Una escena: Cruce de caminos.

Una escena: Cruce de caminos.

Foto:  Anuncio de publicidad de camisas IKE. La Voz de Asturias. Gijón.

 

Después de estar algún tiempo sin publicar, quiero compartir con vosotros mi experiencia en el Master de Creación Literaria que estoy cursando con la Universidad Internacional de Valencia (VIU) a distancia. Es una gran suerte poder aprender de escritores tan enormes como Espido Freide, Nuria Barrios, Violeta Serrano, Vanessa Monfort y Pedro Ángel Palou García. Aún me quedan unos cuantos por conocer… Todo un reto, un esfuerzo también, pero sobre todo, un incentivo enorme a mi creatividad que trama sin cesar. Así que hoy voy a publicar una escena en la que doy vida a un personaje y lo pongo en movimiento. No se si de aquí saldrá algo más o si esta escena se quedará guardada en un cajón, esperando a que la reviva mas adelante, como me pasó en mi primera novela. Pero ésta podría ser la historia de dos mujeres que cruzan su camino una mañana:

 

Charo se despertó con el sabor agridulce de la noche anterior. El reencuentro con su padre la había despojado del armazón de “estoy bien” que la mantenía a salvo. En ese momento sentía que no quedaba nada de la vieja Charo, la que se había subido a un tren desde Madrid para volver a su casa, después de casi un año de ausencia. La distancia había sido mitigada con breves llamadas que rara vez le devolvían algún reproche. Su padre se había mantenido firme en su postura, esa que con el silencio decía más que hablando. Y así se lo encontró al regresar a casa, igual que la última vez que se despidieron, sentado en el mismo sillón, absorto en recuerdos que hacía tiempo no compartía con nadie. Sin embargo, esta vez, sus ojos grises y acuosos, habían mirado a Charo desde su cara chupada diciéndola: “¿Por qué tardaste tanto?”. Al recordar esa imagen sintió cómo el estómago se le revolvía con fuerza. Ella sabía que la enfermedad de su padre no había sido la verdadera razón de su vuelta, sino una excusa para encontrar respuestas.

Afuera, Gijón amanecía y su cama de adolescente olía a la reconfortante humedad del mar. Buscó refugio en el baño, arropada con la chaqueta de lana del día anterior, sintiendo cómo el frío de las baldosas se colaba por sus zapatillas. Al aclararse la cara y mirarse en el espejo, tardó en reconocerse. Su imagen pintaba muy diferente bajo esa luz. Pero después de unos minutos de presentaciones, se familiarizó de nuevo con la Charo de rasgos afilados y ojos color miel… Sonrió al recordar que siempre echaba en cara a su padre haber heredado su nariz aguileña. Él la consolaba diciéndola que, como compensación, había ganado la sonrisa perfecta de su madre. Un nuevo retortijón le revolvió el estómago, como un pellizco malintencionado que le pilla a uno por sorpresa.

“A correr” se dijo, espantando los recuerdos. Sacó la ropa de la maleta aún sin deshacer y se puso sus mallas, una sudadera y zapatillas “running”. Bajó las escaleras de madera con cuidado de no despertar a su padre. Pero él ya estaba en la cocina, desayunando, mientras escuchaba las noticias de la radio.

–Mucho madrugas hija. ¿Dormiste bien? – preguntó al verla.

Charo aspiró el olor a café que salía de la italiana y sonrió con fingida jovialidad (ocultando la ansiedad que la empujaba a escapar).

–¡Dormí de maravilla!  –contestó después de darle un beso en la frente–. Pero ahora me voy a correr un poco.

Su padre arqueó las cejas.

 –¿Con el estómago vacío? –preguntó extrañado.

–Si papa, sino me puede sentar mal. No te preocupes. Volveré en una hora –dijo mientras se recogía el pelo.

–Ten cuidado… –contestó en voz baja, como si hablase para sí, concentrándose de nuevo en su taza de café.

Pero Charo ya se había ido, emprendiendo un suave trote a través del camino empedrado que conducía al puerto. Hinchó sus pulmones y sintió cómo el aire oxigenaba su cabeza, llenándola de tranquilidad, mientras el mar aparecía ante sí cubierto por una luz rojiza esperanzadora.

