Un Taxista

Un taxista está acostumbrado a entablar conversaciones con muchas personas a lo largo del día y acaba adivinado cómo será su actitud por la forma que tienen de introducirse en el coche o cerrar la puerta: amable, cortés, tímida, brusca, agresiva… Uno también acaba sabiendo cuando le van a poner una navaja en la nuca o se van a marchar sin pagar, así que lo que se saca en limpio al final de cada turno es una gran satisfacción por seguir vivo.

Puede parecer que la vida de un taxista es dura, sin embargo, a mí me gusta, no puedo decir que me vaya mal.

Le iba peor al hombre del otro día que cerró la puerta dos veces. Mal asunto, se notaba que estaba un poco perdido. Intentaba mantenerse seguro de sí, aunque todos los síntomas indicaban que estaba bastante desorientado.

Pero a quien sí que le iba mal, era a la pareja que llevé al aeropuerto ayer. No es que quisiera enterarme, pero hay cosas que son inevitables, sobre todo si se empeñan en discutir en el taxi en voz alta. Yo iba tranquilamente escuchando mi programa de radio, pero ellos no tuvieron inconveniente en hacerme partícipe de su historia. Son cosas que pasan, es bastante habitual. Aunque a veces uno acaba cansándose de ser un invitado de piedra en estos asuntos conyugales sin poder intervenir ni tomar partido.

El caso es que ella empezó a preguntarle con voz descontrolada–¿Qué pasa aquí?, ¿qué es lo que pasa?–.

Yo, en un primer momento, pensé que se dirigía a mí. Quién sabe, a lo mejor me había equivocado de dirección o había hecho algo incorrecto. Así que miré por espejo retrovisor para darme cuenta de que la cosa no iba conmigo, sino con su compañero de viaje, un hombre bastante desagradable y con aires petulantes. La cara de la mujer estaba desencajada por los nervios.

Él contestó con gesto de fastidio, mientras arrugaba su gran nariz:

–Por favor, no montes un espectáculo. Aquí no pasa nada… Tienes demasiada imaginación y esta situación empieza a ser vergonzosa.

–¿Vergonzosa?– contestó ella subiendo aun más la voz–Yo solo quiero saber la verdad, solo eso, porque no puedo seguir viviendo así.

–¿La verdad? Ya te he contado la verdad más de cien veces. Pero tú te empeñas en seguir desconfiando…

–Si, puede que tengas razón en eso: desconfío de ti. Tenemos conceptos diferentes de la confianza. Para mí nace del conocimiento, para ti es un acto ciego de fe, aun cuando todas las señales indiquen que debes apartarte–.

El hombre no miraba a la mujer. La escuchaba resoplando y echando la cabeza hacia atrás, mientras cerraba los ojos en un intento fallido de dejar de oírla.

Pero ella seguía hablando– Puedo entenderlo todo, todo. Si es una aventura te lo perdono, pero por favor… Dímelo.

–¿Por favor, qué?– dijo él pegando un grito que esta vez, hizo que me sobresaltase y bajase el sonido de la radio. De repente, como si se diese cuenta de mi presencia justo en aquel momento, volvió a la bajar la voz y le dijo en un susurro que en realidad era un grito ahogado–Deja de montar el número, por favor. Vamos a hacer un viaje juntos, los dos solos. ¿Qué más quieres?–.

Ella era guapa, para mi gusto muy guapa. Aunque el gesto desencajado no la favorecía, le daba un toque dramático que resultaba sobrecogedor.

Él no la quería, eso se podía ver a leguas. Más bien tenía ganas de desembarazarse de ella. Algo incomprensible, pero pasa bastante a menudo. ¿Qué vería ella en aquel hombre? Tenía aires pretenciosos, lo que resultaba ridículo teniendo en cuenta su baja estatura. Su gesto era repugnante. –Desde luego… Uno no gana para sorpresas–pensé.

El programa de radio era de humor, lo que hacía que la escena resultara un tanto siniestra. Sentía pena de aquella mujer pero también muchas ganas de cambiar de pasajeros. Sin embargo, el tráfico era horrible a aquella hora. –Hay que fastidiarse– me dije .

