El Mapa (III)

El Mapa (III)

Durante el resto del fin de semana el frío se apoderó de mí. No era el frío del viento que aligeraba aquel pegajoso mes de junio. Tampoco resultó ser una gripe, ni una indigestión. No supe de qué se trataba hasta que volví a casa y descubrí entre la correspondencia un sobre. “Para Dani” decía. Adiviné por su letra que era de ella.

Un vacío seco se agarró a mi estómago. Me quedé parado no se durante cuanto tiempo. Haciendo oídos sordos al perro de los vecinos, dándome la bienvenida. Sonaba lejos, muy lejos. Tardé en recomponerme, en salir de mi asombro. Pero lo hice. Y sí, leí su carta.

“Hola tú…

Ha pasado demasiado tiempo. Pero para mi es como si hubiese volado, devolviéndome al mismo sitio. Hay cosas que permanecen intactas por mucho que quieras que se transformen. Las hundimos en algún lugar profundo, o eso creemos. Esperamos que no vuelvan a salir a la superficie. Pero tarde o temprano lo hacen.

No sé si recibirás esta carta el día de tu cumpleaños (me ha costado localizarte). O si algún día la leerás (te creo capaz de estrujarla y tirarla en alguna papelera) El caso es que, si mi memoria no me falla, hoy cumples cincuenta años. Una edad redonda, un cambio de década. Pero a fin de cuentas un dígito más. Así que, aprovechando la importancia de esta cifra, espero que aceptes mi regalo: un mapa con el que recorrer la vida.  Algo que aprendí durante estos años en los que no estuviste y que me enseñó a dejar de tener miedo. Ahora puedo decirte que pese a todo, te quiero. Lo digo sin el miedo a tu rechazo o desinterés. Porque, a fin de cuentas, no espero nada. Verás que la vida está cargada de personas que no sienten. Unas porque no saben, otras porque no quieren. No dejes que el miedo te impida sentir. Siempre viví con miedo. Miedo al abandono, al rechazo, al qué dirán… Pero aun así fui capaz de amar. Y en este momento me aferro con fuerza a esa parte de mí. Qué suerte he tenido. Muchas personas no aman en toda su vida.

Marian”

La carta venía, cómo no, acompañada de un mapa dibujado por ella. Con una guía muy clara sobre la ruta a seguir y las instrucciones para ello. Consejos de supervivencia en este mundo loco. Leerlo era como caminar en el día a día con alguien que te coge de la mano y te da una visión empática y cargada de amor hacia la vida.

Ray tenía razón, aquél maldito accidente lo cambió todo. Pero ahí, en esas frases y dibujos, estaba ella y también Marcos, mi hermano. 

Ahora, cuando me siento perdido, miro el mapa de Marian. El que me regaló por mi cincuenta cumpleaños, justo antes de morir. Se fue rápido, sin demasiados dramas. Ella era así. Esta vez tuve tiempo suficiente para despedirme.

El mapa está un poco arrugado de tanto usarlo. Pero cada día sigo fielmente todas sus coordenadas e indicaciones y  siempre llego a algún lugar.

Autora: Patricia Bernardo.

© 2020. Patricia Bernardo Delgado.

El Mapa (II)

El Mapa (II)

Me contó que había venido a hacer unos bolos por la zona. Al parecer seguía tocando, pero cada vez menos. No podía desaprovechar la oportunidad de coger lo que saliese, aunque le pagasen una mierda.

– Así que te has retirado a escribir para llevar una vida de monje –dijo riéndose, al tiempo que recibía con un trago la cerveza que le servía el camarero. –Siempre fuiste una caja de sorpresas tío. Y lo que mas me extraña es que la gente aún pregunte por ti.

Arqueé las cejas y noté con sorpresa cómo el calor me cubría la cara. No recordaba que me hubiese pasado nunca. Al menos no en mi etapa adulta. Sentí una mezcla de satisfacción y vergüenza.

– ¿Se puede saber quién se acuerda de mí?

Ray me miró entornando sus ojos, adivinando o quizás pensando en alguna maldad de las suyas. Pero se limitó a contestar:

– Bueno, ya sabes, Mike, Leny… Hasta Lucy, mi mujer.

– ¿Te casaste con Lucy?

–  Sí, me casé –contestó él enseñándome orgulloso un anillo en forma de sello.

– No pensaba que lo tuyo con Lucy fuese tan serio –dije dando mi último sorbo al café que ya se había enfriado.

– Siempre lo fue. Pero en ese momento, también deseaba estar con otras tías. Ya sabes, la vieja historia de siempre.  –contestó dando un largo trago a su cerveza.

– Un riesgo muy grande para los dos. –encendí un cigarro. –Pero al final salió bien –añadí mientras perdía mi vista en el mar revuelto bajo las montañas. De repente, una sensación extraña de desasosiego recorrió mi estómago. Me removí un poco en la silla, pero Ray no lo advirtió. Seguía hablando sobre su teoría de cómo tenerlo todo sin perder nada.

– Verás, Lucy me quiere con mis defectos y yo a ella, con los suyos…

Bla, bla, bla… Aquella pobre chica no tenía más defecto que haberse colgado de ese cretino.

–No sé tío, al final es como una premonición, creo que hay personas destinadas a quedarse juntas para siempre. No concibo mi vida sin ella.

¡Ahí estaba el poeta de Ray! El rockero de medio pelo, letrista de canciones tan empalagosas como ésta, la que pretendía que fuese su vida. Aunque… ¿Quién era yo para juzgarle? No lo había hecho mejor que él. En realidad, fui yo quien la dejó sin más explicaciones que las de siempre. Pero en ninguna de ellas había una causa que justificarse separarnos, movida por el desamor, la ausencia de atracción o de cariño. Todo eso existía, pero no las ganas de construir un futuro juntos. Esa fue mi excusa para irme. La oficial. Pero tuve mucho tiempo para meditar y darme cuenta de que en realidad tenía miedo, un miedo que no me dejaba en paz ni de día ni de noche.

–Lucy se encontró el otro día con Marian.