El día que Martín le dijo que no tenía pensado dejar a su mujer, se encontró de golpe con las sacudidas en el estómago que la dejaban sin aire, las mismas que había sentido cuando su madre murió. Aida le recomendó entonces hacer algo de ejercicio, transmitiendo a su amiga los hábitos saludables que a ella le habían dado resultados. “Correr a sus treinta y cinco años… Ella que se reía de la moda de los “runner” y adoctrinadores de vida sana que la inundaban y aburrían por igual…” pensó. Sin embargo, correr la había salvado. Y ahora se aferraba a ello como una droga. Su mente vagaba libre y caprichosa, conectándose y desconectándose con la realidad.

En esas estaba mientras sonaba en su Spotify “Another Star” de Stevie Wonder, imaginándose en un crucero estilo “Vacaciones en el mar”, cuando se dio cuenta de que se había desviado demasiado de su camino, llegando hacia una zona deshabitada, cerca de una fábrica destartalada. Ya se disponía a dar la vuelta cuando de repente, como salida de la nada, una mujer vestida con una bata, el pelo blanco enmarañado y caminar sonámbulo, se atravesó en su camino, como una oveja descarriada de su rebaño. A punto estuvo de llevársela por delante.

–Señora… ¿Se encuentra bien? –exclamó, parándose en seco mientras se quitaba los cascos.

La mujer, que rondaría los setenta años, la miró con los ojos de una niña que ha perdido a su madre y no sabe qué decir.

–¿Dónde vive? –insistió Charo.

La mujer, abrumada por las preguntas, arrugó su cara en un gesto de dolor y señaló hacía la vieja fábrica.

–Yo…vivo ahí –contestó al fin.

Charo miró el paisaje desolado que las rodeaba. Pero “ahí” no había nada más que escombros y dos mujeres que se habían desviado de su trayecto por diferentes razones.

Estaba claro que la carrera de aquella mañana duraría más de la hora prevista.

Autora: Patricia Bernardo.

La otra ciudad

La otra ciudad

Foto:  “La Nueva España”. 21-09-2012.

Este relato fue publicado el viernes 14 de septiembre de 2018 en el periódico “La Nueva España”, edición Oviedo; dentro de un apartado llamado: “Historias Mateínas”, en el que escritores ovetenses fuimos plasmando durante una semana relatos, sensaciones o historias en las que las fiestas de la ciudad estuviesen presentes.

La sorpresa fue que, contra todo pronóstico, el día escogido para publicar mi relato fue el mismo del pregón de las fiestas. Y yo me enteré esa misma mañana, de la que iba a trabajar, al recibir un mensaje de un compañero que me felicitaba por mi columna… “¿Qué columna?”, pensé yo. Y  resultó ser que se había adelantado su publicación.

Aunque muchos amigos lo habéis leído ya, no se puede acceder a él vía internet salvo que estéis suscritos al periódico, y sería una pena que un relato al que le tengo tanto cariño quedase reducido a un recorte de peiródico en mi casa,  o a una foto parcial en las redes sociales.

Este espacio es mi bunker, donde deseo que encontréis todo lo que escribo y comparto con los que habéis descubierto mi rincón. Así que… es todo vuestro.

La otra ciudad:

Observo mi ciudad, tranquila y sigilosa, adormecida por el verano perezoso y caprichoso que empieza a irse lentamente. La imagino cansada de fugaces paseos de turistas, de la soledad del que se queda y tiene que soportar el vacío que deja quien se va buscando algo mejor.

En San Mateo, Oviedo deja de ser poco mía y se transforma en otra ciudad, callejera, gritona, nocturna y resacosa. Una prefabricada, que se construye a golpe de chiringuitos, escenarios y focos que tapan a la de siempre, que permanece latente, a la espera de que le quiten el disfraz.

 

Oviedo se monta y desmonta tan sigilosamente como una cenicienta se desprende de su vestido, pasada la media noche. Vive una ciudad paralela, llena de rincones construidos para unos días que después se irán. Y como suele ocurrir cuando alguien es protagonista, todo el mundo se pelea por llamar su atención. Eso fue lo que me dijo el día en que la conocí…

 

Aquella noche mis planes se habían esfumado de la misma manera que cualquier posibilidad de hacer otros nuevos. Así que decidí salir a comer un bocata de calamares y beber una cerveza en el chiringuito en el que estaba echando una mano un colega. Todo el mundo había salido a la calle y era difícil no sentirte acompañado. Pegar un mordisco a tu bocata y saludar sin perder la dignidad, se había convertido en un reto.

