Ella se paró en las escaleras de la Port Authority Bus Terminal con una escasa maleta en la que parecía llevar toda su vida a cuestas. Miró con satisfacción a un público indiferente y emprendió el descenso, contoneando su joven cuerpo enfundado en unos pantalones entallados de pata ancha y camisa a medio abrochar, mientras su pelo largo y oscuro danzaba con cada paso. “Estoy Nueva York”, debió pensar, ignorando que lo que en realidad la esperaba era la fatalidad de la noche.

Mi Leica y yo lo supimos en cuanto le vimos ir a su encuentro. Traje negro con finas rayas blancas, del que salían unos puños con volantes del mismo color, corbata naranja abrochada con pedrusco azabache y un enorme anillo dorado descansando sobre un bastón de falso dandi, con el que acompañaba su caminar chulesco. La viva imagen de un cazador de talentos callejeros. Sus zapatos blancos se acercaron con una sonrisa a aquel proyecto de mujer.

¿De dónde vienes niña?. Todos venimos de algún sitio. ¿De Minnesota? ¿O quizás de Puerto Rico? Tu piel no te delata, ni tampoco esa minúscula nariz a la que se quieren acercar tus labios. Pero muy pronto lo sabré. Sé dónde encontrarte. En el mismo lugar en el que conocí a Josefina.

Ahora te vas con él, después de intercambiar sonrisas y palabras mudas que mi Leica inmortaliza a golpes de “clic”. Seguramente te ha ofrecido un suculento desayuno en uno de esos humeantes restaurantes que nunca duermen. Y hasta adivino cual será.

La calle ruidosa los recibe entre restos de basura desperdigados, que simulan el final de un desfile que nunca tuvo lugar. Pantalones de campana, pelos afro y chaquetas de pana los esquivan, como si la cosa no fuese con ellos. El cazador saluda a dos niños mulatos que juegan a ser mayores con su gorra de medio lado. Les da unas monedas con un choque de manos y ella sonríe confiada. Veo cómo se alejan en un Cadillac marrón con asientos de cuero blanco. Mi Leica se ha pegado un buen festín. Pero yo aún necesito más. Tengo hambre…

Sigo la estela del imponente Cadillac a pie. Dudo si tomar la Octava Avenida o la calle cuarenta y dos. Es una mañana tan blanca y cargada de polvo como cualquier otra. Pero yo no tengo nada más que hacer. Solo saciar mi apetito. Así que sigo por la Octava Avenida. De vez en cuando tomo aliento y hago trabajar a Leica que parece refunfuñar con cada disparo, con cada destello de realidad que escupe a regañadientes.

Pero esto es Nueva York. Y yo aún no me he contagiado de la ceguera de los habitantes que transitan por sus calles, como si nada de lo que les rodea forme parte de su mundo. En el mío está el mendigo que vive entre cartones en una esquina, los chavales que adelantan su madurez trapicheando o el borracho que titubea, mientras festeja robar a dos muertos en una esquina.

Josefina… Tú también formas parte de mi mundo aunque ya no estés. Ahí me dirijo, al lugar donde te vi por primera vez, sentada en un taburete, revolviendo tu café con la misma desgana con la que le esperabas a él, rodeada de proxenetas que hacían cuentas con sus mujeres, mientras a tus espaldas circulaban rayas de coca para dar un poco de animación al asunto. Pero tú eras diferente. Tú mirabas toda aquella decadencia corpórea con el desprecio de quien sabe que ese no es su sitio, con la esperanza de ahorrar lo suficiente para reunirte con tu hijo en Puerto Rico. Después seguiste a esa farsa de hombre enfundado en un traje blanco y desapareciste. Todos los días eran iguales. Una constante entrada y salida de aquel bar de Bowery Side.