La mujer suplicaba en voz baja –Al menos… Dime que estás con ella, yo solo quiero seguir con mi vida, quitarme este peso de encima. Solo eso…

–No, no estoy con ella, solo es una niña con problemas y me llama por eso, nada más. ¿Puedes entender que no eres el centro de atención y que hay algo más en mi vida a parte de ti?

–Llevo todo el día tomando pastillas…

–¿Qué quieres decir? ¿Cuantas pastillas te has tomado?

Empezaba a hacer calor en el taxi, el hombre se retiraba el sudor que caía por su frente despejada y yo me preguntaba si tendría que llamar a una ambulancia.

–No sé, puede que diez…

–Diez pastillas… Estas completamente loca… A nadie en su sano juicio se le ocurre tomarse tantas pastillas– contestó con desprecio.

En ese momento habría parado el taxi y le habría sacado de una patada. Quería pegarle un puñetazo, sentía la necesidad de hacerlo. Su forma de actuar con aquella mujer era despiadada.

Por suerte el aeropuerto apareció ante mi vista como si de un espejismo se tratase.

Aparqué en la entrada de su terminal, tal y como habíamos acordado.

–Dígame cuanto es– me espetó el hombre.

La mujer seguía hablando como si nada. Pero justo al girarme para mirarlos, atisbé en sus ojos algo parecido a la cordura o quizás era satisfacción… En ese momento cambió su tono de voz, que se tornó mas calmada, mas serena. Quizás porque ya había agotado todas las oportunidades posibles para arreglar lo que sabia que no tenía solución. O porque había obtenido la confirmación de que él la estaba engañando.

–Ayer hablé con ella. Me dijo que me ibas a dejar, que le habías pedido que se casara contigo. Yo no quise creerla, le dije cosas horribles… Me puse de los nervios. Ella no tenía derecho a estropear mi vida. Después me dije a mi misma que tenía que hacerte caso, confiar en ti. A fin de cuentas nadie te obligaba a estar conmigo, podías dejarme e irte con ella… Pero luego recordé que el conocimiento de una persona también hace que sepas cuando alguien te engaña…

–Disculpen … ¿Se van a bajar o quieren que les lleve a algún otro sito? Lo digo porque esto sigue corriendo– dije apuntando al marcador.

–Haga el favor de esperar. Le pagaré lo que sea.

La mujer se rió con desprecio. Ahora si que se ponía interesante la cosa. –Esta bien, si quieren pagar y encima tengo espectáculo incluido perfecto. No parecía importarles lo más mínimo que estuviese mirándoles–me dije satisfecho.

–¿Pagar?, ¿dices que tú pagaras lo que sea…?– dijo haciendo hincapié en el “tú” con su dedo– Todo lo que tienes es gracias a mí. Incluso el dinero para este viaje es mío. ¿O te crees que con tu sueldo de profesor de universidad podrías permitirte vivir en un ático en pleno centro, vestir con tus trajes de Prada y esos ridículos pañuelos de seda?.

–Claudia… No es lo que parece. Te lo juro– decía él confuso–Por favor, bajémonos de este taxi… Nos espera un vuelo a Grecia– ella seguía hablando como si le importase muy poco lo que él decía.

–Tú por supuesto no tenías intención de dejarme, te resultaba mas fácil volverme loca. Mientras tanto estarías con ella con falsas promesas, alargando la situación…–.

Una risa nerviosa interrumpió el relato febril. De repente se puso seria.

Lo que pasó después fue tan rápido que no pude reaccionar. Ella abandonó inesperadamente el taxi con un sonoro un portazo.

Golpeó la ventanilla de mi lado y recomponiendo su vestido, me hizo una señal educada para que le diese sus maletas. Se las saqué del maletero y no sé porqué, acepté su propina. Él permaneció en el taxi desfallecido… O quizás aliviado. ¿Quien lo sabía.? Ese ya no era mi problema.

Me metí en el taxi de nuevo y le pregunté a lo que quedaba de aquél hombre pequeño y mezquino –¿A dónde le llevo señor? –Donde usted quiera– me contestó.

Por Patricia Bernardo Delgado

 

 

 

3 comentarios en “Un Taxista

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