Fue después cuando la vi reflejada en la pantalla del “Pinón Folixa”, pero ella hacía como si nada, como si la fiesta no fuese cosa suya o mejor dicho: como si ella fuese la fiesta. Llevaba los labios pintados de rojo y el pelo revuelto. Sus ojos envueltos de rimel me sonrieron desde el otro extremo de la barra. Yo levanté mi cerveza a modo de saludo y ella se abrió paso entre la multitud.

—Te conozco —me dijo.

— ¿Ah sí? —contesté un poco confuso. Ella sonrió.

—Si, te veo pasar muchas veces por la plaza de la catedral. La atraviesas a zancadas. ¿La has contado  alguna vez? —preguntó sin parpadear.

 — ¿Perdona? —respondí sin saber si la había escuchado bien.

— ¡Que si has contado cuantas zancadas mide la plaza de la catedral! —gritó.

La miré extrañado, no se si por la pregunta, porque era la primera vez que la veía o por las dos cosas a la vez…

–No… ¿Y tú?

Se rió de nuevo y movió la cabeza de un lado encogiéndose de hombros.

—No… Se me acaba de ocurrir según estaba hablando contigo. Tardaría un rato porque no tengo las piernas tan largas. —dijo mirando sus vaqueros desgastados con resignación.

Generalmente la gente tiene prisa por acortar las conversaciones, los que las escuchan y los que hablan. Pero en nuestro caso, ahí estábamos, uno frente a otro. Yo la miraba con una sonrisa a medio hacer. Ella no paraba de hablar mientras le daba sorbos a su cerveza. Era graciosa e imprevisible.

—En San Mateo las plazas dejan de ser plazas y las calles pierden su nombre. La ciudad de verdad está detrás de todo esto. Aunque siempre tengo la sensación de que permanece a la espera de algo que no llega y me da ganas de zarandearla para que espabile —suspiró mientras sacaba un cigarrillo. —Supongo que está despechada, igual que yo… —dijo con gesto de fastidio, mientras le daba fuego.

— ¿Por qué estás despechada?

—Verás… —echó una calada a su cigarrillo y después continuó —me sentí muy sola este verano. Te fuiste, mientras yo me quedaba aquí, como siempre, paseando a unos cuantos turistas por la ciudad. Esperando a que tú y el resto volvieseis —esta vez sonería con melancolía. —De repente todo es luz, música, fiesta… Y hasta tú te has fijado en mí. ¿Tengo que vestirme de fiesta para que lo hagas?

No sabía si se trataba de una actriz que ensayaba su papel o solo una chica que trataba de ligar conmigo, pero no podía dejar de mirarla. Sorprendido, confuso, hechizado…

Justo en ese momento empezó a sonar “Purple Rain”, de Prince. Y entonces, recordé aquella noche en la que Slash se subió al escenario del Pinon a tocar con los “Stormy Mondays”… Sonrió de nuevo, recuperando su jovialidad y como si adivinase mi pensamiento dijo —Si, aquella noche fue gloriosa… Deberías estar más atento cuando vas por la calle, porque te lo estás perdiendo.

— ¿Y qué es eso que me estoy perdiendo?

Ella me regaló una sonrisa aún más grande que las demás y exclamó:

 — ¡A mi! —después se dio la vuelta para irse.

—¡Espera! ¿No me vas a decir al menos cómo te llamas?

La chica de labios rojos y ojos envueltos en rimel, se acercó por última vez y me susurró algo al oído. Después, se perdió entre la multitud y desapareció. Aún hoy sigo preguntándome si fue real o solo un sueño. Desde entonces, siempre que atravieso la Plaza de la Catedral para ir a trabajar, me acuerdo de su nombre: Oviedo. Y ahora nunca la pierdo de vista.

Autora: Patricia Bernardo.

Publicado en el periódico “La Nueva España”, Oviedo, el 14 de septiembre de 2018.

Alta fidelidad

Alta fidelidad

Hoy quiero recordar en “Hemingway tenía razón” una película que volví a ver hace unos días, en uno de esos canales que acostumbran a poner buenas películas. Generalmente son antiguas, más por los años que tienen que por otra cosa, porque se podría decir que muchas de ellas son atemporales y permanecen vivas en el tiempo, sin pasar de moda. Esto sucede en TCM un canal que emite cosas buenas, muy buenas, y hace el repaso de carreras de actores, actrices y directores de cine clásico. Uno de esos días en los que estaba enchufada a la televisión, mi antigua, pequeña y vintage televisión (que parece la NASA, con tanto cable y dispositivo conectado para ver todo lo que se puede ver) reapareció: “Alta fidelidad” dirigida por Stephen Frears, uno de mis directores preferidos. Con John Cusack y el gran Jack Black al frente.