Lo dijo mirando al horizonte, echando el humo hacia arriba, mientras estiraba las piernas para apoyarlas en una silla. Parecía que estaba muy cómodo a mi lado. Yo seguía revolviéndome, intentando aplacar aquel malestar que ahora se había quedado aferrado a mi estómago como un perro rabioso.

– Nunca entendí por qué lo dejasteis. Supongo que aquel accidente lo jodió todo…

– No queríamos lo mismo –le corté.

Él hizo un gesto de aprobación con su cabeza. Como si fuese suficiente mi escueta y seca respuesta. Aplastó el cigarrillo, dando por zanjada la conversación. Su aparente comodidad se desvaneció.

– ¿Y lo sabes ahora?

Ray se levantó casi al tiempo en que pronunciaba la pregunta, sonriendo como un  zorro. Un zorro que sabe muy bien lo que dice, cómo lo dice y el efecto que causa en quién que lo escucha. Alguien que sabe moverse muy bien por la vida, sin salir mas escaldado de la cuenta, midiendo los pasos, los tiempos, las palabras y los actos. Pero, a fin de cuentas, alguien que ha vivido y ahora disfruta de esa vida acompañado de la persona elegida. Cogió su guitarra y me miró con medio ojo, mientras el otro se lo tapaba su pelo alborotado.

No supe qué contestarle. Porque en realidad no tenía ni idea. Quizás solo quería no querer nada. Contuve mis ganas de interrogarle sobre si ella seguía sola, casada o divorciada. Y lo más importante: si estaba bien.

– Venga dame un abrazo, no seas tan “hosco” –pronunció esta última palabra con exagerada pedantería deshaciendo la nube de tensión. No me quedó más remedio que levantarme y hacerlo.

– Da recuerdos, a Lucy y… al resto de la banda. Bueno, diles que sigo vivo.  Al menos eso parece –sonreí con gesto melancólico. “Díselo a ella también”, pensé. Pero no dije nada, para variar.

Ray hizo amago de pagar la cuenta.

– No, hoy invito yo. Es mi cumpleaños.

Ladeó la cabeza, y volvió a reírse. Se quedó mirándome con una cara indescifrable y se despidió.

 – Felicidades tío. Nos vemos.

Le vi alejarse, cargando su guitarra, un poco mas encorvado de la cuenta. Sin duda, seguía siendo Ray.

(…)

Autora: Patricia Bernardo.

© 2020. Patricia Bernardo Delgado.

 

El Mapa (I)

El Mapa (I)

Todo sucedió un diecisiete de junio. Ese día cumplía cincuenta años. Me encontraba sentado en una terraza de un pueblo pesquero, cerca de Bilbao, tomando un café. No me fijé en el nombre del pueblo cuando cogí la desviación, con mi último o penúltimo capricho antes de diñarla. Solo quería parar en algún lugar y estirar un poco las piernas. Así que lo que menos esperaba era encontrarme con Ray Fernández en aquel punto inexacto del camino.

Apareció detrás de mí con una palmada en la espalda, de esas que te pegan un buen susto y hacen que te gires con un movimiento brusco. Hacía cinco años ya y no tenía ninguna gana de volver a verle. Supongo que en ese momento mi cara sería de chiste, porque, él me recibió con una ruidosa carcajada, igual que solía hacer entonces, y un:

–¿Qué pasa tío? ¿No me das un abrazo?

 “Joder”, pensé. “Tanto tiempo para librarme de ti y ahora apareces el día de mi cumpleaños en el lugar más inesperado”

Me levanté con dificultad. No por los cincuenta, sino por la pereza que me producía dar un abrazo a ese metro noventa, más flaco que un palo y con pinta de haberse metido hasta el último gramo de cualquier cosa. Apestaba a alcohol, pero por lo demás, seguía siendo el mismo. Su característico pelo largo rubio, ahora mezclado con más canas y esos ojos grises, cargados de despreocupación y locura. Si, ese era Ray. Miré su guitarra al mismo tiempo que él cogía una silla y se sentaba haciendo una seña al camarero.

– Bueno… –palmada en el cuello –¿Qué es de tu vida? Hace la de Dios que no te veo. ¿Te ha tragado la tierra o qué?

No. La tierra no me había tragado. Sencillamente me alejé de todo y de todos. Mantenía contacto parcial con algunas personas, pero básicamente cogí el petate y me retiré a escribir en una pequeña casa cerca de Llanes, mirando al mar. Pagué a la dueña la renta adelantada de un año y pedí una excedencia en el trabajo, a sabiendas de que, si algún día decidía volver, no me esperaría ninguna silla.

Mis libros seguían vendiéndose y hacía algún trabajo extra, textos por encargo, páginas de presentación de webs o cartas de amor para algún desesperado. Es sorprendente lo que puedes llegar a hacer para otros. Con eso, mis pequeñas ganancias en bolsa y los ahorros que había ido acumulando, podía seguir viviendo sin demasiados lujos. Salvo el único que ahora me esperaba aparcado. Contados viajes, a excepción de alguna escapada como ésta, para salir a la superficie, visitar a alguna amiga y… Si, hasta en eso me había vuelto un espartano.

Después de tantos años, en contra de todo pronóstico, la seguía teniendo metida en la cabeza. Era como una obsesión que recurría a mí y no se iba por más que la quisiese espantar. A veces me convencía a mí mismo de que la tenía dominada y conseguía echarla a patadas, hasta que su imagen se difuminaba. Pero ahora, aparecía Ray delante de mis narices para recordarme aquella vida y removerme por dentro.

(…)

Autora: Patricia Bernardo.

© 2020. Patricia Bernardo Delgado.

 

¡Conga!

¡Conga!

Cuando era niña el recorrido más largo que hacía sola, era de casa a la escuela, de la habitación a la cocina, de la salita al patio y de ahí, como mucho podía saltar la verja de mi vecina con ayuda de unos brazos adultos, para visitar a su pequeña perra. Ahora las cosas no han cambiado tanto. En vez de patio, hay una terraza y solo estamos mis brazos, los vecinos y yo. Los recorridos se han acortado, provisional o definitivamente, quién sabe. Son días raros.

