¿Qué es lo que nos transforma? ¿Un hecho? ¿Una persona? ¿O tal vez la suma de ambas cosas? Había llegado a la conclusión de que mi otro “yo” vivía conmigo desde hacía mucho tiempo. Quizás desde el principio. Solo que era demasiado pequeño para hacerse oír.

Encendimos las velas como si se tratase de un ritual. Concentrándonos en pasarnos cada una de ellas con el suficiente tiento para que su fuego no se apagase. El toque de queda era también el anuncio del descanso de la luz artificial. De todos los engranajes que alumbraban esa ciudad. Un símbolo del alto al fuego.

Ella prendió el último cigarro con una de las velas. El humo nos separó como un improvisado telón de acero que al difuminarse traería de vuelta a nuestros verdaderos “yo”

Aquellas personas que se miraron frente a frente se habían despojado por fin de sus amistosos disfraces.

Los ojos de ella, se convirtieron en una fina línea de destellos verdes. Subida en su pedestal de “no tengo miedo” se sentó frente a mí en una silla, mientras yo la observaba con la innegable calma del que sabe qué es lo que va a hacer y cómo.

– Es extraño –dijo al fin– Nunca habría imaginado que tú ibas a convertirte en uno de ellos. Aunque ahora que lo pienso, siempre viviste cerca de ese margen. Mas cerca que yo. ¿Cómo me encontraste?

Apuré el vaso de vino de un trago. Descargado del peso de la mentira.

– Tu jefe dejó algún rastro. Supongo que lo de largarte del Tribunal de repente les hizo sospechar. Eras la candidata perfecta. No tenías mucha gente a la que contarle tus cosas. Ni nadie que te esperase en casa. Bueno, salvo una. Aunque esa ya no está. Puedes estar tranquila. No sufrió.

– Eres un malnacido. Tenía que haberte dado lo que tanto deseabas antes de irme.

– Oh… No seas tan pretenciosa Marian. Siempre me inspiraste un poco de pena. Todo el rato jugando a ser una princesa disfrazada de Mata Hari –mentí–. Pero no. Nunca pensé que la persona con la que me iba a encontrar serías tú. Ni tampoco que te darías cuenta tan rápido. ¿Cómo lo supiste?

– Tu pistola –dijo señalando con la cabeza a mi costado izquierdo.

Tiró el cigarro en el suelo y lo aplastó de un pisotón. Se levantó para asomarse a la ventana desde la que se abría una pequeña parte del mundo, escurridizo y silencioso.

– Hazlo ya. No esperes mas –añadió sin mirarme.

– Date la vuelta. Quiero que me mires.

Obedeció. Girándose con gesto desafiante. Esa era Marian. La que me dejó tirado en la barra de un bar en Oviedo hacía ya cinco años, para convertirse en la persona que siempre quiso ser. Pero mis instrucciones eran claras. Se trataba de ella o yo. No había otra forma de solucionar las cosas sin que alguno saliese malparado.  

Me acerqué lentamente, tanteando el terreno. Quería olerla por última vez. Sentirla. Encapsular su recuerdo para siempre.

– ¿Por qué coño te metiste en esto Marian? –le susurré.

– Porque los buenos tienen que ganar alguna vez Robert.

– Siempre fuiste una idealista.

– Me gusta creer que sí. Lo que estáis haciendo es una masacre. Sois unos psicópatas. No lo permitiremos.

– Maldita sea… ¿Por qué me dejaste entrar?

– Porque siempre confié en ti. Por eso te escogieron. Hazlo… –me susurró al oído acercándose peligrosamente.

La abracé con fuerza. Todo sería limpio y rápido. Tenía el poder en mi mano y a ella en la otra. Nuestra respiración acelerada, las pupilas dilatadas por la excitación del último momento. Su calor… Ese último vestigio del pasado.

– Vete –le dije separándome de forma repentina.

Ella ahogó un gemido tapándose la boca con las manos. Sus ojos, se inundaron.

– La próxima vez puede que no tengas tanta suerte.

– ¿Qué será de ti?

– Seguramente me enviarán de vuelta a Oviedo. O tal vez me quede en Oxford, investigando a tu amiguito Toby Ord. ¿Quién sabe? Pero ahora tienes que irte. Busca a tu gente y desaparece. No quiero volver a verte.

Ella, Marian, me dio un último abrazo, cargado de muchas cosas. A fecha de hoy no sabría describirlas. Solo se que ese abrazo está guardado en un rincón privilegiado de mi cabeza y es el refugio al que acudo después de hacer alguna misión. Como una dicotomía de mi propia existencia, en la que necesito recurrir a lo bueno que ella sembró en mi, pese a seguir en el lado opuesto del camino.

– Gracias… Te debo una – me dijo antes de desaparecer por la puerta.

Las calles apagadas de Oxford se tragaron su sombra de un bocado. No sonó Bowie, ni hubo testigos que pudiesen dar parte de su desaparición. Solo yo.

Tal vez tardaré otros cinco años en volver a verla. O quizás eso no suceda nunca. Pero estoy seguro de que la mujer a la que dejé marchar aquella noche, ya no estaba perdida en ningún vacío. Aquella mujer tenía muy claro hacia dónde quería ir.

Autora: Patricia Bernardo.

Foto: Extraída de https://monterreyrock.com/

© 2020. Patricia Bernardo Delgado.

2 comentarios en “Ella o yo (III)

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