no se ve ni se oye, solo se siente… ¿Qué vas a hacer para acabar con él?”

Lucia permanecía tumbada en el gran sofá. Lloraba con los ojos cerrados, contrayendo su cara en un gesto de dolor. Y así siguió hasta que poco a poco dejó de hacerlo y se empezó a relajar… Fue entonces cuando una voz le dijo:

“Lucia, voy a contar hasta tres y después, te vas a despertar… Uno, dos…. tres.”

Patricia Bernardo Delgado.

Vidas ajenas

Vidas ajenas

Suelo comprar el periódico en un quiosco, de esos que están cubiertos de un gran armazón de acero, que parecen anclados a las calles como las farolas, inmunes al paso de los años y a la competencia de las tiendas.

Alguien me preguntó hace unos días si en mi ciudad aún existían quioscos, y yo solo visualicé el mío, el de cada mañana, forzando a mi memoria a hacer un repaso de los muchos quioscos que se asientan en mi pequeña ciudad. Si, en Madrid hay más, y puede que las avenidas en algunas zonas sean mucho más amplias. En eso pensaba cuando iba camino de mi quiosco.

Después, compré el periódico del día y me senté en un banco. Antes de abrirlo, observé la variedad de personas que caminaban por la calle. Hombres y mujeres, algunos con prisa, otros inmersos en sus pensamientos, hablando por el móvil, aislados con sus cascos, taciturnos, sonrientes, enamorados o ilusionados, cansados… Me di cuenta del gran número de posibilidades que tras esas personas se esconden. Posibilidades de vidas ajenas, caminos por explorar, sentimientos que descubrir. Y cada una de ellas, alberga una visión particular de esa mañana, de ese día. El anonimato, el desconocimiento hace que todos ellos alberguen esas posibilidades, como un abanico que está por abrirse. Cada uno de nosotros somos una visión: el chico que va con sus cascos escuchando música mientras se imagina subido a un escenario, la chica que habla por el móvil, quizás recibiendo los buenos días de su pareja o charlando con su mejor amiga antes de entrar a trabajar, el abuelo que lleva a su nieto al colegio, la madre que corre a prisa a su trabajo con remordimientos… Pero quizás ese chico no imagine nada, sino que vaya disfrutando de la música, intentando memorizarla y la chica que habla por el móvil tan solo se esté peleando con algún comercial que intenta venderle algo. Quizás la mujer que corre al trabajo no sea madre, ni quiera serlo, o puede que ansíe hacerlo y haya perdido la esperanza. Quizás solo sea una mujer que corre porque le gusta ir deprisa, y el abuelo no lo sea… ¿Quién sabe qué vidas esconden esas personas?

Al día siguiente yo sería una más que se mezclaría con ellas y quizás las observaría desde mis propios pensamientos y visión de la vida. Volvería sentir esa libertad que me confiere  el anonimato compartido. El bullicio, las prisas… ¡Se abre la veda! Un, dos, tres, listos y a correr hacia alguna parte. Pero no sería esa mañana. Esa en la que me había propuesto sentarme a leer el periódico en un banco cualquiera, mi propósito era otro bien distinto, pero por un momento me olvidé de él.

 

Autora: Patricia Bernardo Delgado

Y entonces llegaron ellas

Y entonces llegaron ellas

¡Buenas viajeros! Hoy estoy muy contenta. Y es que los premios Emmy para 2017 han tenido a bien reconocer el gran trabajo de dos de mis series favoritas: The Handmaid’s Tale y de Big Little lies.

Me alegra que ambas compitiesen en apartados distintos: la primera en series y la segunda, en miniseries. En el caso de The Handmaid’s Tale (“El cuento de la criada”) estaba cantado, al menos para mi y supongo que para los que habéis seguido la serie también. Reúne una temática original y arriesgada, basada en la novela de Margaret Atwood, que también es productora de la serie, engrandecida por actuaciones tan soberbias como la de su protagonista y coproductora Elisabeth Moss, el tremendo y enigmático Joseph Fiennes y la atractiva Yvonne Strahovski. A ello se une la perfecta caracterización de sus personajes, fotografía y estética, junto con una banda sonora rompedora, muy acertada, que nos recuerda que lo que estamos viviendo está sucediendo en una época actual, no en el siglo pasado. Recuerdo que cuando vi el cartel publicitario me hice la remolona. Pensé que era una serie de la Edad Media o de una secta de extrañas monjas. Pero cuando un día me decidí a verla, descrubrí que nada más lejos de mis sospechas. Y desde entonces, no pude dejar de esperar con ansias al siguiente capítulo. Queda por saber si la segunda temporada estará a la altura de la primera. Nunca se sabe, pero por lo pronto, ya se está rodando y somos muchos los que esperamos a que esté en la pequeña pantalla.