Quizás por eso tomé la decisión de acabar con él. No fue algo premeditado. En realidad, la idea surgió de mi “yo” inconsciente, ese que procuro amordazar a menudo para que no me deje en mal lugar. Mi otro “yo”, estaba bailando en la cocina una versión moderna de la conga, al mas puro estilo Gloria Estéfan. Cada paso se interrumpía por pausas, seguidas de ráfagas que saltaban en la pantalla del móvil mientras, en un intento por ignorarlas, movía las caderas, me contoneaba, subía y bajaba, despeinando con mis manos el pelo. Me veía en un descapotable rojo. Un Ferrari testarrossa a lo “Miami Vice” (me temo que ese era blanco y cubierto. Aunque si estuviese Sonny Crockett a mi lado…) No, mejor un Saab, granate, como en “Sideways”. Un Munstang… No! Ya se. Un BMW que es un valor seguro. Da igual (nuevo meneo de cadera) Los coches nunca fueron lo mío (golpe de melena) Pero este es mi sueño. Me basta con que sea descapotable y que yo esté en Los Ángeles, con la música a todo lo que da. En ese momento, suena el móvil. Me molesta. Subo el volumen, piso el acelerador y lo tiro por la ventana. Ya no lo necesito. Me siento libre. Sonrío dentro de mis enormes gafas de sol (media vuelta. Cadera a un lado y al otro. ¡Conga!)

Tal vez fue por ese momento de ensoñación. Pero está claro que me despisté. Y ya se sabe que cuando esto sucede suele ocurrir una pequeña catástrofe. Así que no es de extrañar que al salir a la terraza para aplaudir, aún estuviese envuelta en una excitación nerviosa, que me impidió darme cuenta de que tenía entre mis manos el teléfono y éste saliese volando por los aires, descendiendo seis pisos hasta estamparse de bruces contra el suelo.

Siempre hay un momento en la vida, en que las cosas cambian de forma repentina, e inesperada. Y cuando eso sucede, hay algo dentro de ti que se levanta y echa una gran carcajada. Porque te das cuenta de que “eso” era precisamente lo que necesitabas. Tirar el puto móvil por la terraza. Y ahí es cuando dices: ¡Cooonga!

Autora: Patricia Bernardo.

© 2020. Patricia Bernardo Delgado.

El gran Houdini

El gran Houdini

Aquella noche Nadia quiso desaparecer. Tenía miedo. La noche era más noche que nunca. Más oscura y silenciosa que otras veces. No era una noche cualquiera, sino una en la que la soledad había decidido rondar su casa y colarse por la ventana.

La soledad es escurridiza, atraviesa paredes, adelgaza hasta introducirse por los rellanos de las ventanas, por los desagües de las tuberías, por las chimeneas de los edificios. Y esa noche la soledad la escogió a ella.

Nadia había visto su sombra deambular hacía rato, buscando la mejor forma de llegar hasta ella. Se acurrucó en el sofá, envuelta en su manta de cuadros. Intentó ahuyentarla con su mente. Pero la soledad se hace poderosa cuando se junta con la noche. Ambas confabularon contra Nadia que se vio indefensa de repente, sin nada a lo que aferrarse. Su voz se quedó paralizada, sus manos incapaces, su optimismo nublado. Y fue entonces cuando quiso desaparecer.

Imaginó las cajas que los magos utilizan para hacer sus trucos de magia. Pensó en el gran Houdini y en sus técnicas de escapismo. En su caso, no era necesario encadenarse porque no tenía público al que sorprender. Tan solo estaban la noche y la soledad acechándola.

Nadia no tenía una caja mágica, ni los instrumentos necesarios para fabricarla, pero sí disponía de un baúl muy grande. Uno lleno de recuerdos, mezclados con ropa, disfraces, fotografías y diarios. Ahí estaba su vida entera. Así que decidió vaciarlo, sacar todo lo que había dentro. Le llevaría su tiempo, pero eso le daba igual. Tenía miedo, un miedo que la aterraba como lo hace un monstruo en las pesadillas de un niño. Pero ella no era una niña. Había dejado de serlo hacía tiempo. Se encaró con el baúl que la esperaba en su habitación, impasible, ignorando lo que sucedía.

Lo primero que encontró al abrirlo fue una boa llena de plumas y recordó entonces aquella fiesta de Carnaval a la que acudió a regañadientes. Si… Ahí estaba ella con su boa morada, peluca y boquilla en los labios. Al final había sido una noche inolvidable. Rió y bailó hasta que se hizo de día. También estaba él, sin disfrazar, mirándola con interés. Ese fue el principio de una relación que marcaría un antes y un después en su vida. Suspiró. Sacó la boa, la peluca y la boquilla. Después, los sombreros de invierno y de verano que ya no se ponía. Aquél viaje a Londres, a Cádiz… Los días de invierno que parecían tan lejanos. Su álbum de fotos que había fabricado hacía ya veinte años. Lo ojeó con calma, intentando reconocerse. ¿Aún seguía siendo la misma? Ahora, todas esas ilusiones fabricadas se desdibujan ante ella. La vida a fin de cuentas es una colección de recuerdos. Cintas, muchas cintas que ya no tienen un radiocasete en el que ser escuchadas… Grabaciones de cuando componía canciones con su guitarra. La primera maqueta que presentó a un concurso… Diarios. ¿Cuántos había escrito? Sus primeros cuentos y relatos… Todo estaba ahí. Cartas y más cartas a sus novios y amigas. Sentimientos y recuerdos que creía olvidados. Su padre que ya no está, su madre, sus hermanos y ella sonriendo. La funda de su guitarra, la cejilla que creía perdida, sus púas… “Deja que te cuente qué es la Navidad”, su primer villancico. “Frío”, su primera canción. Hojas de revistas sobre las que dibujaba compulsivamente caras de mujeres como si de la Femme Fleur de Picasso se tratase. Ni siquiera recordaba haber ganado un premio de poesía. Llegó hasta el final. Lo dejó limpio, vacío y decidió meterse dentro.