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Para los que no la habéis visto: ¡Hacedlo ya! Porque mientras la veía me di cuenta de una cosa: el tiempo había pasado tan deprisa que una de mis pelis favoritas se había convertido en un… ¿clásico?! “¿Habían pasado ya casi veinte años?”, pensé al intentar recordar qué hacía yo por aquél entonces… Sí, ese fue uno de los momentos estrella en los que me dí cuenta de que ya tenía cuarenta y sin saber cómo ni por qué, el tiempo había pasado tan rápido que algunas cosas que antes recordaba con detalle y nitidez, ahora se habían difuminado en mi memoria, obligándome a entornar los ojos como medida de presión, con la esperanza de que me viniese a los labios ese nombre que tenía en la punta de la lengua…  Bla, bla, bla… Olvidaros de todo eso. El tiempo solo importa para no perderlo y ponerse a ello cuanto antes.

“Alta fidelidad” (“High Fidelity”) basa su argumento en una novela con el mismo título, escrita por  Nick Hornby en 1995. Fiel en casi todo, a excepción de que en la novela, el protagonista se llama Rob Fleming y vive en Londres, mientras que en la película se hace llamar Rob Gordon y vive en Chicago.

Diferencias a parte, la historia es la misma: John Cusack interpreta a Rob Gordon, un treintañero melómano y dueño de una tienda de discos de vinilo llamada “Championship Vinile”, donde trabaja con Dick (Todd Louiso) y Barry (Jack Black), dos que, como él cuenta, un día aparecieron en su tienda para ayudarle porque les gustaba la música y desde entonces no faltaron a la cita ni una sola vez. Ya era demasiado tarde para despedirles…

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Los tres entienden la vida a través de la música. Y ésta está presente en toda la película como hilo conductor. Cada momento, cada recuerdo, tiene  nombre de canción. Pero estos  freakes musicales, tienen tan poco éxito en la tienda como con las mujeres.

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Y es precisamente la ruptura de Rob (John Cusack) con su novia Laura (Iben Hjejle) la que da arranque a  la película y hace que su protagonista comience a recordar sus cinco grandes fracasos sentimentales, las cinco novias que le dejaron y mas daño le hicieron, a través  de un diálogo directo y desenfadado con el espectador y sus amigos, acompañado de la gran colección de discos de vinilo con los que vive en su apartamento.

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Esta película no solo es buena por el argumento, que en realidad ya viene dado por la novela, sino por la puesta en escena de John Cusack, que se hace con la película, la música,  la estética y en suma, la dirección que realiza el gran Stephen Frears. Por algo fue nominada al mejor guión adaptado en los Premios BAFTA por el sindicato de guionistas y  Cusack a los Globos de oro como mejor actor en comedia y musical.

Pero lo mejor de todo es, como siempre, que una cosa conduce a otra. Y en este caso “Alta fidelidad” te lleva hasta una gran banda sonora. En ella encontrarás temas míticos de Neil Young, The Clash, The Smiths, Elvis Costello & the Attractions, Chuck Berry, Elvis o Aretta Franflin entre otros artistas…  Así que ya sabéis, mientras tengáis tiempo no lo desperdiciéis y disfrutad. ¡Buen fin de semana amigos!

Patricia Bernardo.

 

Deliciosa asfixia

Deliciosa asfixia

 

La ciudad me recibe con todo su caos, con el desorden adquirido por el paso el tiempo que forma parte de ella, reflejado en las fachadas de sus edificios y su ajetreado tráfico. Todo es bello y terrible a la vez. Como un precioso niño con la cara tan sucia que a penas se intuye su belleza sino fuera por sus grandes ojos azules.

Así es Nápoles, sucia, pero bella. Llena de vida y pasión, como la de dos que acaban de sudar juntos y se despiertan con sus cuerpos pegados. Deliciosamente asfixiante. Como esa persona de la que te despides con la promesa de que volverás a verla, aliviada por la marcha, y a la vez excitada por la esperanza de un futuro incierto e idílico, en el que se repita un encuentro. Aunque en lo más profundo de tu ser sepas que hay lugares en los que no puedes quedarte y personas a las que quizás no vuelvas a ver.

Nápoles 07-08-2018

 

Autora: Patricia Bernardo.