Big Little lies me lo puso mucho más fácil. Y es que sencillamente ver a Nicole Kidman y a Reese Witherspoon compartiendo protagonismo, junto con una tímida Shailene Woodley, consiguió llamar toda mi atención. Nicole suele tener muy buen gusto a la hora de escoger papeles y me gusta cómo actúa cuando encarna un personaje dramático. En el caso de Reese ocurre algo parecido, aunque no llega a gustarme tanto como Nicole, es de esas actrices que con el paso de los años ha sabido evolucionar y crecer con paso firme y decidido.

El guión ya apuntaba maneras, basado en una novela australiana de Liane Moriarty, con el mismo título, ambientada en Monterrey, aunque no todo rodado en esa zona, puesto que las maravillosas casas en las que viven algunas de sus protagonistas están situadas en Malibú, lo que contribuyó a que la estética fuese muy atractiva. Pero sobre todo, sus personajes, cargados de un fuerte dramatismo y misterio, todos ellos posibles sospechosos y víctimas de un asesinato que es una gran incógnita, enganchan desde el principio. A las tres protagonistas se unen además otras grandes como la inmensa Laura Dern y Zoë Kravitz, que además se lanza a cantarnos un tema.

Los personajes masculinos no deben pasar desapercibidos y aunque la serie es femenina por naturaleza, ellos lo bordan. Desde el sueco Alexander Skarsgård, mas conocido por su papel de vampiro en “True Blood”, pasando por James Tupper y el siempre presente: Adam Scott.

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La guinda del pastel la pone la música. Casi cobrando un papel protagonista. Redonda, diría yo. Con temas tan grandes como “Harvest moon” de Neil Young o “Pocketful of Rainbows” de Elvis Presley, que se suman entre otros muchos, a la melodía de cabecera: “Cold little heart” del cantante de soul Michael Kiwanuka. El formato miniserie es un soplo de aire fresco que se agradece dentro del panorama tradicional, pero ojo, porque hay quien dice que habrá segunda temporada… Nos tendremos que quedar con la duda. Por ahora, a saborear las mieles del éxito.

Patricia Bernardo Delgado.

Los viajes musicales de David Lynch

Los viajes musicales de David Lynch

Seguramente a los amantes de Twin Peaks la tercera temporada os haya resultado una broma de mal gusto, un jarro de agua fría, una extravagancia o quizás, sencillamente no os haya gustado. Pero para los amantes de David Lynch este giro no creo que os haya sorprendido. En esta temporada Lynch es más auténtico que nunca y actúa con la libertad de alguien a quien las reglas o las audiencias se la soplan, trasladándonos a una dimensión totalmente surrealista y onírica, en ocasiones  alucinógena y en otras  poética. Mundo paralelo y real, se confunden de una forma tan descabellada y anárquica que resulta difícil distinguir lo que es sueño de realidad.

Con una estética muy cuidada e incorporaciones tan acertadas como la de Naomi Watts, Lynch añade un tercer factor, siempre presente en sus trabajos, al que le otorga un peso aún mayor si cabe que en otras ocasiones: la música.  Si en las dos primeras temporadas Angelo Badalamenti fue el encargado de dirigir la banda sonora de Twin Peaks, y la singular Julee Cruise fue la que centró toda nuestra atención con “Falling”, ahora lo son todo un elenco de grupos, muchos de ellos desconocidos, al menos para mí, que intervienen en cada capítulo, actuando en un bar con mucho humo y cortinas de terciopelo rojo. Temas como “Shadow” de Chromátics, “Missisippi” de The Cactus Blossoms, o mi favorito: “Tarifa” de Sharon Van Etten, son algunas de las joyas de esta temporada. Todo muy Lynch.