Pero cuando se disponía a hacerlo, un rayo de luz entró por la ventana. Ya empezaba a amanecer. Y entonces, Nadia dejó de tener miedo. Se dio cuenta de que ya no era necesario esconderse en ese baúl porque no estaba sola. Suspiró y se encogió de hombros. Volvió a guardar sus recuerdos y después se preparó un café. A fin de cuentas, ya era de día.

Autora: Patricia Bernardo.

© 2020. Patricia Bernardo Delgado.

Esquinas robadas

Esquinas robadas

Ella se paró en las escaleras de la Port Authority Bus Terminal con una escasa maleta en la que parecía llevar toda su vida a cuestas. Miró con satisfacción a un público indiferente y emprendió el descenso, contoneando su joven cuerpo enfundado en unos pantalones entallados de pata ancha y camisa a medio abrochar, mientras su pelo largo y oscuro danzaba con cada paso. “Estoy Nueva York”, debió pensar, ignorando que lo que en realidad la esperaba era la fatalidad de la noche.

Mi Leica y yo lo supimos en cuanto le vimos ir a su encuentro. Traje negro con finas rayas blancas, del que salían unos puños con volantes del mismo color, corbata naranja abrochada con pedrusco azabache y un enorme anillo dorado descansando sobre un bastón de falso dandi, con el que acompañaba su caminar chulesco. La viva imagen de un cazador de talentos callejeros. Sus zapatos blancos se acercaron con una sonrisa a aquel proyecto de mujer.

¿De dónde vienes niña?. Todos venimos de algún sitio. ¿De Minnesota? ¿O quizás de Puerto Rico? Tu piel no te delata, ni tampoco esa minúscula nariz a la que se quieren acercar tus labios. Pero muy pronto lo sabré. Sé dónde encontrarte. En el mismo lugar en el que conocí a Josefina.

Ahora te vas con él, después de intercambiar sonrisas y palabras mudas que mi Leica inmortaliza a golpes de “clic”. Seguramente te ha ofrecido un suculento desayuno en uno de esos humeantes restaurantes que nunca duermen. Y hasta adivino cual será.

La calle ruidosa los recibe entre restos de basura desperdigados, que simulan el final de un desfile que nunca tuvo lugar. Pantalones de campana, pelos afro y chaquetas de pana los esquivan, como si la cosa no fuese con ellos. El cazador saluda a dos niños mulatos que juegan a ser mayores con su gorra de medio lado. Les da unas monedas con un choque de manos y ella sonríe confiada. Veo cómo se alejan en un Cadillac marrón con asientos de cuero blanco. Mi Leica se ha pegado un buen festín. Pero yo aún necesito más. Tengo hambre…

Sigo la estela del imponente Cadillac a pie. Dudo si tomar la Octava Avenida o la calle cuarenta y dos. Es una mañana tan blanca y cargada de polvo como cualquier otra. Pero yo no tengo nada más que hacer. Solo saciar mi apetito. Así que sigo por la Octava Avenida. De vez en cuando tomo aliento y hago trabajar a Leica que parece refunfuñar con cada disparo, con cada destello de realidad que escupe a regañadientes.

Pero esto es Nueva York. Y yo aún no me he contagiado de la ceguera de los habitantes que transitan por sus calles, como si nada de lo que les rodea forme parte de su mundo. En el mío está el mendigo que vive entre cartones en una esquina, los chavales que adelantan su madurez trapicheando o el borracho que titubea, mientras festeja robar a dos muertos en una esquina.

Josefina… Tú también formas parte de mi mundo aunque ya no estés. Ahí me dirijo, al lugar donde te vi por primera vez, sentada en un taburete, revolviendo tu café con la misma desgana con la que le esperabas a él, rodeada de proxenetas que hacían cuentas con sus mujeres, mientras a tus espaldas circulaban rayas de coca para dar un poco de animación al asunto. Pero tú eras diferente. Tú mirabas toda aquella decadencia corpórea con el desprecio de quien sabe que ese no es su sitio, con la esperanza de ahorrar lo suficiente para reunirte con tu hijo en Puerto Rico. Después seguiste a esa farsa de hombre enfundado en un traje blanco y desapareciste. Todos los días eran iguales. Una constante entrada y salida de aquel bar de Bowery Side.

Josefina Wilson me dijiste que te llamabas. Aunque eso fue mucho después, cuando te despojaste de tu disfraz en la penumbra de mi habitación. Aún puedo escuchar el eco de Careless Love de Ray Charles, colándose desde el bar de la esquina en la que te robé aquella noche… “Well, I say love, oh, love, careless love. I said love, oh love…” Su melodía se mezcla con el ruido de sirenas, con las voces del mestizaje, con la luz parpadeante de los carteles luminosos…

Aquel amor descuidado, loco y ciego vuelve a mí con la misma cadencia de las notas de ese blues con el que prolongamos nuestra última noche y saboreamos cada rincón empapado en sudor. Entonces puse en tus manos un treinta y ocho Smith & Wesson Special, el arma más infalible. “Gracias flaquito”, me dijiste. Y yo me sentí aliviado por ayudarte a ahuyentar el miedo que te producía pasear las aceras en solitario. Ignoré, o quizás no quise ver que el hombre del traje blanco, el más temido gánster del bajo Queens de Nueva York, no dejaría irse a su valiosa propiedad con tanta facilidad.