A un “clic” de ti

A un “clic” de ti

Era la chica mas triste del bar. Pero nadie parecía fijarse en ella excepto yo. Quizás por eso me llamó la atención. O sencillamente porque yo también estaba triste y había perdido la esperanza de dejar de estarlo. A mi alrededor, todo eran risas, bailes, fiesta, copas, conversaciones al oído, sonrisas y miradas traviesas…

Ya no había humo. Ese se había ido hacía tiempo, dejando paso a otros olores… Con suerte, a veces eran ráfagas de perfume, otras, del humo que venía de la calle. Tenía ganas de salir fuera. Pero quería que la chica viniese conmigo. Y ni siquiera sabía cómo llegar hasta ella. Rodeada de amigos, inmersa en su burbuja de pensamientos, parecía estar muy lejos de aquél bar. Y sin embargo, estaba ahí, a muy poca distancia de mi. De vez en cuando buscaba el móvil en su bolso y lo miraba. Eran miradas furtivas, quizás esperando un mensaje, quizás mirando la hora… Y cuanto más lo miraba, más triste parecía. De repente, un atisbo de una sonrisa y esos ojos que permanecían igual. Solo cambiaba su boca, que se tornaba en algo parecido a eso, una sonrisa. Estaba seguro de que había sacado la mejor versión de sí misma aquella noche. Aunque desde mi rincón sólo la veía de forma intermitente, cuando la gente dejaba el espacio suficiente para observarla. Decidí acercarme, aparté a varias personas. Ya estaba casi a su lado. Por un instante nuestras miradas se cruzaron. Ella parecía extrañada, como si intentase reconocer a alguien, o no esperase encontrarse con mi mirada. Cuando ya me acercaba  con el torpe propósito de decirle algo, la multitud nos separó por un instante, que fue suficiente para perderla de vista. Sonaba en ese momento Turnedo “Quien no tiene valor para marcharse… Quien no tiene valor para aguantar”. Se había esfumado como por arte de magia, como si hubiese hecho “clic” para desaparecer y trasladarse a otro lugar. Uno en el que yo no estaría. Salí afuera con la esperanza de verla, pero su rastro se  había perdido en la noche. Una sonrisa se dibujó en mi cara. La misma sonrisa un poco triste de ella. Quizás todo este tiempo había sido suficiente para aprender a dejarla marchar cada vez que veía repetida su imagen en un bar. Encendí un cigarro y me puse los cascos. Volé junto a Calamaro a ese lugar: “La soledad de dos amantes que al dejarse están luchando cada quien por no encontrarse…” El mensaje decía: “Hola tú…”

Patricia Bernardo.

 

Como cada mañana

Como cada mañana

El camino era un recorrido de hojas mostaza, cobre, con forma de as de picas. El hombre con figura alargada y ensimismada, las hacía crujir con sus pasos lánguidos. Las miraba como quien mira algo sin darse cuenta de que está ahí, de su belleza, o de su rareza. Las miraba sin observarlas o analizarlas. Para él, eran solo el camino a seguir. Y pisarlas era tan natural como caminar por la acera de una calle. Todas las mañanas mientras sacaba a pasear a mi perro Tobías veía a aquél hombre, haciendo el mismo recorrido. Siempre solo, siempre, o casi siempre vestido igual, ensimismado, con la cabeza agachada y las manos cogidas a su espalda. Por aquél entonces Tobías y yo éramos nuevos en el barrio.

Tobías ya no le ladraba al cruzarse con él. Se había acostumbrado a su presencia y ahora jadeaba sacando la lengua y movía la cola de un lado a otro, dándome en las piernas mientras tiraba de su correa para que no se lanzase sobre mi conocido del parque.

Porque pese a su aparente indolencia, cada vez que nos cruzabamos me daba los buenos días, después de levantar la cabeza al oír a Tobías.

Pude observar entonces que aquél hombre era mayor que yo, pero no mucho más. Seguramente no habría pasado de los cuarenta. Sin embargo, parecía mayor, mucho mayor y cansado. De la vida o quizás de deambular cada mañana por el parque. No era habitual encontrarse a esas horas con nadie, salvo otros paseadores de perros, algún madrugador corredor y puede que alguien rezagado.