Y ahí es donde me quiero quedar, en su banda sonora, que desde el 8 de septiembre ya podemos disfrutar, porque ha sido editada por Rhino en CD y doble vinilo, con una portada ideada por el propio David Lynch: “Music From de Limited Event Series”.

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Aquí os dejo la referencia de la playlist que sigo en Spotify, Twin Peaks: The Return Soundtrack.

Feliz viaje!

Patricia Bernardo Delgado.

 

A Jack le gustan las margaritas

A Jack le gustan las margaritas

“Las personas mayores nunca son capaces de ver las cosas por si mismas y es muy aburrido para los niños tener que darles explicaciones una y otra vez…” El Principito.

 -¡Mama, he descubierto algo fantástico! Lucas tiró su bicicleta en el jardín de casa, subió corriendo las escaleras del porche y se puso de puntillas para abrir la puerta.

-¡Mamá, mamá! -seguía gritando, mientras iba de una sala a otra buscando a su madre, hasta encontrarla en la cocina. Su madre estaba concentrada limpiando la encimera. Ante los ojos de Lucas parecía muy alta y segura. Dejó lo que estaba haciendo y se giró para ver llegar a su hijo rojo de excitación.

-¿Pero qué es eso tan importante que has descubierto pequeño ratón? -dijo mientras ponía sus brazos en jarras y miraba a Lucas con gesto de guasa, ladeando ligéramente la cabeza.

–Mama… Ya sabes que no me gusta que me llames ratón. Los ratones son roedores que comen queso y a mi no me gusta el queso -contestó resoplando a modo de enfado. Su madre intentó mantener el gesto serio.

–Es verdad cariño. Siempre se me olvida que no te gusta el queso. Así que dime: ¿qué es eso tan fantástico que me tienes que contar?. Menuda sudada traes anda… -dijo mientras revolvía su pelo y le daba un beso a Lucas en su carita llena de pecas.

-¡Verás mama, hoy he descubierto que a los perros les gusta comer flores! -dijo con la cara iluminada por el descubrimiento. Su madre se rió con ganas.

-¿Flores? Pero, cariño, a los perros les gusta comer de todo menos… Un momento… ¿A qué perro te refieres?

La madre se inquietó al mismo tiempo que caía en la cuenta de que ellos tenían un perro, el viejo y bueno de Jack.

Lucas cambió su gesto alegre por otro de fastidio. “Los mayores a veces parecen tontos”, pensó.

-¡Pues qué perro va a ser!. Jack mama, el único perro del mundo. No conocemos más perros. Mama, a veces pienso que no enteras de nada -dijo abriendo sus manos para expresar su desconcierto-

 “Ay dios, que nos hemos quedado sin perro”, pensó su madre mientras miraba por la ventana de la cocina buscando a Jack.

–Lucas… Dime que no le has dado de comer ninguna cosa rara a Jack. Sabes que es mayor y tiene un estómago delicado.

La madre había cambiado su gesto de guasa por un mas serio. Lucas, por supuesto, no entendía nada.

 –Mama, Jack se ha comido unas margaritas en el jardín y le gustaron. ¿No te parece fantástico?. Jack es un perro especial y vivirá muchos, muchos años porque cuando se acabe la comida de perros en el mundo, él se alimentará de margaritas. Yo las he probado pero no me acaban de gustar. Prefiero el bocadillo de Nocilla. Mamá… Tengo ganas de merendar -dijo Lucas mientras volvía a resoplar.

La madre no sabía si reírse o abrirle la boca para que escupiese las margaritas que se acaba de zampar. Pero acabó riéndose y encogiéndose de hombros. A fin de cuentas: ¿qué daño podían hacer unas pocas margaritas a Lucas y a Jack?.

-Eso está hecho. Pero antes de nada, vete a lavarte las manos y después, me sigues contando tu teoría sobre los perros y las margaritas -contestó su madre. Miró por la ventana de la cocina  y observó aliviada que Jack bebía agua en el jardín.