Confieso que llegué a tener celos de aquél chulo de poca monta, engrandecido por la leyenda que se había labrado a golpe de navajazos. Pedro Barrios le llamaban. Alguna vez adiviné en tus tristes palabras un atisbo de despecho, un destello de amor hacia él. Y dejé que te fueses, satisfecho por entregarte la llave de la libertad, ignorando que ya nunca volvería a robarte en ninguna esquina… “But I’m so glad, so glad, I see that old love made a fool of me”

Ahora regreso a ese lugar donde la vi por primera vez. Huele a salchichas, a huevos y al trajín de la noche anterior. Joe se limpia sus negras manos en el delantal. Ocupo mi lugar de siempre en la barra y dejo que me sirva lo de cada día. Unas tostadas, huevos, bacon y un café sólo muy largo. Giro la cabeza, busco a la nueva entre el revuelo de tupés, kétchup, tortitas y barras de labios. La localizo en la mesa del fondo, sentada delante de una gigante half-smoke mientras el cazador la examina fumando un cigarrillo.  Mi mano se impacienta. Un clic rápido, sólo uno. Pero mi Leica me advierte que no es buena idea. Allí no. Ya tendrás ocasión de saborearla Pablo. “Pablito, mi españolito bello”, me decía cuando iba a buscarla…

El pelo le cae sobre los hombros igual que lo hacía el de Josefina. Su boca está ocupada saboreando el festín con el que la acaban de obsequiar. Te esperan muchos más niña… A ti también te robaré en una esquina. Mojo mi bigote en el café. No tengo prisa, nunca la tengo. Una rubia con vestido entallado cruza las piernas. Mira nerviosa a la mesa de la nueva pareja. Adivina que acaba de pasar a segunda posición en el ranking. Enciende un cigarro. Espera su turno. El cazador se levanta y le dice algo al oído a la nueva. Después se acerca a la rubia, esquivando las mesas. La calma con una sonrisa que me recuerda lo oscura que es su piel. Es un profesional de la dominante seducción. Pero la rubia parece cansada. Por hoy ha sido suficiente. Le desliza su parte del botín y él se lo guarda en la chaqueta, mientras ella aplasta en el cenicero el final de su jornada y se despide ajustándose el vestido.

La nueva relame los últimos pedazos de la half-smoke. Enciende un cigarro y por un instante, su mirada y la mía se encuentran. Advierto un gesto de triunfo en su cara. Algo muy lejano al hastío y vergüenza de Josefina. Adivino en ella la excitación de lo desconocido, la rebeldía de la juventud que ansía traspasar la delgada línea de lo prohibido. No, ella no es de Puerto Rico. No es una emigrante forzada como Josefina. No la espera un hijo de tres años en una aldea sin nombre de la que solo se puede sacar miseria. Ella es una buscavidas que huye de la estrechez de miras de un pueblo perdido de Norte América. Aspira a algo más. Y si es necesario patear las aceras de Nueva York para llegar a ese lugar lo harás. ¿Verdad niña?

No… Definitivamente tú no eres la misma mujer, pero quizás podrías llegar a serlo… Me lo dice tu sonrisa. Mi Leica nunca miente. “Oh, love, careless love…”

Autora: Patricia Bernardo.

© 2020. Patricia Bernardo Delgado.

 

 

UNO

UNO

 

–Dime un número.

–Seis.

–¿Seis?

–Si, seis. Quizás siete… Bueno, no. Realmente seis.

–¿En serio?

–Sí. Te toca.

–De acuerdo. Uno.

–¿Uno?

–Si. Uno. ¿Por qué me miras con esa cara?

–Es que no me salen las cuentas…

–Para mí es algo muy serio.

–¿Ah si? Repítelo.

–Uno.

–¡No te rías!

–Más cerca…

–Uno…

–Bésame.

–Solo…

–Calla…

–Uno.

Silencio.

Autora: Patricia Bernardo.

Mi viaje por el 2019

Mi viaje por el 2019

 

Hay años que deberían estar prohibidos, pero aún no hemos llegado a esa distopia (todo se andará). El 2019 ha sido uno de esos, que bien podría anotarse en los anales de mi historia personal como el más desastroso. Pero a fin de cuentas la vida es eso: un poco de drama, un poco de humor… Y aquí estoy yo para narrarlo. Los que me conocéis ya sabéis que suelo hablar en clave de películas, de series, libros o música, para tratar cualquier tema cotidiano. Son mis referentes, mi fuente de inspiración y el mejor bálsamo contra el dolor. Así que el cierre del 2019 en “Hemingway tenía razón” no podía ser de otra forma que haciendo un repaso de los momentos mejores que me hicieron sobrellevar los más agridulces.

Comenzamos el repaso. El orden es lo menos importante:

 

  1. La última temporada de “Juego de Tronos” (HBO). La vi desde el ordenador, en casa de mi madre, convaleciente después de la operación del cáncer de pecho. ¡Qué momentos!

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2. Escribir “Detectives Urbanos” tres relatos sobre personas que espían a otras y que presenté como trabajo fin de master de Creación Literaria con  la Universidad VIU de Valencia. Pensaba que sería imposible terminarlo, dadas las circunstancias, pero Pedro Ángel Palou, mi director me dijo: “¿Y por qué no te lo tomas como un spa literario?” Y así lo hice. Todos los días escribía. Era como vivir mis propias aventuras, igual que cuando estaba enferma de pequeña y me inventaba historias. Sin darme cuenta terminé el proyecto y ahora tengo pensado continuar. Aunque algunos me hayan desanimado porque es algo demasiado “independiente”, voy a seguir con mis relatos y algún día los publicaré, no sé si con este título o con otro.

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Foto: Grafiti de Spikiex3 (Jerzy Majkut)

3. La publicación de mi relato “Yo solo quiero estar contigo” en La Nueva España, dentro del apartado “Visiones de la ciudad” (lo podéis leer dentro del almacén del blog). Fue el domingo 2 de junio de 2019. El día que lo entregué acababa de recibir una muy buena noticia: no me tenían que dar quimioterapia. Es el resultado de las notas que fui tomando en mis paseos por Oviedo durante el mes de mayo, que vino cargado de sol y me ayudó a recuperar fuerzas.

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Foto: Yo. Domingo 2 de junio de 2019. Plaza del Paraguas de Oviedo.

4.  La tercera temporada de “Paquita Salas” (Netflix). Cuando estaba más desanimada y cansada llegó de nuevo Brays Efe, para hacerme sonreír. Gracias a Javier Calvo y Javier Ambrosi por hacer que esta maravillosa serie exista.

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5. La serie británica “Fleabag” (Amazon Prime). De la escritora y actriz Phoebe Waller-Bridge. Indiscutible ganadora de los Emmy 2019. Humor inglés, originalidad y unos personajes enormes. Os la recomiendo si no la habéis visto aún porque es genial.