Después de pasear a Tobías, volvía a casa, me ponía mi traje y salía corriendo a la oficina. Ese había sido el motivo de que me trasladase a esa ciudad y a ese barrio. Tobías me miraba sentado sobre sus patas, con la cabeza un poco inclinada mientras yo repasaba en el espejo el resultado antes de irme. Era un buen perro. Y mi única compañía durante aquella época de cambios. Nuevo trabajo, nueva ciudad, nueva casa, nuevo barrio, novia a la fuga y amigos esparcidos por el mundo. Así estaban las cosas. Y así estaban bien. Me sentía liberado por tener la capacidad de poder empezar de nuevo. Era como salir de excursión cuando eras niño y sentías ese cosquilleo en el estómago ante la idea de enfrentarte a un nuevo mundo, totalmente desconocido y misterioso. O como viajar por primera vez al extranjero cuando eras adolescente. Esa mezcla de miedo, curiosidad y libertad, por poder ser tú, o una versión mejorada de ti, libre de los: “Ya se lo que me vas a decir…” o “te conozco…”.  Pensaba en Marta mientras bajaba en el ascensor. Realmente uno llega a desear con todas sus fuerzas llegar a conocer a la persona de la que te enamoras. Disfrutar de esa complicidad que hace que no sea necesario decir muchas cosas, porque ya se dan por supuestas. Pero cuando la confianza pretende derribar los muros de tu más preciada intimidad y se pierde el misterio… Entonces aborreces con todas tus fuerzas esa confianza que pasa a llamarse costumbre, o monotonía. Si, Marta podía haber sido… Pero no fue. Agradecía que sus amigos estuviesen lejos, porque eso hacía que cuando conseguían reunirse, o cuando hablaban por el Skype, todo fuese una fiesta.  Y después, todo era tan fácil como desconectar el interruptor y volver a tu nuevo mundo, tus nuevos compañeros de trabajo aún por conocer, tu nuevo barrio aún por recorrer… Y tu nuevo vecino aún por descifrar. Aunque el nuevo era él en realidad.

Esa mañana, cuando ya estaba en la calle, se cruzó con un hombre vestido de traje, elegante y lánguido, algo encorvado, con aire de despreocupación por el atuendo escogido, que sin embargo, conseguía un resultado bastante mejor que el suyo. No sabía si por su facha, por su estatura o por la práctica adquirida durante muchos años. El hombre levantó la vista y le penetró con sus ojos azules. Entonces Marcos cayó en la cuenta de que ese hombre, era con el que se cruzaba cada mañana con Tobías. Él le saludó con el mismo gesto de hacía un rato, aunque esta vez añadió una nueva  frase: “Buen día” dijo, y después, siguió su camino.

Autora: Patricia Bernardo Delgado.

 

Uno, dos… tres

Uno, dos… tres

Foto: Bansky.

“Una vez más estamos aquí. Es un lugar conocido. ¿Lo recuerdas verdad? Es ese lugar en el que habitan todos tus miedos. No puede ser que lo hayas olvidado… Estoy seguro de que si le ordenas a tu mente que se esfuerce, conseguirás llegar hasta ese momento en el que comenzó todo. Puede que las imágenes sean confusas, que se precipiten, que corran tan deprisa que casi no puedas alcanzarlas… Oyes risas, llantos, conversaciones tuyas, de otras personas a las que quieres o quisiste, o quizás solo se trata de personas cuyo nombre creíste olvidar… Si… La memoria te ayudará a recordar ese momento en el que sentiste por primera vez miedo.  ¿Ya has llegado? ¿Ya recuerdas el dia en el que le abriste la puerta por primera vez? Creías que no existía, que era una historia de terror para niños, una pesadilla, un mal sueño. Te avergonzaba confesarlo, porque tú creaste ese lugar. Lo hiciste paso a paso, guardando en un rincón cada temor, cada inseguridad, cada mal trago que no quisiste confesar… Así lo construiste. Hacía años que no acudías a él. Lo abandonaste porque decidiste no tener miedo a nada ni a nadie. Y poco a poco se fue llenando de polvo y telarañas. El miedo se convirtió en un ente flaco y desganado. Pero nunca se fue. Siguió habitando en ti, esperando a que un día decidieses volver.  Y ese momento ha llegado. Por eso estás hoy a aquí. No, no intentes verlo, no te esfuerces, ni malgastes energías, el miedo no se ve ni se oye, solo se siente… ¿Qué vas a hacer para acabar con él?”

Lucia permanecía tumbada en el gran sofá. Lloraba con los ojos cerrados, contrayendo su cara en un gesto de dolor. Y así siguió hasta que poco a poco dejó de hacerlo y se empezó a relajar… Fue entonces cuando una voz le dijo:

“Lucia, voy a contar hasta tres y después, te vas a despertar… Uno, dos…. tres.”

Patricia Bernardo Delgado.