Josefina Wilson me dijiste que te llamabas. Aunque eso fue mucho después, cuando te despojaste de tu disfraz en la penumbra de mi habitación. Aún puedo escuchar el eco de Careless Love de Ray Charles, colándose desde el bar de la esquina en la que te robé aquella noche… “Well, I say love, oh, love, careless love. I said love, oh love…” Su melodía se mezcla con el ruido de sirenas, con las voces del mestizaje, con la luz parpadeante de los carteles luminosos…

Aquel amor descuidado, loco y ciego vuelve a mí con la misma cadencia de las notas de ese blues con el que prolongamos nuestra última noche y saboreamos cada rincón empapado en sudor. Entonces puse en tus manos un treinta y ocho Smith & Wesson Special, el arma más infalible. “Gracias flaquito”, me dijiste. Y yo me sentí aliviado por ayudarte a ahuyentar el miedo que te producía pasear las aceras en solitario. Ignoré, o quizás no quise ver que el hombre del traje blanco, el más temido gánster del bajo Queens de Nueva York, no dejaría irse a su valiosa propiedad con tanta facilidad.

Confieso que llegué a tener celos de aquél chulo de poca monta, engrandecido por la leyenda que se había labrado a golpe de navajazos. Pedro Barrios le llamaban. Alguna vez adiviné en tus tristes palabras un atisbo de despecho, un destello de amor hacia él. Y dejé que te fueses, satisfecho por entregarte la llave de la libertad, ignorando que ya nunca volvería a robarte en ninguna esquina… “But I’m so glad, so glad, I see that old love made a fool of me”

Ahora regreso a ese lugar donde la vi por primera vez. Huele a salchichas, a huevos y al trajín de la noche anterior. Joe se limpia sus negras manos en el delantal. Ocupo mi lugar de siempre en la barra y dejo que me sirva lo de cada día. Unas tostadas, huevos, bacon y un café sólo muy largo. Giro la cabeza, busco a la nueva entre el revuelo de tupés, kétchup, tortitas y barras de labios. La localizo en la mesa del fondo, sentada delante de una gigante half-smoke mientras el cazador la examina fumando un cigarrillo.  Mi mano se impacienta. Un clic rápido, sólo uno. Pero mi Leica me advierte que no es buena idea. Allí no. Ya tendrás ocasión de saborearla Pablo. “Pablito, mi españolito bello”, me decía cuando iba a buscarla…

El pelo le cae sobre los hombros igual que lo hacía el de Josefina. Su boca está ocupada saboreando el festín con el que la acaban de obsequiar. Te esperan muchos más niña… A ti también te robaré en una esquina. Mojo mi bigote en el café. No tengo prisa, nunca la tengo. Una rubia con vestido entallado cruza las piernas. Mira nerviosa a la mesa de la nueva pareja. Adivina que acaba de pasar a segunda posición en el ranking. Enciende un cigarro. Espera su turno. El cazador se levanta y le dice algo al oído a la nueva. Después se acerca a la rubia, esquivando las mesas. La calma con una sonrisa que me recuerda lo oscura que es su piel. Es un profesional de la dominante seducción. Pero la rubia parece cansada. Por hoy ha sido suficiente. Le desliza su parte del botín y él se lo guarda en la chaqueta, mientras ella aplasta en el cenicero el final de su jornada y se despide ajustándose el vestido.

La nueva relame los últimos pedazos de la half-smoke. Enciende un cigarro y por un instante, su mirada y la mía se encuentran. Advierto un gesto de triunfo en su cara. Algo muy lejano al hastío y vergüenza de Josefina. Adivino en ella la excitación de lo desconocido, la rebeldía de la juventud que ansía traspasar la delgada línea de lo prohibido. No, ella no es de Puerto Rico. No es una emigrante forzada como Josefina. No la espera un hijo de tres años en una aldea sin nombre de la que solo se puede sacar miseria. Ella es una buscavidas que huye de la estrechez de miras de un pueblo perdido de Norte América. Aspira a algo más. Y si es necesario patear las aceras de Nueva York para llegar a ese lugar lo harás. ¿Verdad niña?

No… Definitivamente tú no eres la misma mujer, pero quizás podrías llegar a serlo… Me lo dice tu sonrisa. Mi Leica nunca miente. “Oh, love, careless love…”

Autora: Patricia Bernardo.

© 2020. Patricia Bernardo Delgado.

 

 

2 comentarios en “Esquinas robadas

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