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6. No hay nada mejor para las noches de insomnio que un buen libro. Leer ayuda a viajar por dentro, a reconciliarse con uno mismo cuando crees que te has perdido. Los libros son mi brújula. “Manual para mujeres de la limpieza” y “Una noche en el paraíso” de Lucía Berlín fueron dos grandes compañeros nocturnos. Me enamoré del sentido del humor de Lucía Berlín y su forma de escribir, tan viva y chispeante hasta para describir situaciones dramáticas. Así que tengo que dar las gracias encarecidamente al profesor del Master de Creación Literaria (no diré su nombre) que comparó mis relatos con los de esta mujer (un honor), aunque no fuese con la intención de aplaudirme, sino de criticar mi estilo poco comercial. Leer a Lucía Berlín me reafirmó y también alimentó mi curiosidad por descubrir a más escritoras de relatos. “¿Quién te crees que eres?” de Alice Munro (premio Nobel de Literatura 2013) fue el siguiente. Con un estilo totalmente distinto que la anterior, me embaucó poco a poco hasta quedar prendada de ella.

7. La colección de Éric Rohmer que Filmin ha seleccionado. Especialmente cuatro películas: “Pauline en la Playa”, “El rayo verde”, “La coleccionista” y “Las noches de la luna llena”. Porque él habla sobre las personas, sobre cosas cotidianas de las parejas, amores y desamores, que nos siguen pasando ahora, pero en un marco temporal distinto.

8. “The Durrells” (Filmin). ¿Habéis leído “Mi familia y otros animales”? Yo sí. Me lo dejó una amiga hace muchos años, y fue una de esas novelas maravillosas que se quedó en mi corazón para siempre. Su autor y protagonista, el naturalista Gerald Durrell, escribió otras dos novelas más incluidas dentro de la denominada “Trilogía de Corfú” que narra la vida de su familia en esta isla griega durante los años de entreguerras, después de que su madre, tras enviudar, decidiese trasladarse desde Inglaterra para empezar una nueva vida con sus cuatro hijos. El mayor, se convertiría en el famoso escritor Lawrence Durrell, autor del “Cuarteto de Alejandría”. Color, paisajes maravillosos, animales, diálogos delirantes, humor, emotividad, compañerismo… Una familia peculiar, pero a fin de cuentas una familia. Esta premiada serie británica es de mis últimos descubrimientos y lo tiene todo. Me encanta. Sobre todo el pequeño Milo Parker que interpreta a “Gerry”, Gerald Durrell, autor de esta maravillosa aventura.

9. Volver a ver “Mad Men” y a Mr. Don Draper. La mejor serie de todos los tiempos. Al menos para mi. Después del bombardeo de novedades y plataformas televisivas, necesitaba parar y volver atrás. Y me di cuenta de que hay películas y series que son irrepetibles. El inicio y el final de esta genialidad son para mi insuperables. Grandes diálogos, personajes complejos y redondos, estética y atmósfera a raudales en pleno Manhattan de los años 60.

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 10. La música en directo no puede faltar en todo este periplo del 2019. No hay nada mejor para el espíritu que pegar unos cuantos saltos en un concierto. Lo hice con: “Depedro” y “Vintage Trouble” en la Sala Albéniz de Gijón. Disfruté como nunca con “Alice Wonder” y “La Sonrisa de Julia” en la Salvaje de Oviedo. Me emocioné como una niña al ver a Sophie Auster en la Fábrica de Armas de Oviedo durante las actividades organizadas por la Fundación Princesa de Asturias, mientras sus padres Siri Hustvedt (Premio Princesa de Asturias de las Letras 2019) y Paul Auster (Premio Príncipe de Asturias de las Letras 2006) la aplaudían (¡Aún no me lo puedo creer!!!). Me volví una adolescente viendo a “Viva Suecia” en la Sala Estilo. Y lloré con la interpretación de la banda sonora del Padrino por la Orquesta Oviedo Filarmonía, durante el Homenaje a Nino Rota, en el Auditorio Príncipe Felipe.

Estos han sido algunos de los mejores momentos y desde aquí os animo a todos a seguir viajando. No hace falta irse muy lejos, ni coger un avión y si lo hacéis, no hay mejor compañero que un libro. Os deseo un 2020 lleno de aventuras y que yo os pueda acompañar. El año que viene vendré cargada de un puñado de relatos. Que sí, que ya sé que os debo unos cuantos… ¡Un beso viajeros!

Patricia Bernardo.

 

 

 

¡Plof!

¡Plof!

Carole King canta “You make me feel like a natural woman” mientras contemplo el mar. Respiro hondo y dejo que el aire llene mi vientre. Después, lo expulso por la boca, imitando el silbido del viento. Miro el horizonte dibujado delante de mí, como quien observa una preciosa obra de arte expuesta en un museo. Bonita estampa, ¿verdad?

Es uno de esos días típicos del norte. Las nubes cubren el sol, permitiendo que éste se cuele a duras penas por algún hueco. El mar está medio en paz, pero yo lo veo como alguien que tiene un buen mosqueo y está a punto de estallar. El sonido del teléfono nos interrumpe a Carole King y a mí. Miro la pantalla. Es Richard. Mi jefe. “Mierda”, pienso, “¿Qué coño querrá este pesado ahora?”. Dudo entre responder o hacerme la loca, pero Richard puede llegar a ser igual de insistente que las ofertas de telefonía móvil, así que descuelgo con resignación.

– Buenos días Richard –contesto con desgana.

–¡Buenos días Sara! –responde él con una euforia que me resulta ofensiva.

¿Qué clase de persona está de buen humor mientras trabaja en pleno verano? Yo aún no he conseguido relajarme en mis estrenadas vacaciones. Necesito a Carole King, al mar y los ejercicios de respiración que mi profesora de yoga me ha enseñado para poder sentir esa puñetera paz y comunión con el universo. Pero claro, en medio de todo eso, nadie, ni siquiera yo había contado con Richard.

– Antes de que digas nada, ya sé que estás de vacaciones. Y que no debería llamarte…

– Pero por lo que veo lo haces igualmente –le interrumpo.