Lucas corrió por el pasillo feliz de que su madre por fin entendiese algo tan sencillo como que a Jack le gustaban las margaritas.

Patricia Bernardo Delgado.

Elizabeth Bishop y su arte de perder

Elizabeth Bishop y su arte de perder

Aprender cada día a perder algo es una tarea difícil, pero que una vez adquirida te ayuda a desprenderte de las ataduras del miedo. Así es como Elizabeth Bishop, poeta norteamericana ganadora del Premio Pulitzer en 1956, nos invita en su poema “El arte de perder”, a practicar cada día este “arte” tan complejo. Aprender a desprendernos y asumir que la pérdida forma parte de nuestras vidas, aunque a veces esa pérdida sea, por qué no, un desastre…

Descubrí a Elizabeth Bishop, a través de la película “Luna de Brasil”, dirigida por Bruno Barreto, que trata precisamente sobre la relación de amor de la poeta y la arquitecta brasileña Lota de Macedo Soares, desarrollada en Brasil, país en el que la poeta viviría durante quince años.

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Es una película interesante, fundamentalmente por la labor interpretativa de sus dos protagonistas que transmiten a la perfección el amor desgarrador y turbulento que se produce entre dos personalidades radicalmente distintas, que encarnan, en el caso de Elizabeth Bishop (Miranda Otto) el pesimismo y en el de Lota de Macedo Soares (Glória Pires), la fuerza.

Sin embargo, lo que permaneció dentro mi después de ver la película fue únicamente el interés por conocer la obra de  Elizabeth Bishop, especialmente por una escena  en la que lee a su amigo y colega Robert Lowell (Treat Williams), un poema titulado: “El arte de perder”Tiene varias versiones, pero esta puede que sea la que mas me gusta y que hoy quiero compartir con vosotros:

“El arte de perder no es difícil adquirirlo.
Tantas cosas parecen empeñadas
en perderse, que su pérdida no es un desastre.

Pierde algo cada día. Acepta el tumulto
de llaves de puertas perdidas, la hora malgastada.
El arte de perder no es difícil adquirirlo.

Practica entonces perder más aún, y más rápido:
lugares, nombres, y el sitio al que se suponía
que viajarías. Nada de esto será un desastre.

Perdí el reloj de mi madre, y -¡mira!- la última, o
penúltima de tres casas que amaba se fue.
El arte de perder no es difícil adquirirlo.

Perdí dos ciudades, ambas adorables. Y, más ampliamente,
algunos sitios de los que era dueña, dos ríos, un continente.
Los echo de menos, pero no fue un desastre.

-Hasta al perderte a ti (la voz bromista, un gesto
de amor) no habré mentido. Es evidente que
el arte de perder no es demasiado difícil de adquirir
aunque parezca por momentos (¡Escríbelo!) un desastre.”

En este artículo del País semanal, podéis leer un interesante relato sobre la vida y obra de la poeta http://elpaissemanal.elpais.com/confidencias/elizabeth-bishop-el-arte-de-perder/

¡Gracias por seguir ahí!. Seguimos viajando… Seguimos descubriendo.

 

Patricia Bernardo Delgado.

Sentí que sentía

Sentí que sentía

Foto: Pinterest. Cuadro de Van Gogh.

Recorrí campos de girasoles y molinos de viento hasta llegar a las dunas de Bolonia… Y ya de noche, viajé persiguiendo a la luna… De fondo, sonaba una canción que no recuerdo… Pero no era la canción a lo que prestaba atención, sino a la luna que me acompañaba a través de la ventanilla del coche, de vuelta a mi provisional casa… Aparecía y desaparecía entre los árboles, los escasos tejados y las nubes, que le abrían paso, anunciando que el día siguiente sería de sol, de agua y de lectura sosegada… Es tiempo para pensar, me dije, para recuperar lo que creía perdido en un rincón oscuro…

Y fue en ese momento, después de  recorrer los campos de molinos y girasoles, de viajar en coche con la luna… cuando me di cuenta de que ese sentimiento que creía adormecido, escondido como un perro apaleado que tiene miedo a ser acariciado, seguía vivo…  y eso, me hizo sonreír aliviada, porque por fin, volví a sentir que sentía.

Patricia Bernardo Delgado.