Siempre me quedarán los croissants

En agosto no suele haber gente en las pastelerías por las tardes. Sobre todo si se trata de uno de esos días de semana en los que brilla el sol en una ciudad como Oviedo.

Sin embargo, para María tan solo se trataba de un día de trabajo más. No había vacaciones que disfrutar y agradecía que la cafetería estuviese vacía.

Los únicos visitantes habían sido un conocido que había intentado ligar con ella de forma descarada mientras elegía algo de comida para llevar y una chica que había comprado una docena de pastas. Al menos había descubierto que el cabello de ángel y el coco eran dos ingredientes que no solo la desagradaban a ella, pero también que los años no evitan que una pueda seguir resultando apetecible para determinados hombres.

Le había sorprendido que aquel hombre al que conocía del pueblo hubiese intentado invitarla a tomar un café. A veces ni siquiera era consciente de lo inocente que podía llegar a ser. Había olvidado como se llamaba y la conclusión que extrajo es que debía ser que la soledad incitaba a algunas personas a buscar compañía en las que les resultaban agradables o corteses. Pero ella no se sentía sola.

El pueblo había quedado muy lejos y no había nadie que la vinculase a ese lugar en estos momentos. Los cuarenta y cinco habían llegado sin demasiados rodeos.

Cuando la chica entabló conversación con ella pensó: –Qué joven y qué despreocupada parece–. Sin embargo, se preguntaba para quién serían esas pastas y por qué esa chica no estaba en la playa como el resto de las personas despreocupadas de la ciudad. No estaba casada ni tenía hijos. Se había acostumbrado a fijarse en esos detalles. Aquella chica cargada de bolsas estaba sola. Era una soledad que se percibía en sus compras: cápsulas de café, una docena de pastas y quizás, la esperanza de que alguien lo compartiese con ella. Esa fue la conclusión que extrajo María.

El hombre de su pueblo le había contado que desde hacía años trabajaba en Oviedo. Él también estaba solo. La comida era para una persona. Se preguntaba porqué no se habría casado. Pero suponía que se trataba de uno de esos hombres que no sienten la necesidad de compartir su vida con nadie o quizás no había encontrado a alguien que quisiese hacerlo con él.

El olor del horno anunciaba que los croissants ya estaban listos. Le agradaba ese aroma. El paso del tiempo no había conseguido transformarlo en algo monótono. Era como el olor del café por las mañanas. Hay actos cuya repetición no agota el placer de disfrutarlos diariamente.

Se había preguntado muchas veces si podría llegar a suceder lo mismo con las personas. Diversos estudios concluían que la pasión y el deseo de una pareja se agotaban con el transcurso de un plazo que podía oscilar entre dos y cuatro años. Y eso había sido un elemento peligroso para ella. El miedo podía ser capaz de bloquearla cuando se sentía feliz al lado de una pareja, porque su experiencia había corroborado esa ciencia tan poco exacta.

Su marido la había abandonado sin demasiadas contemplaciones y eso había provocado en ella un sentimiento difícil de borrar. Pero siempre se decía a modo de consuelo: –Gracias a eso puedes disfrutar del olor a croissants todos los días–.  Y con el tiempo, recuperar su lado de la cama dejó de resultar tan cruel.

Repartió los croissants en bandejas, algunas en el mostrador, otras en la parte trasera. Estaba segura de que no se venderían en esa tarde. Decidió reservar unos cuantos para ella y Carlos. Cinco años llevaban juntos. ¿Cuándo se cansaría de ella? No conseguía ver en él hastío o agotamiento. Tampoco en ella.

Se habían conocido en la pastelería, de una forma casual. Se miró al espejo que había detrás del mostrador. No le quedaba del todo mal el uniforme. Pero las arrugas… eran un fiel reflejo de que ya no era una jovencita. Sin embargo, era feliz con su vida sencilla y apacible.

Carlos era algo más joven que ella, no demasiado, pero si lo suficiente para que de vez en cuando las dudas la asaltasen. Trabajaba en una oficina cercana a la pastelería. No le iba mal. Apareció una mañana con su traje y su sonrisa, la miró y consiguió que con cinco palabras consistentes en: –¿Qué tal están esos pasteles?– a ella le temblasen las piernas mientras sostenía unas pinzas. Se ruborizó y eso fue lo que consiguió que él viese en ella algo encantador. Se lo había confesado la primera noche que pasaron juntos, después de dar un largo paseo cuando la fue a recoger a la salida de la pastelería con la excusa de comprar unos croissants para desayunar al día siguiente. Desde entonces, ese olor la había prendado y estaba segura de que siempre seguiría atrapado dentro de ella. Se había convertido en su pequeña pastelera.

No sabía si lo sería para siempre porque “siempre” es una palabra tan impredecible… “Siempre” puede ser hasta mañana, o hasta dentro de una semana o de un año o de diez. Porque “siempre” está incondicionalmente unido a la existencia de cada uno.

Quizás la receta para ser feliz consistía en llegar a casa cada día y saber que alguien como Carlos te estaría esperando y ser capaz de disfrutarlo, como si el “siempre” fuese a durar solo ese día y no hubiese un mañana.

Sonó el teléfono.

-¿Cómo va tu tarde?-

-Hum… mi tarde por ahora huele a croissants.–

-Espero por tu bien que hayas escogido los mejores…-

-No lo tengo muy claro… Puede que se me hayan quemado un poquito…–

-Bueno, tendremos que discutirlo en casa. Pensaré un justo castigo para tu pequeño desliz… No tardes. Te echo de menos.-

–Si– se dijo María: –Quizás esta vez sea para “siempre”… Y sino… “Siempre” me quedarán los croissants–

Por Patricia Bernardo Delgado

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