Odio con todas mis fuerzas esas disculpas previas de “Ya sé que te fastidia… Bla, bla, bla. Y luego, ¡zás!.  Suspiro o más bien, aspiro. O no. No aspiro, lleno mis pulmones con toda esa intensidad que mi profesora me advirtió que podía producirme una…

– ¡Aggg!

 Sí, ese es mi sonido después de hiperventilar.

–Sara! ¿Sigues ahí? ¿Estás bien? –pregunta el considerado de Richard mientras yo toso.

– Sí. Estoy bien. O eso creo…  –contesto resoplando.

– Por un momento pensé que te habías atragantado.

Y sin dejarme contestar que sí, que casi me atraganto con su llamada, continúa, hablando.

– Verás Sara, el caso es que el último artículo que escribiste ha sido un éxito.

La mandíbula empieza a relajarse mientras se dibuja una sonrisa bobalicona en mi boca.

– ¿Sí? –pregunto para confirmar tan buena noticia.

– Sí, cariño sí.

 Ya estamos. Odio ese puñetero paternalismo.

– Pero eso no es todo. La dirección de la revista quiere que empieces a escribir un diario personal. Uno de esos blogs que están tan de moda. Ya sabes, unas cuantas fotos, consejos, algo sobre tu día a día… Por su puesto una cuenta de Instagram para tus seguidores. En resumen, la dirección quiere convertirte en un producto estrella.

De repente toda mi euforia se viene abajo. Caigo en la cuenta, con la misma rapidez que mi ilusión se desvanece, de que no tengo Instagram, ni twitter, y que mi cuenta de Facebook sigue viva gracias a que alguien muy amable me manda correos electrónicos recordándome cosas del tipo de: “Sara, tienes solicitudes de amistad esperando a que las contestes”. Mi vida ya es demasiado estresante. Últimamente el móvil me genera más ansiedad que placer. La mayoría de mis de grupos de WhatsApp están silenciados. Incluso llegué a pensar que si tuviese marido e hijos todo esto terminaría. ¿Qué mejor excusa puede haber para no contestar en tiempo y forma? Sin embargo, el otro día una amiga me confesó, mientras tomábamos un café, que tener hijos suponía estar en nuevos grupos de padres del colegio o de las clases extra escolares. ¡Dios mío! Pensé que ya era bastante duro para un niño tener que abrirse camino en el mundo social actual, pero si esto llega a sus padres debe ser una auténtica pesadilla. Nos atacan por todos los frentes, como en un western. ¿Qué fue de aquella etapa feliz en la que nuestra forma de relacionarnos era en persona, o a través del teléfono fijo, de una cabina, o de una carta? Mi madre es una mujer social y no forma parte de ninguna red. Si lo pienso detenidamente pertenecer a una red tiene un punto perverso… Así que me veo en la obligación de decirle a Richard que no estoy muy convencida con ese giro radical. Que es poco coherente con mi estilo.

– Bla, bla, bla… –me contesta sin dejar que termine mi fantástico argumento. –Sara, yo sé qué es lo mejor para ti. Siempre dices “no” a todo. A todo. Pero cuando me haces caso, fíjate lo que sucede. ¡Te haces famosa!

Richard se olvida de que la idea de escribir ese artículo fue mía. Y si ha gustado es porque sí. Sin más. Intento explicárselo.

– Richard, te recuerdo que ese artículo lo escribí porque me salió de las narices. Tú viste el filón y punto.

– Cálmate nena o empezarás a “hiperventilar” de nuevo. Tu artículo ha llegado a tantas personas porque “yo” me he encargado de llenarlo de hashtags, algo que, por supuesto no sabes qué es. Porque claro, ¿para qué vas a ponerte al día en el mundo actual en el que vivimos?

Dios… mi momento de relax se acaba de terminar antes de empezar. Mi cabeza se transforma en un puto jeroglífico, lleno de ecuaciones, frases, apuntes, ideas que corretean a sus anchas como unos duendecillos traviesos jugando al “pilla pilla”.

– ¿Sigues ahí o ya estás poniendo en marcha esa cabeza de chorlito?

– Sí, aquí sigue la que queda de mí.

– No te pongas dramática. Te estoy dando una buena noticia y parece que acabo de dictar tu sentencia de muerte. Tienes que salir al mundo Sara. ¿O acaso quieres convertirte en Fred Vargas a la española?

– ¿Quién es ese?

– Ah no, eso sí que no. ¡No me digas que TU no sabes quién es Fred Vargas!

– Sí, te digo que YO no sé quién ese tío.

– Joder Sara, me preocupas. Es una escritora.

– Ah…  -contesto sintiéndome como una ignorante. –Será buena al menos, ¿no?

– Le acaban de dar el Premio Princesa de Asturias de las letras. Debería despedirte ahora mismo.

– No te pongas así… La leeré.

– Claro. Cuando termines con… ¿La puta Odisea? Lo que quiero decir es que vives aislada.

Ya estamos. Cuando oigo esa frase me siento fatal y me dan ganas de tirarme por el pequeño barranco en el que están colgando mis piernas. Aunque el resultado sea estampar mi cabeza contra la arena, al estilo de: me faltan dos veranos y estoy patas arriba. Pero en estos momentos siempre me pasa algo gracioso. Como caerme, pegarme un golpe en el sitio más insospechado, tropezar con alguien… Esto último resulta menos probable porque estoy sola en una playa idílica de Galicia. No hay nadie.  Nadie cerca, quiero decir, salvo… ¡Plof!.

Fue más la sensación que el ruido que produjo. Pero a mí me gusta contar las cosas con sonidos del tipo: “Plof, plaf, zas…” Bueno, pues este sonó a un “plofff” prolongado. Así suenan las cagadas de gaviotas, a un “plof” asqueroso.

– Sí Richard, sigo aquí. Y sí, me acaba de cagar una gaviota.

Maldita Carole King.

Autora: Patricia Bernardo.

