Foto: Rebecca Bathory. https://www.rebeccabathory.com

 

Quedaban pocas cosas intactas después de tantos años de abandono. Sólo un viejo tresillo de seda, ennegrecido por el polvo, permanecía quieto en mitad del salón, como una imagen perenne de nosotros, resistiéndonos a dejar aquel lugar antes de que se destruyese para siempre. ¿Cuánto tiempo nos quedaba? Era difícil saberlo.

El techo ya había cedido a la presión, derrumbándose, y los escombros de recuerdos se apilaban sin piedad, como cadáveres después de una masacre. Pero las esbeltas paredes aún permanecían erguidas y guardaban todos nuestros secretos: las cosas que nos dijimos en voz alta y también las que nos susurramos, las veces que las acariciamos y las que las rasgamos.

Sin embargo, al mirar por los sucios ventanales que, en otro tiempo, fueron lluvia, sol, noche y día, divisé algo inmenso y desconocido, lleno de posibilidades. La luz de la mañana se proyectó sobre lo que quedaba de nosotros, como una llamada del más allá advirtiendo que el tiempo de visita había tocado a su fin. “Aquí ya no se puede estar. Es hora de decir adiós” me dije. Salí sin mirar atrás y respiré el aire del amanecer, cegada por la luz que me había invitado a irme. Lo que fuimos y donde vivimos, se desplomó a mis espaldas, como un truco de magia. Solo entonces, al mirar atrás y ver que ya no quedaba nada, fui capaz de caminar hacia ese horizonte esperanzador que se vislumbraba a lo lejos y que se llamaba: vida.

 

Autora: Patricia Bernardo.

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