Yo solo quiero estar contigo

Yo solo quiero estar contigo

En la ciudad encantada se esconden muchos secretos. Habitan en ella pequeñas ciudades, palacios, jardines y grandes personas hechas de acero y piedra. Solo hace falta pararse a mirar y escuchar…

Son las cinco de la tarde. Una de esas en las que, por caprichos del destino, estoy sentada en una terraza. La vida a veces es juguetona y te coloca en los lugares que se le antoja. Un cruce de caminos entre la calle de la Rúa y la Catedral. Pero no soy la única. Hay otros como yo, que no tienen prisa y se dejan caer a tomar un café, comer a destiempo, o coger un poco de aliento entre visita y visita. A esta hora, muy pocos de los que estamos, somos de aquí.

Dicen que esta ciudad está dormida, que se hace vieja. Pero a mí me gusta lo viejo, las conversaciones de los bancos del parque y las de los paseos, cargadas de sabiduría. Me gusta tropezarme con los recuerdos que permanecen intactos y con los que se van incorporando. Y en estos días inesperados, me vuelvo a enamorar.

No tengo prisa, solo ganas de observar a las palomas intrusas, al niño que corretea por la plaza de la Catedral, mientras su madre le observa paciente. Al hombre que se sienta en la fuente con su cartón de vino, pero solo se bebe el sol y se rasca de vez en cuando su soledad. Ella nos mira a todos impasible.

¿Tú de quién eres? Me gusta pensar que, al igual que yo, no eres de nadie. Y que cuando sale el sol, deambulas sin rumbo, ni reloj, ni planes. Me gusta creer que eres calle y refunfuñas cuando llega la hora de recogerse. Porque… ¿Quién sabe? A lo mejor mañana llueve o se convierte en uno de esos días plomizos, en los que el ánimo se viene abajo con la misma pesadez que el aburrimiento.

Pero esta tarde, es una de esas en las que las conversaciones son pausadas y lentas. La vida me ha dado una tregua, no hay teléfonos, ni nadie que hable demasiado alto. Solo se escucha el ronroneo constante de la fuente de la Catedral. Y todos, el niño, la madre, el borrachín que dejó de serlo por un momento, los turistas y las pocas personas que, como yo, hicimos una pausa en esta tarde de mayo, caemos presos del encantamiento de la ciudad. Hipnotizados por la calma que nos produce su sosiego.

A ti no te gusta mostrarte demasiado, solo lo justo. Te encanta descubrir rincones oscuros que suenan a rock y jazz. Tú, como yo, no eres de grandes carteles, porque quien conoce lo bueno ya sabe dónde encontrarlo. Eres provocadora y te gusta que te pinten con grafitis, aunque luego te caiga una buena bronca. Tú, que siempre fuiste tan refinada…

Te gusta abrazar lo nuevo. Le pides a gritos que no se vaya, que se quede y no te deje sola. Pero no olvidas lo viejo. ¿Cómo podrías hacerlo si lleva tanto tiempo contigo? Te enseñas orgullosa a quienes vienen a conocerte, y te defiendes frente a los que reniegan de ti. Tú, como yo, eres pequeña, pero no te da miedo abrirte al mundo y respirar. Lo necesitas tanto como hablar cuando quieren silenciarte. Eres rebelde y te enfrentas a los que se empeñan en retenerte. Porque la libertad es tu bien más preciado.

Apuro el último sorbo de café. Quiero recorrerte antes de volver a casa. Hoy estás más guapa que nunca, brillante y luminosa. Le guiño un ojo a la Catedral. Cuántas reliquias y tesoros escondes… Ella y yo sabemos que nos volveremos a ver.

Cimadevilla es un desfile de caras sonrientes al sol, y de repente, una voz canta a Sabina, cobijado bajo la sombra que precede a la plaza del Ayuntamiento. “Ahora es demasiado tarde princesa…” Parece la versión moderna de una canción que Clarín le dedicó a Ana Ozores. Las monedas tintinean al caer en la funda de la guitarra que reposa en el suelo. Yo también tengo una que me espera en casa. Pero aún no es hora de volver.

Una plaza, una iglesia, otra plaza cubierta y una calle… Entre el suelo y el cielo, los tejados recorren el horizonte, protegidos por las montañas. Todos se han puesto de acuerdo para abrazarte. Dudo si seguir hacia el Rosal, pero quiero más plazas, más gente, más sol. Trascorrales está muy contenta con sus sillas de madera, sus balcones, flores y colores. Podría ser el escenario de una película o de una serie de televisión de época, pero solo es una plaza en mi pequeña gran ciudad. Y después, una puerta que se abre hacia otra plaza con más tejados, palacios encantados, libros y árboles. Me detengo en mitad de un oasis de ramas y hojas que se dejan mecer por la brisa que se cuela en cada resquicio de sombra. Algún peatón despistado, busca refugio en este día que la primavera le ha robado al verano. Hoy es un regalo. Uno que no quiero dejar escapar. Porque no siempre puedo pasear a esta hora, no siempre hace sol, ni tampoco esta plaza descansa, sin las voces que gritan gangas detrás de sus puestos. No siempre será hoy, y tal vez, no exista un mañana.

Cuelo mis pasos por las estrechas aceras hasta llegar al Riego. Más terrazas, más sol, más vida… La muralla que la bordea me enseña el camino hasta la antigua Universidad. Eres traviesa, a veces haces que me tropiece con tesoros sin yo darme ni cuenta. Espera… No seas impaciente, que aún quiero saludar a alguien muy especial. Don Úrculo descansa en su plaza y me hace un gesto con el sombrero que le acompaña día y noche. Bajo reloj de Porlier está el último piso de la casa en la que hace tiempo imaginé una historia.

Desde allí, la calle desciende en una comitiva de árboles y farolas que me llevan hasta la Escandalera, al campo San Francisco, la calle Uría y la antigua estación de tren. Fuentes, estatuas, farolas, árboles, luz y edificios, que se elevan para indicarme que ya he llegado a la mitad del camino. Por hoy ya ha sido suficiente.

Emprendo la subida hacia mi casa, una cuesta prolongada que me sé de memoria. Dicen que vendrán más días como éste, pero tú y yo sabemos que no serán igual. Dejo que suene la música dentro de mis cascos, “I only want to be with you”.

Autora:Patricia Bernardo. Relato publicado “La Nueva España” el día 2 de junio de 2019.

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